Carmilla
(Carmilla-1872)
Joseph Sheridan Le Fanu
VIII
Búsqueda
Al ver que la única señal de desorden en la habitación
era la producida por nuestra irrupción, nos tranquilizamos un poco y
no tardamos en recobrar el buen sentido y en despedir a los criados. La señorita
Lafontaine aventuró la opinión de que Carmilla, despertada repentinamente
al sentir que forzaban la puerta, se había asustado y se había
escondido debajo de la cama o dentro del armario: era natural que no saliera
mientras el mayordomo y los criados se hallaran en la habitación. La
llamamos de nuevo, pero no respondió. Eso aumentó nuestra perplejidad
y nuestra zozobra. Examinamos las ventanas, pero estaban cerradas. Supliqué
a Carmilla, si estaba escondida, que no prolongara por más tiempo aquella
burla y acabara con nuestra ansiedad, saliendo de su escondite. Pero todo fue
en vano. Era evidente que no estaba en el dormitorio, ni en el tocador. Yo estaba
intrigadísima. Tal vez Carmilla había descubierto un pasadizo
secreto... El viejo guarda decía que existía uno en el castillo,
pero nadie recordaba dónde, exactamente. El misterio se aclararía,
indudablemente, pero de momento estábamos perplejas.
Eran las cuatro de la madrugada y preferí pasar el resto de la noche
en la habitación de la señora Perrodon. Pero la luz del día
no trajo la solución al enigma: Carmilla había desaparecido. Mi
padre estaba desesperado, pensando en lo que iba a ocurrir cuando regresara
la madre de la muchacha... Yo también estaba desesperada, pero mi desesperación
tenía otras causas.
Transcurrió la mañana en medio de la mayor alarma y agitación.
Se habló incluso de rastrear el río. Llegó el mediodía
y la situación no había cambiado. A eso de la una se me ocurrió
echar otro vistazo a la habitación de Carmilla. Llegué allí
y mi asombro no tuvo limites: ¡Carmilla estaba en su habitación, mirándose
al espejo! No podía creer en lo que estaban viendo mis ojos. Mi amiga
me llamó con un gesto. En su rostro se leía el miedo. Corrí
hacia ella, la abracé y besé repetidas veces, y luego me precipité
hacia la campanilla y la agité desesperadamente para que acudieran todos
y se tranquilizaran.
- ¡Querida Carmilla! - exclamé -. ¿Qué te ha sucedido? ¿Dónde
has estado?
- Ha sido una noche prodigiosa - me respondió -. Después de cerrar
la puerta del dormitorio, como de costumbre, me acosté. He dormido sin
interrupción y sin sueños, pero al despertar me he encontrado
sobre el diván del tocador, con su puerta abierta y la de la habitación
forzada. ¿Cómo es que no me he despertado? Tiene que haberse producido
un gran alboroto, y yo tengo el sueño muy ligero... ¿Cómo puede
ser que me haya encontrado fuera de mi cama sin haberme enterado de nada?
Entretanto, habían llegado mi padre, la señora Perrodon, la señorita
Lafontaine y varios criados. Naturalmente, Carmilla fue asediada a preguntas,
pero su respuesta fue siempre la misma. Mi padre daba vueltas por la habitación,
sumido, al parecer, en hondas reflexiones. Vi que Carmilla le seguía
con la mirada, y en sus ojos había una expresión preocupada. Finalmente,
mi padre despidió a los criados, se acercó a mi amiga y, cogiéndola
delicadamente por la mano, la condujo hasta el diván, donde se sentaron.
- ¿Me permites que te haga una pregunta, querida? - inquirió mi padre.
- Desde luego. Tiene usted perfecto derecho a preguntar lo que quiera, siempre
que no traspase los límites impuestos por mi madre.
- Bien, querida, no hablaremos de lo que tu madre me prohibió, sino
de lo ocurrido esta noche. Te has levantado de la cama y has salido de la habitación,
sin despertarte. Y todo esto estando puertas y ventanas cerradas por dentro.
Tengo una teoría, pero antes quiero hacerte una pregunta.
Todos conteníamos la respiración.
- La pregunta es ésta: ¿eres sonámbula?
- No, ahora no. Pero lo fui en mi infancia.
- Ya. Y, en aquella época, ¿te levantabas con frecuencia de la cama
en sueños?
- Sí. Por lo menos, así me lo decía mi niñera.
Mi padre sonrió, asintiendo.
- Lo ocurrido tiene una fácil explicación. Carmilla es sonámbula;
abre la puerta y no deja, como de costumbre, la llave en la cerradura, sino
que, siempre en sueños, cierra por la parte de afuera y se lleva la llave.
Luego recorre las veinticinco habitaciones de este piso, y quizá también
las de las otras plantas. Esta casa está llena de escondrijos, de desvanes
y de trastos viejos. Se tardaría una semana en explorarla a fondo. ¿Entiendes
lo que quiero decir?
- Sí, pero no del todo - respondió Carmilla.
- ¿Y cómo explicas, papá, que se haya despertado en el tocador,
que yo había registrado minuciosamente?
- Carmilla regresó cuando vosotras os habíais ya marchado. Regresó
dormida, naturalmente, y al despertarse se asombró de encontrarse allí.
Ojalá todos los misterios tuvieran una explicación tan sencilla
como éste, Carmilla -añadió mi padre, satisfecho.
En aquel momento, Carmilla estaba más hermosa que nunca. Creo que fue
entonces cuando mi padre comparó su aspecto con el mío, porque
súbitamente dijo:
- Tienes muy mal aspecto, Laura.
Como sea que Carmilla no quería que ninguna sirvienta pasara la noche
en su habitación, mi padre ordenó que uno de los criados durmiera
delante de la puerta de su dormitorio, a fin de que la muchacha no pudiera salir
sin ser vista por nadie.
 
 
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