Drácula
Abraham Stoker
XV.— EL DIARIO DEL DOCTOR SEWARD (continuación)
Por un momento me dominó una fuerte cólera; fue como si en vida
hubiese abofeteado a Lucy. Golpeé fuertemente la mesa y me puse en pie
al mismo tiempo que le decía:
—Doctor van Helsing, ¿está usted loco?
Él levantó la cabeza y me miró: la ternura que reflejaba
su rostro me calmó de inmediato.
—¡Me gustaría que así fuera! —dijo él—. La locura sería
más fácil de soportar comparada con verdades como esta. ¡Oh, mi
amigo!, ¿por qué piensa que yo di un rodeo tan grande? ¿Por qué
tomé tanto tiempo para decirle una cosa tan simple? ¿Es acaso porque
lo odio y lo he odiado a usted toda mi vida? ¿Es porque deseaba causarle daño?
¿Era porque yo quería, ahora, después de tanto tiempo, vengarme
por aquella vez que usted salvó mi vida, y de una muerte terrible? ¡Ah!
¡No!.
—Perdóneme —le dije yo.
Mi maestro continuó:
—Mi amigo, fue porque yo deseaba ser cuidadoso en darle la noticia, porque
yo sé que usted amó a esa niña tan dulce. Pero aun ahora
no espero que usted me crea. Es tan difícil aceptar de golpe cualquier
verdad muy abstracta, ya que nosotros podemos dudar que sea posible si siempre
hemos creído en su imposibilidad..., y es todavía más difícil
y duro aceptar una verdad concreta tan triste, y de una persona como la señorita
Lucy. Hoy por la noche iré a probarlo. ¿Se atreve a venir conmigo?
Esto me hizo tambalear. Un hombre no gusta que le prueben tales verdades; Byron
decía de los celos: "Y prueban la verdad pura de lo que más aborrecía."
Él vio mi indecisión, y habló:
—La lógica es simple, aunque esta vez no es lógica de loco, saltando
de un montecillo a otro en un pantano con niebla. Si no es verdad, la prueba
será un alivio; en el peor de los casos, no hará ningún
daño. ¡Si es verdad...! ¡Ah!, ahí está la amenaza. Sin
embargo, cada amenaza debe ayudar a mi causa, pues en ella hay necesidad de
creer. Venga; le digo lo que me propongo: primero, salimos ahora mismo y vamos
a ver al niño al hospital. El doctor Vincent, del Hospital del Norte,
donde el periódico dice que se encuentra el niño, es un amigo
mío, y creo que de usted también, ya que estudió con él
en Ámsterdam. Permitirá que dos científicos vean su caso,
si no quiere que lo hagan dos amigos. No le diremos nada, sino sólo que
deseamos aprender. Y entonces...
—¿Y entonces?
Sacó una llave de su bolsillo y la sostuvo ante mí.
—Entonces, pasamos la noche, usted y yo, en el cementerio donde yace Lucy.
Esta es la llave que cierra su tumba. Me la dio el hombre que hizo el féretro,
para que se la diera a Arthur.
Mi corazón se encogió cuando sentí que una horrorosa aventura
parecía estar ante nosotros. Sin embargo, no podía hacer nada,
así es que hice de tripas corazón y dije que sería mejor
darnos prisa, ya que la tarde estaba pasando...
Encontramos despierto al niño. Había dormido y había comido
algo, y en conjunto iba mejorando notablemente. El doctor Vincent retiró
la venda de su garganta y nos mostró los puntos. No había ninguna
duda con su parecido de aquellos que habían estado en la garganta de
Lucy. Eran más pequeños, y los bordes parecían más
frescos; eso era todo. Le preguntamos a Vincent a qué los atribuía,
y él replicó que debían ser mordiscos de algún animal;
tal vez de una rata; pero se inclinaba a pensar que era uno de uno de esos murciélagos
que eran tan numerosos en las alturas del norte de Londres.
—Entre tantos inofensivos —dijo él—, puede haber alguna especie salvaje
del sur de algunos tipos más malignos. Algún marinero pudo haberlo
llevado a su casa, y puede habérsele escapado; o incluso algún
polluelo puede haberse salido de los jardines zoológicos, o alguno de
los de ahí puede haber sido creado por un vampiro. Estas cosas suceden;
¿saben ustedes?, hace sólo diez días se escapó un lobo,
y creo que lo siguieron en esta dirección. Durante una semana después
de eso, los niños no hicieron más que jugar a "Caperucita Roja"
en el Brezal y en cada callejuela del lugar hasta que el espanto de esta "dama
fanfarrona" apareció. Desde entonces se han divertido mucho. Hasta este
pobre pequeñuelo, cuando despertó hoy, le preguntó a una
de las enfermeras si podía irse. Cuando ella le preguntó por qué
quería irse, él dijo que quería ir a jugar con la "dama
fanfarrona"
—Espero —dijo van Helsing— que cuando usted envíe a este niño
a casa tomará sus precauciones para que sus padres mantengan una estricta
vigilancia sobre él. Dar libre curso a estas fantasías es lo más
peligroso; y si el niño fuese a permanecer otra noche afuera, probablemente
sería fatal para él. Pero en todo caso supongo que usted no lo
dejará salir hasta dentro de algunos días, ¿no es así?
—Seguramente que no; permanecerá aquí por lo menos una semana;
más tiempo si la herida todavía no le ha sanado.
Nuestra visita al hospital se prolongó más tiempo del que habíamos
previsto, y antes de que saliéramos el sol ya se había ocultado.
Cuando van Helsing vio que estaba oscuro, dijo:
—No hay prisa. Es más tarde de lo que yo creía. Venga; busquemos
algún lugar donde podamos comer, y luego continuaremos nuestro camino.
Cenamos en el Castillo de Jack Straw, junto con un pequeño grupo
de ciclistas y otros que eran alegremente ruidosos. Como a las diez de la noche,
salimos de la posada.
Ya estaba entonces bien oscuro, y las lámparas desperdigadas hacían
la oscuridad aún mayor una vez que uno salía de su radio individual.
El profesor había evidentemente estudiado el camino que debíamos
seguir, pues continuó con toda decisión; en cambio, yo estaba
bastante confundido en cuanto a la localidad. A medida que avanzamos fuimos
encontrando menos gente, hasta que finalmente nos sorprendimos cuando encontramos
incluso a la patrulla de la policía montada haciendo su ronda suburbana
normal. Por último, llegamos a la pared del cementerio, la cual escalamos.
Con alguna pero no mucha dificultad (pues estaba oscuro, y todo el lugar nos
parecía extraño) encontramos la cripta de los Westenra. El profesor
sacó la llave, abrió la rechinante puerta y apartándose
cortésmente, pero sin darse cuenta, me hizo una seña para que
pasara adelante. Hubo una deliciosa ironía en este ademán; en
la amabilidad de ceder el paso en una ocasión tan lúgubre. Mi
compañero me siguió inmediatamente y cerró la puerta con
cuidado, después de ver que el candado estuviera abierto y no cerrado.
En este último caso hubiésemos estado en un buen lío. Luego,
buscó a tientas en su maletín, y sacando una caja de fósforos
y un pedazo de vela, procedió a hacer luz. La tumba, durante el día
y cuando estaba adornada con flores frescas, era ya suficientemente lúgubre;
pero ahora, algunos días después, cuando las flores colgaban marchitas
y muertas, con sus pétalos mustios y sus cálices y tallos pardos;
cuando la araña y el gusano habían reanudado su acostumbrado trabajo;
cuando la piedra descolorida por el tiempo, el mortero cubierto de polvo, y
el hierro mohoso y húmedo, y los metales empañados, y las sucias
filigranas de plata reflejaban el débil destello de una vela, el efecto
era más horripilante y sórdido de lo que puede ser imaginado.
Irresistiblemente pensé que la vida, la vida animal, no era la única
cosa que pasaba y desaparecía.
Van Helsing comenzó a trabajar sistemáticamente. Sosteniendo
su vela de manera que pudiera leer las inscripciones de los féretros,
y sosteniéndola de manera que el esperma de ballena caía en blancas
gotas que se congelaban al tocar el metal, buscó y encontró el
sarcófago de Lucy. Otra búsqueda en su maletín, y sacó
un destornillador.
—¿Qué va a hacer? —le pregunté.
—Voy a abrir el féretro. Entonces estará usted convencido.
Sin perder tiempo comenzó a quitar los tornillos y finalmente levantó
la tapa, dejando al descubierto la cubierta de plomo bajo ella. La vista de
todo aquello casi fue demasiado para mí. Me parecía que era tanto
insulto para la muerta como si se le hubiesen quitado sus vestidos mientras
dormía estando viva; de hecho le sujeté la mano y traté
de detenerlo. Él sólo dijo: "Verá usted", y buscando a
tientas nuevamente en su maletín sacó una pequeña sierra
de calados. Atravesando un tornillo a través del plomo mediante un corto
golpe hacia abajo, cosa que me estremeció, hizo un pequeño orificio
que, sin embargo, era suficientemente grande para admitir la entrada de la punta
de la sierra. Yo esperé una corriente de gas del cadáver de una
semana. Los médicos, que tenemos que estudiar nuestros peligros, nos
tenemos que acostumbrar a tales cosas, y yo retrocedí hacia la puerta.
Pero mi maestro no se detuvo ni un momento; aserró unos sesenta centímetros
a lo largo de uno de los costados del féretro, y luego a través
y luego por el otro lado hacia abajo. Tomando luego el borde de la pestaña
suelta, lo dobló hacia atrás en dirección a los pies del
féretro, y sosteniendo la vela en la abertura me indicó que echara
una mirada.
Me acerqué y miré. El féretro estaba vacío.
Ciertamente me causó una gran sorpresa, y me dio una fuerte impresión;
pero van Helsing permaneció inmóvil. Ahora estaba más seguro
que antes sobre lo que hacía, y más decidido a proseguir su tarea.
—¿Está usted ahora satisfecho, amigo John? —me preguntó.
Yo sentí que toda la rebeldía agazapada de mi carácter
se despertaba dentro de mí, y le respondí:
—Estoy satisfecho de que el cuerpo de Lucy no está en el féretro;
pero eso sólo prueba una cosa...
—¿Y qué es lo que prueba, amigo John?.
—Que no está ahí.
—Eso es buena lógica —dijo él—, hasta cierto punto. Pero, ¿cómo
puede usted explicarse que no esté ahí?
—Tal vez un ladrón de cadáveres —sugerí yo—. Alguno de
los empleados del empresario de pompas fúnebres pudo habérselo
robado.
Yo sentí que estaba diciendo tonterías, y sin embargo, aquella
fue la única causa real que pude sugerir. El profesor suspiró.
—¡Ah! Debemos tener más pruebas. Venga conmigo, John.
Cerró otra vez la tapa del féretro, recogió todas sus
cosas y las metió en el maletín, apagó la luz y colocó
la vela en el mismo lugar de antes. Abrimos la puerta y salimos. Detrás
de nosotros cerró la puerta y le echó llave. Me entregó
la llave, diciendo:
—¿Quiere guardarla usted? Sería mejor que estuviese bien guardada.
Yo reí, con una risa que me veo obligado a decir que no era muy alegre,
y le hice señas para que la guardara él.
—Una llave no es nada —le dije—, puede haber duplicados; y de todas maneras,
no es muy difícil abrir un candado de esa clase.
Mi maestro no dijo nada, sino que guardó la llave en su bolsillo. Luego
me dijo que vigilara un lado del cementerio mientras él vigilaba el otro.
Ocupé mi lugar detrás de un árbol de tejo, y vi su oscura
figura moviéndose hasta que las lápidas y los árboles lo
ocultaron a mi vista.
Fue una guardia muy solitaria. Al poco rato de estar en mi lugar escuché
un reloj distante que daba las doce, y a su debido tiempo dio la una y las dos.
Yo estaba tiritando de frío, muy nervioso, y enojado con el profesor
por llevarme a semejante tarea y conmigo mismo por haber acudido. Estaba demasiado
frío y demasiado adormilado para mantener una aguda observación,
pero no estaba lo suficientemente adormilado como para traicionar la confianza
del maestro; en resumen, pasé un largo rato muy desagradable.
Repentinamente, al darme vuelta, pensé ver una franja blanca moviéndose
entre dos oscuros árboles de tejo, en el extremo más lejano de
la tumba al otro lado del cementerio; al mismo tiempo, una masa oscura se movió
del lado del profesor y se apresuró hacia ella. Luego yo también
caminé: pero tuve que dar un rodeo por unas lápidas y unas tumbas
cercadas, y tropecé con unas sepulturas. El cielo estaba nublado, y en
algún lugar lejano un gallo tempranero lanzó su canto. Un poco
más allí, detrás de una línea de árboles
de enebros, que marcaban el sendero hacia la iglesia, una tenue y blanca figura
se apresuraba en dirección a la tumba. La propia tumba estaba escondida
entre los árboles, y no pude ver donde desapareció la figura.
Escuché el crujido de unos pasos sobre las hojas en el mismo lugar donde
había visto anteriormente a la figura blanca, y al llegar allí
encontré al profesor sosteniendo en sus brazos a un niño tierno.
Cuando me vio lo puso ante mí, y me dijo:
—¿Está usted satisfecho ahora?
—No —dije yo en una manera que sentí que era agresiva.
—¿No ve usted al niño?
—Sí; es un niño, pero, ¿quién lo trajo aquí? ¿Está
herido?
—Veremos —dijo el profesor, y movidos por el mismo impulso buscamos la salida
del cementerio, llevando con nosotros al niño dormido.
Cuando nos hubimos alejado un pequeño trecho, nos recogimos tras un
macizo de árboles, encendimos un fósforo y miramos la garganta
del niño. No tenía ni un arañazo ni cicatriz alguna.
—¿Tenía yo razón? —pregunté triunfalmente.
—Llegamos apenas a tiempo —dijo el profesor, como meditando.
Ahora teníamos que decidir qué íbamos a hacer con el niño,
por lo que consultamos acerca de él. Si lo llevábamos a una estación
de policía tendríamos que dar declaración de nuestro movimiento
durante la noche; por lo menos, tendríamos que declarar de alguna manera
como habíamos encontrado al niño. Así es que finalmente
decidimos que lo llevaríamos al Brezal, y que si oíamos acercarse
a un policía lo dejaríamos en un lugar en donde él tuviera
que encontrarlo. Luego podríamos irnos a casa lo más pronto posible,
A la orilla del Brezal de Hampstead, oímos los pesados pasos de un policía
y dejamos al niño a la orilla del camino, y luego esperamos y observamos
hasta que vimos que él lo había iluminado con su linterna. Escuchamos
sus exclamaciones de asombro y luego nos alejamos en silencio. Por suerte encontramos
un coche cerca de "Los Españoles", y nos fuimos en él a la ciudad.
No puedo dormir, por lo que estoy haciendo estas anotaciones. Pero debo tratar
de dormir siquiera unas horas, ya que van Helsing vendrá por mí
al mediodía. Insiste en que lo acompañe en otra expedición
semejante a la de hoy.
27 de septiembre. Dieron las dos de la tarde antes de que encontráramos
una oportunidad para realizar nuestro intento. Un funeral efectuado al mediodía
había terminado, y los últimos dolientes rezagados se alejaban
perezosamente en grupos, cuando, mirando cuidadosamente detrás de un
macizo de árboles de aliso, vimos cómo el sepulturero cerraba
la verja detrás de él. Sabíamos que estaríamos a
salvo hasta la mañana en caso de que lo deseáramos; pero mi maestro
me dijo que no necesitaríamos más que una hora, a lo sumo. Nuevamente
sentí esa horrible sensación de la realidad de las cosas, en la
cual cualquier esfuerzo de la imaginación parece fuera de lugar; y me
di cuenta distintamente de las amenazas de la ley que pendían sobre nosotros
debido a nuestro impío trabajo. Además, sentí que todo
era inútil. Delictuoso como fuese el abrir un féretro de plomo,
para ver si una mujer muerta cerca de una semana antes estaba realmente muerta,
ahora me parecía la mayor de las locuras abrir otra vez esa tumba, cuando
sabíamos, por haberlo visto con nuestros propios ojos, que el féretro
estaba vacío. Me encogí de hombros, sin embargo, permanecí
en silencio, pues van Helsing tenía una manera de seguir su propio camino,
sin importarle quién protestara. Sacó la llave, abrió la
cripta y nuevamente me hizo una cortés seña para que lo precediera.
El lugar no estaba tan espantoso como la noche anterior, pero, ¡oh!, cómo
se sentía una indescriptible tristeza cuando le daba la luz del sol.
Van Helsing caminó hacia el féretro de Lucy y yo lo seguí.
Se inclinó sobre él y nuevamente torció hacia atrás
la pestaña de plomo. Un escalofrío de sorpresa y espanto me recorrió
el cuerpo.
Allí yacía Lucy, aparentemente igual a como la habíamos
visto la noche anterior a su entierro. Estaba, si era posible, más bella
y radiante que nunca; no podía creer que estuviera muerta. Sus labios
estaban rojos, más rojos que antes, y sus mejillas resplandecían
ligeramente.
—¿Qué clase de superchería es esta? —dije a van Helsing.
—¿Está usted convencido ahora? —dijo el profesor como respuesta, y mientras
hablaba alargó una mano de una manera que me hizo temblar, levantó
los labios muertos y mostró los dientes blancos. Vea —continuó—,
están incluso más agudos que antes. Con éste y éste
—y tocó uno de los caninos y el diente debajo de ellos pequeñuelos
pueden ser mordidos. ¿Lo cree ahora, amigo John?
Una vez más la hostilidad se despertó en mí. No podía
aceptar una idea tan abrumadora como la que me sugería; así es
que, con una intención de discutir de la que yo mismo me avergonzaba
en esos momentos, le dije:
—La pudieron haber colocado aquí anoche.
—Es verdad. Eso es posible. ¿Quién?
—No lo sé. Alguien lo ha hecho.
—Y sin embargo, hace una semana que está muerta. La mayor parte de la
gente no tendría ese aspecto después de tanto tiempo...
Para esto no tenía respuesta y guardé silencio. Van Helsing no
pareció notar mi silencio; por lo menos no mostró ni disgusto
ni triunfo. Estaba mirando atentamente el rostro de la muerta; levantó
los párpados, la miró a los ojos y, una vez más, le separó
los labios y examinó sus dientes. Luego, se volvió hacia mí,
y me dijo:
—Aquí hay algo diferente a todo lo conocido; hay alguna vida dual que
no es como las comunes. Fue mordida por el vampiro cuando estaba en un trance,
caminando dormida. ¡Oh!, se asombra usted. No sabe eso, amigo John, pero lo
sabrá más tarde; y en trance sería lo mejor para regresar
a tomar más sangre. Ella murió en trance, y también en
trance es una "nomuerta". Por eso es distinta a todos los demás.
Generalmente, cuando los "nomuertos" duermen en casa —y al hablar hizo un amplio
ademán con los brazos para designar lo que para un vampiro era "casa"
su rostro muestra lo que son, pero éste es tan dulce, que cuando ella
es "nomuerta" regresa a la nada de los muertos comunes. Vea; no hay nada aparentemente
maligno aquí, y es muy desagradable que yo tenga que matarla mientras
duerme.
Esto me heló la sangre, y comencé a darme cuenta de que estaba
aceptando las teorías de van Helsing; pero si ella estaba realmente muerta,
¿qué había de terrorífico en la idea de matarla? Él
levantó su mirada hacia mí, y evidentemente vio el cambio en mi
cara, pues dijo casi alegre:
—¡Ah! ¿Cree usted ahora?
Respondí:
—No me presione demasiado. Estoy dispuesto a aceptar. ¿Cómo va a hacer
usted este trabajo macabro?
—Le cortaré la cabeza y llenaré su boca con ajo, y atravesaré
su corazón con una estaca.
Me hizo temblar pensar en la mutilación del cuerpo de la mujer que yo
había amado. Sin embargo, el sentimiento no fue tan fuerte como lo hubiera
esperado. De hecho, comenzaba a sentir repulsión ante la presencia de
aquel ser, de aquella "nomuerta", como lo había llamado van Helsing,
y a detestarlo. ¿Es posible que el amor sea todo subjetivo, o todo objetivo?
Esperé un tiempo bastante considerable para que van Helsing comenzara,
pero él se quedó quieto, como si estuviese absorto en profundas
meditaciones. Finalmente, cerró de un golpe su maletín, y dijo:
—Lo he estado pensando, y me he decidido por lo que considero lo mejor. Si
yo actuara simplemente siguiendo mi inclinación, haría ahora,
en este momento, lo que debe hacerse; pero otras cosas seguirán, y cosas
que son mil veces más difíciles y que todavía no conocemos.
Esto es simple. Ella todavía no ha matado a nadie, aunque eso es cosa
de tiempo; y el actuar ahora sería quitar el peligro de ella para siempre.
Pero luego podemos necesitar a Arthur, ¿y cómo le diremos esto? Si usted,
que vio las heridas en la garganta de Lucy, y vio las heridas tan similares
en el niño, en el hospital; si usted, que vio anoche el féretro
vacío y lo ha visto hoy lleno, con una mujer que no sólo no ha
cambiado sino que se ha vuelto más rosada y más bella en una semana
después de muerta, si usted sabe esto y sabe de la figura blanca que
anoche trajo al niño al cementerio, y sin embargo, no cree a sus propios
sentidos, ¿cómo entonces puedo esperar que Arthur, quien desconoce todas
estas cosas, crea? Dudó de mí cuando evité que besara a
la moribunda. Yo sé, que él me ha perdonado, pero creyendo que
por ideas equivocadas yo he hecho algo que evitó que él se despidiera
como debía; y puede pensar que debido a otro error esta mujer ha sido
enterrada viva; y en la más grande de todas las equivocaciones, que la
hemos matado. Entonces argüirá que nosotros, los equivocados, somos
quienes la hemos matado debido a nuestras ideas; y entonces se quedará
muy triste para siempre. Sin embargo, nunca podrá estar seguro de nada,
y eso es lo peor de todo. Y algunas veces pensará que aquella a quien
amaba fue enterrada viva, y eso pintará sus sueños con los horrores
que ella debe haber sufrido; y otra vez, pensará que pueda ser que nosotros
tengamos razón, y que después de todo, su amada era una "nomuerta".
¡No! Ya se lo dije una vez, y desde entonces yo he aprendido mucho. Ahora, desde
que sé que todo es verdad, cien mil veces más sé que debe
pasar a través de las aguas amargas para llegar a las dulces. El pobre
muchacho, debe tener una hora que le hará parecer negra la faz del mismo
cielo; luego podremos actuar decisivamente y a fondo, y ponerlo en paz consigo
mismo. Me he decidido. Vámonos. Usted regrese a su casa, por la noche,
a su asilo, y vea que todo esté bien. En cuanto a mí, pasaré
esta noche aquí en el cementerio. Mañana por la noche vaya a recogerme
al hotel Berkeley a las diez. Avisaré a Arthur para que venga
también, y también a ese fino joven de América que dio
su sangre. Más tarde, todas tendremos mucho que hacer. Yo iré
con usted hasta Piccadilly y cenaré ahí, pues debo estar de regreso
aquí antes de la salida del sol.
Así pues, echamos llave a la tumba y nos fuimos, y escalamos el muro
del cementerio, lo cual no fue una tarea muy difícil, y condujimos de
regreso a Piccadilly.
Nota dejada por van Helsing en su abrigo, en el hotel
Berkeley, y dirigida a
John Seward, M. D. (sin entregar).
27 de septiembre
"Amigo John:
"Le escribo esto por si algo sucediera. Voy a ir solo a vigilar ese cementerio
de la iglesia. Me agradaría que la muerta viva, o "nomuerta", la señorita
Lucy, no saliera esta noche, con el fin de que mañana a la noche esté
más ansiosa. Por consiguiente, debo preparar ciertas cosas que no serán
de su agrado: ajos y un crucifijo, para sellar la entrada de la tumba. No hace
mucho tiempo que es muerta viva, y tendrá cuidado. Además, esas
cosas tienen el objeto de impedir que salga, puesto que no pueden vencerla si
desea entrar; porque, en ese caso, el muerto vivo está desesperado y
debe encontrar la línea de menor resistencia, sea cual sea. Permaneceré
alerta durante toda la noche, desde la puesta del sol hasta el amanecer, y si
existe algo que pueda observarse, lo haré. No tengo miedo de la señorita
Lucy ni temo por ella; en cuanto a la causa a la que debe el ser muerta viva,
tenemos ahora el poder de registrar su tumba y guarecernos. Es inteligente,
como me lo ha dicho el señor Jonathan, y por el modo en que nos ha engañado
durante todo el tiempo que luchó con nosotros por apoderarse de la señorita
Lucy. La mejor prueba de ello es que perdimos. En muchos aspectos, los muertos
vivos son fuertes. Tienen la fuerza de veinte hombres, e incluso la de nosotros
cuatro, que le dimos nuestras fuerzas a la señorita Lucy. Además,
puede llamar a su lobo y no sé qué pueda suceder. Por consiguiente,
si va allá esta noche, me encontrará allá; pero no me verá
ninguna otra persona, hasta que sea ya demasiado tarde. Empero, es posible que
no le resulte muy atractivo ese lugar. No hay razón por la que debiera
presentarse, ya que su coto de caza contiene piezas más importantes que
el cementerio de la iglesia donde duerme la mujer muerta viva y vigila un anciano.
"Por consiguiente, escribo esto por si acaso... Recoja los papeles que se encuentran
junto a esta nota: los diarios de Harker y todo el resto, léalos, y,
después, busque a ese gran muerto vivo, córtele la cabeza y queme
su corazón o atraviéselo con una estaca, para que el mundo pueda
estar en paz sin su presencia.
"Si sucede lo que temo, adiós.
VAN HELSING"
Del diario del doctor Seward
28 de septiembre. Es maravilloso lo que una buena noche de sueño
reparador puede hacer por uno. Ayer estaba casi dispuesto a aceptar las monstruosas
ideas de van Helsing, pero, en estos momentos, veo con claridad que son verdaderos
retos al sentido común. No me cabe la menor duda de que él lo
cree todo a pie juntillas. Me pregunto si no habrá perdido el juicio.
Con toda seguridad debe haber alguna explicación lógica de todas
esas cosas extrañas y misteriosas. ¿Es posible que el profesor lo haya
hecho todo él mismo? Es tan anormalmente inteligente que, si pierde el
juicio, llevaría a cabo todo lo que se propusiera, con relación
a alguna idea fija, de una manera extraordinaria. Me niego a creerlo, puesto
que sería algo tan extraño como lo otro descubrir que van Helsing
está loco; pero, de todos modos, tengo que vigilarlo cuidadosamente.
Es posible que así descubra algo relacionado con el misterio.
29 de septiembre, por la mañana... Anoche, poco antes de las
diez, Arthur y Quincey entraron en la habitación de van Helsing; éste
nos dijo todo lo que deseaba que hiciéramos; pero, especialmente, se
dirigió a Arthur, como si todas nuestras voluntades estuvieran concentradas
en la suya. Comenzó diciendo que esperaba que todos nosotros lo acompañáramos.
—Puesto que es preciso hacer allí algo muy grave, ¿viene usted? ¿Le
asombró mi carta?
Las preguntas fueron dirigidas a lord Godalming.
—Sí. Me sentí un poco molesto al principio. Ha habido tantos
enredos en torno a mi casa en los últimos tiempos que no me agradaba
la idea de uno más. Asimismo, tenía curiosidad por saber qué
quería usted decir. Quincey y yo discutimos acerca de ello; pero, cuanto
más ahondábamos la cuestión tanto más desconcertados
nos sentíamos. En lo que a mí respecta, creo que he perdido por
completo la capacidad de comprender.
—Yo me encuentro en el mismo caso —dijo Quincey Morris, lacónicamente.
—¡Oh! —dijo el profesor—. En ese caso, se encuentran ustedes más cerca
del principio que nuestro amigo John, que tiene que desandar mucho camino para
acercarse siquiera al principio.
A todas luces había comprendido que había vuelto a dudar de todo
ello, sin que yo pronunciara una sola palabra. Luego, se volvió hacia
los otros dos y les dijo, con mucha gravedad:
—Deseo que me den su autorización para hacer esta noche lo que creo
conveniente. Aunque sé que eso es mucho pedir; y solamente cuando sepan
qué me propongo hacer comprenderán su importancia. Por consiguiente,
me veo obligado a pedirles que me prometan el permiso sin saber nada, para que
más tarde, aunque se enfaden conmigo y continúen enojados durante
cierto tiempo, una posibilidad que no he pasado por alto, no puedan culparse
ustedes de nada.
—Me parece muy leal su proceder —interrumpió Quincey—. Respondo por
el profesor. No tengo ni la menor idea de cuáles sean sus intenciones;
pero les aseguro que es un caballero honrado, y eso basta para mí.
—Muchas gracias, señor —dijo van Helsing con orgullo—. Me he honrado
considerándolo a usted un amigo de confianza, y su apoyo me es muy grato.
Extendió una mano, que Quincey aceptó.
Entonces, Arthur tomó la palabra:
—Doctor van Helsing, no me agrada "comprar un cerdo en un saco sin verlo antes",
como dicen en Escocia, y si hay algo en lo que mi honor de caballero o mi fe
como cristiano puedan verse comprometidos, no puedo hacer esa promesa. Si puede
usted asegurarme que esos altos valores no están en peligro de violación,
le daré mi consentimiento sin vacilar un momento; aunque le aseguro que
no comprendo qué se propone.
—Acepto sus condiciones —dijo van Helsing—, y lo único que le pido es
que si considera necesario condenar alguno de mis actos, reflexione cuidadosamente
en ello, para asegurarse de que no se hayan violado sus principios morales.
—¡De acuerdo! —dijo Arthur—. Me parece muy justo. Y ahora que ya hemos terminado
las negociaciones, ¿puedo preguntar qué tenemos que hacer?
—Deseo que vengan ustedes conmigo en secreto, al cementerio de la iglesia de
Kingstead.
El rostro de Arthur se ensombreció, al tiempo que decía, con
tono que denotaba claramente su desconcierto:
—¿En donde está enterrada la pobre Lucy?
El profesor asintió con la cabeza, y Arthur continuó:
—¿Y una vez allí...?
—¡Entraremos en la tumba!
Arthur se puso en pie.
—Profesor, ¿está usted hablando en serio, o se trata de alguna broma
monstruosa? Excúseme, ya veo que lo dice en serio.
Volvió a sentarse, pero vi que permanecía en una postura rígida
y llena de altivez, como alguien que desea mostrarse digno. Reinó el
silencio, hasta que volvió a preguntar:
—¿Y una vez en la tumba?
—Abriremos el ataúd.
—¡Eso es demasiado! —exclamó, poniéndose en pie lleno de ira—.
Estoy dispuesto a ser paciente en todo cuanto sea razonable; pero, en este caso...,
la profanación de una tumba... de la que...
Perdió la voz, presa de indignación. El profesor lo miró
tristemente.
—Si pudiera evitarle a usted un dolor semejante, amigo mío —dijo—, Dios
sabe que lo haría; pero esta noche nuestros pies hollarán las
espinas; o de lo contrario, más tarde y para siempre, ¡los pies que usted
ama hollarán las llamas!
Arthur levantó la vista, con rostro extremadamente pálido y descompuesto,
y dijo:
—¡Tenga cuidado, señor, tenga cuidado!
—¿No cree usted que será mejor que escuche lo que tengo que decirles?
—dijo van Helsing—. Así sabrá usted por lo menos cuáles
son los límites de lo que me propongo. ¿Quieren que prosiga?
—Me parece justo —intervino Morris.
Al cabo de una pausa, van Helsing siguió hablando, haciendo un gran
esfuerzo por ser claro:
—La señorita Lucy está muerta; ¿no es así? ¡Sí!
Por consiguiente, no es posible hacerle daño; pero, si no está
muerta...
Arthur se puso en pie de un salto.
—¡Santo Dios! —gritó—. ¿Qué quiere usted decir? ¿Ha habido algún
error? ¿La hemos enterrado viva?
Gruñó con una cólera tal que ni siquiera la esperanza
podía suavizarla.
—No he dicho que estuviera viva, amigo mío; no lo creo. Solamente digo
que es posible que sea una "muerta viva", o "no muerta".
—¡Muerta viva! ¡No muerta! ¿Qué quiere usted decir? ¿Es todo esto una
pesadilla, o qué?
—Existen misterios que el hombre solamente puede adivinar, y que desentraña
en parte con el paso del tiempo. Créanme: nos encontramos actualmente
frente a uno de ellos. Pero no he terminado. ¿Puedo cortarle la cabeza al cadáver
de la señorita Lucy?
—¡Por todos los diablos, no! —gritó Arthur, con encendida pasión—.
Por nada del mundo consentiré que se mutile su cadáver. Doctor
van Helsing, está usted abusando de mi paciencia. ¿Qué le he hecho
para que desee usted torturarme de este modo? ¿Qué hizo esa pobre y dulce
muchacha para que desee usted causarle una deshonra tan grande en su tumba?
¿Está usted loco para decir algo semejante, o soy yo el alienado al escucharlo?
No se permita siquiera volver a pensar en tal profanación. No le daré
mi consentimiento en absoluto. Tengo el deber de proteger su tumba de ese ultraje.
¡Y les prometo que voy a hacerlo!
Van Helsing se levantó del asiento en que había permanecido sentado
durante todo aquel tiempo, y dijo, con gravedad y firmeza:
—Lord Godalming, yo también tengo un deber; un deber para con los demás,
un deber para con usted y para con la muerta. ¡Y le prometo que voy a cumplir
con él! Lo único que le pido ahora es que me acompañe,
que observe todo atentamente y que escuche; y si cuando le haga la misma petición
más adelante no está usted más ansioso que yo mismo porque
se lleve a cabo, entonces... Entonces cumpliré con mi deber, pase lo
que pase. Después, según los deseos de usted, me pondré
a su disposición para rendirle cuentas de mi conducta, cuando y donde
usted quiera —la voz del maestro se apagó un poco, pero continuó,
en tono lleno de conmiseración—: Pero le ruego que no siga enfadado conmigo.
En el transcurso de mi vida he tenido que llevar a cabo muchas cosas que me
han resultado profundamente desagradables, y que a veces me han destrozado el
corazón; sin embargo, nunca había tenido una tarea, tan ingrata
entre mis manos. Créame que si llegara un momento en que cambiara usted
su opinión sobre mí, una sola mirada suya borraría toda
la tristeza enorme de estos momentos, puesto que voy a hacer todo lo humanamente
posible por evitarle a usted la tristeza y el pesar. Piense solamente, ¿por
qué iba a tomarme tanto trabajo y tantas penas? He venido desde mi país
a hacer lo que creo que es justo; primeramente, para servir a mi amigo John,
y, además, para ayudar a una dama que yo también llegué
a amar. Para ella, y siento tener que decirlo, aun cuando lo hago para un propósito
constructivo, di lo mismo que usted: la sangre de mis venas. Se la di, a pesar
de que no era como usted, el hombre que amaba, sino su médico y su amigo.
Le consagré mis días y mis noches... antes de su muerte y después
de ella, y si mi muerte puede hacerle algún bien, incluso ahora, cuando
es un "muerto vivo", la pondré gustosamente a su disposición.
Dijo esto con una dignidad muy grave y firme, y Arthur quedó muy impresionado
por ello. Tomó la mano del anciano y dijo, con voz entrecortada:
—¡Oh! Es algo difícil de creer y no lo entiendo. Pero, al menos, debo
ir con usted y observar los acontecimientos.
 
 
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