El Wendigo
(The Wendigo-1910)
Algernoon Blackwood
V
Sólo un valiente escocés, basado en el sentido común y amparado por la lógica,
podía conservar el sentido de la realidad como lo conservó este joven, mal que
bien, para salir de aquella aventura. De no haber sido así, los descubrimientos
que hizo mientras avanzaba valerosamente le habrían hecho retroceder hasta el
refugio relativamente seguro de su tienda, en vez de apretar el rifle en sus
manos y encomendarse a Dios con el pensamiento. Lo primero que observó fue que
los dos rastros hablan sufrido una transformación; y esta transformación, por
lo que se refería a las huellas del hombre, era ciertamente aterradora.
Al principio, lo notó en las huellas más grandes, y se quedó un buen rato
sin poder creer lo que veían sus ojos. ¿Eran las hojas caídas que producían
extraños efectos de sombra, o tal vez la nieve, seca y espolvoreada como harina
de arroz por los bordes, era responsable del efecto aquel? ¿O se trataba efectivamente
de que las huellas hablan adquirido un ligero matiz coloreado? Lo innegable
era que las pisadas del animal tenían un tinte rojizo y misterioso, que más
parecía debido a un efecto de luz que a una sustancia que impregnara la nieve.
Y a medida que avanzaba se hacía más intenso aquel matiz encendido que venta
a añadir un toque nuevo y horrible a la situación.
Pero cuando, completamente perplejo, se fijó en las huellas del hombre por
ver si presentaban la misma coloración, observó que, entretanto, éstas hablan
experimentado un cambio infinitamente peor. Durante el último centenar de metros
más o menos, habían comenzado a parecerse a las huellas del animal. El cambio
era imperceptible, pero inequívoco. No se podía apreciar dónde comenzaba. El
resultado, de todos modos, estaba fuera de duda: más pequeñas, más recortadas,
modeladas con mayor nitidez, las huellas del hombre constituían ahora, sin embargo,
un duplicado casi exacto de las otras. Así, pues, los pies que las habían grabado
se habían transformado también. Al darse cuenta de lo que esto significaba,
sintió una sensación de repugnancia y terror.
Por primera vez, Simpson dudó. Después, avergonzado de su indecisión, corrió
unos cuantos pasos más; un poco más allá, se detuvo en seco. Allí mismo terminaban
todas las señales. Los dos rastros acababan de repente. Buscó inútilmente en
un radio de cien metros o más, pero no encontró el menor indicio de huellas.
No había nada.
Precisamente allí los árboles se espesaban bastante. Se trataba de enormes
cedros y abetos. No había monte bajo. Permaneció un rato mirando alrededor,
completamente turbado, sin saber qué pensar. Luego se puso a buscar con empeñada
insistencia, pero siempre llegaba al mismo resultado: nada. ¡Los pies que se
habían marcado en la superficie de la nieve hasta allí, parecían ahora haber
dejado de tocar el suelo!
En ese instante de angustia y confusión, sintió cómo el terror se le enroscaba
en el corazón, dejándole totalmente paralizado. Todo el tiempo había estado
temiendo que sucediera... y sucedió.
Allá arriba, muy lejos, debilitada por la altura y la distancia, singularmente
quejumbrosa y apagada, oyó la plañidera voz de Défago, su guía.
Cayó sobre él un cielo invernal y tranquilo, y despertó en él un terror jamás
rebasado. El rifle le resbaló de las manos. Durante un segundo, permaneció inmóvil
donde estaba, escuchando con todo su ser. Después se retiró tambaleante hasta
el árbol más cercano y se apoyó en él, deshecho e incapaz de razonar. En aquel
momento aquélla le parecía la experiencia más aniquiladora del mundo. Se le
había quedado el corazón vacío de todo sentimiento, tal como si se le hubiera
secado.
-¡Ah! ¡Qué altura abrasadora! ¡Ah, mis pies de fuego! ¡Mis pies candentes!
-oyó que imploraba la angustiada voz del guía, con un acento de súplica indescriptible.
Después, el silencio volvió a reinar entre los árboles.
Y Simpson, una vez recobrada la conciencia de sí, se dio cuenta de que estaba
corriendo de un lado para otro, gritando, tropezando con las raíces y las piedras,
buscando desenfrenadamente al que llamaba. Rasgóse el velo de recuerdos y emociones
con que la experiencia vela habitualmente los acontecimientos; y medio enloquecido,
forjó visiones que llenaron de terror sus ojos, su corazón y su alma. Porque,
con aquella voz lejana, le había llamado el pánico de la Selva, el Poder de
la Indómita Lejanía, el Hechizo de la Desolación que aniquila... En aquel momento,
se le revelaron todos los suplicios de un ser irremisiblemente perdido que sufría
la fatiga y el placer del alma que ha llegado a la Soledad final. Por las oscuras
nieblas de sus pensamientos, como una llama, pasó fugaz la visión de Défago,
eternamente perseguido, acosado por toda la inmensidad celeste de aquellos bosques
antiquísimos.
Le pareció que transcurría una eternidad y, en el caos de sus desorganizadas
sensaciones, no consiguió encontrar nada a que aferrarse por un momento y pensar...
El grito no se repitió; sus propias llamadas no tuvieron respuesta. Las fuerzas
inescrutables de la Naturaleza Salvaje habían llamado a su víctima con voz inapelable
y la habían atenazado.
Sin embargo, aún continuó buscando y llamando durante unas cuatro horas, por
lo menos, puesto que ya era casi de noche cuando decidió, por fin, abandonar
tan inútil persecución y regresar al campamento, a orillas del Lago de las Cincuenta
Islas. De todos modos, se marchaba de mala gana. Aquella voz implorante resonaba
aún en sus oídos. Le costó trabajo encontrar el rifle y la pista de regreso.
La necesidad de concentrarse en la tarea de seguir los árboles mal marcados,
y un hambre voraz que le roía las tripas, le ayudaron a apartar de su mente
lo ocurrido. De no haber sido así, él mismo admite que su extravío le habría
acarreado peores consecuencias. Gradualmente, las dificultades concretas del
momento le devolvieron a su ser, y no tardó en recuperar el equilibrio de sus
nervios.
No obstante, durante toda la marcha, a través de las sombras crecientes, se
sintió miserablemente perseguido. Oía innumerables ruidos de pasos que le seguían,
voces que reían y hablaban por lo bajo; y veía figuras agazapadas tras los árboles
y las rocas, haciéndose señas unas a otras como para atacarle a un tiempo, en
el instante en que pasara. El rumor del viento le hizo dar un respingo y detenerse
a escuchar. Caminó furtivamente, tratando de ocultar su presencia, haciendo
el menor ruido posible. Las sombras de los árboles, que hasta entonces le protegían
o le cubrían, se volvían ahora amenazadoras, inquietantes; y la confusión de
su mente asustada le hacía sentir una multitud de posibilidades, tanto más siniestras
cuanto más oscuras. El presentimiento de un destino fatal acechaba detrás de
cada uno de los acontecimientos que acababan de suceder.
Fue realmente admirable el modo como salió airoso al final. Acaso hombres
de madura experiencia hubieran fracasado en esta prueba. Consiguió dominarse
bastante bien y pensó en todo, como demuestra su plan de acción. Puesto que
no tenía sueño en absoluto, y caminaba siguiendo un rastro invisible en la total
oscuridad, se sentó a pasar la noche, rifle en mano, delante de una hoguera
que ni por un momento dejó de alimentar. El rigor de aquella vigilancia dejó
marcado su espíritu para siempre; pero la llevó a cabo con éxito, y a las primeras
claridades del día emprendió el viaje de regreso, en busca de ayuda. Como la
vez anterior, dejó una nota escrita en la que explicaba su ausencia e indicaba
también dónde dejaba un depósito de abundantes provisiones y cerillas... ¡aunque
no esperaba que lo encontrasen manos humanas!
Sería por sí misma una historia digna de contarse la manera como Simpson encontró
el camino, solo, a través del lago y del bosque. Oírsela a él es conocer la
apasionada soledad de espíritu que puede sentir un hombre cuando la Naturaleza
Salvaje lo tiene en el hueco de su mano ilimitada... y se ríe de él. Es, también,
admirar su voluntad inquebrantable.
No reclama para sí ningún mérito. Confiesa que seguía maquinalmente, y sin
pensar, el rastro casi invisible. Y esto, indudablemente, es verdad. Confiaba
en la guía inconsciente de la razón, que es el instinto. Tal vez le ayudara
también cierto sentido de orientación, tan desarrollado en los animales y en
el hombre primitivo. El caso es que, a través de toda aquella enmarañada región,
consiguió llegar al sitio donde Défago, casi tres días antes, había escondido
la canoa con estas palabras:
-Cruzar el lago todo recto, hacia el sol, hasta dar con el campamento.
No había sol de ninguna clase, pero se ayudó con la brújula como Dios le dio
a entender, y cubrió los últimos veinte kilómetros de su viaje a bordo de la
frágil piragua, con una inmensa sensación de alivio al dejar atrás, por fin,
el bosque interminable. Por fortuna, el agua estaba tranquila. Enfiló proa al
centro del lago, en vez de costear, Y tuvo la suerte, además, de que los otros
estuvieran ya de regreso. La luz de la hoguera le proporcionó un punto de referencia,
sin el cual habría perdido toda la noche para encontrar el campamento.
De todos modos, era cerca de media noche cuando su canoa rozó la arena de
la ensenada. Hank, Punk y su tío, despertados por sus gritos, echaron a correr.
Y viéndole cansado y deshecho, le ayudaron a abrirse camino por las rocas hasta
el fuego casi apagado.
 
 
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