Carmilla
(Carmilla-1872)
Joseph Sheridan Le Fanu
III
Comparamos Notas
Seguimos con la mirada su carrera hasta que desapareció definitivamente
entre la niebla y dejó de oírse el chirrido de sus ruedas y fragor
de los cascos de los caballos lanzados al galope.
Para demostrar que no habíamos sido víctimas de una alucinación
quedaba entre nosotros la muchacha, que precisamente en aquel momento estaba
recobrando el sentido. No pude verla, porque tenía el rostro vuelto hacia
la parte opuesta al lugar donde yo me encontraba, pero oí su voz, muy
dulce, que preguntaba en tono suplicante:
- ¿Dónde está mi madre? ¿Dónde estoy? No veo el carruaje
...
La señora Perrodon contestó a sus preguntas lo mejor que pudo,
y, paulatinamente, la joven fue recordando lo que había sucedido. Al
enterarse de que nadie había sufrido el menor daño, quedó
muy aliviada. Pero cuando le dijimos que su madre la había dejado a nuestro
cuidado y que tardaría unos tres meses en regresar a buscarla, se echó
a llorar. Iba a acercarme a ella para ayudar a la señora Perrodon en
sus esfuerzos por consolarla, pero la señorita Lafontaine me detuvo,
diciendo:
- No se acerque a ella, señorita. En el estado en que se encuentra,
no podría soportar más de una persona a la vez.
Pensé que podría visitarla en cuanto la hubieran acomodado en
su habitación. Entretanto, mi padre había enviado en busca del
médico que vivía a unas dos leguas de distancia, y ordenó
preparar una habitación para alojar a la muchacha.
La desconocida se puso en pie y, apoyándose en el brazo de la señora
Perrodon, cruzó lentamente el puente levadizo y entró en nuestro
jardín. La camarera la acompañó inmediatamente a la habitación
que le había sido destinada.
- ¿Le agrada nuestra invitada? - pregunté a la señora Perrodon
-. Dígame qué impresión le ha causado.
- Me agrada mucho - contesto -. Creo que es la muchacha más bonita que
he visto en toda mi vida. Tiene aproximadamente la edad de usted y es verdaderamente
encantadora.
- ¿No se han dado cuenta de que en el carruaje había otra persona? -
intervino la señorita Lafontaine-. Una mujer que ni siquiera ha asomado
la cabeza.
No, no la habíamos visto. La señorita Lafontaine nos describió
a un extraño personaje, vestido de negro, con un turbante rojo en la
cabeza, que miraba continuamente por la ventanilla, haciendo gestos y muecas
de desprecio en dirección a las dos mujeres. Tenía unos ojos saltones
y sus dientes salientes parecían los de una arpía.
- ¿Han notado ustedes el desagradable aspecto que tenían los sirvientes?
-preguntó a su vez la señora Perrodon.
- Sí - convino mi padre -, parecían mastines. Nunca había
visto tipos como ésos. Espero que cuando crucen el bosque no desvalijen
a la señora. Pero, deben ser unos bribones muy hábiles. Lo han
arreglado todo en un momento.
-- Quizás estaban cansados del largo viaje - dijo la señora Perrodon
-. Además de su aspecto poco recomendable, tenían la cara demacrada
y parecían estar furiosos. Debo confesar que han despertado mi curiosidad,
pero confío en que la muchacha nos lo explicará todo mañana,
cuando se encuentre mejor.
- No creo que lo haga - dijo mi padre con una sonrisa ambigua, como si supiera
más de lo que decía.
Esto excitó mi curiosidad por saber lo que la señora vestida
de negro le había dicho a mi padre en el curso de la breve conversación
que sostuvieron. Apenas me quedé a solas con él intenté
sonsacarle. Mi padre no se hizo rogar.
- No hay ningún motivo para que te lo oculte. La señora me dijo
que temía dejarnos a su hija, porque se trata de una muchacha de salud
delicada y tiene los nervios alterados, aunque no padece ataques ni alucinaciones.
- ¿No te parece algo raro que te dijera esto? No tenía ninguna necesidad
de aclarar ese extremo...
- De todos modos, eso es lo que me dijo - me interrumpió mi padre -.
Me explicó que está efectuando un largo viaje, de vital importancia
para ella. Está obligada a viajar con la mayor rapidez y discreción
posibles. Dentro de tres meses vendrá a recoger a su hija. Entretanto,
no debe decir nada acerca de su personalidad y del lugar a donde se dirige.
Al pronunciar la palabra discreción, la ha subrayado con una pausa, mirándome
a los ojos con cierta dureza. Creo que es importante. ¿Has visto la rapidez
con que se ha marchado? Espero no haber cometido una tontería al hacerme
cargo de esa muchacha.
Aunque el médico no llegó hasta la una de la madrugada, no pude
irme a la cama. Cuando el doctor regresó al salón, su informe
fue muy optimista. La paciente se había levantado y su pulsación
era regular. No tenía ninguna herida y el trauma nervioso no había
dejado huella. Nada se oponía a que yo la visitara, si ella lo consentía.
En consecuencia, le envié recado por medio de la camarera, preguntándole
si podía hacerle una breve visita.
La camarera regresó inmediatamente, diciendo que la joven se alegraría
mucho con mi visita. No perdí un solo instante.
Habíamos alojado a nuestra invitada en una de las habitaciones más
hermosas del castillo. La joven estaba recostada, a la luz de los candelabros,
en la cabecera de la cama. Su graciosa figura aparecía envuelta en una
bata de seda recanada de flores y orlada con una cinta de raso que su madre
le había echado a los pies, cuando aún estaba en el suelo.
Pero, apenas me acerqué a la cama para saludarla, algo me hizo enmudecer
y retroceder unos pasos.
Trataré de explicarme. El rostro que tenía ante mí era
el mismo que se me había aparecido durante aquella terrible noche de
mi infancia, el rostro que tanto me había impresionado y sobre cuya aparición
había reflexionado durante años, horrorizándome en secreto.
Era un rostro encantador, y su expresión conservaba la melancólica
dulzura que tenía cuando lo vi por primera vez. De repente, se iluminó
con una sonrisa, como si también la joven acabara de reconocer a una
vieja amiga.
Se produjo un silencio que duró unos instantes. Finalmente, la joven
habló: yo no podía hacerlo.
- ¡Qué raro! -exclamó-. Hace unos años vi tu rostro en
sueños, y desde entonces me ha obsesionado de tal modo, que no he podido
olvidarlo.
- Sí que es curioso -dije, tratando de sobreponerme al horror que me
había impedido pronunciar una palabra hasta aquel momento-. También
yo te vi hace unos años - doce, exactamente -, no sé si en un
sueño o en la realidad. Y tampoco he podido olvidar tu rostro desde entonces.
Su sonrisa se hizo más dulce y desapareció el aire de curiosidad
que había notado en los primeros momentos en la joven. Me sentí
más confiada, y cumplí con mis deberes de anfitriona, dándole
la bienvenida a nuestro hogar y expresándole la satisfacción que
a todos los de la casa, y especialmente a mí, nos había producido
su imprevista llegada. Mientras hablaba, le cogí la mano. Yo era algo
tímida, hecho muy comprensible si se tiene en cuenta la soledad en que
vivía, pero aquella situación especial me hizo elocuente, casi
audaz. La joven apretó súbitamente mi mano y la estrechó
entre las suyas, mirándome con sus ojos brillantes. Sonrojándose,
sonrió de nuevo y contestó a mi saludo. Aunque yo no me había
recobrado del todo de mi primera impresión, me senté a su lado
y la joven me dijo:
- Ante todo, es necesario que te cuente cómo y dónde te vi por
primera vez. Es realmente extraordinario que nos hayamos soñado mutuamente
tal como somos ahora, a pesar de que el sueño tuvo lugar cuando éramos
unas niñas. Yo no tenía más de seis años. Desperté
de repente de un sueño agitado y me pareció encontrarme en una
habitación muy distinta a mi nursery, una estancia cuyas paredes estaban
revestidas de madera de color oscuro y que aparecía llena de camas, sillas
y otros muebles. Recuerdo que las camas estaban vacías y que en la habitación
no había nadie más que yo. Contemplé la habitación
con gran curiosidad, admirando, entre otras cosas, un gran candelabro de hierro
de dos brazos que reconocería entre mil si volviera a verlo. Luego me
subía a una de las camas para llegar hasta la ventana, pero en aquel
mismo instante oí un llanto procedente de una de las camas. Entonces
fue cuando te vi. Eras tal como ahora te veo, una muchacha bellísima,
de cabellos dorados y enormes ojos azules. También tus labios eran los
mismos. Tu modo de mirar me conquistó inmediatamente. Salté a
la cama y te abracé; creo que nos quedamos dormidas durante un rato.
Me despertó un grito: te habías despertado y estabas chillando.
Me asusté y caí al suelo, donde perdí el conocimiento.
Cuando recobré el sentido me hallaba de nuevo en mi casa, en mi habitación.
Nunca he podido olvidar tu rostro. No es posible que todo aquello fuese un simple
sueño. Realmente, la muchacha que vi eres tú.
Le conté entonces mi visión, que suscitó en mi nueva amiga
una admiración que no me pareció simulada.
- No sé cuál de las dos se asustó más - dijo, sonriendo
-. Si no hubieras sido tan encantadora, creo que me habría asustado más...
¿No te parece que lo mejor será pensar que nos conocimos hace doce años
y que, por tanto somos viejas amigas? Yo, por lo menos, creo que desde nuestra
infancia estábamos predestinadas a serIo. Y por mi parte nunca he tenido
una verdadera amiga. ¿La encontraré ahora?
Suspiró, y me miró apasionadamente con sus hermosos ojos negros.
En realidad, aquella joven me atraía de un modo inexplicable, pero al
propio tiempo me inspiraba una indefinible repulsión. Sin embargo, pese
a lo contradictorio de mis sentimientos, lo que predominaba era la atracción.
Aquella joven desconocida - hasta cierto punto - me interesaba y me conquistaba.
¡Era tan hermosa y fascinante! Recuerdo que noté en ella cierto cansancio
y me apresuré a desearle las buenas noches. Añadí:
- Será mejor que esta noche duerma una camarera contigo. Fuera, en el
pasillo, me aguarda una sirvienta. Es muy seria y no te molestará.
- Eres muy amable - respondió la joven -, pero si hay otra persona en
mi habitación no puedo dormir. No necesito ayuda, y quiero confesarte
una pequeña debilidad mía: tengo horror a los ladrones. En cierta
ocasión, mi casa fue desvalijada y asesinaron a dos camareras. Desde
entonces tengo la costumbre de cerrar la puerta con llave. Tendrás que
disculparme, pero no puedo evitarlo.
Durante un rato me retuvo entre sus brazos; luego me susurró al oído:
- Buenas noches, querida. Me desagrada separarme de ti, pero es hora de descansar.
Hasta mañana. No pasaremos mucho rato separadas.
Se dejó caer sobre la almohada, suspirando, mientras sus hermosos ojos
me contemplaban con expresión amorosa y melancólica. Suspiró
de nuevo.
- Buenas noches, amiga mía.
Los jóvenes se enamoran y encariñan al primer impulso. Me lisonjeaba
el evidente afecto que me demostraba aquella joven, aunque me parecia que yo
no habia hecho nada para merecerlo. Me encantó la confianza que me habia
demostrado desde el primer momento. Parecia indudable que estábamos predestinadas
a ser amigas intimas.
Llegó el día siguiente, y volvimos a vernos. Su compañia
me hacía feliz por muchas razones. A la luz del dia no había perdido
su encanto. Era, sin duda, la más hermosa criatura que jamás había
visto, y el desagradable recuerdo que conservaba de su aparición en el
curso de mi sueño infantil se había trocado en una placentera
sensación.
La joven me confesó que también ella había experimentado
un sobresalto al reconocerme, y el mismo sentimiento de repulsión que
se mezclaba a mi simpatía. Las dos nos reimos de nuestro asombro.
 
 
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