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La Reina del Mal
(The Evil Genius-1889)

Wilkie Collins
Traducción: Oscar Maristany Tolós Montesinos


La Historia

Cuarto Libro

XXXVI. El Señor y la Señora Herbert

Cuando la desconfianza, sentimiento subrepticio donde los haya, se apodera de la mente de uno, lo hace siempre por etapas. Poco a poco va alcanzando su objetivo y consigue deshacer cualquier espejismo con apariencia de verdad.

Día tras día, y cada vez más, Sydney se fue convenciendo equivocadamente de que Herbert Linley no podía evitar comparar su actual vida con aquélla que había llevado más felizmente en Mount Morven, y que ahora solamente era un recuerdo. Día tras día aumentaba su infundado temor a que llegara el momento en que Herbert Linley la abandonaría en ese mundo en el que no había lugar para mujeres como ella. ¡Pero solamente eran espejismos, fatales espejismos que para ella representaban toda la verdad! Si bien era cierto que el hombre de quien desconfiaba era moralmente débil, no lo era menos que su cuna y crianza habían hecho anidar en él un firme sentimiento: el honor. Sólo por esa causa podía entenderse que Herbert fuera, si se me permite tal expresión, coherente desde la incoherencia. Podía reprocharse a sí mismo haber sido infiel a la mujer que había abandonado, y al mismo tiempo era capaz de sentir devoción hacia la mujer que él había descarriado. Por más que en sus momentos de soledad sentía cómo se debilitaba su decisión, en presencia de Sydney se mostraba estudiadamente amable en la conversación y considerado en el lenguaje; su conducta hacía pensar en un futuro seguro, pero ella sólo alcanzaba a ver el mundo a través de su desconfianza, distorsionando la realidad.

Hechizada, poseída por ese espejismo Sydney leyó una vez tras otra la carta que el capitán Bennydeck le había escrito a su padre, y veía cada vez más claras las circunstancias que relacionaban su situación con la de la pobre muchacha que había dejado de malgastar su vida acabando sus días rodeada de monjas en un convento francés.

A continuación dos cosas ocurrieron.

Cuando Herbert le preguntó a Sydney a qué parte de Inglaterra deseaba ir una vez abandonaran Londres, ella dijo que había oído hablar de un lugar llamado Sandyseal, y que tenía curiosidad por conocerlo. El mismo día, Herbert, al que le daba igual vivir en su tierra o lejos de ella, puesto que lo que más ansiaba era poder complacer a Sydney, reservó por correo una habitación en el hotel de Sandyseal.

Tuvieron que esperar un tiempo hasta que hubo una habitación libre. Entretanto, Sydney, asustada ante su futuro, y melancólica por la ausencia de una amiga o algún familiar a quien pudiera confiar sus penas, decidió que completaría el paralelismo entre sí misma y esa otra alma errante de quien había oído hablar, iniciando una relación epistolar anónima con la comunidad benedictina de Sandyseal.

Le envió una carta a la Madre Superiora explicándole la verdadera historia de su vida. Solamente le ocultó los nombres propios de personas. Le reveló que se encontraba sola en el mundo; admitió que deseaba con fervor arrepentirse de su maldad y llevar una vida religiosa; le explicó su infortunio al haber sido criada por personas sin ninguna vocación por la religión, y reconoció que había asistido a lugares de culto protestante, aunque aclarando que había sido una simple casualidad conectada con sus obligaciones como maestra de escuela. La religión de cualquier mujer cristiana, que me ayude a ser yo misma, escribió, es la religión a la que deseo ansiosamente pertenecer. Acudo a ustedes con mi angustia, ¿creen que podrían recibirme? Tras esa sencilla petición, anotó la siguiente dirección: S. W. Administración de Correos, Sandyseal.

Cuando el capitán Bennydeck y Sydney Westerfield se cruzaron en el vestíbulo siendo dos perfectos desconocidos, hacía ya una semana que la carta había sido echada al correo en Londres.

El criado mostró "al señor y la señora Herbert" su salón, y les rogó que tuvieran la amabilidad de aguardar unos minutos, hasta que las camareras terminaran de arreglar las otras dependencias.

Sydney se sentó en silencio. Pensó en su carta. Pensó en la Administración de Correos. Pensó si allí habría alguna respuesta esperándola.

Herbert se acercó a la ventana para ver el paisaje, pero antes se detuvo a observar unas láminas que colgaban en la pared. Le parecieron buenas obras de arte, superiores a la decoración habitual de los aposentos de un hotel. Si hubiese ido directamente a la ventana, tal vez habría visto a su antigua esposa, a su hija, y a la madre de la mujer de quien se había divorciado, subiendo al carruaje que les llevaba a la estación del ferrocarril.

—Ven a mirar el mar, Sydney —dijo.

Hastiada y con una sonrisa apagada, ella se acercó a Herbert. Era un día de sol y calma. En la playa había casetas con aguas termales; por todas partes se veían niños jugando, y en alta mar se distinguían las blancas velas de las naves de recreo. A la tediosa existencia de Sandyseal no le faltaba cierto silencioso aire hogareño, que a ojos de los forasteros no dejaba de tener encanto. Ensimismada, Sydney dijo:

—Creo que este lugar será de mi agrado.

Y Herbert añadió:

—Esperemos que el aire fresco te devuelva la salud.

Lo dijo de todo corazón y con amabilidad; pero mientras hablaba siguió mirando por la ventana. Una mujer que las tuviera todas consigo no habría permitido que esta tontería la molestara. Pensó en aquel otro día en Londres, cuando él tampoco había apartado la mirada de la ventana. Sydney se sentó sin decir nada.

¿La había ofendido? ¿Con qué la había ofendido? Herbert se ahogaba en un mar dudas, y se consoló pensando en Catherine. Ella nunca se ofendía por nimiedades como esa, al contrario. Cuando vivía con su esposa, ella siempre le agradecía afectuosamente cualquier palabra amable que viniera de él, por insignificante que fuera. Herbert dejó de lado ese pensamiento y reunió valor para hablar de nuevo con Sydney.

—Si crees que Sandyseal es realmente como esperabas —le dijo—, dímelo con tiempo para que pueda reservar una estancia más larga. Quizás quince días sea poco.

—Gracias, Herbert, creo que quince días serán más que suficientes.

—Si a ti te parecen suficientes... —dijo él.

Sensible y suspicaz, Sydney malinterpretó las palabras de Herbert: le pareció que estaba empleando un tono irónico.

—Me parece que será más que suficiente para los dos —replicó ella.

Él cogió una silla y se acercó a ella.

—¿Acaso crees —dijo, con una sonrisa—, que el primero en cansarse de este lugar voy a ser yo?

Hasta la sonrisa de él la hacía temblar. A la pobre le pareció que Herbert, con su sentido del humor, no pretendía otra cosa que menospreciarla.

—Hemos ido juntos a muchos lugares —le recordó ella—, y juntos nos hemos hartado de todos ellos.

—¿Estás diciendo que la culpa ha sido mía?

—Yo no digo eso.

Herbert se puso de pie y se acercó hasta la campanilla.

—Parece que el viaje te ha fatigado un poco —continuó diciendo—. ¿Quieres ir a tu habitación?

—Iré a mi habitación, si ése es tu deseo.

Él esperó un poco, y luego, con toda la calma del mundo, contestó:

—Lo que realmente hubiera deseado yo —dijo—, es que hubieses ido a ver a un médico en Londres. Últimamente te enfadas con demasiada facilidad. He observado que estás cambiando, y quiero pensar que sólo es a causa de tu mala salud.

Ella le interrumpió:

—¿A qué cambio te refieres?

—Es muy posible que ande equivocado, Sydney, pero en más de una ocasión me ha parecido que desconfías de mí.

—De lo que desconfío es de la pecaminosa vida que llevamos —dijo ella en un estallido—, y veo que el final se está acercando. Tú eres amable y considerado, y haces lo posible por ocultar la verdad, pero lo cierto es que todo este tiempo que has vivido conmigo solamente ha servido para que te arrepientieras de haber abandonado a tu mujer. Empiezas a darte cuenta del sacrificio que has hecho, y no me extraña que te encuentres así. Di la palabra, Herbert, y te aliviaré de esta carga.

—Jamás pronunciaré esa palabra.

Ella se quedó dudando un instante. Quería creerle, y al mismo tiempo tenía miedo de hacerlo.

—Aún me quedan las suficientes fuerzas —continuó diciendo ella— para arrepentirme, aun cuando será un amargo arrepentimiento, por el daño que le he hecho a la señora Linley. Cuando todo termine, como debe ser, con nuestra separación, ¿le pedirás a tu esposa...?

Herbert comenzó a perder la paciencia; sin enfadarse, pero con firmeza, se negó a seguir escuchándola.

—Ya no es mi esposa —dijo.

Sydney sentía en sus entrañas esa mezcla de amargura y penitencia que sólo una mujer puede sentir.

—¿Le pedirás a tu esposa que te perdone? —insistió.

—¿Después de que haya sido ella quien ha pedido el divorcio?

Herbert señaló la ventana.

—Mira el mar. Es como si me estuviese ahogando en él y tuviera que pedirle disculpas. ¿Qué te parecería eso?

Las palabras de Herbert no conmovieron a Sydney. No quería saber nada del divorcio. La necesidad del arrepentimiento se hizo más fuerte en su interior.

—La señora Linley es una buena mujer —insistió—. La señora Linley es una mujer cristiana.

—Ya no tengo ningún derecho con respecto a ella, ni siquiera el de recordar sus virtudes —respondió él con voz grave—. ¡Ya basta, Sydney! Lamento haberte decepcionado. Lamento que estés enfadada conmigo.

La actitud de Sydney cambió al escuchar esas palabras.

—Hiéreme cuan profundamente desees —dijo humildemente—. Intentaré soportarlo.

—¡Por nada del mundo te haría daño! ¿Por qué insistes en afligirme de ese modo? ¿Qué he hecho yo para merecer de ese modo tu desconfianza? —se quedó en silencio, y alargó su mano—. No nos peleemos, Sydney. Y ahora dime qué vas a hacer. ¿Quieres seguir teniendo ese prejuicio hacia mí, o me concederás un juicio justo?

Ella le amaba con todo el alma. ¡Era tan joven! ¡Y están tan llenos de esperanza los hombres jóvenes! Aún a pesar de tener esa certeza, Sydney luchó contra sus sentimientos.

—Herbert, ¿es tu compasión por mí la que habla en este momento?

Herbert se dio por vencido. Le dio la espalda a Sydney y dijo con tristeza:

—Es inútil. No hay manera de vencer tu desconfianza.

Ella se le acercó. Con una exclamación que equivalía a una súplica, Sydney logró que Herbert se diera la vuelta, la abrazara temblorosamente y pusiera la cabeza sobre su pecho.

—Perdóname. Sé paciente conmigo. Ámame.

Luego él habló con delicadeza, intentando tranquilizarla.

—¡Por fin volvemos a ser amigos, Sydney! —dijo.

¿Amigos? Como mujer, Sydney sintió que la amistad, en su caso, era algo absolutamente insuficiente.

—¿Somos amantes? —susurró entonces.

—¡Sí!

Al oír esa afirmación, Sydney sintió una gran alegría en su corazón. Sonrió, fue hasta la ventana a mirar el mar, y lo contempló con ojos nuevos.

—El aire de este lugar me sentará muy bien, ahora lo sé —-dijo—. ¿Tengo los ojos enrojecidos, Herbert? Los bañaré en agua y me arreglaré para estar deslumbrante.

Llamó con la campanilla. Acudió la camarera, dispuesta a enseñarle las otras habitaciones. En el umbral, Sydney se dio la vuelta.

—Vamos a intentar que este salón se parezca lo más posible a nuestro hogar —sugirió—. ¡Qué lúgubre, qué espantosa parece esa mesa vacía, como si no nos perteneciera! Pon encima algunos de nuestros libros y de mis recuerdos, mientras yo salgo un momento. Cuando regrese tendré cosas que hacer.

Al llegar a la habitación Herbert había dejado la maleta de Sydney encima de una silla. Ahora se había quedado solo en el salón, y ya no sentía necesidad de esconderse. Mientras abría la maleta, dijo en un suspiro:

—¿Hogar? Nosotros no tenemos hogar. ¡Pobre muchacha!, ¡pobre desgraciada! De todos modos haré lo posible para que viva de esa ilusión.

Abrió la maleta. Para proteger los frágiles regalos que ella denominaba "mis recuerdos", Sydney los había envuelto en algodón y los había colocado en la parte superior de la maleta, para que el peso de los libros no los aplastara. Herbert puso gran cuidado en sacar de uno en uno los delicados objetos. Lo primero que encontró fue un frágil candelero chino (que servía para poner en él una bujía) que se había partido en dos pedazos a pesar del esmero de Sydney al envolverlo. Aunque el objeto en sí no era de gran valor, los viejos recuerdos que le traía a Sydney hacían que sintiera un enorme aprecio por él. El candelero se había roto por el pie, podía ser reparado fácilmente, y Sydney no llegaría a enterarse nunca del accidente. Tras consultar con el camarero, Herbert se enteró de que en el pueblo más cercano había quien hacía esa clase de trabajos, y pensó que podía acercarse hasta el lugar dando un paseo. Temiendo que pudiera ocurrir un nuevo desastre si volvía a guardar el candelero en la maleta, abrió un cajón y puso con cuidado los dos trozos en el interior. Al empujarlos hacia el fondo con la mano, notó que había algo en el cajón. Lo sacó. Era un libro, el mismo libro que la señora Presty (¡otra vez ella; no había duda de quién era la reina del mal en la familia!) había ocultado para que Randal no lo viera, y que luego, al marcharse del hotel, había dejado olvidado.

Herbert reconoció enseguida las tapas doradas, que él mismo había encargado. Sabía la inscripción de memoria, pero aun así la leyó de nuevo:

A mi querida Catherine, de Herbert. En el aniversario de nuestro matrimonio.

De repente, el libro le resbaló de las manos y cayó sobre la mesa. Era como si acabase de descubrir algo sorprendente, algo que le causaba un gran dolor.

Su esposa (él insistía en seguir llamándola su esposa) había estado en esa misma habitación. Quizás incluso había sido la persona que la había ocupado inmediatamente antes que Sydney y él. ¿Tenía aquel regalo todavía algún valor para su esposa? ¿Y el recuerdo de los viejos tiempos?, ¿seguía teniendo algún valor para ella? ¡No! Era evidente que no. Había dejado olvidado el libro. Tal vez, al salir de casa, su doncella lo había guardado en el equipaje, o la pequeña y encantadora Kitty lo había puesto en uno de los baúles de su madre. En cualquier caso, el libro ahora estaba ahí. Abandonado en el cajón de una mesa de hotel.

—¡Oh! —pensó con amargura—, ¡ojalá pudiera ser tan frío con Catherine como ella lo es conmigo!

Hasta ese instante había logrado mantenerse firme en su decisión: pero esta prueba final era superior a sus fuerzas. Se dejó caer sobre una silla. Fue su carácter viril lo que le impidió caer en la debilidad del llanto. Recordó que había sido ella quien había solicitado el divorcio, ella quien le había quitado a su hija. ¡En vano! ¡En vano! Herbert estalló a llorar.

 

 

 

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« La carencia de datos nunca justifica una conclusión. »

Robert Heinlein

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