El Wendigo
(The Wendigo-1910)
Algernoon Blackwood
III
Así le pareció a él al menos. Sin embargo, lo cierto era que el pulso del agua,
junto a la tienda, seguía marcando sin cesar el paso del tiempo, cuando se dio
cuenta de que estaba con los ojos abiertos y de que otro sonido acababa de irrumpir,
con solapado disimulo, en el rítmico murmullo de las olas.
Y mucho antes de comprender de qué se trataba, se agitaron en su interior
vagos sentimientos de dolor y de alarma. Escuchó atento, aunque en vano al principio,
porque los latidos de su pulso golpeaban como sonoros tambores en sus sienes.
¿De dónde provenía? ¿Del lago, del bosque?…
Luego, de repente, con el corazón en un puño, se dio cuenta de que sonaba
muy cerca de él, dentro de la tienda; y cuando se volvió para oír mejor, lo
localizó de manera inequívoca a medio metro de donde él estaba. Era un sonido
quejumbroso: Défago, en su lecho de ramas, sollozaba en la oscuridad como si
fuera a partírsele el corazón y se taponaba la boca con la manta para sofocar
el llanto.
Su primer sentimiento, antes de pararse a pensar, fue una punzante y dolorosa
ternura. Aquel sonido íntimo, humano, oído en medio de aquella desolación, le
movía a piedad. Era tan incongruente, tan enternecedoramente incongruente...
¡y tan inútil! ¿De qué servían las lágrimas en aquella inmensidad cruel y salvaje?
Imaginó a una criatura llorando en medio del Atlántico... Después, naturalmente,
al recobrar mayor conciencia y recordar lo que había sucedido antes de acostarse,
sintió que el terror comenzaba a dominarle y que se le helaba la sangre.
-Défago -susurró con nerviosismo, haciendo esfuerzos por hablar bajo-, ¿qué
sucede? ¿Se siente usted mal?
No obtuvo respuesta, pero cesaron inmediatamente los sollozos. Alargó la mano
y lo tocó. Su cuerpo no se movía.
-¿Está despierto? -se le había ocurrido que podía estar llorando en sueños-.
¿Tiene usted frío?
Había observado que tenía los pies destapados y que le salían hacia afuera
de la tienda. Extendió el doblez de su manta y se los tapó. El guía se había
escurrido de su lecho, y parecía haber arrastrado las ramas con él. Le daba
apuro tirar de su cuerpo hacia adentro, otra vez, por miedo a despertarle.
Hizo una o dos preguntas más en voz baja, pero, aunque esperó varios minutos,
no obtuvo contestación alguna ni apreció ningún movimiento. Después, oyó su
respiración regular y sosegada. Le puso la mano en el pecho y lo sintió subir
y bajar pausadamente.
-Dígame si le ocurre algo -murmuró- o si puedo hacer alguna cosa por usted.
Despiérteme inmediatamente si llegara a sentirse... mal.
No sabía qué decir. Se dejó caer, sin dejar de pensar ni de preguntarse qué
significaría todo aquello. Défago había estado llorando entre sueños, por supuesto.
Algo le afligía. Fuera como fuese, jamás en la vida se le olvidarían aquellos
sollozos lastimeros, ni la sensación de que toda la impresionante soledad de
los bosques los escuchaba.
Estuvo meditando durante mucho tiempo sobre los últimos sucesos, entre los
cuales, era éste, en verdad, el más misterioso; y aunque su razón encontraba
argumentos satisfactorios con que desechar cualquier eventualidad desagradable,
le quedó, no obstante, una sensación muy arraigada...extraña a más no poder.
 
 
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