Carmilla
(Carmilla-1872)
Joseph Sheridan Le Fanu
Prólogo
El texto que aquí publicamos, escrito por el novelista irlandés Joseph Thomas Sheridan Le Fanu en el año de 1871, fue publicado por entregas, en la revista The Dark Blue en sus ediciones de diciembre de 1871 y enero, febrero y marzo de 1872.
Tema que ha servido de guión en varias películas, Carmilla conjuga todas las características propias del género de las novelas de vampiros.
En primerísimo lugar, el enorme contenido erótico que por lo general siempre se encuentra presente en el tema del vampirismo, es por completo resaltado en el escrito.
En este caso, el autor aborda el erotismo lésbico a través de su personaje central y de su anfitriona, la muchacha que es fascinada por el atractivo de Carmilla.
Esta novela constituye, sin lugar a dudas, un auténtico clásico de la literatura sobre vampiros, que se lee con soltura por su ligereza.
Esperamos que quienes lean esta novela, la disfruten tanto como disfrutamos nosotros en su captura y diseño.
I
Un Temprano Espanto
Vivíamos en Estiria, en un castillo. No es que nuestra fortuna fuera
principesca, pero en aquel rincón del mundo era suficiente una pequeña
renta anual para poder llevar una vida de gran señor. En cambio, en nuestro
país y con nuestros recursos sólo habríamos podido llevar
una existencia acomodada. Mi padre es inglés y yo, naturalmente, tengo
un apellido inglés, pero no he visto nunca Inglaterra.
Mi padre servía en el ejército austríaco. Cuando alcanzó
la edad del retiro, con su reducido patrimonio pudo adquirir aquella pequeña
residencia feudal, rodeada de varias hectáreas de tierra.
No creo que exista nada más pintoresco y solitario. El castillo está
situado sobre una suave colina y domina un extenso bosque. Una carretera angosta
y abandonada pasa por delante de nuestro puente levadizo, que nunca he visto
levantar: en su foso nadan los cisnes entre las blancas corolas de los nenúfares.
Dominando este conjunto se levanta la amplia fachada del castillo con sus numerosas
ventanas, sus torres y su capilla gótica. Delante del castillo se extiende
el pintoresco bosque; a la derecha, la carretera discurre a lo largo de un puente
gótico tendido sobre un torrente que serpentea a través del bosque.
He dicho que es un lugar muy solitario. Juzgad vosotros mismos si digo la verdad.
Mirando desde la puerta de entrada hacia la carretera, el bosque que rodea nuestro
castillo se extiende quince millas a la derecha y doce a la izquierda. El pueblo
habitado mas próximo está en esa última dirección,
a una distancia aproximada de siete millas.
El castillo más cercano y de cierta notoriedad histórica es el
del general Spieldorf, a unas veinte millas a la derecha.
He dicho el pueblo habitado más próximo, porque al oeste, sólo
a tres millas, en dirección al castillo del general Spieldorf, hay un
pueblecito en ruinas con su iglesia gótica también en ruinas;
allí están las tumbas, casi ocultas entre piedras y follaje, de
la orgullosa familia Karnstein, extinguida hace tiempo. La familia Karnstein
poseía antaño el desolado castillo que, desde la espesura del
bosque, domina las silenciosas ruinas del pueblo.
Hay una leyenda que explica por qué fue abandonado por sus habitantes
este extraño y melancólico paraje. Pero ya hablaré de ella
más adelante.
El número de habitantes de nuestro castillo era muy exiguo. Excluyendo
a los criados y a los habitantes de los edificios anexos, estábamos solamente
mi padre, el hombre más simpático del mundo pero de edad bastante
avanzada, y yo, que en la época en que ocurrieron los hechos que voy
a narrar tenía solamente diecinueve años.
Mi padre y yo constituíamos toda la familia. Mi madre, de una familia
noble de Estiria, murió cuando yo era aún una niña. Sin
embargo, tuve una inmejorable nana, la señora Perrodon, de Berna. Era
la tercera persona en nuestra modesta mesa. La cuarta era la señorita
Lafontaine, una dama en toda la extensión de la palabra, que ejercía
las funciones de institutriz, para completar mi educación.
Algunas muchachas amigas mías venían de vez en cuando al castillo
y, algunas veces, yo les devolvía la visita. Éstas eran nuestras
habituales relaciones sociales. Naturalmente, también recibíamos
visitas imprevistas de vecinos. Por vecinos se entienden a las personas que
habitaban dentro de un radio de cuatro o cinco leguas.
Puedo aseguraros que, en general, era una vida muy aislada.
El primer acontecimiento que me produjo una terrible impresión y que
aún ahora sigue grabado en mi mente, es al propio tiempo uno de los primeros
sucesos de mi vida que puedo recordar.
Aquí terminaba la carta. Si bien yo no había conocido a Berta
Reinfelt, mis ojos se llenaron de lágrimas. La noticia de su muerte me
impresionó muchísimo.
Devolví a mi padre la carta del general. El sol se hundía cada
vez más en el ocaso y la tarde era dulce y clara. Paseando bajo la tibia
luz del atardecer, nos entretuvimos haciendo cábalas sobre el posible
sentido de las incoherentes y violentas afirmaciones de aquella carta. En el
puente levadizo encontramos a la señorita Lafontaine y a la señora
Perrodon, que habían salido a admirar el magnífico claro de luna.
Frente a nosotros se extendía el prado por el cual nos habíamos
paseado. A la izquierda, el camino discurría bajo unos venerables árboles
y desaparecía en la espesura del bosque. A la derecha, la carretera pasaba
sobre un puente severo y pintoresco a la vez, junto al cual se erguía
una torre en ruinas. En el fondo del prado, una ligera neblina delimitaba el
horizonte con un velo transe, y de cuando en cuando se veían brillar
las aguas del torrente a la luz de la luna.
He perdido a mi querida sobrina: la quería como a una hija. La he perdido,
y solamente ahora lo sé todo. Ha muerto en la paz de la inocencia y en
la fe de un futuro bendito. El monstruo que ha traicionado nuestra ciega hospitalidad
ha sido el culpable de todo. Creí recibir en mi casa a la inocencia,
a la alegría, a una compañía querida para mi Berta. ¡Dios
mío! iQué loco he sido! Consagraré los días que
me quedan de vida a la caza y destrucción del monstruo. Sólo me
guía una débil luz. Maldigo mi ceguera y La nursery, como la llamábamos,
aunque era sólo para mí, estaba en una habitación grandiosa
del último piso del castillo, y tenía el techo inclinado, con
molduras de madera de castaño. Tendría yo unos seis años
cuando una noche, despertándome de improviso, miré a mi alrededor
y no vi a la camarera de servicio. Creí que estaba sola. No es que tuvieda
miedo... pues era una de aquellas afortunadas niñas a quienes han evitado
expresamente las historias de fantasmas y los cuentos de hadas, que vuelven
a los niños temerosos ante una puerta que chirría o ante la sombra
danzante que produce sobre la pared cercana la luz incierta de una vela que
se extingue. Si me eché a llorar fue seguramente porque me sentí
abandonada; pero, con gran sorpresa, vi al lado de mi cama un rostro bellísimo
que me contemplaba con aire grave. Era una joven que estaba arrodillada y tenía
sus manos bajo mi manta. La observé con una especie de placentero estupor,
y cesé en mi lloriqueo. La joven me acarició, se echó en
la cama a mi lado y me abrazó, sonriendo. De repente, me sentí
calmada y contenta, y me dormí de nuevo.
De súbito, me desperté con la escalofriante sensación
de que dos agujas me atravesaban el pecho profunda y simultáneamente.
Proferí un grito. La joven dio un salto hacia atrás, cayendo al
suelo, y me pareció que se escondía debajo de la cama.
Por primera vez sentí miedo y me puse a gritar con todas mis fuerzas.
La niñera, la camarera y el ama acudieron precipitadamente, pero cuando
les conté lo que me había ocurrido estallaron en risas, a la vez
que trataban de tranquilizarme. Aunque yo era solamente una niña, recuerdo
sus rostros pálidos y su angustia mal disimulada. Las vi buscar debajo
de la cama, por todos los rincones de la habitación, en el armario, y
oí a mi ama susurrar a la niñera:
-- ¡Mira! Alguien se ha echado en la cama, junto a la niña. Aún
está caliente.
Recuerdo que la camarera me acarició y que las tres mujeres examinaron
mi pecho, en el punto donde yo les dije que había sentido la punzada.
Me aseguraron que no se veía ninguna señal.
El día siguiente lo pasé en un continuo estado de terror: no
podía quedarme sola un instante, ni siquiera a plena luz del día.
Recuerdo a mi padre junto a mi cama, hablándome en tono festivo, asi
como preguntando a la niñera y riéndose de sus respuestas. Luego
hacía muecas, me abrazaba y me aseguraba que todo había sido un
sueño sin importancia.
Pero yo no estaba tranquila, porque sabía que la visita de aquella extraña
criatura no había sido un sueño.
He olvidado todos mis recuerdos anteriores a este acontecimiento, y muchos
de los posteriores, pero la escena que acabo de describir aparece vivida en
mi mente como los cuadros de una fantasmagoría surgiendo de la oscuridad.
 
 
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