La Joya de las Siete Estrellas
(The Jewel of Seven Stars-1903)
Bram Stoker
XI. LA TUMBA DE UNA REINA
La ilusión del señor Trelawny era, por lo menos, tan grande como
la mía. Él no es un hombre tan versátil como yo, ni se
deja llevar alternativamente por la esperanza y por la desesperación,
sino que tiene siempre un propósito fijo que convierte el anhelo en seguridad.
Algunas veces, yo temía la posibilidad de que existiesen dos piedras
preciosas iguales, o que las aventuras de Van Huyn fuesen mentiras propias de
viajeros construidas sobre alguna adquisición vulgar en cualquier establecimiento
de antigüedades de Alejandría, de El Cairo o también de Londres
o Amsterdam. Pero el señor Trelawny, por su parte, nunca titubeó
en su fe. Había muchas cosas que impedían fijar nuestras mentes
en la fe o el desengaño. Especialmente, poco después de Arabí
Pacha. Egipto no era ningún lugar seguro para los viajeros, y en particular
para los ingleses. Pero el señor Trelawny es un hombre que no conoce
el miedo y yo, a veces, he pensado que tampoco soy ningún cobarde. Entre
los dos contratamos a un grupo de árabes a quienes, uno u otro, habíamos
conocido en viajes anteriores al desierto, y en los que, según creíamos,
podíamos confiar. Constituíamos un número suficiente para
proteger-nos contra las cuadrillas de merodeadores y llevamos con nosotros un
gran equipaje. También habíamos obtenido el consentimiento y la
cooperación pasiva de cuantos oficiales tenían aún sentimientos
cordiales por Inglaterra. Es innecesario añadir que, a este respecto,
la riqueza del señor Trelawny tuvo la mayor importancia.
Nos dirigimos a Aswan y, una vez allí, el jeque nos cedió a varios
árabes. Después de haber dado nuestra habitual propina, emprendimos
el viaje a través del desierto.
Tras mucho ir de un lado a otro, de explorar todos los pasos entre un laberinto
de montañas, llegamos cierto día, al anochecer, a un valle semejante
al descrito por Van Huyn. Tenia a ambos lados unas altas montañas cortadas
a pico, se estrechaba en el centro y se ensanchaba en los extremos oriental
y occidental. Al amanecer, estábamos frente a la roca y advertí
fácilmente la abertura que había a gran altura y los jeroglíficos
que, con toda evidencia, servían para ocultarla.
Pero las señales que engañaron a Van Huyn y a los de su época,
e incluso a los de otras posteriores, ya no eran secretos para nosotros. Los
estudiosos que dedicaron sus esfuerzos a la egiptología, habían
aclarado los misterios del lenguaje egipcio. En la cara esculpida de la roca
pudimos leer lo que los sacerdotes tebanos hicieron escribir cerca de cincuenta
siglos antes.
En efecto, la inscripción exterior era obra de los sacerdotes, y de
unos sacerdotes hostiles, sin duda alguna. Inscrita en jeroglíficos,
decía así:
«Aquí los dioses no acuden, a pesar de todas las llamadas. La "Sin Nombre"
los ha insultado y eternamente estará sola. Y no te acerques, viajero,
para que la venganza de los dioses no caiga sobre ti.»
Aquel aviso debió de ser terrible y poderoso en la época en que
fue hecho, y aún durante algunos cientos de años después.
Incluso cuando el lenguaje en que estaba escrito se había convertido
en un misterio para la gente que poblaba aquella tierra. La tradición
de tal terror perdura mucho más que su causa. Además, los símbolos
utilizados contribuían a acentuar el significado de la advertencia: «eternamente»,
en lenguaje jeroglífico, se expresa por «millones de años», y
este símbolo estaba repetido nueve veces, en tres grupos de tres; y,
después de cada grupo, había un símbolo del Mundo Superior,
del Mundo Inferior y del Cielo. Y ello para que aquella Solitaria no pudiese
tener, gracias a la venganza de todos los dioses, resurrección en el
Mundo del Sol, ni en el Mundo de los Muertos y para que tampoco su alma la tuviese
en la Región de los Dioses.
Ni el señor Trelawny ni yo nos atrevimos a traducir a nuestros acompañantes
el significado de aquel escrito, porque, si bien ellos no creían en la
religión que profería aquella maldición, ni tampoco en
los dioses con cuya venganza se amenazaba, eran tan supersticiosos que, de conocerlo,
no hay duda de que emprenderían la fuga.
Pero su ignorancia y nuestra discreción nos resultaron muy útiles.
Acampamos a corta distancia de la roca, al amparo de otra menor situada allí
cerca, de manera que nuestros compañeros no pudieron ver continuamente
aquella inscripción. Es preciso recordar que el nombre tradicional de
aquel lugar. El Valle del Mago, era temible para ellos y, en consecuencia, también
para nosotros. Con la madera que llevábamos construimos una escalera
a fin de alcanzar la entrada de la tumba. Suspendimos una polea de una viga
en lo alto de la roca. Encontramos la gran losa de piedra que, calzada con algunos
guijarros, había formado la puerta torpemente dispuesta en su lugar.
Su propio peso la mantenía en la posición debida. Para entrar,
tuvimos que empujarla hacia adentro y pasamos por encima de ella. Pudimos ver
la gran cadena que Van Huyn había descrito. Observamos, sin embargo,
abundantes pruebas entre los restos de la puerta de piedra, de que, en otro
tiempo, ésta había girado sobre unas bisagras de hierro y de que
contaba con los medios necesarios para cerrarse y abrirse desde dentro.
Por fin, el señor Trelawny y yo entramos en el interior de la tumba.
Llevábamos con nosotros abundantes luces, que dispusimos a intervalos
en nuestro camino, pues esperábamos hacer una inspección general
en primer lugar, seguida de un minucioso reconocimiento. A medida que avanzábamos,
aumentaban nuestra sorpresa y entusiasmo. La tumba era una de las más
llenas de magnificencia y belleza que cualquiera de nosotros había visto.
A juzgar por la perfección de las esculturas, las pinturas y el resto
de decoración, era evidente que la tumba fue preparada en vida de la
persona que debía reposar allí. El dibujo de los jeroglíficos
era muy fino y el colorido, soberbio. En aquella elevada caverna, muy alejada
de la humedad difundida por las inundaciones del Nilo, todo estaba tan fresco
como cuando los artistas acabaron su obra. No pudimos dejar de apreciar que
aunque el corte de la roca exterior era obra de los sacerdotes, el alisamiento
de la cara de la misma formaba sin duda, parte del proyecto original del constructor
de la tumba. El simbolismo de las pinturas y de las hendiduras de las piedras
en la parte inferior sugerían esta idea La caverna exterior, en parte
natural y en parte excavada, desde el punto de vista arquitectónico,
debía considerarse como una antecámara. En su extremo, orientado
al este, había un pórtico con muchas columnas excavado en la roca
sólida. Los pilares macizos tenían siete caras circunstancia que
no habíamos observado en ninguna otra tumba. Esculpida en el arquitrabe
se veía la Barca de la Luna, que contenía a Hathor, con cabeza
de vaca, llevando el disco y las plumas, y a Hapi, el dios del Norte, con cabeza
de perro. Guiaba la barca Hapócrates hacia el Norte, representado por
la Estrella Polar rodeada por el Dragón y la Osa Mayor. En esta última,
las estrellas que forman el Carro eran mayores que las de-más y estaban
llenas de oro, de modo que, a la luz de las antorchas, parecían flamear
con especial significado. Penetrando en el pórtico, encontramos dos características
arquitectónicas propias de las tumbas excavadas en roca: la Cámara
o Capilla y el Pozo, todo ello completo, como observara Van Huyn; aunque, en
su tiempo, los nombres dados por los egipcios a estos detalles eran desconocidos.
La estela que ocupaba la pared occidental era tan notable que la examinamos
minuciosamente antes de proseguir buscando la momia que era objeto de nuestras
investigaciones. Aquella estela era una gran losa de lapislázuli, llena
de figuras jeroglíficas de pequeño tamaño y gran belleza.
Los huecos estaban rellenos de un cemento muy fino, de color bermellón
puro. La inscripción empezaba diciendo:
«Tera, reina de los dos Egiptos, hija de Antef, monarca del Norte y del Sur,
Hija del Sol, reina de las Diademas.»
Luego, detallaba la historia de su vida y su reinado.
Los signos de la soberanía se consignaban con profusión y adorno
verdaderamente femeninos. Las coronas unidas del Alto y Bajo Egipto estaban
esculpidas con exquisita precisión. Para nosotros, era nuevo encontrar
el Hejet y el Desher —las coronas blanca y roja— en la estela de una Reina;
porque, sin excepción, en el antiguo Egipto, sólo las ceñía
un rey, aunque también podían verse sobre las cabezas de las diosas.
Más adelante, hallamos una explicación. Tal inscripción
era algo asombroso, capaz de retener la atención de cualquiera, pero
no puede usted imaginarse el efecto que produjo en nosotros. Aunque no éramos
los primeros que la veían, sí fuimos las primeras personas que
comprendieron el sentido fijado cinco mil años atrás. Pudimos,
pues, leer aquel mensaje de los muertos. Refería la vida de quien guerreó
contra los dioses antiguos y se envanecía de haberlos dominado, en una
época en que la jerarquía pretendía ser el único
medio de excitar sus temores o de ganar su buena voluntad.
Las paredes de la cámara superior del Pozo y de la Cámara del
Sarcófago estaban llenas de inscripciones. Todas ellas, exceptuando las
de la estela, estaban coloreadas con un pigmento de color verde azulado. Y,
en efecto, cuando se miraban de lado, se comprobaba que era el de una turquesa
india, antigua y descolorida.
Mediante un aparejo que llevamos con nosotros, descendimos al pozo. Trelawny
bajó en primer lugar. Su profundidad superaba los setenta pies, pero
nunca fue rellenado. El paso que había en el fondo subía hasta
la Cámara del Sarcófago y era mucho más largo de lo normal.
Tampoco había sido tapiado.
Dentro, encontramos un gran sarcófago de piedra amarilla. No necesito
describirlo, porque ya lo ha visto usted en la habitación del señor
Trelawny. En el suelo estaba su tapa. No había sido sellada y, en todos
sus detalles, era tal y como la describió Van Huyn.
Es innecesario añadir que estábamos excitadísimos al mirar
hacia el interior. En cierto modo, nos sentimos desencantados al pensar en lo
diferente que debió de ser el espectáculo ofrecido a los ojos
del holandés, cuando miró hacia adentro y vio la blanca mano aparentemente
llena de vida, asomando por encima de las envolturas de la momia. Allí
estaba todavía una parte del brazo blanco, semejante al marfil. No obstante,
sufrimos una emoción que no conoció Van Huyn.
El extremo de la muñeca estaba cubierto de sangre seca, como si hubiese
sangrado después de la muerte. Los bordes del miembro roto eran desiguales
a causa de la sangre coagulada y el hueso blanco que asomaba parecía
la matriz de un ópalo. La hemorragia llegó a manchar las pardas
envolturas como si fuese óxido. El relato de Van Huyn estaba plenamente
confirmado. Con esta evidencia, ya no podíamos dudar de otros detalles
referidos por él, como el de la sangre en la mano de la momia o las señales
de los siete dedos sobre la garganta del estrangulado jeque.
No le molestaré a usted con detalles de todo lo que vimos o de cómo
comprobamos lo que ya sabíamos. En parte se debía a nuestro estudio,
el resto lo leímos en la estela de la tumba, en las esculturas y en los
jeroglíficos de las paredes.
La reina Tera pertenecía a la undécima dinastía tebana
de los reyes egipcios, que dominó entre los siglos XXIX y XXV antes de
Jesucristo. Como hija única, sucedió a su padre Antef. Debió
de ser una muchacha de carácter extraordinario, así como de una
gran capacidad, porque era muy joven a la muerte de su padre. Su juventud y
su sexo alentaron a los ambiciosos sacerdotes, que habían anhelado ya
un poderío inmenso. Gracias a sus riquezas, a su número y a su
saber, dominaban en todo el reino y, más específicamente, en el
Alto Egipto. En secreto se disponían a realizar un levantamiento para
alcanzar sus atrevidos y bien meditados designios, es decir, la transferencia
del poder gubernamental de un rey a una jerarquía. Pero el rey Antef
había sospechado tales intenciones, y tomó la precaución
de lograr para su hija el apoyo del ejército. También le había
enseñado el arte de gobernar y procuró instruirla en la misma
ciencia de los sacerdotes. Había utilizado los de un culto contra los
de otro, y cada uno de ellos esperaba alcanzar algún beneficio gracias
a la influencia del rey o quizá por el poder que pudieran lograr sobre
su hija. Así, la princesa se crió entre escribas y ella misma
era una artista de bastante mérito. Muchas de estas cosas se referían
en las paredes en forma de imágenes o jeroglíficos de gran belleza,
y llegamos a la conclusión de que no pocos de ellos habían sido
hechos por la misma princesa. No era, pues, sin motivo que en la estela se la
llamase protectora de las artes.
Pero el rey había ido más allá, pues enseñó
magia a su hija, de manera que ella alcanzó gran poder sobre el sueño
y la voluntad. Se trataba de magia verdadera, negra; no la magia de los templos,
inofensiva y comúnmente llamada blanca, que tendía más
a impresionar que a hacer. Fue muy buena discípula y llegó más
lejos que sus profesores. Su poderío y sus recursos le dieron gran-des
oportunidades de las que se aprovechó plenamente. Arrancó secretos
a la naturaleza valiéndose de mil me-dios raros, e incluso llegó
al extremo de meterse en su tumba, donde permaneció envuelta y encerrada
en el ataúd, creyéndola muerta los demás por espacio de
un mes entero. Los sacerdotes trataron de dar a entender que la verdadera princesa
Tera había muerto en el experimento y que fue sustituida, erróneamente,
por otra joven; pero ella demostró la falsedad del argumento. Todo esto
se refería en unos dibujos de gran mérito. Probablemente, en su
época, se impulsó la grandeza artística de la cuarta dinastía,
que alcanzó su perfección durante el reinado de Chufú.
En la Cámara del Sarcófago había imágenes y escritos
demostrando que la princesa alcanzó una victoria sobre el sueño.
En realidad, se veían en todas partes numerosos simbolismos, que sorprendían
incluso procediendo de una tierra y de una época donde predominaban.
Se daba mucha importancia al hecho de que ella, pese a ser mujer, se arrogaba
todos los privilegios de la realeza y de la virilidad. En un lugar, estaba representada
llevando trajes masculinos y ciñendo las coronas blanca y roja. En la
siguiente imagen aparecía con traje de mujer, pero llevando todavía
las dos coronas y, a sus pies, se encontraba el traje masculino. En todos los
símbolos en que se expresaba la esperanza o el propósito de la
resurrección, se incluía también el signo del Norte y,
en muchos lugares, siempre representando importantes sucesos pasados, presentes
o futuros, se veía el grupo de las estrellas del carro. Evidentemente,
aquella reina consideraba que tal constelación estaba relacionada con
ella misma.
Quizá la más notable afirmación, tanto en la estela como
en las pinturas murales, era la de que la reina Teba poseía el poder
de obligar a los dioses. Eso, dicho sea de paso, no era una creencia aislada
en la historia egipcia, pero sí de diferente causa. La reina había
grabado en un rubí con forma de escarabajo, adornado con siete estrellas
de siete puntas, enérgicas palabras para obligar a todos los dioses de
los mundos Superior e Inferior.
En aquella afirmación se expresaba claramente que el odio de los sacerdotes,
según ella sabía, le estaba reservado y que, después de
su muerte, éstos se esforzarían en suprimir su nombre. Eso era
una terrible venganza en la mitología egipcia, porque, sin nombre, nadie,
después de la muerte, puede ser presentado ante los dioses, ni tampoco
es posible rezar por él. Por tanto, ella planeó que su resurrección
se realizara después de largo tiempo, en una tierra situada más
al Norte, bajo la constelación cuyas siete estrellas presidieron su nacimiento.
A tal fin, su mano tenía que quedar en contacto con el aire, sin envolver,
y con ella guardaría la joya de las siete estrellas, para que, habiendo
aire a su alrededor, pudiese moverse cuando se desplazase su Ka. Eso, según
reflexionamos el señor Trelawny y yo, significaba que su cuerpo podría
convertirse en astral a voluntad suya y, por consiguiente, moverse en partículas
y unificarse de nuevo cuando a ella le pareciese oportuno. Además, había
un párrafo escrito en el que se hacía alusión a un cofrecillo
que contenía a todos los dioses, la Voluntad y el Sueño. Estos
dos últimos estaban personificados por medio de símbolos. Se añadía
que la caja tenía siete lados. Y no nos sorprendió mucho cuando,
debajo de los pies de la momia, pudimos encontrar el cofrecillo de siete lados
que también ha visto usted en la habitación del señor Trelawny.
Bajo las envolturas del pie izquierdo estaba pintado, también en color
bermellón, como en la estela, el símbolo jeroglífico de
mucha agua, y, debajo del pie derecho, el símbolo de la tierra.
Adivinamos, gracias a este simbolismo, que, siendo su cuerpo inmortal y transferible
a voluntad, reinaba a la vez sobre la tierra y el agua, sobre el aire y el fuego.
Esto último estaba sintetizado por la luz de la joya, y por el pedernal
y el hierro apoyados a un lado de las envolturas de la momia.
Al levantar el cofrecillo, observamos en sus lados las extrañas protuberancias
que ya ha podido usted ver. Pero entonces no pudimos explicárnoslas.
En el sarcófago había algunos amuletos, pero ninguno de especial
valor o significado. Supusimos que podría haber otros dentro de las envolturas
o, más probablemente, en el extraño cofrecillo situado a los pies
de la momia. No pudimos abrirlo. Notamos señales de que existía
una tapa, pero la parte superior y la inferior eran, cada una, de una sola pieza.
La finísima línea que corre a poca distancia de la parte superior
parecía señalar el punto de unión de la tapa, pero estaba
ajustada con tal finura y acabado que apenas se divisaba la solución
de continuidad. Era evidente la imposibilidad de moverla. Supusimos que esta-ría
cerrada por dentro, y le digo todo esto para que pueda comprender otras cosas
que más adelante observará. Por ahora conviene que se abstenga
de todo juicio. Han ocurrido tantas cosas extrañas con respecto a esta
momia y a los objetos que la rodean, que es preciso creer en algo extraordinario,
pues existe la absoluta imposibilidad de reconciliar determinados detalles de
lo sucedido con el discurrir ordinario de la vida o de los conocimientos.
Permanecimos en el Valle del Mago hasta que copiamos todos los dibujos y todas
las escrituras de las pare-des, del techo y del suelo. Nos llevamos también
el sarcófago y la momia, el lapislázuli, el cofrecillo de piedra,
los aros, las mesas de piedra rojiza de alabastro, de ónice y de cornalina,
así como el almohadón de marfil cuyo arco se apoyaba en unas hebillas,
decoradas con unos uroeus labrados en oro enroscados a su alrededor. Nos llevamos
también todos los objetos que había en la capilla y en el pozo
de la momia, las barcas de madera, sus tripulaciones, las figuras ushaptiu y
los amuletos simbólicos.
Al marcharnos, nos llevamos las escaleras para enterrarlas a cierta distancia
bajo la arena, al pie de una roca de la que tomamos nota por si nos hiciesen
falta más adelante. Nos procuramos un tosco carro y los hombres suficientes
para tirar de él, pero la marcha se realizaba con una lentitud terrible,
porque temamos una ansiedad extraordinaria de depositar nuestros tesoros en
lugar seguro. La noche estaba siempre llena de inquietud para nosotros, pues
temíamos algún ataque de cualquier banda de merodeadores. Pero
todavía temíamos más a nuestros compañeros. En resumidas
cuentas, no eran sino hombres rudos, y nada escrupulosos, y hay que recordar
que llevábamos muchos objetos preciosos. Ellos o, por lo menos, los más
peligrosos, ignoraban por qué aquellos objetos eran tan valiosos, pero,
en cambio, se imaginaban que transportábamos grandes tesoros. Sacamos
la momia del sarcófago y, para mayor seguridad, la encerramos en una
caja aparte. Durante la primera noche, hubo dos tentativas para robamos cosas
del carro y, a la mañana siguiente, encontramos a dos hombres muertos.
La segunda noche hubo una terrible tempestad, es decir, uno de aquellos espantosos
vientos del desierto que dan la sensación de estar indefenso. Nos vimos
abrumados por las arenas volanderas. Algunos de nuestros beduinos emprendieron
la fuga antes de que la tempestad se desencadenase, con la esperanza de encontrar
algún abrigo. Los demás, envueltos en nuestros albornoces, aguantamos
el huracán con toda la paciencia posible. Por la mañana, ya pasada
la tormenta, salimos de los montones de arena y procedimos a sacar nuestros
bultos. Encontramos rota la caja que servia para encerrar a la momia, y ésta
había desaparecido. Buscamos por todas partes, excavamos la arena que
se había amontonado a nuestro alrededor, pero todo fue en vano. No sabíamos
qué hacer, porque Trelawny estaba empeñado en llevar-se aquella
momia. Esperamos un día entero con la esperanza de que volviesen los
fugitivos beduinos. Teníamos la impresión de que, quizás,
se habían llevado a la momia y la devolverían.
Aquella última noche, poco antes de amanecer, el señor Trelawny
me despertó, diciéndome en voz baja al oído: —Hemos de
volver a la tumba del Valle del Mago. No muestre, por la mañana, ninguna
vacilación cuando yo dé las órdenes. Si pregunta adonde
vamos, sospecharán y, entonces, quedará anulado nuestro propósito.
—Muy bien —contesté—. Pero ¿por qué hemos de ir allá?
Su respuesta me impresionó:
—Encontraremos allí a la momia.
—Estoy seguro de ello— y, anticipándose a cualquier duda o réplica,
añadió—. Espere y lo verá.
Y, de nuevo, se envolvió en su manta.
Muy sorprendidos se quedaron los árabes cuando regresamos sobre nuestros
pasos, y algunos de ellos no se mostraron satisfechos. Hubo muchos roces y algunas
deserciones, por lo que, al reanudar nuestro viaje al Este, nuestro séquito
era mucho menor. Al principio, el jeque no manifestó ninguna curiosidad
acerca de nuestro destino, pero cuando se dio cuenta de que nos dirigíamos
al
Valle del Mago, también se mostró preocupado. Su desasosiego
aumentó a medida que nos aproximábamos, y, cuando ya estábamos
en la entrada de éste, se detuvo negándose a continuar. Dijo que
esperaría nuestro regreso, si nos parecía bien ir solos. Permanecería
tres días allí y, si al término de ellos, no estábamos
de vuelta, se marcharía. Ni siquiera las ofertas de dinero fueron capaces
de hacerle abandonar su resolución. Su única concesión
fue buscar las escaleras y llevarlas al pie de la roca. Luego, con sus hombres,
retrocedió hasta la entrada del valle.
El señor Trelawny y yo tomamos cuerdas y antorchas y, de nuevo, subimos
y penetramos en la tumba. Era evidente que alguien había estado allí
durante nuestra ausencia, porque la losa de piedra que protegía la entrada
estaba tendida en el interior, y colgaba una cuerda desde la cumbre de la roca.
Dentro, vimos otra cuerda suspendida en el pozo de la momia. Nos miramos el
uno al otro sin pronunciar palabra y, usando nuestra propia soga, Trelawny descendió
en primer lugar. Yo lo seguí inmediatamente. Cuando nos reunimos al pie
del pozo, se me ocurrió que quizá habíamos caído
en una trampa, pues alguien podía cortar la cuerda que nos había
servido para descender y, de este modo, quedaríamos allí encerrados
para siempre. Aquella idea era espantosa, pero ya había pasado la oportunidad
de remediarlo. Guardé, en consecuencia, silencio. Ambos llevábamos
antorchas, de manera que teníamos suficiente luz para entrar en la cámara
donde estuvo el sarcófago. Lo primero que vimos fue que el lugar estaba
completamente vacío. A pesar de los magníficos adornos, la tumba
parecía un lugar desolado, a causa de la ausencia del gran sarcófago,
que se notaba más todavía por la excavación del suelo que
había ocupado. Se notaba también la falta de los jarros de alabastro
y de las mesas que contenían los objetos, la comida para uso del muerto
y las figuras ushaptiu. Pero lo que más aumentaba el aspecto de desolación
era la vendada figura de la momia que yacía en el suelo, en el mismo
lugar antes ocupado por el sarcófago. A su lado, y en las extrañas
y contorsionadas actitudes de la muerte violenta, vimos a tres de los árabes
que habían desertado de nuestro grupo. Sus rostros estaban negros, y
sus manos y cuellos sucios por la sangre que surgió de sus bocas, narices
y oídos.
En la garganta de cada uno se veían unas huellas, ya ennegrecidas, de
una mano de siete dedos.
Trelawny y yo nos acercamos, llenos de temor y de pasmo, mientras examinábamos
la escena. Lo más prodigioso era que, sobre el pecho de la momificada
rema, se veía una mano de siete dedos blanca como el marfil, cuya muñeca
sólo mostraba una cicatriz en forma de línea roja y sinuosa, de
la que aún parecían caer gotas de sangre.
 
 
Anterior Siguiente
Recomendar este capítulo