Otra Vuelta de Tuerca
(The Turn of the Screw - 1898)
Henry James
IX
Esperé y esperé, y los días, al pasar, se
llevaron algo de mi consternación. No fue necesario que transcurrieran muchos
para que el espectáculo constante de mis discípulos, no presentándose ningún
nuevo incidente, difuminara los contornos de atroces fantasías y aun de odiosos
recuerdos como si un cepillo o una esponja hubiese pasado sobre ellos. He hablado
de la rendición a su extraordinaria gracia infantil como de algo que yo misma
podía promover activamente, y es fácil suponer que no descuidé entonces recurrir
a esa fuente en busca del necesario bálsamo. Más extraño de lo que puedo expresar
me resultaba el esfuerzo por luchar contra mis nuevos conocimientos. Me asombraba
ver cómo era posible que mis pequeños discípulos no sospecharan que yo pensaba
cosas raras sobre ellos; y el hecho de que aquellas cosas raras existieran,
sólo lograba hacérmelos más interesantes, lo que no era, desde luego, una ayuda
para mantener ocultos mis pensamientos. Temblaba ante la idea de que pudieran
advertir que de aquella manera eran inmensamente más interesantes. En el peor
de los casos, como a menudo juzgué en mis meditaciones, cualquier nube sobre
su inocencia podía ser una razón de más para correr riesgos en su favor. Había
momentos en que, por un impulso irresistible, corría a abrazarlos y tenerlos
estrechamente enlazados sobre mi corazón. Tan pronto como lo hacía, solía preguntarme:
"¿Qué podrán pensar de esto? ¿No me estaré traicionando demasiado?" Hubiera
sido fácil encerrarme tristemente en el temor de lo mucho que podía traicionarme;
pero la verdad es que, durante las horas de paz de que aún podía gozar, comprendía
que el encanto personal de mis discípulos era su arma más eficaz, incluso bajo
la sombra de sospecha de que fuera estudiado. Y, así como se me ocurre que en
ciertas ocasiones podían suscitar sospechas los estallidos de mi intensa pasión
por ellos, también recuerdo haberme preguntado si no resultaba sospechoso el
aumento de sus propias demostraciones.
En aquel periodo se mostraban extravagantes y extraordinariamente cariñosos
conmigo; lo que, después de todo, podía ser una simple y lógica respuesta al
afecto que yo les daba. El homenaje que me rendían era el más acertado remedio
para mis nervios, y yo parecía no advertirlo o, digamos, atraparlos mientras
me lo preparaban. Eran incansables en hacer cosas en beneficio de su pobre protectora;
quiero decir que no se limitaban a aprender sus lecciones cada vez mejor, con
el evidente propósito de agradarle aún más, sino que se esforzaban para divertirla,
entretenerla, sorprenderla; le leían pasajes de libros, le contaban historias,
escenificaban charadas, disfrazándose de animales y de personajes históricos
y, sobre todo, la asombraban con las obras que en secreto habían aprendido de
memoria y podían recitar interminablemente. Nunca podría llegar a describir,
ni siquiera ahora, a menos que fuera con comentarios prodigiosos, la manera
como en aquella época llenábamos nuestras horas. Desde el primer momento habían
demostrado una gran facilidad para todo, una facultad general que, elevándose
siempre de nuevos puntos de partida, alcanzaba alturas insospechadas. Realizaban
sus pequeñas tareas como si amaran hacerlo y se entregaban, sin que nadie se
los impusiera, a los más arriesgados ejercicios de memoria. Se presentaban ante
mí no sólo como tigres o como romanos, sino como personajes de Shakespeare,
astrónomos o navegantes. El caso era tan singular, que probablemente tenga mucho
que ver con un hecho que hasta el día de hoy no he logrado explicarme: aludo
a mi natural resistencia a buscar una nueva escuela para Miles. Recuerdo que
me limitaba a no plantear el problema, impresionada seguramente por el perpetuo
chisporroteo de su talento. Era demasiado inteligente para una mala institutriz,
para la hija de un párroco; y la hebra más extraña, si no la más brillante,
de aquel rico bordado de que he hablado, era la impresión que tenía, aunque
no me atrevía a confesármelo ni a mí misma, de que se encontraba bajo una influencia
que operaba en su pequeña vida intelectual como un enorme estímulo.
Si bien era fácil determinar entonces que semejante niño podía aplazar su marcha
a la escuela, no podía concebirse que un maestro de escuela llegara a expulsar
a tal discípulo. Debo añadir que en su compañía, la cual tenía yo mucho cuidado
de que fuera casi continua, no podía seguir ningún rastro demasiado lejos. Vivíamos
en medio de una atmósfera de amor y de éxito, de música y representaciones teatrales.
El talento musical era muy acusado en ambos hermanos, pero sobre todo el mayor
tenía una capacidad maravillosa para captar y repetir una melodía. El piano
del salón de las clases desgranó las más alegres tonadas; y, cuando esto resultaba
ya excesivo, había confabulaciones en los rincones, cuya secuela era que alguien
saliera del salón alegremente para reaparecer poco después como algo nuevo.
Yo misma había tenido hermanos, así que no constituía una revelación para mí
el hecho de que las niñas pudieran sentir auténtica veneración por sus hermanos
mayores. Lo que me maravillaba era que un niño pequeño pudiera demostrar tanta
consideración por una edad, sexo e inteligencia inferiores a los suyos. Era
una pareja extraordinariamente unida, y diciendo que nunca pelearon ni se quejaron
el uno del otro, puedo hacer un elogio preciso de la dulzura de sus relaciones.
A veces, cuando caíamos en algún trabajo rutinario, podía observar trazas de
un sutil entendimiento entre ambos, de manera que uno me distrajese mientras
el otro se deslizaba fuera de la habitación. Hay algo de naïf me imagino,
en toda labor diplomática; pero mis alumnos la ejercían a mi costa con un mínimo
de grosería. Fue en otro sector donde, después de una apacible pausa, se produjo
un estallido de grosería.
Advierto mis vacilaciones para seguir adelante, pero estoy decidida a sumergirme
en estas aguas. Al mirar hacia atrás, debo hacer hincapié en que no sólo hubo
para mí sufrimientos en Bly; pero, aunque así hubiera sido, debía proseguir
mi camino hasta el fin. De pronto se inició una época en que, vista desde el
presente, parecería no haber sino puro sufrimiento. Pero había llegado por fin
al corazón de la historia, y el mejor camino, sin duda alguna, era avanzar.
Una noche, sin que nada me hubiera preparado para ello, sentí la misma extraña
impresión que había experimentado la noche de mi llegada, entonces mucho más
ligera que ahora, y que seguramente se hubiera borrado de mi memoria si mi estancia
en Bly hubiese sido menos agitada. No me había acostado aún y estaba sentada
leyendo a la luz de dos velas. Había en Bly una habitación llena de libros antiguos,
novelas del siglo pasado, algunas de las cuales conocía de oídas, aunque ninguna
había logrado penetrar en el recluido mundo donde transcurrió mi juventud y
saciado la sed que me consumía. Recuerdo que el libro que tenía en la mano era
Amelia, de Henry Fielding, y también que estaba completamente despierta.
Recuerdo además que tenía la firme convicción de que era horriblemente tarde,
a pesar de que sentía una particular resistencia a consultar mi reloj. Estaba
segura también de que, tras la blanca cortina de tul a la moda de aquella época,
la pequeña cabeza de Flora conocía, como había podido comprobar un rato atrás,
la tranquilidad del sueño infantil. Recuerdo, en fin, que aunque estaba profundamente
interesada en mi lectura, al volver una página levanté los ojos hacia la puerta.
Durante un momento permanecí escuchando, consciente de la falsa impresión que
me asaltó la primera noche de que algo indefinible se movía en el interior de
la casa, y noté que el suave aliento de la ventana abierta movía el velo de
la cama. Entonces, con todas las señales de una decisión que habría resultado
magnífica a los ojos de un espectador ocasional, solté el libro, me puse de
pie, tomé una vela, salí de la habitación y cerré silenciosamente la puerta
detrás de mí.
No puedo decir ahora qué fue lo que me decidió y me guió, pero el hecho es
que caminé directamente a lo largo del pasillo, sosteniendo en alto mi vela,
hasta llegar ante la alta ventana que presidía al gran rellano de la escalera.
En aquel momento me di cuenta, de súbito, de tres cosas. Fueron para mí, prácticamente,
simultáneas, aunque se produjeron como secuencias sucesivas. Mi vela, bajo un
soplo de viento audaz, se apagó, y yo percibí, por la ventana descubierta, que
las primeras claridades del alba la hacían innecesaria; y supe, un instante
después, que había alguien más en la escalera. He hablado de secuencias, pero
no fue necesario sino un lapso de unos segundos para endurecerme a fin de tener
un tercer encuentro con Quint. La aparición estaba muy cerca de la ventana y,
al verme, se detuvo en seco y me miró exactamente como me había mirado desde
la torre y desde el jardín. Me conocía tan bien como yo a él; y así, a la leve
claridad del amanecer, nos volvimos a enfrentar con recíproca intensidad. En
esa ocasión era una presencia absolutamente viviente, detestable y peligrosa,
pero no era aún la maravilla de las maravillas; esa distinción la reservo para
otra circunstancia, la de que todos mis temores me habían abandonado y no había
nada en mí que me impidiera enfrentarme y medirme con él.
Me sentí llena de angustia después de aquel
extraordinario momento, pero, a Dios gracias, no sentí terror alguno. Y él lo
supo, y yo supe que él lo sabía. Debo decir, a fin de ser precisa, que si hubiera
permanecido en mi lugar un minuto más, cesaría por lo menos, en esa ocasión
de tenérmelas que ver con él; y durante ese minuto, debo decirlo, la cosa fue
tan humana y tan espantosa como si hubiera sido una entrevista real: espantosa
porque era humana, tan humana como tener que hacer frente a solas, al
amanecer y en una casa dormida, a un enemigo, un aventurero, un criminal. Fue
el silencio mortal de nuestra larga mirada en tan reducido espacio, lo único
que dio a aquel horror, enorme como era, una nota sobrenatural. Si yo hubiera
encontrado a un asesino en tal lugar y a tal hora, al menos habríamos hablado,
algo vivo habría ocurrido entre nosotros; o, si nada hubiera pasado, uno, por
lo menos, se habría movido. El momento fue tan prolongado, que, de haber durado
un poco más, yo habría llegado a dudar incluso del hecho de estar viva. No puedo
expresar lo que siguió, excepto diciendo que mi propio silencio que era
en realidad una afirmación de mi fuerza fue el único contexto en que vi
desaparecer la figura, en que la vi volverse definitivamente, como hubiese podido
ver al vil sujeto a quien una vez perteneció volverse después de recibir una
orden y pasar con mi mirada fija en su vil espalda, que ningún jorobado
podía tener más desfigurada para luego descender la escalera y perderse
en la oscuridad en que el siguiente tramo se perdía.
 
 
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