Otra Vuelta de Tuerca
(The Turn of the Screw - 1898)
Henry James
IV
No se me puede culpar de que no esperara
más en aquella ocasión, pues permanecí tan firmemente plantada en el suelo como
estremecida. ¿Existía un secreto en Bly... quizá un familiar inmencionable recluido
en un insospechado confinamiento? No puedo decir cuánto tiempo permanecí en
aquel lugar asaltada por una mezcla de curiosidad y temor; sólo recuerdo que
cuando volví a la casa era ya noche cerrada. La agitación se había apoderado
de mí, pues debí caminar cerca de tres millas dando vueltas alrededor. Pero
más tarde la angustia me sobrecogería de tal manera, que aquel despertar de
mis temores no fue, en comparación, sino un simple estremecimiento. Lo más singular
del caso, ya todo él insólito, fue el papel que desempeñé en el vestíbulo al
advertir la presencia de la señora Grose. Este cuadro vuelve a mi memoria dentro
del relato general, con la impresión, tal como la recibía al volver, de aquel
amplio espacio de paneles blancos, resplandeciente a la luz de la lámpara, con
sus retratos y su alfombra roja, y la bondadosa y sorprendida mirada de mi amiga,
quien inmediatamente me dijo que me había echado de menos. Me resultó absolutamente
claro en aquel encuentro, ante la expresión de alivio de su rostro, que ella
no tenía conocimiento de nada que se relacionara con el incidente que yo acababa
de protagonizar. No había sospechado previamente que su apacible rostro pudiera
obrar en mí de freno, y de alguna manera medí la importancia de lo que había
visto con mis vacilaciones para mencionarlo. Pocas cosas en toda esta historia
me resultan tan extrañas como el hecho de que el comienzo real de mi miedo se
aunara, por así decirlo, con el instinto de ocultárselo a mi compañera. Por
lo tanto, en aquel agradable vestíbulo y con su mirada fija en mi yo, por alguna
razón que no podía entonces comprender, experimenté una revolución en mi interior.
Di un vago pretexto por mi demora y, aludiendo a la belleza de la noche, al
rocío y a mis pies mojados, me dirigí lo más pronto que pude hacia mi cuarto.
Aquello era algo nuevo; así que ahí, durante muchos días, tuve que ventilar
aquel extraño asunto. Había horas, cada uno de aquellos días, o por lo menos
había momentos, arrancados de los deberes diarios, en que tenía que encerrarme
a meditar. No se trataba de que me sintiera más nerviosa de lo que pudiera soportar,
sino de que temía que esto pudiera ocurrirme; la verdad a la que tenía que enfrentarme
era, simple y llanamente, que no podía saber nada sobre aquel visitante con
quien tan inexplicablemente y, sin embargo al menos, eso me parecía,
tan íntimamente estaba yo relacionada. Pronto advertí que no podría llegar a
ninguna parte sin interrogar a alguien y suscitar alguna complicación doméstica.
La impresión recibida debió agudizar todos mis sentidos; al cabo de tres días,
como resultado de la más sostenida atención, estaba segura de que no había sido
objeto de ninguna broma por parte de los criados. Sólo podía inferir que alguien
se había tomado una libertad indebida. Esa fue la conclusión a que llegué al
encerrarme en mi habitación para meditar. Todos nosotros, colectivamente, habíamos
sido víctimas de una intrusión: algún viajero inescrupuloso, interesado en los
palacios antiguos, se había introducido en la casa sin que nadie lo observara
y disfrutado del panorama desde el mejor punto de observación, y luego se marchó
como había entrado. Y el que me mirase con tanta audacia no era sino una parte
de su indiscreción. Lo bueno, después de todo, era que con seguridad no volveríamos
a verle.
Pero esta deducción no era tan satisfactoria, debo admitirlo, como para hacerme
olvidar que lo que esencialmente me ayudaba a superar aquella intranquilidad
era mi agradable trabajo. Éste consistía, sencillamente, en mi vida con Miles
y Flora, y nada podía serenarme tanto como sumergirme en esa labor. El atractivo
de mis pequeños pupilos era una fuente constante de alegría que me llevaba a
burlarme de mi antigua vanidad y absurdos temores, el disgusto con el que veía
antes la gris perspectiva de mi oficio. No había, al parecer, ninguna perspectiva
gris ni agobios de ninguna especie. ¿Cómo no iba a ser encantador un trabajo
que se me ofrecía diariamente con tal belleza? En él se mezclaban la ternura
de la niñera y la poesía del aula de clases. No quiero con esto decir que lo
único que estudiásemos fueran novelas y poemas; lo que pasa es que no logro
expresar de otra manera la clase de interés que mis compañeros me inspiraban.
¿Cómo describirlo, salvo diciendo que, en vez de acostumbrarme a ellos ¡y
qué maravillosa puede resultar la profesión de institutriz: yo la llamo la hermandad
de los testigos!, hacía constantemente descubrimientos? Sólo había una
dirección en que aquellos descubrimientos cesaban: una profunda oscuridad continuaba
ocultando todo lo referente a la conducta del niño en la escuela. Advertí que
muy pronto había logrado encarar ese misterio sin un latido doloroso del corazón.
Tal vez sería más acertado decir que, sin pronunciar una palabra, él mismo había
aclarado el asunto. Su sola presencia hacía que el cargo pareciera completamente
absurdo. Mi conclusión floreció al contacto de su inocencia: Miles era demasiado
fino y delicado para aquel pequeño, horrible y sucio mundo escolar, y había
pagado un precio por ello. Reflexioné agudamente que el sentimiento de tales
diferencias, de tal superioridad, provoca en la mayoría la cual puede incluir
a estúpidos y sordos directores, de una manera infalible, un deseo de venganza.
Ambos niños poseían una delicadeza su única falta, aunque no por ello
podía decirse que Miles fuera un niño blandengue que los mantenía, ¿cómo
podría expresarlo?, en un nivel casi impersonal y, desde luego, ajeno a los
castigos. Eran como los querubines de la anécdota, a quienes nada por lo
menos, moralmente podía reprochárseles. Recuerdo que sentía, sobre todo
cuando estaba con Miles, que no existía ninguna historia tras él. Esperamos
de todo niño una historia minúscula, pero en aquel hermoso niño había algo extraordinariamente
sensitivo, extraordinariamente feliz que, más que en ninguna otra criatura de
esa edad que haya yo visto, me sorprendía como el comienzo de algo nuevo cada
día. Nunca había sufrido un solo segundo. Consideré esto como una prueba directa
de su inocencia. En el caso de ser malvado, hubiese sido sorprendido, y yo lo
hubiera descubierto; sin duda alguna, habría descubierto las trazas. No logré
encontrar nada; por consiguiente, era un ángel. Nunca hablaba de su escuela,
nunca mencionaba a un camarada o un maestro; y yo, por mi parte, estaba demasiado
disgustada para aludir a ellos. Por supuesto, vivía bajo los efectos del hechizo,
y lo más sorprendente es que, aun en aquella misma época, yo era consciente
de ello. Pero no me preocupaba; era un antídoto a cualquier dolor, y yo tenía
más de uno: estaba recibiendo, precisamente aquellos días, unas cartas muy aflictivas
de mi casa, donde las cosas no marchaban bien. Pero, estando con mis niños,
¿qué cosas en el mundo podían importarme? Esta pregunta me la hacía durante
los momentos de retiro. Sí, estaba hechizada por el encanto de ambos.
Hubo un domingo, para ser precisos, que llovió con tal intensidad y por espacio
de tantas horas, que no pudimos ir en grupo a la iglesia; en consecuencia, y
como el día avanzaba, decidí que la señora Grose y yo asistiríamos al servicio
vespertino si el tiempo mejoraba. La lluvia cesó, por fortuna, y me dispuse
a hacer nuestro paseo, el cual, a través del parque y por el buen camino que
conducía al pueblo, nos tomaría sólo unos veinte minutos. Cuando bajaba las
escaleras para reunirme con mi compañera en el vestíbulo, me acordé de un par
de guantes que habían necesitado tres puntadas y las habían recibido, quizá
en un momento poco adecuado, mientras acompañaba a los niños en su té, servido
los domingos, por excepción, en aquel frío y brillante templo de caoba y bronce
que era el comedor de los adultos. Había dejado allí los guantes y decidí ir
a recogerlos. El día era bastante oscuro, pero la luz de la tarde, al cruzar
el umbral, me permitió no sólo reconocer, en una silla cerca de la amplia ventana,
cerrada en ese momento, los objetos que buscaba, sino también distinguir a una
persona que, desde el otro lado de los cristales, miraba hacia el interior de
la estancia. Un sólo paso en el comedor había bastado, mi imaginación fue instantánea:
era él. La persona que miraba por el ventanal era la misma que había visto en
la torre. Aparecía una vez más, y no diré con una nitidez mayor, pues eso hubiera
sido imposible, pero sí con una proximidad que representaba un adelanto en nuestro
trato, y que hizo, en el momento en que nuestras miradas se cruzaron, que contuviera
la respiración mientras mi cuerpo se cubría de un sudor frío... Era el mismo...
era el mismo; y visto esta vez, como en la anterior, de la cintura para arriba,
enmarcado en la ventana. Tenía el rostro pegado al cristal, y el efecto de esta
nueva visión fue, extrañamente, el de demostrarme qué intensa había sido la
anterior. Permaneció allí sólo unos segundos, el tiempo suficiente para convencerme
de que también él me había visto y reconocido; pero era como si lo hubiese estado
viendo durante años enteros, como si lo hubiera conocido desde siempre. Esa
vez, sin embargo, ocurrió algo que no había sucedido antes: la mirada que me
dirigió a través del cristal y de la amplia habitación fue tan profunda y dura
como la anterior, pero la apartó de mí, un momento durante el cual yo todavía
lo observaba, para fijarse en otras varias cosas. Por lo que debí añadir, a
mi natural sobresalto, la certidumbre de que no había ido por mí, sino por alguna
otra persona.
El impacto de aquel nuevo conocimiento, al
incidir en medio de mi temor, produjo en mí el más extraordinario de los efectos,
inundándome, mientras permanecía en el lugar, de una repentina vibración de
valor y sentido del deber. Hablo de valor porque fui, sin duda alguna, muy lejos.
Crucé de nuevo el umbral del comedor, llegué al de la casa, salí a la terraza
y eché a correr hasta que la ventana apareció ante mi vista. Pero delante de
ella no había nadie... Mi visitante había desaparecido. Me detuve, casi me dejé
caer, y experimenté un profundo alivio. Dirigí una mirada a mi alrededor dándole
tiempo a reaparecer. Ahora bien, este tiempo, ¿cuánto duró? Hoy no puedo precisar
la duración de aquellos periodos; ni estaba en condiciones de medirlos entonces.
Lo que sí creo es que no pudieron ser tan largos como en aquella ocasión me
parecieron. La terraza y todo el edificio, el prado y el jardín detrás de él,
todo lo que podía ver del parque, eran lugares vacíos, como colmados de una
gran vaciedad. Había arbustos y altos árboles, pero recuerdo que tuve la seguridad
de que en ninguno de ellos se ocultaba el visitante. Estaba o no estaba allí;
y si no podía verlo, era porque no estaba. Me aferré a esa idea y luego, instintivamente,
me acerqué a la ventana en vez de regresar por dónde había llegado. Sentía,
aunque de manera confusa, la necesidad de situarme en el mismo lugar donde él
había estado; pegué mi rostro al cristal y miré, como él, al interior de la
habitación. Y en ese preciso instante, como para que yo pudiera tener una imagen
de lo que había ocurrido, entró en el comedor, procedente del vestíbulo, la
señora Grose. Me vio de la misma manera que yo al visitante y se sobresaltó
como debí de sobresaltarme antes. Se puso pálida y me pregunté si yo había palidecido
tanto. Luego se retiró por el mismo camino que yo había tomado, por lo que tuve
la convicción de que daría la vuelta para salir a la terraza y se encontraría
conmigo. Permanecí inmóvil donde estaba y, mientras la esperaba me asaltaron
numerosos pensamientos. Pero sólo vale la pena mencionar uno: me pregunté qué
habría podido espantarla tanto.
 
 
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