Otra Vuelta de Tuerca
(The Turn of the Screw - 1898)
Henry James
XXII
Sin embargo, cuando ella se hubo marchado
y la eché de menos en el mismo instante de la partida fue cuando en
realidad se produjo la gran explosión. Si hubiera podido prever lo que significaba
encontrarse a solas con Miles, eso me habría servido de aviso. Ninguna hora
de mi estancia en Bly estuvo tan llena de aprensiones como ésa en que supe que
el carruaje que transportaba a la señora Grose y a mi joven pupila cruzaba las
verjas del parque. Quedaba, me dije a mí misma, cara a cara con los elementos,
y durante la mayor parte del día, mientras combatía mi debilidad, tuve ocasión
de meditar en lo temeraria que había sido. Sobre todo, porque por primera vez
pude ver en el rostro de otras personas un confuso reflejo de la crisis.
Lo que había sucedido, naturalmente, no pudo pasar inadvertido para la servidumbre;
nadie lograba explicarse la repentina marcha de la señora Grose. Criados y doncellas
mostraban un aire receloso que, indudablemente, tenía que repercutir en mi sistema
nervioso. Sólo tomando deliberadamente el timón logré impedir el naufragio total;
y me atrevería a decir que, a pesar de todo, esa mañana tenía yo un aspecto
magnífico y severo. Recibí con beneplácito la idea de que tenía mucho que hacer
sobre mis hombros, y al ser consciente de ello me sentí notablemente fortalecida.
Durante un par de horas vagué por la casa en aquel estado de ánimo, y con toda
seguridad tenía el aspecto de estar preparada para cualquier combate. Sin embargo,
aquí debo confesar que deambulaba con un corazón desfalleciente.
La persona al parecer menos preocupada, por lo menos hasta la hora del almuerzo,
fue el propio Miles. Durante mis paseos por la casa no logré vislumbrarlo por
ninguna parte, pero aquel hecho sólo contribuyó a hacer más público el cambio
ocurrido en nuestras relaciones como consecuencia del engaño de que me había
hecho víctima, al retenerme a su lado junto al piano, para que Flora pudiera
escapar. La publicidad de que algo marchaba mal había comenzado con el confinamiento
y la marcha posterior de Flora, y en la inobservancia de las horas de clases
que regularmente teníamos. Miles ya no estaba en su cuarto cuando entré en él
a primeras horas de la mañana; luego me enteré de que había desayunado, en presencia
de un par de doncellas, con la señora Grose y su hermana. Después había salido,
según dejó dicho, a dar un paseo; eso, más que nada, mostró su franca opinión
sobre el brusco cambio habido en mis funciones. Faltaba sólo aclarar hasta qué
punto iba a permitirme el ejercicio de aquellas funciones. De todos modos era
un alivio, al menos para mí, renunciar a cualquier fingimiento. Entre las muchas
cosas que habían emergido a la superficie se encontraba el absurdo, debo confesarlo
abiertamente, de que continuáramos prolongando la ficción de que yo pudiera
enseñar algo más al niño. Era más que evidente que, gracias a pequeños trucos
tácitamente aceptados, él más que yo, se preocupaba por no herir mi dignidad,
pues yo no era capaz de ejercer de profesora de ese niño. De cualquier manera,
ahora gozaba de la libertad que había reclamado; y yo no iba a coartársela.
Se lo había demostrado la noche anterior, al permitirle que permaneciera en
la sala de las clases sin formularle ninguna pregunta, sin hacerle ninguna sugerencia.
Estaba decidida a aplicar estrictamente mi nuevo sistema. Sin embargo, cuando
al fin lo tuve ante mí, la dificultad de aplicarlo se presentó en toda su intensidad.
Mis ojos no pudieron descubrir en su hermosa figura ninguna mancha, ninguna
sombra de lo que había ocurrido.
Para indicar a la servidumbre el tono de elegancia que había decidido implantar,
pedí que nuestras comidas fueran servidas en el comedor de la planta baja. Así
que, mientras lo esperaba en medio del pesado lujo de aquel salón, al lado de
la ventana por la cual había recibido, gracias a la señora Grose, aquel primer
espantoso domingo, el primer rayo de algo que difícilmente podría ser llamado
luz, volví a sentir una y otra vez que mis posibilidades de éxito dependían
sobre todo de mi voluntad, la voluntad de cerrar los ojos todo lo posible a
la verdad, la verdad de que tenía que tratar con algo que era repugnantemente
contrario a la naturaleza. Lo único que podía hacer era tomar a la naturaleza
a mi servicio y considerar mi monstruosa hazaña como una incursión en una dirección
desacostumbrada y, por supuesto, desagradable, pero que me exigía, después de
todo, si quería hacerle frente con éxito, dar sólo otra vuelta de tuerca a una
virtud humana ordinaria. Ninguna de mis tentativas requería un tacto tan extraordinario
como ese intento de extraer de mí misma toda la naturaleza. ¿Cómo podía
poner un poco de dicho tacto en una supresión de alusiones a todo lo ocurrido?
¿Cómo, por otra parte, podía hacer alguna alusión sin sumergirme aún más en
aquella detestable oscuridad? Después de un rato encontré una especie de respuesta,
que fue confirmada por la repentina visión de todo lo que de raro había en mi
pequeño pupilo. Era como si aun entonces hubiera encontrado lo que tan
a menudo había ocurrido durante las lecciones otra delicada manera de facilitarme
las cosas. ¿No era ya luminoso el hecho, que mientras compartíamos nuestra soledad
revistió un brillo extraordinario, el hecho, digo, de que y esto lo supe
gracias a la oportunidad, a la preciosa oportunidad que se había presentado
sería descabellado, en el caso de un niño tan dotado, renunciar a la ayuda que
se pudiera extraer de su inteligencia? ¿Para qué le había sido concedida aquella
inteligencia si no era para salvarse? ¿No era aún posible alcanzar su alma,
correr el riesgo de tender el brazo hacia su espíritu? Y cuando estuvimos frente
a frente en el comedor me pareció que literalmente me mostraba el camino. El
cordero asado estaba ya sobre la mesa cuando Miles entró en el comedor. Antes
de sentarse, permaneció un momento de pie, con las manos en los bolsillos, y
miró la carne como si se dispusiera a hacer un comentario humorístico sobre
ella. Sin embargo, lo que dijo fue:
Quiero saber, querida, si está realmente
tan enferma.
¿La pequeña Flora? No, no está muy mal,
y pronto se repondrá. Londres le sentará bien. Bly, en cambio, había dejado
de convenirle. Siéntate y come tu camero.
Me obedeció al instante, se sirvió carne y luego volvió al tema.
¿Tan mal le ha sentado Bly de repente?
No tan de repente como te imaginas.
La cosa se veía venir.
Entonces, ¿por qué no la hicieron salir
antes de aquí?
¿Antes de qué?
Antes de que estuviera demasiado enferma
para viajar.
No está demasiado enferma para viajar
le respondí sin pérdida de tiempo lo hubiera estado de haberse quedado
aquí. Este era el momento preciso para que emprendiera el viaje. El cambio de
aires disipará las malas influencias...
Realmente, podía enorgullecerme de mí misma por mi dominio.
Comprendo, comprendo dijo Miles.
Su aplomo era comparable al mío. Empezó a comer con aquella distinción de modales
que yo había admirado desde el día de su llegada y que me ahorraba la pesada
carga de tener que estar reprendiéndolo en la mesa. Por todo podrían haberlo
expulsado de la escuela, menos por malos modales en la mesa. Ese día se mostraba
tan irreprochable como siempre, pero había algo indudablemente deliberado en
su actitud. Era evidente que estaba tratando de dar por sentadas más cosas de
las que sabía sin ayuda de nadie, con entera facilidad; y se sumió en un apacible
silencio mientras estudiaba la situación. Nuestro almuerzo fue de lo más breve
que pueda imaginarse. Apenas pude probar bocado, e hice que rápidamente la doncella
levantara la mesa. Mientras tanto Miles permanecía de pie con las manos nuevamente
en los bolsillos y de espaldas a mí, mirando a través de la ventana del comedor
que en otra ocasión tanto me había sobresaltado. Continuamos en silencio hasta
que la doncella se hubo marchado; tan en silencio, se me ocurrió humorísticamente,
como una joven pareja que, en su viaje de bodas, en la posada, se sienten cohibidos
por la presencia del camarero. Cuando la doncella cerró la puerta, Miles se
volvió en redondo.
Bueno... al fin estamos solos dijo.
 
 
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