Drácula
Abraham Stoker
XXVII.— EL DIARIO DE MINA HARKER
1 de noviembre. Hemos viajado todo el día a buena velocidad.
Los caballos parecen saber que los estamos tratando con bondad, ya que demuestran
la voluntad de avanzar al mejor paso. Hemos tenido algunos cambios y encontramos
tan constantemente lo mismo, que nos sentimos animados a pensar que el viaje
será fácil. El doctor van Helsing se muestra lacónico;
les dice a los granjeros que se apresura a ir a Bistritz y les paga bien por
hacer un cambio de caballos. Nos dan sopa caliente, café o té,
y salimos inmediatamente. Es un paisaje encantador, lleno de bellezas de todos
los tipos imaginables, y las personas son valerosas, fuertes y sencillas; parecen
tener muchas cualidades hermosas. Son muy, muy supersticiosos. En la
primera casa en que nos detuvimos, cuando la mujer que nos sirvió vio
la cicatriz en mi frente, se persignó y puso dos dedos delante de mí,
para mantener alejado el mal de ojo. Creo que hasta se tomaron la molestia de
poner una cantidad adicional de ajo en nuestros alimentos, y yo no puedo soportarlo.
Desde entonces, he tenido el cuidado de no quitarme el velo, y de esa forma
he logrado escapar a sus suspicacias. Estamos viajando a gran velocidad, y puesto
que no tenemos cochero que pueda contar chismes, seguimos nuestro camino sin
ningún escándalo; pero me atrevo a decir que el miedo al mal de
ojo nos seguirá constantemente por todos lados. El profesor parece incansable;
no quiso descansar en todo el día, a pesar de que me obligó a
dormir un buen rato. Al atardecer, me hipnotizó, y dice que contesté
como siempre: "Oscuridad, ruido de agua y roce de madera." De manera que nuestro
enemigo continúa en el río. Tengo miedo de pensar en Jonathan,
pero de alguna manera ya no siento miedo por él ni por mí. Escribo
esto mientras esperamos en una granja, a que los caballos estén preparados.
El doctor van Helsing está durmiendo. ¡Pobre hombre! Parece estar muy
cansado y haber envejecido y encanecido. Pero su boca tiene la firmeza de un
conquistador. Aun en sueños, tiene el instinto de la resolución.
Cuando hayamos emprendido el camino, deberé hacer que descanse, mientras
yo misma conduzco la calesa; le diré que tenemos todavía varios
días por delante, y que no debe debilitarse, cuando sea necesaria toda
su fuerza... Todo está preparado. Dentro de poco partiremos.
2 de noviembre, por la mañana. Tuve éxito y tomamos turnos
para conducir durante toda la noche; ahora ya es de día y el tiempo está
claro a pesar de que hace frío.
Hay una extraña pesadez en el aire…; digo pesadez porque no encuentro
una palabra mejor; quiero decir que nos oprime a ambos. Hace mucho frío
y sólo nuestras pieles calientes nos permiten sentirnos cómodos.
Al amanecer, van Helsing me hipnotizó, dice que contesté: "Oscuridad,
roces de madera y agua rugiente", de manera que el río está cambiando
a medida que ascienden. Mi gran deseo es que mi amado no corra ningún
peligro; no más de lo necesario, pero estamos en las manos de Dios.
2 de noviembre, por la noche. Hemos estado viajando todo el día.
El campo se hace más salvaje a medida que avanzamos y las grandes elevaciones
de los Cárpatos, que en Veresti parecían estar tan alejadas de
nosotros y tan bajas en el horizonte, parecen rodearnos y elevarse frente a
nosotros. Ambos parecemos estar de buen humor; creo que nos esforzamos en animarnos
uno al otro y, así, nos consolamos. El doctor van Helsing dice que por
la mañana llegaremos al Paso de l Borgo. Las casas son ahora muy escasas,
y el profesor dice que el último caballo que obtuvimos tendrá
que continuar con nosotros, ya que es muy posible que no podamos volver a cambiarlo.
Tenemos dos, además de los otros dos que cambiamos, de manera que ahora
poseemos un buen tiro.
Los caballos son pacientes y buenos y no nos causan ningún problema.
No nos preocupamos de otros viajeros, de manera que hasta yo puedo conducir.
Llegaremos al paso de día; no queremos llegar antes, de manera que vamos
con calma y ambos tomamos un largo descanso, por turnos. ¿Qué nos traerá
el día de mañana? Vamos hacia el lugar en donde mi pobre esposo
sufrió tanto. Dios nos permita llegar con bien hasta allí y que
Él se digne cuidar a mi esposo y a los que nos son queridos, que se encuentran
en un peligro tan mortal. En cuanto a mí, no soy digna de Él.
¡Ay! ¡No estoy limpia ante sus ojos, y así permaneceré hasta que
Él se digne permitirme estar ante su presencia, como uno de los que no
han provocado su ira!
Memorando de Abraham van Helsing
4 de noviembre. Esto es para mi antiguo y sincero amigo, el doctor John
Seward, de Purefleet, Londres, en caso de que no lo pueda volver a ver. Es posible
que aclare. Es de mañana, y escribo junto al fuego que nos ha mantenido
vivos durante toda la noche.
La señora Mina me ha ayudado. Hace frío; mucho frío. Tanto,
que el cielo gris y pesado está lleno de nieve que, cuando caiga, permanecerá
durante todo el invierno, ya que la tierra se está endureciendo para
recibirla. Parece haber afectado a la señora Mina. Ha tenido la cabeza
tan pesada durante todo el día, que no parece ser la misma. ¡Duerme,
duerme y sigue durmiendo! Ella, que es siempre tan vivaz, no ha hecho casi absolutamente
nada en todo el día; hasta ha perdido el apetito. No hizo ninguna anotación
en su diario, ella que tan fielmente había escrito en cada una de nuestras
paradas. Algo me dice que no todo marcha bien. Sin embargo, esta noche está
más vivaz. Su largo sueño del día la ha refrescado y restaurado,
y ahora está tan dulce y despierta como siempre. Traté de hipnotizarla
al amanecer, pero sin obtener ningún resultado positivo. El poder ha
ido disminuyendo continuamente, día a día, y esta noche me falló
por completo. Bueno, ¡que se haga la voluntad de Dios...! ¡Cualquiera que sea
y adondequiera que nos lleve! Ahora, pasemos a lo histórico; ya que la
señora Mina no escribió en su diario, debo, en mi laborioso lenguaje
antiguo, hacerlo, de manera que ningún día que pasamos quede sin
ser registrado.
Llegamos al Paso del Borgo un poco antes del amanecer, ayer por la mañana;
cuando observé los signos precursores del alba, me preparé a hipnotizarla.
Detuvimos la calesa y descendimos, con el fin de que nada nos perturbara. Hice
una especie de sofá con pieles, y la señora Mina, después
de acostarse, se prestó a la hipnosis, como siempre, pero más
lenta y brevemente que nunca. Como antes, su respuesta fue: "Oscuridad y aguas
agitadas." Luego despertó, vivaz y radiante, y continuamos nuestro camino,
para llegar pronto al Paso. En esta hora y lugar, ella se llenó de un
nuevo entusiasmo; un nuevo poder director se manifestó en ella, ya que
señaló un camino y dijo:
—Este es el camino.
—¿Cómo lo sabe? —inquirí.
—Por supuesto que lo sé —contestó ella, y al cabo de una pausa
añadió—: ¿Acaso no viajó por él mi Jonathan y escribió
todo lo relativo a su viaje?
En un principio, pensé que era algo extraño, pero pronto vi que
sólo podía existir un camino semejante. Es muy poco utilizado,
y sumamente diferente del camino real que conduce de Bucovina a Bistritz, que
es más amplio y duro y más utilizado.
De manera que tomamos ese camino. Encontramos otros caminos (no siempre estábamos
seguros de que fueran verdaderos caminos, ya que estaban descuidados y cubiertos
de una capa ligera de nieve). Los caballos sabían y solamente ellos.
Les dejaba las riendas sueltas y los animales continuaban pacientemente. Una
detrás de otra, encontramos todas las cosas que Jonathan anotó
en el maravilloso diario que escribió.
Luego, proseguimos, durante largas y prolongadas horas. En un principio, le
dije a la señora Mina que durmiera; lo intentó y logró
hacerlo. Durmió todo el tiempo hasta que, por fin, sentí que las
sospechas crecían en mí e intenté despertarla, pero ella
continuó durmiendo y no logré despertarla a pesar de que lo intenté.
No quise hacerlo con demasiada fuerza por no dañarla, ya que yo sé
que ha sufrido mucho y que el sueño, en ocasiones, puede ser muy conveniente
para ella. Creo que yo me adormecí, porque, de pronto, me sentí
culpable, como si hubiera hecho algo indebido. Me encontré erguido, con
las riendas en la mano y los hermosos caballos que trotaban como siempre. Bajé
la mirada y vi que la señora Mina continuaba dormida. No falta mucho
para el atardecer y, sobre la nieve, la luz del sol riela como si fuera una
enorme corriente amarilla, de manera que nosotros proyectamos una larga sombra
en donde la montaña se eleva verticalmente. Estamos subiendo y subiendo
continuamente y todo es, ¡oh!, muy agreste y rocoso. Como si fuera el fin del
mundo.
Luego, desperté a la señora Mina. Esta vez despertó sin
gran dificultad y, luego, traté de hacerla dormir hipnóticamente,
pero no lo logré; era como si yo no estuviera allí. Sin embargo,
vuelvo a intentarlo repetidamente, hasta que, de pronto, nos encontramos en
la oscuridad, de manera que miro a mi alrededor y descubro que el sol se ha
ido. La señora Mina se ríe y me vuelvo hacia ella. Ahora está
bien despierta y tiene tan buen aspecto como nunca le he visto desde aquella
noche en Carfax, cuando entramos por primera vez en la casa del conde. Me siento
asombrado e intranquilo, pero está tan vivaz, tierna y solícita
conmigo, que olvido todo temor. Enciendo un fuego, ya que trajimos con nosotros
una provisión de leña, y ella prepara alimentos mientras yo desato
los caballos y los acomodo en la sombra, para alimentarlos. Luego, cuando regresé
a la fogata, ella tenía mi cena lista. Fui a ayudarle, pero ella me sonrió
y me dijo que ya había comido, que tenía tanta hambre que no había
podido esperar. Eso no me agradó, y tengo terribles dudas, pero temo
asustarla y no menciono nada al respecto. La señora Mina me ayudó,
comí, y luego, nos envolvimos en las pieles y nos acostamos al lado del
fuego. Le dije que durmiera y que yo velaría, pero de pronto me olvido
de la vigilancia y, cuando súbitamente me acuerdo de que debo hacerlo,
la encuentro tendida, inmóvil; pero despierta mirándome con ojos
muy brillantes. Esto sucedió una o dos veces y pude dormir hasta la mañana.
Cuando desperté, traté de hipnotizarla, pero, a pesar de que ella
cerró obedientemente los ojos, no pudo dormirse. El sol se elevó
cada vez más y, luego, el sueño llegó a ella, demasiado
tarde; fue tan fuerte, que no despertó.
Tuve que levantarla y colocarla, dormida, en la calesa, una vez que coloqué
en varas a los caballos y lo preparé todo. La señora continúa
dormida y su rostro parece más saludable y sonrosado que antes, y eso
no me gusta. ¡Tengo miedo, mucho miedo!
Tengo miedo de todas las cosas. Hasta de pensar; pero debo continuar mi camino.
Lo que nos jugamos es algo de vida o muerte, o más que eso aún,
y no debemos vacilar un instante.
5 de noviembre, por la mañana. Permítaseme ser exacto
en todo, puesto que, aunque usted y yo hemos visto juntos cosas extrañas,
puede comenzar a pensar que yo, van Helsing, estoy loco; que los muchos horrores
y las tensiones tan prolongadas sobre mi sistema nervioso han logrado al fin
trastornar mi cerebro. Viajamos todo el día de ayer, acercándonos
cada vez más a las montañas y recorriendo un terreno cada vez
más agreste y desierto. Hay precipicios gigantescos y amenazadores, muchas
cascadas, y la naturaleza parece haber realizado en alguna época su carnaval.
La señora Mina sigue durmiendo constantemente, y aunque yo sentí
hambre y la satisfice, no logré despertarla, ni siquiera para comer.
Comencé a temer que el hechizo fatal del lugar se estuviera apoderando
de ella, ya que está manchada con ese bautismo de sangre del vampiro.
—Bien —me dije a mí mismo—, si duerme todo el día, también
es seguro que yo no dormiré durante la noche.
Mientras viajábamos por el camino áspero, ya que se trataba de
un camino antiguo y deteriorado, me dormí. Volví a despertarme
con la sensación de culpabilidad y del tiempo transcurrido, y descubrí
que la señora Mina continuaba dormida y que el sol estaba muy bajo, pero,
en efecto, todo había cambiado. Las amenazadoras montañas parecían
más lejanas y nos encontrábamos cerca de la cima de una colina
de pendiente muy pronunciada, y en cuya cumbre se encontraba el castillo, tal
como Jonathan indicaba en su diario. Inmediatamente me sentí intranquilo
y temeroso, debido a que, ahora, para bien o para mal, el fin estaba cercano.
Desperté a la señora Mina y traté nuevamente de hipnotizarla,
pero no obtuve ningún resultado. Luego, la profunda oscuridad descendió
sobre nosotros, porque aun después del ocaso, los cielos reflejaban el
sol oculto sobre la nieve y todo estaba sumido, durante algún tiempo,
en una gigantesca penumbra. Desenganché los caballos, y les di de comer
en el albergue que logré encontrar. Luego, encendí un fuego y,
cerca de él, hice que la señora Mina, que ahora estaba más
despierta y encantadora que nunca, se sentara cómodamente, entre sus
pieles. Preparé la cena, pero ella no quiso comer. Dijo simplemente que
no tenía hambre. No la presioné, sabiendo que no lo deseaba, pero
yo cené, porque necesitaba estar fuerte por todos. Luego, presa aún
del temor por lo que pudiera suceder, tracé un círculo grande
en torno a la señora Mina y sobre él coloqué parte de la
Hostia sagrada y la desmenucé finamente, para que todo estuviera protegido.
Ella permaneció sentada tranquilamente todo el tiempo; tan tranquila
como si estuviera muerta, y empezó a ponerse cada vez más pálida,
hasta que tenía casi el mismo color de la nieve; no pronunció
palabra alguna, pero cuando me acerqué a ella, se abrazó a mí,
y noté que la pobre se estremecía de la cabeza a los pies, con
un temblor que era doloroso de ver. A continuación, cuando se tranquilizó
un poco, le dije:
—¿No quiere usted acercarse al fuego?
Deseaba hacer una prueba para saber si le era posible hacerlo.
Se levantó obedeciendo, pero, en cuanto dio un paso, se detuvo y permaneció
inmóvil, como petrificada.
—¿Por qué no continúa? —le pregunté.
Ella meneó la cabeza y, retrocediendo, volvió a sentarse en su
lugar.
Luego, mirándome con los ojos muy abiertos, como los de una persona
que acaba de despertar de un sueño, me dijo con sencillez:
—¡No puedo! —y guardó silencio.
Me alegró sabiendo que si ella no podía pasar, ninguno de los
vampiros, a los que temíamos, podría hacerlo tampoco. ¡Aunque
era posible que hubiera peligros para su cuerpo, al menos su alma estaba a salvo!
En ese momento, los caballos comenzaron a inquietarse y a tirar de sus riendas,
hasta que me acerqué a ellos y los calmé. Cuando sintieron mis
manos sobre ellos, relincharon en tono bajo, como de alegría, frotaron
sus hocicos en mis manos y permanecieron tranquilos durante un momento. Muchas
veces, en el curso de la noche, me levanté y me acerqué a ellos
hasta que llegó el momento frío en que toda la naturaleza se encuentra
en su punto más bajo de vitalidad, y, todas las veces, mi presencia los
calmaba. Al acercarse la hora más fría, el fuego comenzó
a extinguirse y me levanté para echarle más leña, debido
a que la nieve caía con más fuerza y, con ella, se acercaba una
neblina ligera y muy fría. Incluso en la oscuridad hay un resplandor
de cierto tipo, como sucede siempre sobre la nieve, y pareció que los
copos de nieve y los jirones de niebla tomaban forma de mujeres, vestidas con
ropas que se arrastraban por el suelo. Todo parecía muerto, y reinaba
un profundo silencio, que solamente interrumpía la agitación de
los caballos, que parecían temer que ocurriera lo peor. Comencé
a sentir un tremendo miedo, pero entonces me llegó el sentimiento de
seguridad, debido al círculo dentro del que me encontraba. Comencé
a pensar también que todo era debido a mi imaginación en medio
de la noche, a causa del resplandor, de la intranquilidad, de la fatiga y de
la terrible ansiedad. Era como si mis recuerdos de las terribles experiencias
de Jonathan me engañaran, porque los copos de nieve y la niebla comenzaron
a girar en torno a mí, hasta que pude captar una imagen borrosa de aquellas
mujeres que lo habían besado. Luego, los caballos se agacharon cada vez
más y se lamentaron aterrorizados, como los hombres lo hacen en medio
del dolor. Hasta la locura del temor les fue negada, de manera que pudieran
alejarse. Sentí temor por mi querida señora Mina, cuando aquellas
extrañas figuras se acercaron y me rodearon. La miré, pero ella
permaneció sentada tranquila, sonriéndome; cuando me acerqué
al fuego para echarle más leña, me cogió una mano y me
retuvo; luego, susurró, con una voz que uno escucha en sueños,
sumamente baja:
—¡No! ¡No! No salga. ¡Aquí está seguro!
Me volví hacia ella y le dije, mirándola a los ojos:
—Pero, ¿y usted? ¡Es por usted por quien temo! Al oír eso, se echó
a reír... con una risa ronca, e irreal, y dijo:
—¿Teme por mí? ¿Por qué teme por mí? Nadie en todo
el mundo esta mejor protegido contra ellos que yo.
Y mientras me preguntaba el significado de sus palabras, una ráfaga
de viento hizo que la llama se elevara y vi la cicatriz roja en su frente. Luego
lo comprendí. Y si no lo hubiera comprendido entonces, pronto lo hubiera
hecho, gracias a las figuras de niebla y nieve que giraban y que se acercaban,
pero manteniéndose lejos del círculo sagrado. Luego, comenzaron
a materializarse, hasta que, si Dios no se hubiera llevado mi cordura, porque
lo vi con mis propios ojos, estuvieron ante mí, en carne y hueso, las
mismas tres mujeres que Jonathan vio en la habitación, cuando le besaron
la garganta.
Yo conocía las imágenes que giraban, los ojos brillantes y duros,
las dentaduras blancas, el color sonrosado y los labios voluptuosos. Le sonreían
continuamente a la pobre señora Mina, Y al resonar sus risas en el silencio
de la noche, agitaban los brazos y la señalaban, hablando con las voces
resonantes y dulces de las que Jonathan había dicho que eran insoportablemente
dulces, como cristalinas.
—¡Ven, hermana! ¡ven con nosotras! ¡ven! ¡ven! —le decían.
Lleno de temor, me volví hacia mi pobre señora Mina y mi corazón
se elevó como una llama, lleno de gozo, porque, ¡oh!, el terror que se
reflejaba en sus dulces ojos y la repulsión y el horror, hacían
comprender a mi corazón que aún había esperanzas, ¡gracias
sean dadas a Dios porque no era aún una de ellas! Cogí uno de
los leños de la fogata, que estaba cerca de mí, y, sosteniendo
parte de la Hostia, avancé hacia ellas. Se alejaron de mí y se
rieron a carcajadas, de manera ronca y horrible. Alimenté el fuego y
no les tuve miedo, porque sabía que estábamos seguros dentro de
nuestro círculo protector. No podían acercárseme, mientras
estuviera armado en esa forma, ni a la señora Mina, en tanto permaneciera
dentro del círculo, que ella no podía abandonar, y en el que las
otras no podían entrar. Los caballos habían dejado de gemir y
permanecían inmóviles echados en el suelo. La nieve caía
suavemente sobre ellos, hasta que se pusieron blancos. Supe que, para los pobres
animales, no existía un terror mayor.
Permanecimos así hasta que el rojo color del amanecer comenzó
a vislumbrarse en medio de la nieve sombría. Me sentía desolado
y temeroso, lleno de presentimientos y terrores, pero cuando el hermoso sol
comenzó a ascender por el horizonte, la vida volvió a mí.
Al aparecer el alba, las figuras horribles se derritieron en medio de la niebla
y la nieve que giraba; las capas de neblina transparente se alejaron hacia el
castillo y se perdieron. Instintivamente, al llegar la aurora, me volví
hacia la señora Mina, para tratar de hipnotizarla, pero vi que se había
quedado repentina y profundamente dormida, y no pude despertarla. Traté
de hipnotizarla dormida, pero no me dio ninguna respuesta en absoluto, y el
sol salió. Tengo todavía miedo de moverme. He hecho fuego y he
ido a ver a los caballos. Todos están muertos. Hoy tengo mucho quehacer
aquí y espero hasta que el sol se encuentre ya muy alto, porque puede
haber lugares a donde tengo que ir, en los que ese sol, aunque oscurecido por
la nieve y la niebla, será para mí una seguridad.
Voy a fortalecerme con el desayuno, y después, voy a ocuparme de mi
terrible trabajo. La señora Mina duerme todavía y, ¡gracias a
Dios!, está tranquila en su sueño.
Del diario de Jonathan Harker
4 de noviembre, por la noche. El accidente de la lancha había
sido terrible para nosotros. A no ser por él, hubiéramos atrapado
el bote desde hace mucho tiempo, y para ahora, mi querida Mina estaría
ya libre. Temo pensar en ella, lejos del mundo, en aquel horrible lugar. Hemos
conseguido caballos, y seguimos por el camino. Escribo esto mientras Godalming
se prepara. Tenemos preparadas nuestras armas y los cíngaros tendrán
que tener cuidado si es que desean pelear. ¡Si Morris y Seward estuvieran con
nosotros! ¡Sólo nos queda esperar! ¡Si no vuelvo a escribir, adiós,
Mina! ¡Que Dios te bendiga y te guarde!
Del diario del doctor Seward
5 de noviembre. Al amanecer, vemos la tribu de cíngaros delante
de nosotros, alejándose del río, en sus carretas. Se reúnen
en torno a ellas y se desplazan apresuradamente, como si estuvieran siendo acosados.
La nieve está cayendo lentamente y hay una enorme tensión en la
atmósfera. Es posible que se trate solamente de nuestros sentimientos,
pero la impresión es extraña. A lo lejos, oigo el aullido de los
lobos; la nieve los hace bajar de las montañas y el peligro para todos
es grande y procede de todos lados. Los caballos están casi preparados,
y nos ponemos en marcha inmediatamente. Vamos hacia la muerte de alguien. Solamente
Dios sabe de quién o dónde, o qué o cuándo o cómo
puede suceder...
Memorando, por el doctor van Helsing
5 de noviembre, por la tarde. Por lo menos, estoy cuerdo. Gracias a
Dios por su misericordia en medio de tantos sucesos, aunque hayan resultado
una prueba terrible.
Cuando dejé a la señora Mina dormida en el interior del círculo
sagrado, me encaminé hacia el castillo. El martillo de herrero que llevaba
en la calesa desde Veresti me ha sido útil; aunque las puertas estaban
abiertas, las hice salir de sus goznes oxidados, para evitar que algún
intento maligno o la mala suerte pudieran cerrarlas de tal modo que una vez
dentro no pudiera volver a salir. Las amargas experiencias de Jonathan me sirven.
Recordando su diario, encuentro el camino hacia la vieja capilla, ya que sé
que es allí donde voy a tener que trabajar. La atmósfera era sofocante;
parecía que había en ella algún ácido sulfuroso
que, a veces, me atontó un poco. O bien oía un rugido, o me llegaban
distorsionados los aullidos de los lobos. Entonces, me acordé de mi querida
señora Mina y me encontré en medio de un terrible dilema.
No me he permitido traerla a este horrendo lugar, sino que la he dejado a salvo
de los vampiros en el círculo sagrado; sin embargo, ¡había lobos
que la ponían en peligro! Resolví que tenía que hacer el
principal trabajo en el castillo, y que en lo tocante a los lobos deberíamos
someternos a la voluntad de Dios. De todos modos, eso significaría sólo
la muerte y la libertad. Así es que me decidí por ella. Si la
elección hubiera sido por mí, no me hubiera sido difícil
decidirme; ¡era mil veces mejor encontrarse en medio de una jauría de
lobos que en la tumba del vampiro! Por consiguiente, decidí continuar
mi trabajo.
Sabía que había al menos tres tumbas que encontrar, las cuales
estaban habitadas. De modo que busqué sin descanso, y encontré
una de ellas. Estaba tendida en su sueño de vampiro, tan llena de vida
y de voluptuosa belleza que me estremecí, como si me dispusiera a cometer
un crimen. No pongo en duda que, en la antigüedad, a muchos hombres que
se disponían a llevar a cabo una tarea como la mía les fallaran
el corazón y los nervios. Por consiguiente, se retrasaba hasta que la
misma belleza de la muerta viva lo hipnotizaba; y se quedaba allí,
hasta que llegaba la puesta del sol y cesaba el sueño del vampiro. Entonces,
los hermosos ojos de la mujer vampiro se abrían y lo miraban llenos de
amor, y los labios voluptuosos se entreabrían para besar... El hombre
es débil. Así había una víctima más en la
guarida del vampiro; ¡uno más que engrosaba las filas terribles de los
muertos vivos...!
Desde luego, existe cierta fascinación, puesto que me conmuevo ante
la sola presencia de una mujer tan bella, aun cuando esté tendida en
una tumba destartalada por los años y llena del polvo de varios siglos,
aunque había ese olor horrible que flotaba en la guarida del conde. Sí;
me sentía turbado... Yo, van Helsing, a pesar de mis propósitos
y de mis motivos de odios..., sentía la necesidad de un retraso que parecía
paralizar mis facultades y aferrarme el alma misma. Era posible que la necesidad
de sueño natural y la extraña opresión del aire me estuvieran
abrumando. Estaba seguro de que me estaba dejando dominar por el sueño;
el sueño con los ojos abiertos de una persona que se entrega a una dulce
fascinación, cuando llegó a través del aire silencioso
y lleno de nieve un gemido muy prolongado, tan lleno de aflicción y de
pesar, que me despertó como si hubiera sido una trompeta, puesto que
era la voz de la señora Mina la que estaba oyendo.
Luego, me dediqué a mi horrible tarea y descubrí, levantando
las losas de las tumbas, a otra de las hermanas, la otra morena. No me detuve
a mirarla, como lo había hecho con su hermana, por miedo de quedar fascinado
otra vez; continúo buscando hasta que, de pronto, descubro en una gran
tumba que debió ser construida para una mujer muy amada, a la otra hermana,
a la que, como mi amigo Jonathan, he visto materializarse de la niebla. Era
tan agradable de contemplar, de una belleza tan radiante y tan exquisitamente
voluptuosa, que el mismo instinto de hombre en mí, que exigía
parte de mi sexo para amar y proteger a una de ellas, hizo que mi cabeza girara
con una nueva emoción. Pero, gracias a Dios, aquel lamento prolongado
de mi querida señora Mina no había cesado todavía en mis
oídos y, antes de que el hechizo pudiera afectarme otra vez, ya me había
decidido a llevar a cabo mi terrible trabajo. Había registrado todas
las tumbas de la capilla, según creo, y como solamente había habido
cerca de nosotros, durante la noche, tres de esos fantasmas de muertas vivas,
supuse que no había más muertas vivas activas que ellas. Había
una gran tumba, más señorial que todas las demás, enorme
y de nobles proporciones. Sobre ella había escrita una sola palabra:
DRÁCULA
Así pues, aquella era la tumba del Rey Vampiro, al que se debían
tantos otros. El hecho de que estuviese vacía fue lo suficientemente
elocuente como para asegurarme de lo que ya sabía. Antes de comenzar
a restaurar a aquellas mujeres a su calidad de muertas verdaderas, por medio
de mi horrible trabajo, dejé una parte de la hostia sagrada en la tumba
de Drácula, haciendo así que la entrada le fuera prohibida y que
permaneciera eternamente como muerto vivo.
Entonces comenzó mi terrible tarea, y tuve horror de ella. Si solamente
hubiera sido una, no resultaría difícil, relativamente. Pero,
¡eran tres! Tenía que recomenzar dos veces después de haber llegado
al colmo del horror. Puesto que si fue terrible con la dulce Lucy, ¿cómo
no iba a serlo con aquellas desconocidas, que habían sobrevivido durante
varios siglos y que habían sido fortalecidas por el paso de los años?
Si pudieran, ¿lucharían por sus horrendas vidas…?
¡Oh, amigo John, era un trabajo de carnicero! Si no me hubiera dado ánimos
el pensar en otros muertos y en los vivos sobre los que pesaba un error semejante,
no habría podido hacerlo. No ceso de temblar todavía, aunque hace
tiempo ya que el trabajo ha concluido. Gracias a Dios, mis nervios no me traicionaron.
Si no hubiera visto el reposo en primer lugar y la alegría que se extendió
sobre el rostro del cadáver un momento antes de que comenzara la disolución,
como demostración de que un alma había sido liberada, no hubiera
podido concluir mi carnicería. No hubiera podido soportar el terrible
ruido de la estaca al penetrar, los labios cubiertos de espuma sanguinolenta,
ni el retorcerse del cuerpo. Debí dejar mi trabajo sin terminar, huyendo
aterrorizado de allí, pero, ¡ya está concluido! Y en cuanto a
las pobres almas, puedo ahora sentir lástima por ellas y derramar lágrimas,
puesto que vi la paz que se extendía sobre sus rostros, antes de desaparecer.
Puesto que, amigo John, apenas había cortado con mi cuchillo la cabeza
de todas ellas, cuando los cuerpos comenzaron a desintegrarse hasta convertirse
en el polvo natural, como si la muerte que debía haberse producido varios
siglos antes, se hubiera finalmente establecido con firmeza, proclamando: "¡Aquí
estoy!"
Antes de salir del castillo, cerré las puertas de tal modo, que nunca
volviera a poder entrar el conde como muerto vivo.
Cuando entré en el círculo sagrado, en cuyo interior dormía
la señora Mina, despertó y, al verme, me dijo llorando que yo
había soportado ya demasiado.
—¡Vámonos! —dijo—. ¡Alejémonos de este horrible lugar! Vamos
a salir al encuentro de mi esposo, que ya está en camino hacia nosotros;
lo sé.
Tenía un aspecto frágil, pálido y débil, pero sus
ojos estaban puros y brillaban con fervor. Estaba contento de ver su palidez
y su aspecto enfermizo, ya que mi mente estaba todavía llena del horror
producido al ver aquel sueño de las mujeres vampiros.
Así, con confianza y esperanza y, sin embargo, llenos de temor, nos
dirigimos hacia el este, para reunirnos con nuestros amigos y con él,
puesto que la señora Mina dice que sabe que vienen a nuestro encuentro.
Del diario de Mina Harker
6 de noviembre. Estaba ya bastante avanzada la tarde cuando el profesor
y yo nos pusimos en marcha hacia el este, por donde sabía yo que se estaba
acercando Jonathan. No avanzamos rápidamente, debido a que el terreno
era muy en pendiente y teníamos que llevar con nosotros pesadas pieles
y abrigos, porque no deseábamos correr el riesgo de permanecer sin ropas
calientes en medio del frío y de la nieve. Además, tuvimos que
llevarnos parte de nuestras provisiones, ya que estábamos en una comarca
absolutamente desolada y, en toda la extensión que abarcaba nuestra mirada,
sobre la nieve, no se veía ningún lugar habitado. Cuando hubimos
recorrido aproximadamente kilómetro y medio, me sentí cansada
por la pesada caminata, y me senté un momento a descansar. Entonces,
miramos atrás y vimos el lugar en que el altivo castillo de Drácula
destacaba contra el cielo, debido a que estábamos en un lugar tan bajo
con respecto a la colina sobre la que se levantaba, que los Cárpatos
se encontraban muy lejos detrás de él.
Lo vimos en toda su grandeza, casi pendiente sobre un precipicio enorme, y
parecía que había una gran separación entre la cima y las
otras montañas que lo rodeaban por todos lados. Alcanzábamos a
oír el aullido distante de los lobos. Estaban muy lejos, pero el sonido,
aunque amortiguado por la nieve, era horripilante. Comprendí por el modo
en que el profesor van Helsing estaba mirando a nuestro alrededor, que estaba
buscando un punto estratégico en donde estaríamos menos expuestos
en caso de ataque. El camino real continuaba hacia abajo y podíamos verlo
a pesar de la nieve que lo cubría.
Al cabo de un momento, el profesor me hizo señas y, levantándome,
me dirigí hacia él. Había encontrado un lugar magnífico;
una especie de hueco natural en una roca, con una entrada semejante a una puerta,
entre dos peñascos. Me tomó de la mano y me hizo entrar.
—¡Vea! —me dijo—. Aquí estará usted a salvo, y si los lobos se
acercan, podrá recibirlos uno por uno.
Llevó al interior todas nuestras pieles y me preparó un lecho
cómodo; luego, sacó algunas provisiones y me obligó a consumirlas.
Pero no podía comer, e incluso el tratar de hacerlo me resultaba repulsivo;
aunque me hubiera gustado mucho poder complacerlo, no pude hacerlo. Pareció
muy entristecido. Sin embargo, no me hizo ningún reproche. Sacó
de su estuche sus anteojos y permaneció en la parte más alta de
la roca, examinando cuidadosamente el horizonte. Repentinamente, gritó:
—¡Mire, señora Mina! ¡Mire! ¡Mire!
Me puse en pie de un salto y ascendí a la roca, deteniéndome
a su lado; me tendió los anteojos y señaló con el dedo.
La nieve caía con mayor fuerza y giraba en torno nuestro con furia, debido
a que se había desatado un viento muy fuerte. Sin embargo, había
veces en que la ventisca se calmaba un poco y lograba ver una gran extensión
de terreno. Desde la altura en que nos encontrábamos, era posible ver
a gran distancia y, a lo lejos, más allá de la blanca capa de
nieve, el río que avanzaba formando meandros, como una cinta negra, justamente
frente a nosotros y no muy lejos..., en realidad tan cerca, que me sorprendió
que no los hubiéramos visto antes, avanzaba un grupo de hombres montados
a caballo, que se apresuraban todo lo que podían. En medio de ellos llevaban
una carreta, un vehículo largo que se bamboleaba de un lado a otro, como
la cola de un perro, cuando pasaba sobre alguna desigualdad del terreno. En
contraste con la nieve, tal y como aparecían, comprendí por sus
ropas que debía tratarse de campesinos o de guanos.
Sobre la carreta había una gran caja cuadrada, y sentí que mi
corazón comenzaba a latir fuertemente debido a que presentía que
el fin estaba cercano. La noche se iba acercando ya, y sabía perfectamente
que, a la puesta del sol, la cosa que estaba encerrada en aquella caja podría
salir y, tomando alguna de las formas que estaban en su poder, eludir la persecución.
Aterrorizada, me volví hacia el profesor y vi consternada que ya no estaba
a mi lado. Un instante después lo vi debajo de mí. Alrededor de
la roca había trazado un círculo, semejante al que había
servido la noche anterior para protegernos. Cuando lo terminó, se puso
otra vez a mi lado, diciendo:
—¡Al menos estará usted aquí a salvo de él!
Me tomó los anteojos de las manos, y al siguiente momento de calma recorrió
con la mirada todo el terreno que se extendía a nuestros pies.
—Vea —dijo—: se acercan rápidamente, espoleando los caballos y avanzando
tan velozmente como el camino se lo permite —hizo una pausa y, un instante después,
continuó, con voz hueca—: Se están apresurando a causa de que
está cerca la puesta del sol. Es posible que lleguemos demasiado tarde.
¡Que se haga la voluntad del Señor!
Volvió a caer otra vez la nieve con fuerza, y todo el paisaje desapareció.
Sin embargo, pronto se calmó y, una vez más, el profesor escudriñó
la llanura con ayuda de sus anteojos. Luego, gritó repentinamente:
—¡Mire! ¡Mire! ¡Mire! Vea: dos jinetes los siguen rápidamente, procedentes
del sur. Deben ser Quincey y John. Tome los anteojos. ¡Mire antes de que la
nieve nos impida ver otra vez!
Tomé los anteojos y miré. Los dos hombres podían ser el
señor Morris y el doctor Seward. En todo caso, estuve segura de que ninguno
de ellos era Jonathan. Al mismo tiempo, sabía que Jonathan no
se encontraba lejos; mirando en torno mío, vi al norte del grupo que
se acercaban otros dos hombres, que galopaban a toda la velocidad que podían
desarrollar sus monturas. Comprendí que uno de ellos era Jonathan y,
por supuesto, supuse que el otro debía ser lord Godalming. Ellos también
estaban persiguiendo al grupo de la carreta. Cuando se lo dije al profesor,
saltó de alegría, como un escolar y, después de mirar atentamente,
hasta que otra ventisca de nieve hizo que toda visión fuera imposible,
preparó su Winchester, colocándolo sobre uno de los peñascos,
preparado para disparar.
—Están convergiendo todos —dijo—. Cuando llegue el momento, tendremos
gitanos por todos lados.
Saqué mi revólver y lo mantuve a punto de disparar, ya que, mientras
hablábamos, el aullido de los lobos sonó mucho más cerca.
Cuando la tormenta de nieve se calmó un poco, volvimos a mirar. Era extraño
ver la nieve que caía con tanta fuerza en el lugar en que nosotros nos
encontrábamos y, un poco más allá, ver brillar el sol,
cada vez con mayor intensidad, acercándose cada vez más a la línea
de montañas. Al mirar en torno nuestro, pude ver manchas que se desplazaban
sobre la nieve, solas, en parejas o en tríos y en grandes números...
Los lobos se estaban reuniendo para atacar a sus presas.
Cada instante que pasaba parecía una eternidad, mientras esperábamos.
El viento se hizo de pronto más fuerte y la nieve caía con furia,
girando sobre nosotros sin descanso. A veces no llegábamos a ver ni siquiera
a la distancia de nuestros brazos extendidos; pero en otros momentos, el aire
se aclaraba y nuestra mirada abarcaba todo el paisaje. Durante los últimos
tiempos nos habíamos acostumbrado tanto a esperar la salida y la puesta
del sol, que sabíamos exactamente cuándo iba a producirse. No
faltaba mucho para el ocaso. Era difícil creer que, de acuerdo con nuestros
relojes, hacía menos de una hora que estábamos sobre aquella roca,
esperando, mientras los tres grupos de jinetes convergían sobre nosotros.
El viento se fue haciendo cada vez más fuerte y soplaba de manera más
regular desde el norte. Parecía que las nubes cargadas de nieve se habían
alejado de nosotros, porque había cesado, salvo copos ocasionales. Resultaba
bastante extraño que los perseguidos no se percataran de que eran perseguidos,
o que no se preocuparan en absoluto de ello. Sin embargo, parecían apresurarse
cada vez más, mientras el sol descendía sobre las cumbres de las
montañas.
Se iban acercando... El profesor y yo nos agazapamos detrás de una roca
y mantuvimos nuestras armas preparadas para disparar. Comprendí que estaba
firmemente determinado a no dejar que pasaran. Ninguno de ellos se había
dado cuenta de nuestra presencia.
Repentinamente, dos voces gritaron con fuerza:
—¡Alto!
Una de ellas era la de mi Jonathan, que se elevaba en tono de pasión;
la otra era la voz resuelta y de mando del señor Morris. Era posible
que los gitanos no comprendieran la lengua, pero el tono en que fue pronunciada
esa palabra no dejaba lugar a dudas, sin que importara en absoluto en qué
lengua había sido dicha.
Instintivamente, tiraron de las riendas y, de pronto, lord Godalming y Jonathan
se precipitaron hacia uno de los lados y el señor Morris y el doctor
Seward por el otro. El líder de los gitanos, un tipo de aspecto impresionante
que montaba a caballo como un centauro, les hizo un gesto, ordenándoles
retroceder y, con voz furiosa, les dio a sus compañeros orden de entrar
en acción. Espolearon a los caballos que se lanzaron hacia adelante,
pero los cuatro jinetes levantaron sus rifles Winchester y, de una manera
inequívoca, les dieron la orden de detenerse. En ese mismo instante,
el doctor van Helsing y yo nos pusimos en pie detrás de las rocas y apuntamos
a los gitanos con nuestras armas. Viendo que estaban rodeados, los hombres tiraron
de las riendas y se detuvieron. El líder se volvió hacia ellos,
les dio una orden y, al oírla, todos los gitanos echaron mano a las armas
de que disponían, cuchillos o pistolas, y se dispusieron a atacar. El
resultado no se hizo esperar.
El líder, con un rápido movimiento de sus riendas, lanzó
su caballo hacia el frente, dirigiéndose primeramente hacia el sol, que
estaba ya muy cerca de las cimas de las montañas y, luego, hacia el castillo,
diciendo algo que no pude comprender. Como respuesta, los cuatro hombres de
nuestro grupo desmontaron de sus caballos y se lanzaron rápidamente hacia
la carreta. Debía haberme sentido terriblemente aterrorizada al ver a
Jonathan en un peligro tan grande, pero el ardor de la batalla se había
apoderado de mí, lo mismo que de todos los demás; no tenía
miedo, sino un deseo salvaje y apremiante de hacer algo. Viendo el rápido
movimiento de nuestros amigos, el líder de los gitanos dio una orden
y sus hombres se formaron instantáneamente en torno a la carreta, en
una formación un tanto indisciplinada, empujándose y estorbándose
unos a otros, en su afán por ejecutar la orden con rapidez.
En medio de ellos, alcancé a ver a Jonathan que se abría paso
por un lado hacia la carreta, mientras el señor Morris lo hacia por el
otro. Era evidente que tenían prisa por llevar a cabo su tarea antes
de que se pusiera el sol. Nada parecía poder de tenerlos o impedirles
el paso: ni las armas que les apuntaban, ni los cuchillos de los gitanos que
estaban formados frente a ellos, ni siquiera los aullidos de los lobos a sus
espaldas parecieron atraer su atención. La impetuosidad de Jonathan y
la firmeza aparente de sus intenciones parecieron abrumar a los hombres que
se encontraban frente a él, puesto que, instintivamente, retrocedieron
y lo dejaron pasar. Un instante después, subió a la carreta y,
con una fuerza que parecía increíble, levantó la caja y
la lanzó al suelo, sobre las ruedas. Mientras tanto, el señor
Morris había tenido que usar la fuerza para atravesar el círculo
de gitanos. Durante todo el tiempo en que había estado observando angustiada
a Jonathan, vi con el rabillo del ojo a Quincey que avanzaba, luchando desesperadamente
entre, los cuchillos de los gitanos que brillaban al sol y se introducían
en sus carnes. Se había defendido con su puñal y, finalmente,
creí que había logrado pasar sin ser herido, pero cuando se plantó
de un salto al lado de Jonathan, que se había bajado ya de la carreta,
pude ver que con la mano izquierda se sostenía el costado y que la sangre
brotaba entre sus dedos. Sin embargo, no se dejó acobardar por eso, puesto
que Jonathan, con una energía desesperada, estaba atacando la madera
de la caja, con su gran cuchillo kukri, para quitarle la tapa, y Quincey
atacó frenéticamente el otro lado con su puñal. Bajo el
esfuerzo de los dos hombres, la tapa comenzó a ceder y los clavos salieron
con un chirrido seco. Finalmente, la tapa de la caja cayó a un lado.
Para entonces, los gitanos, viéndose cubiertos por los Winchesters
y a merced de lord Godalming y del doctor Seward, habían cedido y
ya no presentaban ninguna resistencia. El sol estaba casi escondido ya entre
las cimas de las montañas y las sombras de todo el grupo se proyectaban
sobre la tierra. Vi al conde que estaba tendido en la caja, sobre la tierra,
parte de la cual había sido derramada sobre él, a causa de la
violencia con que la caja había caído de la carreta. Estaba profundamente
pálido, como una imagen de cera, y sus ojos rojos brillaban con la mirada
vengadora y horrible que tan bien conocía yo.
Mientras yo lo observaba, los ojos vieron el sol que se hundía en el
horizonte y su expresión de odio se convirtió en una de triunfo.
Pero, en ese preciso instante, surcó el aire el terrible cuchillo de
Jonathan. Grité al ver que cortaba la garganta del vampiro, mientras
el puñal del señor Morris se clavaba en su corazón.
Fue como un milagro, pero ante nuestros propios ojos y casi en un abrir y cerrar
de ojos, todo el cuerpo se convirtió en polvo, y desapareció.
Me alegraré durante toda mi vida de que, un momento antes de la disolución
del cuerpo, se extendió sobre el rostro del vampiro una paz que nunca
hubiera esperado que pudiera expresarse.
El castillo de Drácula destacaba en aquel momento contra el cielo rojizo,
y cada una de las rocas de sus diversos edificios se perfilaba contra la luz
del sol poniente.
Los gitanos, considerándonos responsables de la desaparición
del cadáver, volvieron grupas a sus caballos y se alejaron a toda velocidad,
como si temieran por sus vidas. Los que iban a pie saltaron sobre la carreta
y les gritaron a los jinetes que no los abandonaran. Los lobos, que se mantenían
a respetable distancia, los siguieron y nos dejaron solos.
El señor Morris, que se había desplomado al suelo con la mano
apretada sobre su costado, veía la sangre que salía entre sus
dedos. Corrí hacia él, debido a que el círculo sagrado
no me impedía ya el paso; lo mismo hicieron los dos médicos. Jonathan
se arrodilló a su lado y el herido hizo que su cabeza reposara sobre
su hombro. Con un suspiro me tomó una mano con la que no tenía
manchada de sangre. Debía estar viendo la angustia de mi corazón
reflejada en mi rostro, ya que me sonrió y dijo:
—¡Estoy feliz de haber sido útil! ¡Oh, Dios! —gritó repentinamente,
esforzándose en sentarse y señalándome—. ¿Vale la pena
morir por eso? ¡Miren! ¡Miren!
El sol estaba ya sobre los picos de las montañas y los rayos rojizos
caían sobre mi rostro, de tal modo que estaba bañada en un resplandor
rosado. Con un solo impulso, los hombres cayeron de rodillas y dijeron: "Amén",
con profunda emoción, al seguir con la mirada lo que Quincey señalaba.
El moribundo habló otra vez:
—¡Gracias, Dios mío, porque todo esto no ha sido en vano! ¡Vean! ¡Ni
la nieve está más limpia que su frente! ¡La maldición ha
concluido!
Y, ante nuestro profundo dolor, con una sonrisa y en silencio, murió
un extraordinario caballero.
NOTA
Hace siete años, todos nosotros atravesamos las llamas; y por la felicidad
de que gozamos desde entonces algunos de nosotros, creo que bien vale la pena
haber sufrido tanto. Para Mina y para mí es una alegría suplementaria
el hecho de que el cumpleaños de nuestro hijo sea el mismo día
en que murió Quincey Morris. Su madre tiene la creencia, en secreto,
aunque yo lo sé, de que parte del espíritu de nuestro querido
amigo ha pasado al niño. Su conjunto de nombres enlaza los de todo nuestro
grupo de hombres, pero lo llamamos Quincey.
Durante el verano de este año, hicimos un viaje a Transilvania, recorriendo
el terreno que para nosotros estaba y está tan lleno de terribles recuerdos.
Nos resultó casi imposible creer que las cosas que habíamos visto
con nuestros propios ojos y oído con nuestros oídos, hubieran
podido existir. Todo rastro de aquello ha desaparecido por completo. El castillo
permanece como antes, elevándose ante un paisaje lleno de desolación.
Cuando volvimos a casa, hablamos de los viejos tiempos... que podíamos
recordar sin sentir desesperación, puesto que tanto Godalming como Seward
son felices en sus matrimonios. Saqué los papeles de la caja fuerte en
que se han encontrado guardados desde nuestro regreso, hace tanto tiempo.
Nos sorprendimos al ver que todo el conjunto de papeles que componen la totalidad
de los registros, no puede decirse que constituyan un auténtico documento;
solamente son un montón de papeles mecanografiados, con excepción
de las últimas notas tomadas por Mina, por el doctor Seward y por mí
mismo, así como el memorando del doctor van Helsing. No podemos pedirle
a nadie, ni aunque lo deseemos, aceptar ese montón de papeles como prueba
de una historia tan terrible. Van Helsing resumió todo cuando dijo, teniendo
a nuestro hijito sobre sus rodillas:
—No necesitamos pruebas. ¡No le pedimos a nadie que nos crea! Este muchacho
sabrá alguna vez lo valerosa y extraordinaria que es su madre. Ahora,
ya conoce su dulzura y su cariño; más adelante, comprenderá
cómo la amaban algunos hombres, que tanto arriesgaron por su bien.
JONATHAN HARKER.
 
 
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