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Yago Yasck
(1835)

Pedro de Madrazo


VII

--¿Estaba V. distraído?

  --Pensaba en esa poesía que sabe V. sentir con tanta energía.-- respondió Rafael -- En efecto, ¿qué cosa más bella que la poesía de S. Juan, de Homero y de Calderón?

  --¡San Juan! -- exclamó su compañero -- ¡siempre me acuerdo del Evangelio como de una tierra de promisión cerrada para mí! -- y permaneció un momento sumergido en un abismo de pensamientos fatídicos.

Ocupaban los dos una mesa de la fonda del Comercio, sentados uno en frente de otro. La mesa estaba cubierta con las reliquias de un buen almuerzo.

  --¡San Juan! -- prosiguió Rafael, continuando su primera idea, -- le arrebata a uno al cielo en una capa de fuego o en un torrente de luz; Homero, sobre un carro tirado por aves blancas o mujeres hermosas; Calderón en su pensamiento solo, que es su carro y su torrente de luz. El ha adoptado el mundo y sus pasiones, ¡sus pasiones!. ¿Qué piensa V., Jenaro? Mejor que el mundo diría el infierno, porque el mundo es un infierno apagado; en él no hay torrentes de luz, ni nubes de oro, pero sí pasiones desordenadas, frentes maldecidas. ¿Eh? ¿Que cree V. Jenaro? ¡Placeres emponzoñados y remordimientos de sangre!! ¿Será cierto Jenaro?

  Llegó aquí expresándose con una energía y un calor tales, que no podía ocultarse al conocimiento de su compañero hasta qué punto tan alto, Rafael, y lo que Rafael decía, eran una cosa misma.

  Hizo en la frente dos arrugas profundas y formando ángulo en el entrecejo. Su boca tomó una latitud nerviosa, y sus ojos desencajados miraban sin ver, sin movimiento, como de ojos de cristal. Su poco cabello se encrespó sobre su frente y por las sienes, y retorció sus manos convulsivamente; después de lo cual ambos permanecieron en silencio.

  --Rafael, le hallo a V. hoy diferente de lo ordinario.

  --Porque hoy he padecido más que de ordinario, Jenaro.

  --Ayer no nos vimos.

  --¡Ayer empezó mi martirio!

  --También yo soy desgraciado. -- Un fuerte apretón de manos puso a ambos en comunicación de sus más secretos pensamiento, pero la fuerza magnética se disipó, y volvieron a su estado de abatimiento mutuo.

  --¡Imposible!-- exclamó Jenaro como distraído. -- Su máscara sí era siniestra y respiraba la paz fatídica de la muerte, todas las máscaras son lo mismo, y debajo de aquellas facciones siempre fantásticas, siempre en la misma armonía, siempre inmóviles, siempre risueñas, sin alteración de color, sin contracciones, como cadáveres pintados con sangre, revueltos, desordenados y siempre con su último gesto, hay toda clase de colores, facciones, sonrisas, gestos y contracciones! Pero su mirada era inocente, y su seno virginal latía sobresaltado a los acentos del amor, su voz, ese órgano celestial de la pureza de su cuerpo, tenía un encanto para mí desconocido; tenía color, aroma, sabor, cuerpo, y llegaba hasta mi corazón, y lo movía como una hoja que sacude el viento. La primera vez que respiré el mismo ambiente que pasaba por sus labios, que sentí llegar las inspiraciones de su alma virgen hasta la mía, que nos comunicamos misteriosamente por no sé qué medio, sentía con horror sobre mi pecho el peso de un presentimiento de sangre y devastación que mezclado a sus candorosas miradas, y a su estado de lágrimas y de abatimiento se me presentaba como un cuadro de la más espantosa miseria. ¡Mi pincel corría empapado en tintas de luz y dejaba un rastro negro y hediondo!!!

Anoche la vi, pero me la robaron y no pude tan siquiera clavar una mirada de amor en sus pupilas. Pero V. no sabe lo primero, voy a contárselo -- añadió vivamente, y pasándose la mano por la frente, prosiguió con calma:

  --Perdió a su madre hará ya dos años, espantosamente desfigurada en su lecho de muerte. La sangre corría por su frente y por su boca torcida en una convulsión. Jamás he sabido el nombre de aquella mujer. Un incidente que recuerdo con terror me llevó a aquella habitación funeraria. Un diestro jugador de manos hizo una suerte conmigo y me mandó mirar en su espejo. Miré y creo que sentí los espeluznos del terror.

"¿No conoce V. a la que muere?" me dijo el empírico. No pude contener la risa al oír semejante despropósito. "Siempre suelen ser o el padre o la madre," añadió uno de los espectadores. Con todo, aquella visión me dejó una impresión que nunca he podido borrar. Hablar de su padre a un huérfano desde la cuna es como preguntar al demonio por la felicidad de los santos que hay ahora en el cielo.....Salí de aquel paraje, me informé de la casa donde había visto la moribunda, su lecho derribado, y el ángel arrodillado a sus pies. Y corrí hacia ella. Todo era allí silencio, formidable terror y llanto, ¡llanto, sí!, ¡la pobrecita lloraba!! ¡Ah! Rafael, ¿no ha visto V. nunca llorar a una niña de 13 años? Y a una niña arrodillada delante de su madre a quien está viendo morir, y ¡no puede con sus tiernos brazos arrancársela a la muerte!! Aquella malhadada madre tenía profundamente grabadas en su rostro todas las señales de un desenfreno escandaloso, algunos pocos mechones de pelo apegotados hacia una de las sienes, daban a su cabeza el aspecto de una calavera preparada para dar un susto a un muchacho. ¡Parecía que la muerte, en retribución de los desordenados placeres de una vida errante, había querido presentarla al mundo en su última hora con toda la hediondez del pecado! ¡Pero la pobre niña!!! ¿Qué delito podía pesar sobre su alma inocente para someterla a una prueba tan espantosa!!!

El dolor arrancó a Jenaro un suspiro profundo; enjugó dos lágrimas que corrieron por sus amarillentas mejillas con la mano temblorosa y pálida y prosiguió:

  --Pero en medio de aquella lúgubre antipatía entre la madre y la hija, adiviné que la desgraciada madre velaba sobre la pureza de la niña como un ángel de la guarda que cubre con sus palmas la cabeza de la creanza sometida a su amparo. El día de que le estoy a V. hablando, o por mejor decir aquella horrible noche, a un lado del lecho medio derribado había unas vasijas con varias medicinas, y al otro estaba la niña llorando y empapando con su llanto la muselina de su vestido blanco, con el hermoso cabello tendido, los ojos clavados en el techo de aquella sepulcral alcoba, y las palmas unidas en actitud de orar con un rosario de gruesas cuentas en ellas. La encontraba yo más hermosa y más inocente que el sueño de un niño de 4 años. Era el espíritu, el candor y la belleza como la pensaba Rafael, la armonía de Kressler , el amor de Byron, la fantasía de Rembrandt.

  Jamás conseguiré olvidar aquel juego que tan inesperadamente puso en movimiento los más secretos resortes de mis existencia. Las palabras del nigromántico resonaban en mis oídos todavía, y cuando volvía los ojos a aquella encantadora sílfide creía ver una figura formada por el talento de los mejores artistas en acumulación. Era un ángel principiado por el Correggio, y terminado por Murillo. Interrumpía a veces sus plegarias para cuidar de su madre. Era la única que lo hacía. Se la acercaba en silencio con los ojos llenos de lágrimas. Quise prestar algún auxilio a aquella familia desgraciada, pero la enferma lo rehusó con gestos tan espantosos que retrocedí horrorizado, y no tuve otro recurso que el contemplar inmóvil aquella escena desgarradora.

  Entró sin saber por dónde en la alcoba, un hombre vestido de abate, de rostro encarnado y sombrío, y mirar torcido, el color de sus facciones recortado y sin transparencia, en algunos parajes frío, en una palabra, debajo de aquel cutis tostado no parecía haber una gota de sangre. La enferma arrojó al verlo un grito histérico, y dando un salto de convulsión quedó como muerta a un lado del lecho. Pero acercóse a la cabecera el abate con la Biblia abierta en una mano y la otra extendida sobre el libro, y diciendo al oído de la mujer algunas expresiones misteriosas acompañadas de gestos parecidos al bostezo, produjo en ella el efecto magnético y la hizo abrir los ojos. La niña con las manos cruzadas sobre el pecho, estaba como paralizada, y cuando yo quise huir...

  "Dijiste que habíamos de morir juntos," dijo a la enferma el abate con infernal sonrisa. Ella quiso incorporarse en el lecho, no pudo, miróme desencajada, y me tendió los brazos. Yo retrocedí acobardado. "Todavía no," prosiguió el abate, "él tiene que hacer méritos por mí." Y después, arrimándose a la niña, "aún me queda tu hija, y tengo tres años de término," dijo pausadamente.

"¡Mi hija no, no!" gritó furiosa la madre, incorporándose en el lecho. No pudo proseguir. Sonó interiormente su pecho como una tabla rota, azuláronse sus ojos, esparciéndose por sus facciones un color acardenalado, tendió hacia la niña sus brazos disecados produciendo un ruido de dislocación, y enseñando sus pupilas blancas como dos granizos....cayó de espaldas. Y en la convulsión postrera lanzó un fuerte grito que resonó con una vibración metálica. Puso entonces el abate las manos en la cabeza de la niña, y al tiempo que ésta sollozaba y gritaba de dolor y de espanto sobre el cuerpo frío de la muerta, "ahora comienza en ti la virtud," dijo él. Y pasando la palma por las largas trenzas de Ángela, produjo en ellas un resplandor azulado como el fósforo. Salí de allí trastornado. Sentí palpitar mi corazón en los oídos, y un frío espeso entraba por mis párpados.

  --¡Ángela!-- murmuró Rafael, palideciendo repentinamente.

  --Sí, ¡Ángela! -- repitió asombrado Jenaro mirando de hito en hito a su amigo que con la frente sobre la palma de la mano se hallaba a punto de perder el sentido. --Sí, Ángela, a quien amo con todo mi corazón, prosiguió con aire distraído. Anoche la vi, ¡quizá por última vez!!

  Rafael parecía una figura de pasta o un maniquí preparado para una farsa, tal era el estado de su fisonomía, húmeda, recortada la barba, sin vida, sin color, sin pensamiento. Un visionario hubiera dicho al verlos: "son dos libertinos, uno vivo y otro muerto, y emplazado el muerto para una orgía viene del otro mundo a cumplir su promesa." Pero Rafael continuaba hablando distraído.

  --Aquella máscara singular se acercó a mí, y me dijo: "a las doce y media la tendrás en casa como anoche." Pasó ella entonces bailando una ligera gallop. ¡Pero después!!... una equivocación fatal de dominó...

  --¡Una equivocación de dominó! -- exclamó Rafael como despertando de un letargo. Miráronse un instante con sorpresa. -- La cita era para mí.

  --¡La trenza de oro!! -- gritaron los dos a un tiempo y levántaronse de sus asientos.

--¡Es mía!-- fritó frenético Jenaro.

  --¡Veamos!-- dijo Rafael con expresión diabólica tomando un cuchillo y haciendo a su rival señal para que le siguiera, -- veamos quién duerme mejor sobre la nieve.

  --¡Mía!! -- volvió a gritar Jenaro con terrífico acento.

  --¡De ninguno!!-- dijo una voz desconocida, fuerte como el huracán al revolverse en una nube, y una bolsa cayó sobre la mesa.

  Y Jenaro sobre su asiento.

  Contó Rafael el dinero con gesto irrisorio. -- En 60 escudos me la vendió por un mes, faltan cuatro escudos.

--¡Maldición!! ¡dos noches tuya!! -- y dejó la fonda despavorido.

 

 

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