Otra Vuelta de Tuerca
(The Turn of the Screw - 1898)
Henry James
XII
A la luz del día, la impresión especial que
yo había recibido la noche anterior no afectó de un modo extraordinario a la
señora Grose, a pesar de que la reforcé con la mención de otros comentarios
que había hecho él antes de separarnos.
Todo reside en media docena de palabras
dije a mi compañera, palabras que en realidad constituyen el verdadero
asunto: "Piense ahora en lo que podría yo hacer." Me dijo eso para demostrarme
lo bueno que es. Pero es consciente de lo que podría hacer. Con toda seguridad,
en la escuela trató de demostrarlo.
¡Dios mío, cómo cambia usted! exclamó
mi amiga.
No cambio; sencillamente, expreso lo
que pienso. Los cuatro se han estado encontrando constantemente. Si hubiera
estado usted con alguno de los niños cualquiera de estas noches, lo habría comprendido
claramente. Cuando más he observado y esperado, más lo he sentido así, y para
ello me basta recordar el sistemático silencio de ambos. Nunca, ni por
casualidad, han aludido a ninguno de sus antiguos amigos, así como tampoco Miles
ha aludido a su expulsión. ¡Oh, sí! podemos estar sentadas aquí y mirarlos,
y ellos pueden aparecer frente a nosotras paseando tranquilamente; pero incluso
cuando pretenden estar absortos en sus cuentos de hadas, están inmersos en la
visión de los muertos que les han sido devueltos. Miles no está leyendo a su
hermana declaré están hablando de ellos, se están relatando horrores.
Hablo, lo sé, como si estuviera loca; y es una maravilla que no lo esté. Lo
que he visto la habría enloquecido a usted; pero a mí sólo me ha vuelto más
lúcida, me ha hecho comprender otras cosas.
Mi lucidez debió de parecerle espantosa, pero las encantadoras criaturas que
eran víctimas de ella, al pasar y volver a pasar cariñosamente cogidas de la
cintura, fortalecieron en cierta manera a mi colega; noté lo tensa que estaba
cuando, sin agitarse en el torbellino de mi pasión, los observaba atentamente.
¿A qué otras cosas se refiere usted?
Bueno, a las cosas que me han deleitado
y, al mismo tiempo ahora puedo verlo con absoluta claridad, engañado
y desconcertado. Su belleza más que terrenal, su bondad absolutamente fuera
de este mundo continué, no son sino una táctica engañosa, son un fraude.
¿Por parte de estos adorables...?
Sí, de estos adorables niños. ¡Sí, por
absurdo que parezca!
El solo hecho de esbozar aquella hipótesis me ayudó a ver con claridad, a encontrar
los cabos sueltos y a asociarlos y unirlos.
No han sido buenos; lo único que han
hecho es estar ausentes. Ha sido fácil convivir con ellos sencillamente porque
se han limitado a vivir una vida propia. No son míos... no son nuestros. ¡Son
de él! ¡Son de ella!
¿De Quint y de esa mujer?
De Quint y de esa mujer. Los quieren
para sí.
¡Oh cómo pareció estudiarlos la pobre señora Grose, después de oírme afirmar
aquello!
Pero ¿para qué?
Por amor a toda la maldad que, en aquellos
días terribles, la pareja inculcó en ellos. Y para jugar con ellos y con esa
maldad, para preservar su obra demoniaca. Es por eso que vuelven.
¡Cielos! exclamó mi amiga sin aliento.
Su exclamación revelaba una completa aceptación de lo que yo deseaba probar,
es decir, de lo que había sucedido en la mala época, pues había existido una
época peor incluso que la presente. No podía haber mejor justificación, para
mí, que el pleno asentimiento, dado por quien los había conocido, ante cualquier
fondo de depravación concebible en aquella pareja de truhanes. Obedeciendo a
una evidente sumisión al recuerdo, ella exclamó poco después:
¡Eran unos malvados! Pero ¿qué
pueden hacer ahora? insistió.
¿Qué pueden hacer? inquirí, alzando
tanto la voz que Miles y Flora interrumpieron su paseo y se volvieron para mirarnos.
¿No están haciendo ya bastante? pregunté en un tono más bajo, mientras
los niños, tras dirigirnos una sonrisa y enviarnos besos con las manos, reanudaban
sus juegos. Nos quedamos en silencio durante un momento. Luego contesté:
¡Pueden destruirlos!
Mi compañera alzó la mirada hacia mí, pero la súplica que leí en ella era una
súplica muda, y me pedía que fuese más explícita.
Todavía no saben cómo... pero lo están
intentando. Sólo se dejan ver de lejos, en lugares extraños, en lo alto de una
torre, en el techo de una casa, frente a las ventanas, en la orilla distante
de un estanque; pero hay en ellos una decisión firme de acortar la distancia
y superar los obstáculos; y el triunfo de los tentadores es sólo cuestión de
tiempo. Lo único que tienen que hacer es mantener su peligroso hechizo.
¿Para que los sigan los niños?
¡Y perezcan en el intento!
La señora Grose se incorporó lentamente y yo añadí, con el sentimiento de que
era mi obligación hacerlo:
A menos que nosotras, por supuesto,
podamos evitarlo.
La vi de pie ante mí, que permanecía sentada, dando vueltas a esa idea.
Debería ser su tío quien lo evitara.
Debería llevárselos de aquí.
¿Y quién se lo avisará?
La señora Grose había mantenido la mirada perdida a lo lejos, pero en ese momento
volvió hacia mí un rostro enloquecido.
Usted, señorita.
¿Escribiéndole para decirle que la casa
está embrujada y sus sobrinos están locos?
Pero ¿y si lo están?
¿Y si también lo estoy yo?, quiere usted
decir. Una noticia encantadora para que se la envíe una institutriz que se comprometió
a no importunarlo.
La señora Grose meditó, observando de nuevo a los niños.
Sí, odia que lo molesten. Esa fue la
principal razón...
¿De que aquellos demonios estuvieran
tanto tiempo a su servicio? No lo dudo, aunque su indiferencia debió ser monstruosa.
Pero como yo no soy un demonio, no estaré mucho tiempo...
Mi compañera, al cabo de un instante y por toda respuesta, volvió a sentarse
y me tomó del brazo.
Procure que venga a verla.
La miré fijamente.
¿A mí? me invadió un súbito
temor ante lo que ella pudiese hacer. ¿Él?
¡Debería estar aquí... debería ayudar!
Me puse de pie rápidamente, y pienso que la expresión de mi cara debió de parecerle
más rara que nunca.
¿Cree usted que podría pedirle una visita?
No, era evidente que no lo creía. En cambio una mujer lee siempre en otra,
podía ver lo que yo misma veía: su desprecio, su burla, su desdén por mi incapacidad
para hacer honor a mi compromiso de no molestarlo y por el ingenioso mecanismo
que yo había puesto en marcha para llamar su atención hacia mis modestos encantos.
Ella no podía saber nadie lo sabía cuán orgullosa me había sentido
de poder ser fiel a las condiciones estipuladas; sin embargo, me pareció que
tomaba nota de la advertencia que le dirigí:
Mire, si pierde usted la cabeza hasta
el punto de pedirle que venga...
La señora Grose estaba realmente asustada.
¿Qué, señorita?
Los abandonaré al instante, a él y a
usted.
 
 
Anterior Siguiente
Recomendar este capítulo