Otra Vuelta de Tuerca
(The Turn of the Screw - 1898)
Henry James
VIII
Lo que había dicho a la señora Grose era
bastante cierto: existían, en el asunto que habíamos analizado, profundidades
y posibilidades que me sentía incapaz de hurgar; de modo que, cuando volvimos
a encontrarnos, estuvimos de acuerdo en que debíamos resistirnos a toda fantasía
extravagante. Debíamos mantener nuestras mentes serenas, si queríamos pisar
terreno firme, lo que era difícil en medio de nuestras prodigiosas experiencias.
Más tarde, esa misma noche, mientras todos los de la casa dormían, sostuvimos
otra conversación en mi cuarto; cuando ella se marchó, las dos estábamos convencidas,
sin lugar a dudas, de que yo había visto exactamente lo que había dicho. La
mejor prueba que encontré fue preguntarle tan sólo si había cometido algún error
al describirle a cada una de las personas que se me aparecieron, proporcionándole,
en un retrato detallado, hasta los rasgos más insignificantes, un retrato ante
el cual ella reconoció y nombró instantáneamente a los originales. Por supuesto,
lo que ella deseaba, ¡y no se la podía culpar del todo por ello!, era olvidar
por entero el asunto; y yo me apresuré a asegurarle que mi interés en éste había
cambiado violentamente en el sentido de que ahora se cifraba en la búsqueda
de un medio para escapar de él. La tranquilicé al asegurarle que, con la repetición
del fenómeno pues dábamos por descontado que se repetiría, yo me acostumbraría
al peligro; y claramente le manifesté que mi riesgo personal se había convertido
de pronto en la menor de mis preocupaciones. Lo intolerable, en cambio, era
mi nueva sospecha; y aun para esta complicación, esas últimas horas del día
habían aportado cierto alivio.
Al separarme de ella, después de un primer derrumbamiento, tuve que volver,
por supuesto, al lado de mis alumnos, hallando así el adecuado alivio con aquel
encanto que ya antes había reconocido como un recurso que podía cultivar positivamente
y que hasta el momento no me había fallado. Me había sumergido, en otras palabras,
en la peculiar compañía de Flora, con lo que me di cuenta de que ella podía
poner su manita, de una manera consciente, precisamente en el lugar que dolía.
Me contempló con expresión dulce e interrogadora y luego me acusó abiertamente
de haber llorado. Suponía yo que había logrado desaparecer las feas señales
del llanto, pero, por lo visto, aquéllas no se habían borrado del todo. Contemplar
la profundidad azul de los ojos de la niña y juzgar que su amabilidad no era
sino una prueba de prematura astucia, me hubiera hecho sentirme culpable de
cinismo, por lo que preferí abjurar de mi criterio y, en la medida de lo posible,
de mi agitación. No podía abjurar por el mero hecho de desearlo, pero sí repetir
a la señora Grose como lo hice, una y otra vez, durante las horas que compartíamos
juntas que, con las voces de los niños en el aire, la presión que ejercían
sobre nuestro corazón y sus fragantes mejillas sobre nuestros rostros, todo
se venía abajo, menos su aire de inocencia y su belleza. Fue una lástima que,
para dejar sentado esto de una manera definitiva, tuviera que evocar las sutilezas
con que, aquella tarde en el lago, pude conservar milagrosamente mi capacidad
de autodominio. Fue una lástima que me viera obligada a investigar una vez más
la certeza de aquel momento y repetir cómo había tenido la revelación de que
la inconcebible comunicación que acababa yo de sorprender era una cuestión de
hábito para las otras dos partes. Fue una lástima que tuviera que enumerar de
nuevo los motivos que me llevaron a suponer que la niña estaba viendo a la aparecida
de la misma manera como yo podía en ese instante ver a la propia señora Grose,
y que aquélla deseaba hacerme creer que no veía nada y, a la vez, conocer hasta
dónde yo sabía. Fue una lástima que necesitara describir otra vez la portentosa
actividad mediante la cual la niña trató de distraer mi atención... el perceptible
aumento de movimientos, la mayor intensidad en el juego, los cantos, la conversación
y su invitación a retozar.
Sin embargo, aunque no me mostré indulgente en aquella revisión, debí omitir
los dos o tres vagos elementos de consuelo que aún me quedaban. Por ejemplo,
no debía decir a mi amiga que estaba segura de no haberme engañado a mí misma.
No debí haberla forzado, por desesperación apenas sé qué término emplear,
a evocar todo lo que conocía, por el procedimiento de colocar a mi colega entre
la espada y la pared. Me dijo poco a poco, aunque la mayor parte de las veces
bajo presión, muchas cosas; pero había algo que no acababa de ajustar y que
a veces me rozaba las sienes como si fuera el aletazo de un murciélago. Recuerdo
que en una ocasión porque la casa dormida y la concentración que surgía
de nuestro común peligro y común vigilia parecían ayudar a ello sentí la
tentación de dar un último tirón a la cortina.
No creo esto tan horrible recuerdo
que dije. No, querida, definitivamente no lo creo. Pero, ¿sabe usted?,
hay en todo esto algo que me preocupa y quiero que usted, ¡sí, usted, no se
evada!, que usted me lo explique. ¿En qué pensaba usted cuando en nuestra aflicción,
antes de que llegara Miles y hablando de la carta del director de la escuela,
dijo, bajo mi insistencia, que no pretendía afirmar que Miles no había sido
nunca malo? No lo ha sido durante estas semanas que he vivido con él,
vigilándolo estrechamente; ha sido un pequeño prodigio de imperturbable y adorable
bondad. De manera que usted no habría hecho esa declaración si no hubiese habido
una excepción. ¿Cuál es esa excepción, y a qué episodio, observado personalmente
por usted, se refería aquella vez?
Era una pregunta tremendamente grave, pero la ligereza no era nuestro fuerte;
así que, antes de que el gris amanecer nos obligara a separarnos, yo ya tenía
la respuesta. Lo que la señora Grose había pensado en aquella ocasión encajaba
perfectamente en el cuadro. Era nada menos la circunstancia de que, por un periodo
de varios meses, Quint y el muchacho habían estado constantemente juntos. Debo
decir, para hacer honor a la verdad, que ella se había permitido criticar aquella
alianza tan estrecha y señalar su incongruencia, y hasta expresar abiertamente
su oposición a la señorita Jessel. Ésta le respondió, con el mayor descaro,
que se ocupara de sus propios asuntos; y fue entonces cuando la buena mujer
apeló directamente al pequeño Miles. Cuando la presioné un poco más, me enteré
de que había dicho al joven caballero que a ella le agradaría que no olvidara
su condición social.
Tuve que volver a presionarla.
¿Le recordó usted que Quint era un criado
vulgar?
¡Por supuesto! Y fue su respuesta, por
una parte, lo que me hizo saber que era malo.
¿Qué fue lo otro? esperé.
¿Repitió Miles a Quint las palabras de usted?
No, no fue eso; no lo hizo sus
palabras seguían impresionándome. De cualquier modo, estaba convencida
de que no lo haría. Pero ocultaba ciertas cosas.
¿Cuáles?
Que habían estado juntos, como si Quint
fuera su tutor y la señorita Jessel fuera la institutriz sólo de la niña. Quiero
decir que ocultaba que salía con aquel hombre y pasaba horas enteras a su lado.
¿Negaba, entonces...? ¿Decía que no
había estado? su asentamiento era tan visible, que me vi impulsada a añadir,
un momento después: Comprendo, Miles mentía.
¡Oh...! murmuró la señora Grose,
sugiriendo que aquello no era lo que importaba; y apoyó la sugerencia con una
observación posterior: Verá, después de todo, a la señorita Jessel no le
importaba. Ella no se lo prohibía.
Reflexioné un momento.
¿Fue ésta la justificación que Miles
dio a usted?
Ella seguía estando reticente.
No, nunca me dijo esto.
¿Nunca mencionó a la señorita Jessel
en relación con Quint?
La señora Grose advirtió qué era lo que me proponía saber, y enrojeció violentamente:
Bueno, nunca mostró saber nada. Negaba
repitió. ¡Negaba!
¡Dios mío, cómo la apremié en esa ocasión!
¿De modo que pudo ver que estaba enterado
de lo existente entre aquellos dos bribones?
No lo sé... ¡No lo sé! gimió la
pobre mujer.
¡Claro que lo sabe, querida! repliqué,
sólo que nunca ha tenido la suficiente audacia para confesárselo, y lo ha mantenido
oculto, por timidez, por modestia y por delicadeza, a pesar de que en el pasado,
cuando tenía usted que navegar sin mi ayuda, en silencio, todo esto debe de
haberla hecho muy infeliz. Pero yo necesito saberlo y usted me lo va a decir.
¿Había algo en el niño que hiciese creer que él ocultaba y protegía esas relaciones?
¡Oh, él no podía impedir...!
Que usted se enterase de la verdad,
¿no es así? ¡Santo cielo! exclamé con vehemencia. ¡Eso demuestra hasta
qué grado lo dominaban! ¿Qué hicieron con él?
Cualquier cosa que hayan hecho, no le
impide ser ahora un niño agradable adujo la señora Grose lúgubremente.
Ahora no me extraña que se portara usted
de un modo tan raro persistí cuando le mencioné la carta que recibí
de la escuela.
Dudo que me haya portado más raramente
que usted me respondió con fiero orgullo. Si era tan malo entonces,
como parece usted insinuar, ¿por qué es ahora un ángel?
En efecto, así es... Si era un demonio
en la escuela, ¿cómo, cómo, cómo...? Bien dije atormentada, vuelva
a decirme esto y le aseguro que no la molestaré en varios días. ¡Pero dígamelo
de nuevo! grité de un modo que hizo estremecer a mi amiga. Hay ciertas
direcciones que, por el momento, creo más prudente no seguir.
Entretanto, volví a su primer ejemplo, aquel al que anteriormente se había
referido, sobre la capacidad del niño para moverse furtivamente cuando le era
preciso.
Si Quint era un criado vulgar, como
señaló usted al tratar con el niño este asunto, una de las cosas que Miles debe
haberle dicho, me imagino, es que usted era otra... nuevamente su asentimiento
fue tan total, que proseguí: ¿Y le perdonó usted esa respuesta?
¿No lo habría hecho usted?
¡Oh, sí, por supuesto! y al llegar
aquí, en el silencio de la noche, intercambiamos signos de profunda comprensión;
luego continué:
De todos modos, mientras él estaba con
el hombre...
¡La señorita Flora estaba con la mujer!
¡Y todos tan contentos!
También yo lo estaba, y bastante; con lo cual quiero decir que aquello encajaba
perfectamente en el monstruoso cuadro que yo estaba a punto de prohibirme concebir.
Pero mayor luz pudo ofrecer mi comentario final a la señora Grose:
Confieso que los cargos de que haya
mentido y mostrado su impudicia me parecen menos graves de los que esperaba
que hubiera descubierto usted en nuestro joven. Sin embargo murmuré,
existen; y más que nunca me hacen sentir que debo permanecer alerta.
Me ruboricé al siguiente momento, al ver en la cara de mi compañera cuán sin
reservas había ya perdonado a Miles; sentí que mi propia ternura esperaba sólo
la ocasión para manifestarse. Ésta se presentó cuando, ya en la puerta del salón
de las clases, mi amiga murmuró al despedirse:
No irá usted a acusarlo...
¿De sostener una relación que me oculta?
¡Ah!, recuerde que mientras no tenga pruebas más concluyentes, no puedo acusar
a nadie luego, antes de que ella tomase otro corredor para dirigirse a
sus habitaciones, añadí: No me queda sino esperar.
 
 
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