La sombra sobre Innsmouth
(The Shadow Over Innsmouth-1931)
H. P. Lovecraft
IV
Es difícil describir el estado de ánimo que me embargó
después de este episodio lastimoso, tan insensato y conmovedor como grotesco
y terrorífico. El muchacho de la tienda de comestibles me había
preparado de antemano, y no obstante, la realidad me había dejado aturdido
y confuso. Aunque era un relato pueril, la absurda seriedad y el horror del
viejo Zadok me habían producido una alarma que venía a aumentar
mi sentimiento de aversión hacia aquel pueblo que parecía envuelto
por una sombra intangible.
Ya reflexionaría más adelante sobre aquella historia, para ver
lo que tenía de cierto. Por el momento, deseaba no pensar más
en ello. Se me estaba echando el tiempo encima de manera peligrosa: eran las
siete y cuarto por mi reloj, y el autobús para Arkham salía de
la Plaza a las ocho, así que traté de orientar mis pensamientos
hacia lo práctico y caminé a toda prisa por las calles miserables
y desiertas en busca del hotel donde había consignado mi maleta, delante
del cual tomaría mi autobús.
La dorada luz del atardecer comunicaba a los decrépitos tejados y chimeneas
cierto encanto místico y sereno. No obstante, me sentía receloso.
Instintivamente, miraba hacia atrás con disimulo. Pensaba con alivio
en verme lejos del maloliente pueblo de Innsmouth, y ojalá hubiese otro
vehículo que no fuera el del siniestro Sargent. Sin embargo, no quería
correr. A cada paso surgían detalles arquitectónicos que valía
la pena contemplar; además, tenía tiempo de sobra.
Estudié el plano del dependiente de la tienda y me metí por
Marsh Street, que no conocía, para salir a Town Square. Cerca de la esquina
de Fall Street empecé a ver grupos esporádicos de gentes furtivas
que hablaban en voz baja. Al llegar por fin a la Plaza, vi que casi todos los
haraganes se habían congregado alrededor de la puerta de Gilman House.
Parecía como si aquella infinidad de ojos saltones e inmóviles
estuvieran fijos en mí, mientras pedía mi maleta en el vestíbulo.
Interiormente hacía votos por que no me tocara de compañero de
viaje ninguno de aquellos tipos desagradables.
Un poco antes de la ocho, apareció petardeando el autobús con
tres viajeros. Un individuo de aspecto equívoco, desde la acera, dijo
unas palabras incomprensibles al conductor. Sargent bajó el saco del
correo y un rollo de periódicos, y entró en el hotel. Mientras,
los viajeros -los mismos hombres a quienes había visto llegar a Newburyport
aquella mañana- se encaminaron a la acera con su paso bamboleante y cambiaron
con un ocioso algunas desmayadas palabras guturales, en una lengua que de ningún
modo era inglés. Subí al coche vacío y ocupé el
mismo asiento que al venir, pero no hice más que sentarme, cuando reapareció
Sargent y empezó a hablarme con un repugnante acento gutural.
Al parecer estaba yo de mala suerte. El motor no iba bien; había podido
llegar a Innsmouth, pero era imposible continuar el viaje hasta Arkham. No,
era imposible repararlo esta misma noche; tampoco había otro medio de
transporte. Sargent lo sentía mucho, pero yo tenía que parar en
el Gilman. Probablemente el conserje me haría un precio asequible. No
se podía hacer otra cosa. Casi anonadado por este contratiempo imprevisto,
y realmente atemorizado ante la idea de pasar allí la noche, dejé
el autobús y volví a entrar en el vestíbulo del hotel donde
el conserje del turno de noche -un tipo hosco y de raro aspecto-- me dijo que
en el penúltimo piso tenía una habitación, la 428, que
era grande aunque sin agua corriente, que costaba un dólar la noche.
A pesar de lo que me habían contado en Newburyport sobre este hotel,
firmé en el registro, pagué mi dólar, dejé que el
conserje recogiera mi maleta, y subí tras él los tres tramos de
crujientes escaleras; finalmente recorrimos un pasillo polvoriento y desierto,
y llegamos a mi habitación. Era un lúgubre cuartucho trasero con
dos ventanas y un mobiliario barato y gastado. Las ventanas daban a un patio
oscuro, cerrado entre dos bajos edificios abandonados, y desde ellas podía
contemplarse todo un panorama de tejados decrépitos que se extendía
hacia poniente, hasta las marismas que rodeaban la población. Al final
del pasillo había un cuarto de baño, reliquia deprimente que constaba
de una taza de mármol, una bañera de estaño, una luz bastante
floja, cuatro paredes despintadas y numerosas tuberías de plomo.
Como aún era de día, bajé a la Plaza a ver si podía
cenar, Y una vez más observé que los ociosos me miraban de manera
especial. La tienda de comestibles estaba cerrada, así que no tuve más
remedio que entrar en el restaurante. Me atendieron un hombre de cabeza estrecha
y ojos inmóviles, y una moza de nariz aplastada y unas manos increíblemente
bastas y desmañadas. Como no había mesas, tuve que cenar en el
mostrador, lo que me permitió comprobar que, afortunadamente, casi toda
la comida era de lata. Tuve bastante con un tazón de sopa de verduras
y regresé en seguida a la fría habitación del Gilman. Al
entrar tomé el periódico de la tarde y una revista llena de cagadas
de mosca que había en un estante desvencijado, junto al pupitre del conserje.
Cayó el crepúsculo y se hizo de noche. Encendí la única
luz, una bombilla mortecina que colgaba sobre la cama de hierro, y continué
como pude la lectura que había comenzado. Me pareció conveniente
mantener la imaginación ocupada en cosas saludables. No quería
darle más vueltas a las cosas raras que pasaban en aquel pueblo sombrío,
al menos mientras estuviese dentro de sus límites. La descabellada patraña
que le había oído al viejo bebedor no me auguraba sueños
muy agradables. Me daba cuenta de que debía apartar de mí la imagen
de sus ojos aguanosos y enloquecidos.
Tampoco debía pensar en lo que el inspector de Hacienda había
contado al empleado de la estación de Newburyport sobre Gilman House,
y sobre las voces de sus huéspedes nocturnos... Asimismo, era menester
apartar de mi imaginación el rostro que había vislumbrado bajo
una tiara en la negra entrada de la cripta, porque en verdad, pensar en él
me causaba una impresión de lo más desagradable. Quizá
me hubiera resultado más sencillo desechar todas esas inquietudes si
mi habitación no hubiese sido un lugar tremendamente lúgubre.
Además del hedor a pescado que era general en todo el pueblo, reinaba
allí dentro una atmósfera de humedad estancada, lo que me sugería
inevitablemente emanaciones de putrefacción y de muerte.
Otra cosa que me inquietaba era que la puerta de mi habitación carecía
de cerrojo. Se veía claramente que lo había tenido y, a juzgar
por las señales, lo habían debido quitar recientemente. Sin duda
se había estropeado, como tantas otras cosas de este cochambroso edificio.
En mi nerviosismo, rebusqué por allí y encontré un cerrojo
en el armario que me pareció igual que el que había tenido la
puerta. Nada más que para tranquilizar esta tensión de nervios
que me dominaba, me dediqué a colocarlo yo mismo con la ayuda de una
navaja que siempre llevo conmigo. El cerrojo encajaba perfectamente. Me sentí
aliviado al ver que quedaría bien cerrado cuando me fuera a acostar.
No es que yo lo estimara realmente necesario, pero cualquier cosa que contribuyera
a mi seguridad me ayudaría también a descansar. Las dos puertas
laterales que comunicaban con las habitaciones contiguas tenían su correspondiente
cerrojo, y pude comprobar que estaban pasados.
No me desnudé. Decidí estar leyendo hasta que me entrase sueño.
Entonces me quitaría la chaqueta, el cuello, los zapatos, y me echaría
a dormir un poco. Saqué la linterna de la maleta y la metí en
el bolsillo del pantalón con el fin de poder consultar el reloj si me
despertaba a media noche. Pasó algún tiempo y el sueño
no me venía. Cuando me paré a analizar mis pensamientos, me di
cuenta de que inconscientemente estaba tenso, alerta, con el oído atento,
a la espera de algún sonido que me produciría un miedo infinito,
aun sin saber por qué. El relato del inspector debió de influir
en mi imaginación más de lo que yo suponía. Traté
de reanudar la lectura, pero no lo conseguí.
Llevaba un rato así, cuando me pareció oír que crujían
los escalones y los pasillos, como si alguien caminase con sigilo. Me dije que
seguramente los demás huéspedes empezaban a ocupar sus habitaciones.
No se oían voces. Con todo, me dio la impresión de que en aquellos
ruidos había un no sé qué furtivo. Aquello no me gustó,
y empecé a pensar si no sería mejor pasar la noche en vela. Los
tipos de aquel pueblo eran sospechosos por demás, y era indudable que
habían ocurrido varias desapariciones. ¿Me encontraba en una posada de
ésas donde se asesina a los viajeros para robarles? Desde luego, yo no
tenía aspecto de nadar en la abundancia. ¿O acaso la gente del pueblo
odiaba hasta ese extremo a los visitantes curiosos? ¿Les había molestado
mi curiosidad? Porque, evidentemente, me habían visto recorrer plano
en mano los barrios más característicos de la localidad… Pero
de pronto, pensé que muy asustado tenía que hallarme para que
unos pocos crujidos casuales me pusieran en ese estado de excitación.
De todos modos, sentí no tener un arma a mano.
Finalmente, vencido por un agotamiento que nada tenía que ver con el
sueño, eché el recién instalado cerrojo, apagué
la luz, y me tumbé en la cama sin despojarme de la chaqueta, ni del cuello
ni de los zapatos. La oscuridad parecía amplificar todos los ruidos menudos
de la noche. Me invadió un sinfín de pensamientos desagradables.
Lamenté haber apagado la luz, pero me sentía demasiado cansado
para levantarme y volverla a encender. Luego, después de un largo rato
y tras una serie de crujidos claros y distintos que procedían de la escalera
y el corredor, oí un roce suave e inconfundible en el que se concretaron
instantáneamente todas mis aprensiones. Ya no cabía duda: con
cautela, de una manera furtiva y a tientas, estaban tratando de abrir con una
llave la cerradura de mi puerta.
La sensación de peligro que me invadió en ese momento no fue
demasiado turbadora, quizá, por los vagos temores que venía experimentando.
De modo instintivo, aunque sin una causa definida, me hallaba en guardia, lo
que suponía en cierto modo una ventaja para enfrentarme con la prueba
real que me aguardaba. Con todo, la concreción de mis vagas conjeturas
en una amenaza real e inmediata constituyó para mí una profunda
conmoción. Ni por un momento se me ocurrió que el que estaba manipulando
en la cerradura de mi cuarto se habría equivocado. Desde el primer instante
sentí que se trataba de alguien con malas intenciones, así que
me quedé quieto, callado como un muerto, en espera de los acontecimientos.
Al cabo de un rato cesó el apagado forcejeo y oí que entraban
en una habitación contigua a la mía. Luego intentaron abrir la
cerradura de la puerta que comunicaba con mi cuarto. Como es natural, el cerrojo
aguantó firme, y el suelo crujió al marcharse el intruso. Poco
después se oyó otro chirrido apagado. Estaban abriendo la otra
habitación contigua, y a continuación probaron a abrir la otra
puerta de comunicación, que también tenía echado el cerrojo.
Después, los pasos se alejaron hacia las escaleras. Fuera quien fuese,
había comprobado que las puertas de mi dormitorio estaban cerradas con
cerrojo y había renunciado a su proyecto. De momento, como tuve ocasión
de ver.
La presteza con que concebí un plan de acción demuestra que,
subconscientemente, me estaba temiendo alguna amenaza, y que durante horas enteras
había estado maquinando, sin darme cuenta, las posibilidades de escapar.
Desde el principio comprendí que el desconocido que había intentado
abrir representaba un peligro con el que no debía enfrentarme, sino huir
cuanto antes. Tenía que salir del hotel lo más pronto posible,
y desde luego, no debía emplear la escalera ni el pasillo.
Me levanté sin hacer ruido. Enfoqué la llave de la luz con mi
linterna. Mi intención era coger algunas cosas de la maleta, echármelas
en el bolsillo y huir con las manos libres. Le di al interruptor pero no sucedió
nada: habían cortado la corriente. Estaba claro que el misterioso ataque
había sido preparado con todo detalle, aunque ignoraba con qué
finalidad. Mientras reflexionaba, sin quitar la mano del interruptor, oí
un apagado crujido en el piso de abajo; me pareció distinguir un rumor
como de conversación, pero un momento después pensé que
me había confundido. Se trataba sin duda alguna de gruñidos roncos
y graznidos mal articulados, cosa que guardaba muy poca relación con
cualquier lenguaje humano conocido. Luego pensé con renovada insistencia
en lo que el inspector de Hacienda había oído una noche en este
mismo edificio ruinoso y pestilente.
Con ayuda de la linterna tomé lo que necesitaba de mi maleta, me lo
metí todo en los bolsillos, me puse el sombrero y me acerqué de
puntillas a la ventana para calcular las posibilidades de mi descenso. A pesar
de las reglas de seguridad establecidas por la ley, no había escalera
de incendios en este lado del hotel, y mis ventanas correspondían al
cuarto piso. Como he dicho, daban a un patio lóbrego y encajonado entre
dos edificios, ambos con sus tejados inclinados que alcanzaban hasta el cuarto
piso. Sin embargo, no podía saltar a ninguno de los dos desde mis ventanas,
sino desde dos habitaciones más allá, a uno o a otro lado. Inmediatamente
me puse a calcular las probabilidades de llegar a una cualquiera de ellas.
Decidí no arriesgarme a salir al pasillo, donde mis pasos serían
oídos sin duda alguna, y donde me tropezaría con dificultades
insuperables para entrar en la habitación elegida. Unicamente podría
tener acceso a través de las puertas laterales, menos sólidas,
que comunicaban unas habitaciones con otras. Tendría que forzar las cerraduras
y los cerrojos arremetiendo con el hombro, caso de encontrarlas cerradas por
el otro lado. Me pareció que era lo más factible, porque las puertas
no tenían aspecto de resistir mucho. Pero no podría hacerlo sin
ruido. Tendría que contar con la rapidez y la posibilidad de llegar a
la ventana antes de que cualesquiera fuerzas hostiles tuvieran tiempo de abrir
la puerta correspondiente al pasillo. Reforcé la de mi propia habitación
apuntalándola con la mesa de escritorio que arrastré cautelosamente
para hacer el menor ruido posible.
Me daba cuenta de que mis probabilidades eran muy escasas, pero estaba enteramente
dispuesto a afrontar cualquier eventualidad. Aun cuando lograse alcanzar otro
tejado, no habría resuelto el problema por completo, porque me quedaría
aún la tarea de llegar al suelo y escapar del pueblo. A mi favor estaban
la desolación y la ruina de los edificios vecinos y el gran número
de claraboyas que se abrían en sus tejados.
Consulté el plano del muchacho de la tienda, La mejor dirección
para salir del pueblo era hacia el sur, así que miré primero la
puerta de comunicación correspondiente. Se abría hacia mí;
por lo tanto, después de descorrer el cerrojo y comprobar que la puerta
no se abría, consideré que me iba a ser muy difícil forzarla.
Por consiguiente, abandoné esa dirección y corrí la cama
contra la puerta para impedir cualquier ataque desde esta habitación.
La otra puerta se abría hacia el otro lado. Ese debía de ser mi
camino, a pesar de comprobar que estaba cerrada con llave y que tenía
el cerrojo echado por el otro lado. Si podía llegar al tejado del edificio
de ese lado, que correspondía a Paine Street, y conseguía bajar
al suelo, quizá pudiese cruzar el patio en cuatro saltos y atravesar
uno de los dos edificios para salir a Washington Street o Bates Street. También
podía saltar directamente a Paine Street, dar un rodeo hacia el sur y
meterme por Washington Street. En cualquier caso, tenía que dirigirme
a Washington Street como fuese, y huir de los alrededores de Town Square. Sería
preferible evitar Paine Street, ya que el parque de bomberos podía estar
abierto toda la noche.
Mientras meditaba todo esto contemplé la inmensa marea de tejados ruinosos
que se extendía bajo la luz de la luna. A la derecha, la negra herida
de la garganta del río hendía el panorama. Las fábricas
abandonadas y la estación de ferrocarril se aferraban como lapas a un
lado y a otro. Detrás se veían las vías herrumbrosas y
la carretera de Rowley que atravesaban la llanura pantanosa, punteada de montículos
cubiertos de seca maleza. A la izquierda, en un área más cercana,
y cruzada por numerosas corrientes de agua salitrosa, la estrecha carretera
de Ipswich brillaba con el blanco reflejo de la luna. Desde la ventana del hotel
no alcanzaba a ver la carretera que iba hacia el sur, hacia Arkham, donde pensaba
dirigirme.
Estaba reflexionando, hecho un mar de dudas, sobre el momento más oportuno
para poner en práctica este plan, cuando percibí abajo unos ruidos
indefinidos a los que siguió inmediatamente un crujido pesado en las
escaleras. Irrumpió el débil parpadeo de una luz por el montante
de la puerta, y el entarimado del corredor comenzó a gemir bajo un peso
considerable. Oí unos ruidos guturales, puede que de origen humano, y
finalmente sonaron unos fuertes golpes en mi puerta.
Por un momento me limité a contener la respiración y a esperar.
Me pareció que transcurría una eternidad. Y de repente, el olor
a pescado comenzó a hacerse más penetrante. Después se
repitieron las llamadas con insistencia, más impacientes cada vez. Comprendí
que había llegado el momento de actuar. Descorrí el cerrojo de
la puerta lateral y me dispuse a cargar contra ella para abrirla. Los golpes
eran cada vez más fuertes; tal vez disimularían el ruido que iba
a hacer yo. Por fin comencé a embestir una y otra vez contra la delgada
chapa, sin preocuparme del dolor que me producía en el hombro. La puerta
resistió más de lo que había calculado, pero continué
en mi empeño. Mientras tanto, el alboroto del pasillo iba en aumento
delante de mi puerta.
Finalmente cedió la puerta contra la que estaba cargando, pero con
tal estrépito que los de fuera tuvieron que oírlo. Los golpes
se convirtieron en violentas arremetidas, y a la vez, oí un fatídico
sonido de llaves en las dos puertas vecinas a la mía. Me precipité
a la otra habitación y conseguí echar el cerrojo a la puerta del
vestíbulo antes de que la abrieran, pero entonces oí cómo
trataban de abrir con una llave la tercera puerta, la de la habitación
cuya ventana pretendía alcanzar.
Por un instante, me sentí totalmente desesperado. Me iban a atrapar
en una habitación cuya ventana no me ofrecía salida posible. Una
oleada de horror me invadió al descubrir, a la luz de mi linterna, las
huellas que habían dejado en el polvo del suelo los intrusos que habían
tratado de forzar la puerta lateral. Después, gracias a un acto puramente
automático, desprovisto de toda lucidez, corrí a la siguiente
puerta de comunicación y me dispuse a derribarla.
La suerte me fue favorable… La puerta de comunicación no sólo
no tenía echada la llave, sino que estaba entreabierta. Entré
en un salto y apliqué la rodilla y el hombro a la puerta del vestíbulo,
que en ese momento se estaba abriendo. Agarré desprevenido al que trataba
de abrir, de suerte que conseguí pasar el cerrojo, cosa que hice también
en la otra puerta que acababa de franquear. Durante los breves instantes de
alivio que siguieron, oí que disminuían las embestidas contra
las otras dos puertas, mientras crecía un confuso alboroto en mi primitiva
habitación, cuya puerta lateral había atrancado yo con la cama.
Evidentemente, el tropel de mis asaltantes había entrado por la habitación
contigua del otro lado y se lanzaba tras de mí por el mismo camino. En
ese mismo momento oí cómo introducían una llave en la puerta
del pasillo de la habitación siguiente. Estaba rodeado.
La puerta lateral que daba a esta habitación estaba abierta de par
en par. No había tiempo de contener la del vestíbulo, que ya la
estaban abriendo. Lo único que pude hacer fue echar el cerrojo de la
puerta lateral de comunicación, igual que había hecho en la de
enfrente, y colocar la cama contra una, la mesa de escritorio contra otra, y
el aguamanil contra la del pasillo. Debía confiar en estas barreras improvisadas
hasta que hubiera saltado por la ventana al tejado del edificio de Paine Street.
Pero aun en este trance supremo, el horror que yo sentía no se debía
a la fragilidad del dispositivo de defensa. Lo que a mí me horrorizaba
era que ninguno de mis perseguidores -aparte ciertos jadeos, gruñidos
y ladridos apagados -había pronunciado una sola palabra inteligible y
humana.
Mientras corría los muebles y me precipitaba hacia la ventana, se oyó
una carrera espantosa por el pasillo hacia la habitación contigua a la
que me encontraba yo. Cesaron las embestidas en el otro lado. Era evidente que
la mayoría de mis adversarios se estaba congregando ante la débil
puerta lateral. Afuera, la luna bañaba el tejado de abajo. Calculé
que era un salto arriesgado, debido a la inclinación que tenía
el sitio donde había de aterrizar.
De acuerdo con mi plan, elegí la ventana más meridional que
tenía el cuarto. Quería saltar en la vertiente del tejado que
daba al patio y escabullirme por la claraboya más cercana. Una vez dentro
de uno de aquellos edificios, tenía que contar con que me perseguirían.
Pero confiaba en poder alcanzar la planta baja y evadirme por una de las puertas
abiertas del patio, desembocar finalmente en Washington Street, y salir del
pueblo en dirección sur.
El alboroto de la habitación vecina era terrible. La puerta comenzó
a ceder. Los asaltantes habían traído un objeto pesado y lo estaban
empleando como ariete. No obstante, la cama aún se mantenía firme
contra la puerta, de forma que todavía tenía la posibilidad de
huir. La ventana estaba flanqueada por pesados cortinajes de terciopelo, suspendidos
de una barra mediante anillas de latón. Descubrí que en el exterior
había unos sólidos ganchos para sujetar los batientes de la ventana.
Viendo que aquello me proporcionaba los medios de evitar un salto peligroso,
di un tirón a las colgaduras y las arrojé al suelo con barra y
todo. Rápidamente enganché dos anillas en el gancho exterior y
solté el cortinaje al vacío. Los pesados pliegues llegaban sobradamente
al tejado. Comprobé que las anillas y el gancho podían soportar
mi peso y luego me deslicé por la improvisada escala, dejando atrás
para siempre el siniestro edificio de Gilman House.
Puse pie en las sueltas pizarras del tejado. La pendiente era muy pronunciada.
Conseguí llegar a una de las claraboyas sin resbalar. Me volví
para mirar la ventana por donde había salido. Aún estaba a oscuras.
Allá lejos, entre las desmoronadas chimeneas de la parte norte, se veían
diversas luces. Se trataba del edificio de la Orden de Dagon, de la iglesia
anabaptista y de la iglesia congregacionista, cuyo recuerdo me producía
escalofríos. Como no vi a nadie en el patio, confié en poder salir
por allí antes de que cundiera la alarma general. Enfoqué mi linterna
por la claraboya y vi que no había escalones que me permitieran bajar.
No obstante, la altura no era excesiva, de modo que me dejé caer, yendo
a parar a una habitación llena de polvo y atestada de cajas medio deshechas
y de barriles.
El sitio era lúgubre, pero apenas me produjo impresión alguna.
Me precipité inmediatamente por unas escaleras que descubrí gracias
a la linterna. Miré la hora: eran las dos de la madrugada. Los peldaños
crujieron levemente bajo mi peso. Corrí escaleras abajo, crucé
una especie de granero, en la segunda planta, y llegué a la planta baja.
Reinaba en ella la más completa desolación; sólo el eco
respondía al ruido de mis pasos presurosos. Por fin llegué al
vestíbulo. En un extremo se veía un débil rectángulo
de luz que recortaba la puerta que daba a Paine Street. Tomé la otra
dirección y me encontré con que la puerta de atrás también
estaba abierta. Bajé cinco peldaños de piedra y me hallé
al fin en el patio de losas y césped.
La luz de la luna no llegaba hasta aquí, pero se veía el camino
sin necesidad de linterna. Algunas de las ventanas de Gilman House estaban débilmente
iluminadas, e incluso me pareció oír ruido en su interior. Caminé
cautelosamente en dirección a la salida que daba a Washington. Encontré
varias puertas abiertas y elegí la más cercana. Atravesé
un pasillo oscuro y al llegar al otro extremo, vi que la puerta de la calle
estaba sólidamente cerrada. Decidí probar en otro edificio. Volví
a tientas sobre mis pasos, pero me detuve en seco junto a la puerta del patio.
Por una puerta del Gilman salía un enjambre de siluetas dudosas… Agitaban
sus linternas en la oscuridad; el graznido horrible de sus voces se mezclaba
con unos gritos apagados en lengua extraña. Las figuras se movían
de manera incierta. Me di cuenta de que no sabían qué dirección
había tomado, y no obstante, me sacudió un escalofrío de
horror. No se distinguían bien sus figuras, pero su andar encogido y
bamboleante me producía una inexplicable repugnancia. Lo más desagradable
era la figura extraña coronada con su tiara, ya familiar para mí,
que avanzaba al frente de la comitiva. Al ver cómo aquellas figuras se
desplegaban por todo el patio, mis temores aumentaron. ¿Y si no encontrara ninguna
salida a la calle? El olor a pescado se hizo tan intenso, que dudé si
sería capaz de soportarlo sin desmayarme. Nuevamente me metí a
tientas, en busca de una salida. Abrí una puerta y entré en una
habitación vacía; las ventanas estaban cerradas, pero carecían
de falleba. Alumbrándome con la linterna pude abrir las contraventanas.
Un momento después salté al exterior y cerré cuidadosamente
la ventana, dejándola como la había encontrado.
Estaba, pues, en Washington Street. Por el momento no se veía un alma,
ni había más luz que la de la luna. Sin embargo, a lo lejos, y
en distintas direcciones, se oían roncos gruñidos, carreras precipitadas,
y una especie de pataleo que no era exactamente un ruido de pasos. No tenía
tiempo que perder. Sabía orientarme en la oscuridad, de modo que casi
agradecí que estuvieran apagadas las luces de las calles, como es costumbre
en las poblaciones rurales atrasadas. Algunos ruidos provenían del sur;
no obstante, persistí en mi deseo de escapar en esa dirección.
Sabía que encontraría gran número de portales desiertos
donde podría refugiarme, caso de tropezarme con alguien.
Caminaba de prisa, con cautela, pegado a las fachadas ruinosas. Aunque iba
desaliñado por culpa de mi fuga precipitada, nada había en mí
que llamara especialmente la atención. Tal vez pudiera pasar desapercibido
si me cruzaba con algún transeúnte. En Bates Street me metí
en un portal abierto y aguardé a que cruzaran dos individuos bamboleantes
que venían en dirección contraria. Volví a salir en seguida
y proseguí mi camino. Me acercaba a la plaza donde Eliot Street y Washington
Street se cruzan oblicuamente. Aunque este barrio me era desconocido, me pareció
peligroso a juzgar por el plano del muchacho de la tienda. La luna daría
de lleno en la plaza, pero era inútil intentar evitarla; cualquier otra
dirección supondría una serie de rodeos que me harían perder
mucho tiempo y supondrían más ocasiones de que me vieran. Lo único
que me cabía hacer era cruzar por las buenas imitando lo mejor posible
el andar bamboleante, característico de aquella gente, y esperar que
nadie se fijara en mí.
No tenía idea de cómo habían organizado exactamente la
persecución ni qué motivos tenían para perseguirme. En
el pueblo parecía haber una agitación insólita, aunque
estaba convencido de que todavía no se había propagado la noticia
de mi huida del Gilman. Naturalmente tenía que desviarme en seguida de
Washington Street y tomar alguna otra calle en dirección sur. El grupo
que había salido del hotel en mi persecución venía sin
duda tras de mí. Probablemente había dejado huellas en el polvo
de la última casa, y no les resultaría difícil averiguar
por dónde había logrado salir a la calle.
La plaza estaba tal como yo temía: plenamente iluminada por la luna.
En su centro se alzaban los restos de un parque rodeado de una verja de hierro.
Por fortuna no había un alma en los alrededores, pero me pareció
oír un rumor lejano, procedente quizá de Town Square. South Street
era una calle amplia que conducía hacia el puerto, cuesta abajo. Desde
ella se dominaba una gran perspectiva de mar. Deseé fervientemente que
no hubiera nadie mirando hacia la calzada, mientras la atravesaba bajo el resplandor
de la luna.
Avancé sin obstáculo. No se oía ningún ruido alarmante.
Al final de la calle la superficie del agua reverberaba esplendorosa bajo la
brillante luz de la luna, y al contemplarla sentí un sobresalto de terror.
Allá, muy lejos del espigón, se alzaba la confusa silueta del
Arrecife del Diablo, e involuntariamente me vinieron a la imaginación
las terribles historias que me había contado el viejo Zadok, según
las cuales esta roca desgarrada daba acceso a regiones desconocidas, preñadas
de horrores y monstruos inconcebibles.
De improviso, brotaron unos destellos intermitentes en el lejano arrecife.
Eran claros y distintos, y despertaron en mí un pánico cerval.
Mis músculos se tensaron a punto de dispararse en alocada fuga, contenidos
tan sólo por una especie de fascinación semihipnótica.
Y para empeorar las cosas, otros destellos vinieron a responder desde la elevada
cúpula del Gilman.
Hice un esfuerzo por dominar mi nerviosismo porque aún seguía
expuesto a cualquier mirada inoportuna, y reanudé mi fingida marcha bamboleante.
Pero mientras tuve la mar a la vista, mis ojos siguieron fijos en aquel ominoso
arrecife. De momento, no comprendí lo que significaban los destellos.
Tal vez formasen parte de algún rito extraño relacionado con el
Arrecife del Diablo. Puede también que hubiera atracado alguna embarcación
en aquella roca siniestra. Torcí a la izquierda y rodeé el parque
abandonado. El océano brillaba bajo una luz espectral. Fascinado por
el centelleo de aquellos faros enigmáticos, no lograba apartar la vista
del arrecife. Fue entonces cuando sufrí la impresión más
violenta hasta el momento. Fue tal mi horror que, olvidándome del riesgo
que suponía, me lancé frenéticamente a la carrera por la
calle negra y vacía, flanqueada de portales desiertos y ventanas sin
cristales. Bajo la luz de la luna había divisado en las aguas miles y
miles de formas que nadaban en dirección al pueblo. Incluso podría
decir, a pesar de la distancia, que aquellas cabezas y aquellos brazos que se
agitaban entre las olas eran tan deformes y anormales, que no encuentro palabras
para describirlos.
Mi carrera terminó antes de llegar a la primera esquina, porque en
ese momento oí a mi izquierda el rumor inequívoco de una persecución
en toda regla: pasos enérgicos, gritos guturales, ruido de motores...
En el acto tuve que cambiar todos mis planes. Me habían cortado la carretera
sur, de modo que debía buscar otra salida de Innsmouth. Paré y
me refugié en un portal abierto. Después de todo, había
tenido la suerte de salir de la zona iluminada por la luna antes de que mis
perseguidores aparecieran por la esquina.
La segunda reflexión que me hice fue menos tranquilizadora. Puesto
que la persecución se llevaba a cabo por otra calle, era evidente que
no me seguían los pasos. No sabían dónde me encontraba,
pero no cabía duda de que su conducta obedecía a un plan general
encaminado a cortarme la salida. Esto requería que se vigilasen todas
las carreteras por igual, lo que me obligaría a huir a campo través
y mantenerme alejado de todas las carreteras. Pero, ¿cómo escapar, si
toda la región era pantanosa y estaba plagada de canales y marismas?
Durante unos momentos, me sentí vencido por una negra desesperación,
angustiado por la rapidez con que aumentaba el tufo insoportable de pescado.
Entonces recordé el ferrocarril abandonado de Innsmouth a Rowley, cuya
sólida línea de balasto, cubierta de zarzas, se extendía
aún hacia el noroeste, desde la derruida estación situada junto
a la garganta del río. Era posible que no se les ocurriera pensar en
ella, puesto que las tupidas zarzas la hacían casi impracticable. Desde
la ventana del hotel la había contemplado, y conocía su situación
exacta. Los primeros tramos eran demasiado visibles desde la carretera de Rowley
y desde cualquier torre del pueblo, pero quizá pudiera arrastrarme entre
la maleza sin ser visto. En todo caso, éste era el único medio
de evasión, y no tenía alternativa.
Me introduje en el vestíbulo de la casa desierta en cuyo portal me
había refugiado, y consulté una vez más el plano a la luz
de la linterna. El primer problema era llegar a la antigua vía del tren.
Lo mejor sería avanzar hacia Babson Street, torcer luego a poniente hasta
Lafayette Street, dar un rodeo en vez de cruzar la plaza como antes y desviarme
a continuación hacia el norte zigzagueando por Lafayette, Bates, Adams
y Bank Street. Esta última calle bordea la garganta del río y
conduce hasta la misma estación. Metiéndome por Babson Street
evitaría cruzar la plaza o desembocar en una calle amplia.
Eché a correr y crucé a la derecha de la calle con el fin de
avanzar pegado a la fachada y meterme por Babson Street sin que me vieran. Aún
se oía cierto alboroto en Federal Street. Al mirar hacia atrás
me pareció ver un destello de luz cerca del edificio del que acababa
de salir. Ansioso por llegar a Washington Street, continué corriendo.
con la esperanza de no tropezarme con nadie. En la esquina de Babson Street
vi con sobresalto que una de las casas estaba habitada, a juzgar por las cortinas
de una de las ventanas, pero no había luces en el interior y pasé
sin dificultad.
En Babson Street, que es perpendicular a Federal Street, corría riesgo
de ser descubierto; por tanto, me pegué cuanto pude a los torcidos y
ruinosos edificios. Dos veces me detuve en un portal, al notar que aumentaban
los ruidos tras de mí. El cruce de las dos calles se abría amplio
y desolado bajo la luna, pero mi camino no me obligaba a cruzarlo. Durante el
segundo que estuve parado, comencé a oír una nueva serie de ruidos
confusos; poco después pasaba un automóvil por el cruce, a gran
velocidad, y se metía por Eliot Street, entre Babson y Lafayette.
Un momento después -y precedida de una insoportable tufarada de pescado-
desembocó una multitud de seres torcidos y grotescos que caminaba torpemente
en la misma dirección. Sin duda era el grupo destinado a vigilar la salida
hacia Ipswich, puesto que dicha carretera es una prolongación de Eliot
Street. Entre ellos iban dos figuras envueltas en inmensas túnicas, una
de las cuales llevaba una puntiaguda diadema que relumbraba pálidamente
a la luz de la luna. La forma de andar de esta última era tan ajena a
los movimientos humanos, que sentí escalofríos. Me pareció
que aquella criatura caminaba a saltos.
Cuando desapareció el último de la expedición seguí
mi camino. Atravesé la esquina de la calle Lafayette y crucé en
cuatro saltos Eliot Street. El alboroto se oía ahora más lejos,
por Town Square. Lo que más miedo me daba era tener que cruzar otra vez
la ancha calle South, que bordeaba el puerto; pero no tenía otro remedio.
Si quedaba algún rezagado en Eliot Street, lo más probable sería
que me descubriese inmediatamente. En él último momento decidí
que era mejor aminorar la marcha y cruzar como antes, fingiendo el andar bamboleante
de los nativos de Innsmouth.
Cuando apareció de nuevo la vista de la mar -esta vez a la derecha-
me hice el firme propósito de no mirar. Pero fue inútil. Mientras
caminaba con paso vacilante, pegado a las fachadas, me volvía de cuando
en cuando y miraba de reojo. No había ningún barco a la vista,
lo que, a decir verdad, no me sorprendió. En cambio me quedé perplejo
al descubrir un bote de remos que ponía proa a los muelles abandonados.
Iba cargado con un bulto envuelto en un paño de hule. Los remeros, cuyas
siluetas se vislumbraban a lo lejos, tenían un cuerpo particularmente
deforme. Aún se distinguían algunos nadadores en el agua. Muy
lejos, en el negro arrecife, se veía un débil resplandor fijo,
distinto de la luz parpadeante que había observado anteriormente. Era
un resplandor extraño, de un color que me fue imposible identificar.
Por encima de los tejados asomaba la alta cúpula del Gilman, completamente
oscura. El olor a pescado, que había disminuido últimamente, comenzó
pronto a dejarse sentir con una intensidad insoportable.
No había acabado de cruzar la calle, cuando vi que a lo largo de Washington
Street avanzaba un grupo procedente del distrito norte. Cuando llegaron a la
amplia explanada, desde la cual acababa yo de contemplar el pavoroso panorama
bajo la luna, pude fijarme en ellos sosegadamente, sin que me vieran, desde
la distancia de una manzana de casas tan sólo… Me quedé aterrado
ante la bestial deformidad de sus rostros, ante su forma casi animal de andar.
Uno de los individuos se movía exactamente igual que un mono; sus largos
brazos rozaban el suelo de cuando en cuando. Otro -envuelto en extraños
ropajes y tocado con una tiara- avanzaba a saltos. Me pareció el mismo
grupo que había visto en el patio de Gilman House. Era, pues, la patrulla
que más seguía de cerca mis pasos. Algunos se volvieron en dirección
mía, y yo me sentí traspasado de terror. Con un esfuerzo supremo,
seguí la marcha bamboleante que había adoptado. Todavía
ignoro si me vieron o no. Si me vieron, mi estratagema debió de dar resultado,
porque cruzaron la explanada sin cambiar de dirección y sin dejar de
gruñir y farfullar en una jerga gutural y repulsiva absolutamente incomprensible.
Una vez protegido por las sombras seguí corriendo como antes y dejé
atrás las casas ruinosas y fantasmales de aquel barrio desolado. Después
crucé a la otra acera, doblé la esquina siguiente y me metí
por Bates Street, pegado a los edificios. Pasé por delante de dos casas
en cuyo interior había una luz; una de ellas tenía abiertas las
ventanas del piso superior. Pero no me vio nadie. Al torcer por Adams Street
sentí cierta tranquilidad, aunque me llevé un susto repentino,
al ver salir a un hombre de un portal oscuro y venir directamente hacia mí
haciendo eses. Pero iba demasiado bebido y ni siquiera me llegó a ver.
De esta forma llegué sano y salvo a las lúgubres ruinas de los
almacenes de Bank Street.
Ni un alma se movía en la absoluta quietud de la calle junto a la garganta
del río. El ruido sordo del salto de agua ahogaba totalmente el rumor
de mis pasos. Había una buena tirada hasta la estación derruida;
los muros de ladrillo de los almacenes me parecían aún más
amenazadores que las fachadas que había dejado atrás. Finalmente
llegué a los arcos de la antigua estación -o lo que quedaba de
ellos- y me fui directamente al extremo donde arrancaba la vía.
Los raíles estaban oxidados y llenos de orín, aunque casi intactos;
más de la mitad de las traviesas estaban aún en buenas condiciones.
Era muy difícil andar -y más, correr- por una superficie semejante.
De todos modos procuré adoptar mi paso al terreno, hasta que logré
caminar con cierta rapidez. Durante un trecho, la línea férrea
se ceñía al borde del río para desembocar finalmente en
un gran puente cubierto que cruzaba el precipicio a una altura de vértigo.
El estado de este puente determinaría mi camino a seguir. Si era buenamente
posible, lo cruzaría; si no, tendría que aventurarme otra vez
por las calles y buscar el puente más próximo, si aún era
practicable.
El viejo puente brillaba espectralmente a la luz de la luna. Las traviesas
se encontraban en buen estado, al menos en el primer tramo. Encendí una
linterna y entré. Una nube de murciélagos despavoridos pasó
por encima de mí y estuvo a punto de derribarme. A mitad de camino, vi
un peligroso vacío entre las traviesas. Por un momento pensé que
no lo podría salvar. Finalmente me arriesgué. Di un salto desesperado
y por fortuna caí bien al otro lado.
Cuando salí de aquel túnel horrible respiré con alivio.
Los viejos raíles cruzaban River Street, después describían
una curva y se adentraban en una zona cada vez menos urbanizada, en la que a
la vez disminuía también el nauseabundo olor a pescado que reinaba
en todo Innsmouth. La gran profusión de matorrales y zarzas me obstaculizaban
el paso y me desgarraban las ropas, aunque no por eso dejaba yo de agradecer
su presencia, porque podían servirme de escondrijo en caso de peligro:
no ignoraba que una buena parte de mi camino era visible desde la carretera
de Rowley.
Muy pronto empezó la región pantanosa. La vía la atravesaba
sobre un terraplén de poca altura cubierto de una maleza algo menos tupida.
Luego venía una especie de isla de terreno firme, algo más elevado,
y la línea la atravesaba encajonada en una zanja obstruida por arbustos
y zarzas. Daba gusto caminar protegido por la zanja, teniendo en cuenta sobre
todo que, según había podido apreciar desde la venta del Gilman,
la línea férrea se hallaba en este punto peligrosamente próxima
a la carretera de Rowley, la cual venía a cruzarla al final de la zanja
para desviarse después y perderse de vista. Pero de momento debía
actuar con prudencia.
Antes de entrar en la zanja miré hacia atrás. Nadie me seguía.
Los viejos campanarios y los tejados ruinosos de Innsmouth resplandecían
grandiosos y etéreos bajo la mágica luz de la luna. Esta visión
me hizo pensar en el aspecto que debió de tener el pueblo antes de que
la tenebrosa sombra se abatiera sobre él. Luego miré el campo,
y lo que vi me heló la sangre.
Al principio me pareció observar cierto movimiento ondulante allá
lejos, hacia el sur. Era como si una muchedumbre interminable saliese del pueblo
por la carretera de Ipswich. La distancia era considerable y no se distinguía
con exactitud, pero no me gustó nada aquella columna en movimiento. Ondeaba
demasiado y relucía asombrosamente bajo la luna de poniente. Incluso
me pareció oír ruidos y voces, pero el viento me impidió
cerciorarme. Era algo así como un patear y rugir de bestias, peor aún
que los gruñidos de las patrullas del pueblo.
Por la cabeza me pasó toda clase de conjeturas desagradables. Pensé
en aquellos seres aún más deformes que, según se decía,
se ocultaban en las casas miserables del puerto. También me vinieron
a la imaginación los terribles nadadores que había vislumbrado
confusamente en el agua. A juzgar por los grupos que había visto hasta
el momento, y los que con toda seguridad habrían salido por las demás
carreteras, el número de mis perseguidores debía de ser inconcebible,
sobre todo teniendo en cuenta que Innsmouth era un pueblo casi deshabitado.
¿De dónde había salido la densa multitud que componía
aquella marea ondulante y lejana? ¿Acaso los vetustos edificios supuestamente
desiertos rebosaban efectivamente de una vida insospechada y secreta? ¿O es
que había desembarcado una legión de seres extraños de
aquel arrecife del infierno? ¿Quiénes eran? ¿Por qué estaban allí?
¿Serían las patrullas de las otras carreteras igualmente numerosas?
Me interné en la maleza de la cortadura, y pugnaba por abrirme camino
con dificultad, cuando otra vez se extendió el abominable olor a pescado.
¿Había cambiado el viento repentinamente y venía ahora de la mar?
Así debía de ser, en efecto, porque también empezaron a
oírse horribles murmullos guturales en estos parajes hasta entonces silenciosos.
Y una cosa distinguí que me desagradó aún más: un
ruido blando, como el de un animal que caminara a saltos por un suelo mojado.
No sé por qué, lo asocié con aquella ondulante columna
que se movía en la carretera de Ipswich.
No tardaron en aumentar los ruidos y el olor, de manera que me paré,
mortalmente asustado, dando gracias al cielo de hallarme a cubierto en la zanja.
Recordé que era en este punto donde la carretera de Rowley cruzaba la
vía, antes de alejarse definitivamente. La horda se acercaba, así
que me tumbé en el suelo y decidí esperar a que pasara y se perdiera
a lo lejos. Gracias a Dios, aquellas criaturas no empleaban perros para rastrear,
aunque bien mirado, de poco les habría valido con el olor que imperaba
en toda la región. Encogido bajo los arbustos, me sentí seguro
aun cuando sabía que mis perseguidores cruzarían la vía
por delante de mí a menos de cien metros de distancia. Yo podría
verlos, pero ellos a mí no, a no ser que se diera una funesta casualidad.
Me estremecí ante la idea de verlos de cerca. Contemplé el terreno
bañado por la luna, por donde pronto habrían de desfilar, y pensé
que aquel trozo de naturaleza iba a verse irremediablemente contaminado para
siempre. Sin duda se trataría de los seres más monstruosos y horribles
que cobijaba el pueblo de Innsmouth… No me sería agradable recordar el
espectáculo después.
El hedor se hizo más opresivo; los ruidos fueron en aumento, hasta
convertirse en una bestial algarabía de graznidos, aullidos y ladridos,
sin el menor asomo de lenguaje humano. ¿Eran ésas realmente las voces
de mis perseguidores? ¿O llevaban perros después de todo? Sin embargo,
yo no había visto ningún animal de cuatro patas en mis paseos
por Innsmouth. El ruido de cuerpos blandos y pesados se hizo mayor. ¡Jamás
me atrevería a mirar las monstruosas criaturas que lo producían!
Mientras los oyese caminar -o saltar- por delante de mi escondite, mientras
aquellos seres horribles no se perdieran en la distancia, mantendría
los ojos firmemente cerrados. La borda estaba ya muy cerca... El aire vibraba
de roncos gruñidos, el suelo casi se estremecía al ritmo extraño
de sus pisadas. Contuve la respiración y concentré todas mis fuerzas
en mantener los párpados apretados.
Ni siquiera hoy puedo afirmar si lo que sucedió a continuación
fue una espantosa realidad o tan sólo una pesadilla. Las ulteriores medidas
represivas adoptadas por el Gobierno a consecuencia de mis denuncias desesperadas,
permitirán suponer que, efectivamente, se trataba de una abominable realidad.
Pero ¿no es posible también que retorne una alucinación en una
atmósfera irreal e hipnótica como la que envolvía aquella
ciudad poblada de espectros? Lugares como ése conservan propiedades extrañas
y tal vez sus tenebrosas tradiciones afecten a la mente de los hombres que se
aventuran por sus calles desoladas y hediondas, sus techumbres vencidas y sus
campanarios desmoronados. ¿Acaso no es posible que un germen de locura contagiosa
aceche en lo más profundo de Innsmouth como una maldición? ¿Quién
sería capaz de saberlo con certeza, después de haber oído
la confesión de Zadok Allen? Por cierto, que las autoridades del Gobierno
jamás encontraron al pobre Zadok, ni supieron explicar lo que había
sido de él. ¿Dónde acaba la locura y empieza la realidad? ¿Es
posible que incluso mi último temor no sea más que una engañosa
ilusión?
Pero voy a intentar describir lo que me pareció ver aquella noche,
bajo la burlesca luz de la luna; el desfile de toda una cohorte de endriagos
que, realidad o no, apareció por la carretera de Rowley mientras permanecí
agazapado entre las zarzas. Porque como es natural, mi propósito de permanecer
con los ojos cerrados fracasó rotundamente. Era ridículo proponerme
una cosa así. ¿Cómo iba a estarme sin mirar, mientras una legión
de seres deformes cruzaba a saltos torpes, aullando y croando a cien metros
escasos de donde me encontraba yo?
Antes de que aparecieran me creía preparado para afrontar lo peor.
Ya había visto bastantes cosas desagradables en el término de
un día, y no imaginaba que fuera posible que superasen en monstruosidad
y deformidades a los que me habían perseguido por las calles. Logré
mantener los ojos apretados hasta que el ronco clamor se hizo ensordecedor.
Pasaban en ese momento por delante de la zanja, en el cruce de la carretera
y la vía... Entonces no pude resistir más, y abrí los ojos.
Eso fue el fin. Desde entonces siento que mi equilibrio mental se ha roto
para siempre, y que he perdido toda confianza en la integridad de la naturaleza
y el espíritu del hombre. Ni dando crédito al extraño relato
del viejo Zadok en sus menores detalles habría podido imaginar la realidad
demoníaca y blasfema que presencié. Intencionadamente estoy procurando
soslayar el horror de describirla. ¿Es posible que sobre este planeta se hayan
engendrado tales abominaciones, y que unos ojos humanos hayan visto en carne
y hueso lo que hasta ahora pertenecía solamente al reino de la pesadilla
y la locura?
Y sin embargo, lo vi. Era una manada interminable de seres inhumanos que avanzaban
a brincos, graznando y balando bajo el reflejo espectral de la luna; una zarabanda
grotesca y maligna de delirante fantasía. Unos llevaban enormes tiaras
doradas… otros iban ataviados con ropajes extraños… Había uno,
el que iba en cabeza, que vestía una amplia levita que no conseguía
disimular su enorme joroba, y un pantalón a rayas; un sombrero de fieltro
coronaba el bulto deforme que hacía las veces de cabeza.
Tenían todos un color gris verdoso, con el vientre blanquecino. La
mayoría era de piel reluciente y resbaladiza, y sus dorsos jorobados
estaban cubiertos de escamas. Sus figuras recordaban vagamente al antropoide,
pero sus cabezas parecían de pez, con unos ojos prodigiosamente saltones
que no parpadeaban jamás. A ambos lados del cuello les palpitaban las
agallas, y sus grandes zarpas tenían dedos palmeados. Brincaban de manera
irregular, unas veces erguidos, otras a cuatro patas. Su voz era una especie
de aullido o graznido, pero evidentemente, constituía un lenguaje con
todos los matices de expresión que les faltaban a sus semblantes impasibles.
Y no obstante, pese a su monstruosidad, me resultaban en cierto modo familiares.
Demasiado bien sabía yo quiénes eran. ¿Acaso no tenía aún
fresca en mi memoria la imagen de la tiara de Newburyport? Se trataba de los
mismos peces-ranas cuyas imágenes abominables ornaban la joya de oro.…
pero vivos y en todo su horror. Y de repente, comprendí por qué
razón me impresionó tantísimo el sacerdote de la tiara
que vislumbré en la cripta de la iglesia. Esa fue la visión fugaz
de la horda impura. Eran miles y miles, verdaderos enjambres, aunque desde mi
escondite no podía abarcar toda la carretera. Por fortuna, un momento
después se borró de mis ojos aquella visión dantesca y
sufrí un desvanecimiento misericordioso El primero en toda mi vida.
 
 
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