Carmilla
(Carmilla-1872)
Joseph Sheridan Le Fanu
II
Un Invitado
Una tarde de verano, particularmente apacible, mi padre me pidió que
le acompañara a dar un paseo por el maravilloso bosque que se extiende
ante el castillo.
- El general Spieldorf no vendrá a visitarnos, como esperábamos
-me dijo, durante el paseo.
Nuestro vecino debía pasar varias semanas en el castillo. Con él
debía venir también su joven sobrina y pupila, la señorita
Reinfelt. Yo no conocía a la señorita Reinfelt, pero me la habían
descrito como una joven encantadora. Quedé muy desilusionada ante la
noticia que acababa de darme mi padre; mucho más de lo que pueda imaginar
alguien que viva habitualmente en la ciudad. Aquella visita, y la nueva amistad
que seguramente había de surgir de ella, había sido objeto diario
de mis pensamientos durante muchas semanas.
- ¿Cuándo vendrán? - pregunté.
- El próximo otoño. Dentro de un par de meses - respondió
mi padre, y añadió: - Me alegro, querida, de que no hayas conocido
a la señorita Reinfelt.
- ¿Por qué? -inquirí, molesta y curiosa al mismo tiempo.
- Porque la pobre muchacha ha muerto.
Quedé sumamente impresionada. El general Spieldorf decía en su
última carta, seis o siete semanas antes, que su sobrina no se encontraba
muy bien, pero nada hacía pensar en la posibilidad, ni siquiera remota,
de un grave peligro.
- Aquí tienes la carta del general -continuó mi padre, entregándomela-.
Me parece que está muy trastornado. Indudablemente, cuando escribió
la carta se hallaba muy excitado.
Nos sentamos en un banco de piedra, junto al sendero de los tilos. El sol desaparecía
con todo su melancólico esplendor detrás del horizonte selvático,
y el torrente que discurría junto a nuestra mansión reflejaba
el colorido escarlata del cielo, cada vez más pálido.
La carta del general Spieldorf era tan insólita y apasionada, que la
releí detenidamente para comprender su sentido. Quizás el dolor
había trastornado su mente. Decía:
"He perdido a mi amada hija, que mucho la amé. Durante los últimos
días de la enfermedad de Bertha, no me fue posible escribiros. Antes,
no tenía idea del peligro en que estaba. Ahora la perdí, y lo
he comprendido, demasiado tarde. Ella murió en la paz de la inocencia,
y en la gloriosa esperanza del bendito descanso. La rata que traicionó
nuestra fatídica hospitalidad lo ha hecho todo. La recibimos en mi casa,
era una adorable amiga de mi querida Bertha. ¡Cielo! ¡Qué
tonto he sido! Gracias a Dios mi niña murió sin sospechar la causa
de sus sufrimientos. Ella se fue sin deducir la naturaleza de su dolencia, y
la maldita pasión del causante de la misma. Voy a destinar el resto de
mis días a rastrear y extinguir ese monstruo. Espero poder cumplir mi
recto y piadoso propósito. Al presente día hay una luz que me
guía. Maldigo mi engreída incredulidad, mi vil sentido de superioridad,
mi ceguera, mi obstinación... todo... Es demasiado tarde. En estos momentos
no puedo escribir ni hablar con serenidad; estoy demasiado trastornado. En cuanto
esté mejor me dedicaré a la búsqueda e iré posiblemente
hasta Viena. Dentro de un par de meses, hacia el otoño, iré a
visitaros, si es que aún estoy vivo. Al propio tiempo os contaré
lo que ahora no tengo fuerzas para escribir. Adiós. Rogad por mí,
queridos amigos."
Lo mismo a mi padre que a mí, nos seducía lo pintoresco y nos
quedamos contemplando en silencio la espléndida llanura que se extendía
ante nosotros. Las dos buenas señoras, a pocos pasos, discutían
acerca del paisaje y hablaban de la luna.
La señora Perrodon era más bien gruesa y veía todas las
cosas desde un punto de vista romántico. La señorita Lafontaine
pretendía ser psicóloga y algo mística. Aquella tarde afirmó
que la intensa luminosidad de la luna estaba en relación directa con
una especial actividad espiritual. Los efectos de una luna llena como aquélla
podían ser múltiples. Influía en los sueños, en
la locura, en la gente nerviosa y hasta en los hechos materiales.
- Esta noche -dijo-, la luna está llena de influjos magnéticos.
Mirad cómo brillan las ventanas con un resplandor plateado, como si unas
manos invisibles hubieran iluminado las estancias para recibir huéspedes
espectrales.
En aquel momento, el insólito rumor de las ruedas de un carruaje y del
galope de muchos caballos sobre la carretera atrajo nuestra atención.
Parecía aproximarse descendiendo de la colina que dominaba el viejo puente;
muy pronto, un pequeño tropel desembocó por aquel punto. Primero
cruzaron el puente dos caballeros, luego apareció un carruaje tirado
por cuatro corceles, y finalmente otros dos caballeros que cerraban el cortejo.
Parecía el coche de una persona de rango. Nuestra atención quedó
prendida en aquel espectáculo inusitado, que no tardó en hacerse
aún más interesante, porque, cuando apenas habían pasado
la curva del puente, uno de los caballos del tiro se desbocó y, contagiando
su pánico a los otros, arrancó a todo el tiro con un galope desenfrenado,
irrumpiendo entre los caballeros que precedían al carruaje y avanzando
hacia nosotros con la violencia y la furia de un huracán.
En aquel momento culminante, la escena adquirió caracteres de tragedia,
debido a unos gritos femeninos procedentes del interior del vehículo.
Mi padre permaneció en silencio, mientras nosotras lanzábamos
exclamaciones de terror. El final no se hizo esperar. El punto de enlace de
la carretera con el puente levadizo estaba delimitado a un lado por un soberbio
tilo, y al otro por una cruz de piedra. Los caballos, que marchaban a una velocidad
vertiginosa, se desviaron asustados al ver la cruz, arrastrando las ruedas contra
las raíces salientes del árbol. Asustada por lo que podía
ocurrir, me tapé el rostro con las manos, no resistiendo la idea de ver
cómo la carroza se salía del camino. En aquel mismo instante oí
el grito de mis compañeras, que estaban un poco más adelantadas
que yo. Abrí los ojos, impulsada por la curiosidad, y contemplé
una escena sumamente confusa. Dos caballos yacían en el suelo. El carruaje
estaba volcado, apoyado sobre uno de sus lados, con dos ruedas al aire. Los
hombres se afanaban arreglando el vehículo, de cuyo interior había
salido una señora de aspecto autoritario, que retorcía nerviosamente
entre sus manos un pañuelo. Ayudamos a salir del carruaje a una joven,
al parecer desmayada. Mi padre se había acercado a la señora de
más edad, sombrero en mano, ofreciéndole ayuda y cobijo en el
castillo. La señora no parecía oír nada, y sólo
tenía ojos para la frágil muchachita que había sido reclinada
en el respaldo de un banco.
Me acerqué. La joven había perdido el conocimiento, pero sin
duda estaba con vida. Mi padre, que se preciaba de tener algunos conocimientos
médicos, le tomó el pulso y aseguró a la señora,
que se había presentado a sí misma como madre de la joven, que
la pulsación, si bien débil e irregular, era perceptible. La señora
juntó sus manos y alzó los ojos al cielo, al parecer en un momentáneo
transporte de gratitud; luego, repentinamente, se desahogó haciendo gestos
teatrales, que, sin embargo, son espontáneos en cierto tipo de personas.
Era una mujer de buen ver, que en su juventud debió haber sido seductora.
Delgada, aunque no flaca, iba vestida de terciopelo negro. Su pálida
fisonomía conservaba una expresión orgullosa y autoritaria, a
pesar de la agitación del momento.
-¡Qué desgracia la mía! -exclamó, retorciéndose
las manos-. Estoy efectuando un viaje que es cuestión de vida o muerte.
Una hora de retraso puede tener consecuencias irreparables. No es posible que
mi hija pueda restablecerse del golpe recibido y continuar un viaje cuya duración
no es posible prever. Deberé dejarla forzosamente en el trayecto. No
quiero correr el riesgo de llegar con retraso. ¿A qué distancia se encuentra
el pueblo más próximo? Es necesario que la lleve hasta allí,
para recogerla a mi regreso. ¡Y pensar que tendré que pasar por lo menos
tres meses sin ver a mi querida hija, sin tener noticias suyas!
Tiré a mi padre de la chaqueta y le susurré al oído:
- Padre, dile que la deje con nosotros ... me gustaría mucho. Hazlo
por mí.
- Si la señora quiere confiar su hija a los cuidados de la mía
y de nuestra ama, la señora Perrodon, si permite que su hija se quede
con nosotros, bajo mi responsabilidad, hasta su regreso, lo consideraremos como
un gran honor y tendremos para ella los cuidados y la devoción que el
deber de la hospitalidad imponen -dijo mi padre solemnemente.
- No puedo aceptarlo - respondió la desconocida, con mucha circunspección
- ; sería abusar demasiado de su amabilidad.
- Al contrario, nos haría un gran favor. Precisamente vendría
a llenar un inesperado vacío. Hoy mismo, mi hija ha sufrido una gran
desilusión, debido a la noticia de que se ha frustrado una visita que
esperábamos. Si confía su hija a nuestros cuidados, será
su mejor consuelo.
En el aspecto y actitudes de aquella señora había algo tan especial
e imponente, y en cierto sentido fascinante, que, aun prescindiendo del séquito
que la acompañaba, daba la impresión de ser una persona de rango.
Entretanto, el carruaje había sido levantado y los caballos, ya calmados,
estaban de nuevo enganchados.
La señora dirigió a su hija una mirada que a mí no me
pareció afectuosa, como era de esperar después de la terrible
escena, y seguidamente llamó a mi padre con un gesto y se apartaron unos
pasos de nosotros. Mientras hablaba, la señora mantuvo una expresión
fría y grave, muy poco acorde con su anterior conducta.
Conversaron unos minutos; luego, la señora regresó y dio unos
pasos hacia su hija, que yacía entre los brazos de la señora Perrodon.
Se arrodilló a su lado y le susurró algo al oído. La besó
apresuradamente y luego entró precipitadamente en el carruaje, cerrando
la portezuela, mientras los portillones trepaban al pescante y los batidores
espoleaban sus caballos. Los postillones hicieron restallar sus látigos
y los caballos se lanzaron al galope; el carruaje desapareció entre una
nube de polvo, seguido de los dos caballeros que cerraban el cortejo.
 
 
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