El Horror de Dunwich
(The Dunwich Horror-1928)
H.P. Lovecraft
VII
Pero esto no fue sino simplemente el prólogo del verdadero horror de Dunwich.
Las autoridades oficiales, desconcertadas, llevaron a cabo todas las formalidades
debidas, silenciando acertadamente los detalles más alarmantes para que no llegasen
a oídos de la prensa y el público en general. Mientras, unos funcionarios se
personaron en Dunwich y Aylesbury para levantar acta de las propiedades del
difunto Wilbur Whateley y notificar, en consecuencia, a quienes pudieran ser
sus legítimos herederos. A su llegada, encontraron a la gente de la comarca
presa de una gran agitación, tanto por el fragor creciente que se oía en las
abovedadas montañas como por el insoportable olor y sonidos —semejantes a un
oleaje o chapoteo— que salían cada vez con mayor intensidad de aquella especie
de gran estructura vacía que era la granja herméticamente entablada de los Whateley.
Earl Sawyer, que cuidaba del caballo y del ganado desde el fallecimiento de
Wilbur, había sufrido una aguda crisis de nervios. Los funcionarios hallaron
enseguida una disculpa para que nadie entrase en el hediondo y cerrado edificio,
limitándose a girar una rápida inspección a los aposentos que habitaba el difunto,
es decir, a los cobertizos que Wilbur había acondicionado en fecha reciente.
Redactaron un voluminoso informe que elevaron al juzgado de Aylesbury y, según
parece, los pleitos sobre el destino de la herencia siguen aún sin resolverse
entre los innumerables Whateley, tanto de la rama degenerada como de la sin
degenerar, que viven en el valle regado por el curso superior del Miskatonic.
Un casi interminable manuscrito redactado en extraños caracteres en un gran
libro mayor, y que daba toda la impresión de una especie de diario por las separaciones
existentes y las variaciones de tinta y caligrafía, desconcertó por completo
a quienes lo encontraron en el viejo escritorio que hacía las veces de mesa
de trabajo de Wilbur. Tras una semana de debates se decidió enviarlo a la Universidad
de Miskatonic, junto con la colección de libros sobre saberes arcanos del difunto,
para su estudio y eventual traducción. Pero al poco tiempo hasta los mejores
lingüistas comprendieron que no iba a ser tarea fácil descifrarlo. No se encontró,
en cambio, la menor huella del antiguo oro con el que Wilbur y el viejo Whateley
solían pagar sus deudas.
El horror se desató en el transcurso de la noche del 9 de septiembre. Los ruidos
de la montaña habían sido muy intensos aquella tarde y los perros ladraron con
fenomenal estrépito durante toda la noche. Quienes madrugaron el día 10 advirtieron
un peculiar hedor en la atmósfera. Hacia las siete de la mañana Luther Brown,
el mozo de la granja de George Corey, situada entre el barranco de Cold Spring
y el pueblo, bajó corriendo, presa de una gran agitación, del pastizal de diez
acres a donde había llevado a pacer las vacas. Estaba aterrado de espanto cuando
entró a trompicones en la cocina de la granja, mientras las no menos despavoridas
vacas se ponían a patalear y mugir en tono lastimero en el corral, tras seguir
al chico todo el camino de vuelta tan atemorizadas como él. Sin cesar de jadear,
Luther trató de balbucir lo que había visto a Mrs. Corey.
—Arriba, en el camino que hay por encima del barranco, Mrs. Corey… ¡algo pasa
allí! Es como si hubiese caído un rayo. Todos los matorrales y arbolillos del
camino han sido segados como si toda una casa les hubiera pasado por encima.
Y eso no es lo peor, ¡quia! Hay huellas en el camino, Mrs. Corey… tremendas
huellas circulares tan grandes como la tapa de un tonel, y muy hundidas en la
tierra, como si hubiese pasado un elefante por allí, ¡sólo que las huellas
tendrán más de cuatro pies! Miré de cerca una o dos antes de salir corriendo
y pude ver que todas estaban cubiertas por unas líneas que salían del mismo
lugar, en abanico, como si fuesen grandes hojas de palmera —sólo que dos o tres
veces más grandes— incrustadas en el camino. Y el olor era irresistible, igual
que el que se respira cerca de la vieja casa de Whateley…
Al llegar aquí el muchacho titubeó y parecía como si el miedo que le había
hecho venir corriendo todo el camino se apoderase de él de nuevo. Mrs. Corey,
a la vista de que no podía sonsacarle más detalles, se puso a telefonear a los
vecinos, con lo que empezó a cundir el pánico, anticipo de nuevos y mayores
horrores, por toda la comarca. Cuando llamó a Sally Sawyer —ama de llaves en
la granja de Seth Bishop, la finca más próxima a la de los Whateley—, le tocó
escuchar en lugar de hablar, pues el hijo de Sally, Chauncey, que no podía dormir,
había subido por la ladera en dirección a la casa de los Whateley y bajó corriendo
a toda prisa aterrado de espanto, tras echar una mirada a la granja y al pastizal
donde habían pasado la noche las vacas de los Bishop.
—Sí, Mrs. Corey —dijo Sally con voz trémula desde el otro lado del hilo telefónico—.
Chauncey acaba de regresar despavorido, y casi no podía ni hablar del miedo
que traía. Dice que la casa entera del viejo Whateley ha volado por los aires
y que hay un montón de restos de madera desperdigados por el suelo, como si
hubiese estallado una carga de dinamita en su interior. Apenas queda otra cosa
que el suelo de la planta baja, pero está enteramente cubierto por una especie
de sustancia viscosa que huele horriblemente y corre por el suelo hasta donde
están los trozos de madera desparramados. Y en el corral hay unas huellas espantosas,
unas tremendas huellas de forma circular, más grandes que la tapa de un tonel,
y todo está lleno de esa sustancia pegajosa que se ve en la casa destruida.
Chauncey dice que el reguero llega hasta el pastizal, donde hay una franja de
tierra mucho más grande que un establo totalmente aplastada y que por todos
los sitios se ven vallas de piedra caídas por el suelo.
«Chauncey dice, Mrs. Corey, que se quedó aterrado a la vista de las vacas de
Seth. Las encontró en los pastizales altos, muy cerca de Devil’s Hop Yard, pero
daba pena verlas. La mitad estaban muertas y a casi el resto de las que quedaban
les habían chupado la sangre, y tenían unas llagas igualitas que las que le
salieron al ganado de Whateley a partir del día en que nació el rapaz negro
de Lavinia. Seth ha salido a ver cómo están las vacas, aunque dudo mucho que
se acerque a la granja del brujo Whateley. Chauncey no se paró a mirar qué dirección
seguía el gran sendero aplastado una vez pasado el pastizal, pero cree que se
dirigía hacia el camino del barranco que lleva al pueblo.
«Créame lo que le digo, Mrs. Corey, hay algo suelto por ahí que no me sugiere
nada bueno, y pienso que ese negro de Wilbur Whateley —que tuvo el horrendo
fin que merecía— está detrás de todo esto. No era un ser enteramente humano,
y conste que no es la primera vez que lo digo. El viejo Whateley debía estar
criando algo aún menos humano que él en esa casa toda tapiada con clavos. Siempre
ha habido seres invisibles merodeando en tomo a Dunwich, seres invisibles que
no tienen nada de humano ni presagian nada bueno.
«La tierra estuvo hablando anoche, y hacia el amanecer Chauncey oyó a las chotacabras
armar tal griterío en el barranco de Cold Spring que no le dejaron dormir nada.
Luego le pareció oír otro ruido débil hacia donde está la granja del brujo Whateley,
una especie de rotura o crujido de madera, como si alguien abriese a lo lejos
una gran caja o embalaje de madera. Entre unas cosas y otras no logró dormir
lo más mínimo hasta bien entrado el día, y no mucho antes se levantó esta mañana.
Hoy se propone volver a la finca de los Whateley a ver qué sucede por allí.
Pero ya ha visto más que suficiente, se lo digo yo, Mrs. Corey. No sé qué pasara,
aunque no presagia nada bueno. Los hombres deberían organizarse e intentar hacer
algo. Todo esto es verdaderamente espantoso, y creo que se acerca mi turno.
Sólo Dios sabe qué va a pasar.
«¿Le ha dicho algo Luther de la dirección que seguían las gigantescas huellas?
¿No? Pues bien, Mrs. Corey, si estaban en este lado del camino del barranco
y todavía no se han dejado ver por su casa, supongo que deben haber descendido
al fondo del barranco, ¿dónde si no podrían estar? De siempre he dicho que el
barranco de Cold Spring no es un lugar saludable y no me inspira la menor confianza.
Las chotacabras y las luciérnagas que hay en sus entrañas no parecen criaturas
de Dios, y hay quienes dicen que pueden oírse extraños ruidos y murmullos allá
abajo si uno se pone a escuchar en el lugar apropiado, entre la cascada y la
Guarida del Oso.
A eso del mediodía, las tres cuartas partes de los hombres y jóvenes de Dunwich
salieron a dar una batida por los caminos y prados que había entre las recientes
ruinas de lo que fuera la finca de los Whateley y el barranco de Cold Spring,
comprobando aterrados con sus propios ojos las grandes y monstruosas huellas,
las agonizantes vacas de Bishop, toda la misteriosa y apestosa desolación que
reinaba sobre el lugar y la vegetación aplastada y pulverizada por los campos
y a orillas de la carretera. Fuese cual fuese el mal que se había desatado sobre
la comarca era seguro que se encontraba en el fondo de aquel enorme y tenebroso
barranco, pues todos los árboles de las laderas estaban doblados o tronchados,
y una gran avenida se había abierto por entre la maleza que crecía en el precipicio.
Daba la impresión de que una avalancha hubiese arrastrado toda una casa entera,
precipitándola por la enmarañada floresta de la vertiente casi cortada a pico.
Ningún ruido llegaba del fondo del barranco, tan sólo se percibía un lejano
e indefinible hedor. No tiene nada de extraño, pues, que los hombres prefieran
quedarse al borde del precipicio y ponerse a discutir, en lugar de bajar y meterse
de lleno en el cubil de aquel desconocido horror ciclópeo. Tres perros que acompañaban
al grupo se lanzaron a ladrar furiosamente en un primer momento, pero una vez
al borde del barranco cesaron de ladrar y parecían amedrentados e intranquilos.
Alguien llamó por teléfono al Aylesbury Chronicle para comunicar la noticia,
pero el director, acostumbrado a oír las más increíbles historias procedentes
de Dunwich, se limitó a redactar un artículo humorístico sobre el tema, artículo
que posteriormente sería reproducido por la Associated Press.
Aquella noche todos los vecinos de Dunwich y su comarca se recogieron en casa,
y no hubo granja o establo en que no se obstruyera la puerta lo más sólidamente
posible. Huelga decir que ni una sola cabeza de ganado pasó la noche en los
pastizales. Hacia las dos de la mañana un irrespirable hedor y los furiosos
ladridos de los perros despertaron a la familia de Elmer Frye, cuya granja se
hallaba situada al extremo este del barranco de Cold Spring, y todos coincidieron
en decir haber oído afuera una especie de chapoteo o golpe seco. Mrs. Frye propuso
telefonear inmediatamente a los vecinos, pero cuando su marido estaba a punto
de decirle que lo hiciese se oyó un crujido de madera que vino a interrumpir
sus deliberaciones. Al parecer, el ruido procedía del establo, y fue seguido
al punto por escalofriantes mugidos y pataleos de las vacas. Los perros se pusieron
a echar espumarajos por la boca y se acurrucaron a los pies de los miembros
de la familia Frye, despavoridos de terror. El dueño de la casa, movido por
la fuerza de la costumbre, encendió un farol, pero sabía bien que salir fuera
al oscuro corral significaba la muerte. Los niños y las mujeres lloriqueaban,
pero evitaban hacer todo ruido obedeciendo a algún oscuro y atávico sentido
de conservación que les decía que sus vidas dependían de que guardasen absoluto
silencio. Finalmente, el ruido del ganado remitió hasta no pasar de lastimeros
mugidos, seguido de una serie de chasquidos, crujidos y fragores impresionantes.
Los Frye, apiñados en el salón, no se atrevieron a moverse para nada hasta que
no se desvanecieron los últimos ecos ya muy en el interior del barranco de Cold
Spring. Luego, entre los débiles mugidos que seguían saliendo del establo y
los endiablados chirridos de las últimas chotacabras aún despiertas en el fondo
del barranco, Selina Frye se acercó, tambaleándose, al teléfono y difundió a
los cuatro vientos cuanto sabía sobre la segunda fase del horror.
Al día siguiente, la comarca entera era presa de un pánico atroz, y podía verse
un continuo trasiego de atemorizados y silenciosos grupos de gente que se acercaban
al lugar donde se había producido el horripilante acontecimiento nocturno. Dos
impresionantes franjas de destrucción se extendían desde el barranco hasta la
granja de Frye, en tanto unas monstruosas huellas cubrían la tierra desprovista
de toda vegetación y una fachada del viejo establo pintado de rojo se hallaba
tirada por el suelo. De los animales, sólo se logró encontrar e identificar
a la cuarta parte. Algunas de las vacas estaban pulverizadas en pequeños fragmentos
y a las que sobrevivieron no hubo más remedio que sacrificarlas. Earl Sawyer
propuso ir en busca de ayuda a Arkham o Aylesbury, pero muchos rechazaron su
propuesta por estimarla inútil. El anciano Zebulón Whateley, de una rama de
la familia a caballo entre el sano juicio y la degradación, aventuró, de forma
harto increíble, que lo mejor sería celebrar rituales en las cumbres montañosas.
De siempre se habían observado escrupulosamente en su familia las tradiciones
y sus recuerdos de cantos en los grandes círculos de piedra no tenían nada que
ver con lo que pudieran haber hecho Wilbur y su abuelo.
La noche se hizo sobre la consternada comarca de Dunwich, demasiado pasiva
para lograr poner en marcha una eficaz defensa contra la amenaza que se cernía
sobre ella. En algunos casos, las familias con estrechos vínculos se cobijaron
bajo un mismo techo para estar ojo avizor en medio de la cerrada oscuridad nocturna,
pero, por lo general, volvieron a repetirse las escenas de levantamiento de
barricadas de la noche precedente y los fútiles e ineficaces gestos de cargar
los herrumbrosos mosquetes y colocar las horcas al alcance de la mano. Sin embargo,
aquella noche no aconteció nada nuevo salvo algún que otro ruido intermitente
en la montaña, y al despuntar el día muchos confiaban que el nuevo horror hubiese
desaparecido con igual presteza con que se presentó. Incluso había algunos espíritus
temerarios que proponían lanzar una expedición de castigo al fondo del barranco,
si bien no se aventuraron a predicar con el ejemplo a una mayoría que, en principio,
no parecía dispuesta a seguirles.
Al caer de nuevo la noche volvieron a repetirse las escenas de las barricadas,
aunque esta vez fueron menos las familias que se agruparon bajo un mismo techo.
A la mañana siguiente, tanto en la granja de Frye como en la de Bishop pudo
advertirse cierta agitación entre los perros e indefinidos sonidos y fétidos
olores en la lejanía, mientras que los expedicionarios más madrugadores se horrorizaron
al ver de nuevo, y recientes, las monstruosas huellas en el camino que orillaba
Sentinel Hill. Al igual que en ocasiones anteriores, los bordes del camino estaban
aplastados, indicio de que por allí había pasado el imponente y monstruoso horror
infernal que asolaba la comarca. Esta vez la conformación de las huellas parecía
sugerir que había marchado en ambas direcciones, como si una montaña movediza
hubiese salido del barranco de Cold Spring para regresar posteriormente por
la misma senda. Al pie de la montaña podía verse por lo más abrupto una franja
de unos treinta pies de anchura, de matorrales y arbolillos aplastados, y quienes
aquello veían no salían de su asombro al comprobar que ni siquiera las más empinadas
pendientes hacían torcer la trayectoria del inexorable sendero. Fuese lo que
fuese, aquel horror podía escalar paredes de roca desnuda y cortadas a pico.
Como los expedicionarios optasen por subir a la cima por una ruta más segura,
se encontraron con que una vez arriba terminaban las huellas… o, mejor dicho,
daban la vuelta.
Era precisamente allí, en la cumbre de Sentinel Hill, donde los Whateley solían
celebrar sus diabólicas hogueras y entonar sus no menos infernales rituales
ante la piedra con forma de mesa en las fechas de la Víspera de Mayo y de Todos
los Santos. Ahora, la piedra constituía el centro de una amplia extensión de
terreno arrasado por el horror de la montaña, mientras que encima de su superficie
ligeramente cóncava podía verse una masa espesa y fétida de la misma sustancia
bituminosa que había en el piso de la derruida granja de los Whateley cuando
el horror se alejó de allí. Los hombres se miraron unos a otros y se susurraron
algo al oído. Luego, dirigieron la mirada hacia abajo. Al parecer, el horror
había descendido prácticamente por el mismo sendero por el que había ascendido.
Toda especulación holgaba. La razón, la lógica y las ideas normales que pudieran
ocurrírseles se hallaban sumidas en el más completo marasmo. Sólo el anciano
Zebulón, que no iba acompañando al grupo, habría sabido apreciar en su justo
término la situación o hallar una posible explicación a todo ello.
La noche del jueves comenzó igual que casi todas las precedentes, pero acabó
bastante peor. Las chotacabras del barranco no pararon de chirriar ni un momento
armando tal estrépito que fueron muchos los vecinos de Dunwich que no lograron
conciliar el sueño, y a eso de las tres de la madrugada todos los teléfonos
de la localidad se pusieron a sonar trémulamente. Quienes descolgaron el auricular
oyeron a una aterrada voz proferir en tono desgarrador «¡Socorro! ¡Dios mío!…»,
y algunos creyeron escuchar un estruendoso ruido, tras lo cual la voz se cortó.
No se oyó ni un sonido más. Pero nadie se atrevió a salir y hasta la mañana
siguiente no se supo de dónde procedía la llamada. Todos cuantos la escucharon
se llamaron por teléfono entre sí, advirtiendo que únicamente no contestaban
en casa de los Frye. La verdad se descubrió al cabo de una hora cuando, tras
juntarse a toda prisa, un grupo de hombres armados se dirigió a la finca de
los Frye que estaba en la boca misma del barranco. Lo que allí se veía era espantoso,
pero en modo alguno constituía una sorpresa. Había nuevas franjas aplastadas
y monstruosas huellas. La casa de los Frye se había hundido como si del cascarón
de un huevo se tratase, y entre las ruinas no pudo encontrarse resto alguno
vivo o muerto. Sólo un insoportable hedor y una viscosidad bituminosa. La familia
Frye había sido por completo borrada de la faz de Dunwich.
 
 
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