La Llave de Plata
(The Silver Key - 1926)
H.P. Lovecraft
Cuando Randolph Carter cumplió los treinta años, perdió la llave de la puerta
de los sueños.
Anteriormente había compaginado la insulsez de la vida cotidiana con excursiones
nocturnas a extrañas y antiguas ciudades situadas más allá del espacio, y a
hermosas e increíbles regiones de unas tierras a las que se llega cruzando mares
etéreos. Pero al alcanzar la edad madura sintió que iba perdiendo poco a poco
esta capacidad de evasión, hasta que finalmente le desapareció por completo.
Ya no pudieron hacerse a la mar sus galeras para remontar el río Oukranos,
hasta más allá de las doradas agujas de campanario de Thran, ni vagar sus caravanas
de elefantes a través de las fragantes selvas de Kled, donde duermen bajo la
luna, hermosos e inalterables, unos palacios de veteadas columnas de marfil.
Había leído mucho acerca de cosas reales, y había hablado con demasiada gente.
Los filósofos, con su mejor intención, le habían enseñado a mirar las cosas
en sus mutuas relaciones lógicas, y a analizar los procesos que originaban sus
pensamientos y sus desvaríos. Había desaparecido el encanto, y había olvidado
que toda la vida no es más que un conjunto de imágenes existentes en nuestro
cerebro, sin que se dé diferencia alguna entre las que nacen de las cosas reales
y las engendradas por sueños que sólo tienen lugar en la intimidad, ni ningún
motivo para considerar las unas por encima de las otras. La costumbre le había
atiborrado los oídos con un respeto supersticioso por todo lo que es tangible
y existe físicamente. Los sabios le habían dicho que sus ingenuas figuraciones
eran insulsas y pueriles, y más absurdas aún, puesto que los soñadores se empeñan
en considerarlas llenas de sentido e intención, mientras el ciego universo va
dando vueltas sin objeto, de la nada a las cosas, y de las cosas a la nada otra
vez, sin preocuparse ni interesarse por la existencia ni por las súplicas de
unos espíritus fugaces que brillan y se consumen como una chispa efímera en
la oscuridad.
Le habían encadenado a las cosas de la realidad, y luego le habían explicado
el funcionamiento de esas cosas, hasta que todo misterio hubo desaparecido del
mundo. Cuando se lamentó y sintió deseos imperiosos de huir a las regiones crepusculares
donde la magia moldeaba hasta los más pequeños detalles de la vida, y convertía
sus meras asociaciones mentales en paisaje de asombrosa e inextinguible delicia,
le encauzaron en cambio hacia los últimos prodigios de la ciencia, invitándole
a descubrir lo maravilloso en los vórtices del átomo y el misterio en las dimensiones
del cielo. Y cuando hubo fracasado, y no encontró lo que buscaba en un terreno
donde todo era conocido y susceptible de medida según leyes concretas, le dijeron
que le faltaba imaginación y que no estaba maduro todavía, ya que prefería la
ilusión de los sueños al mundo de nuestra creación física.
De este modo, Carter había intentado hacer lo que los demás, esforzándose por
convencerse de que los sucesos y las emociones de la vida ordinaria eran más
importantes que las fantasías de los espíritus más exquisitos y delicados. Admitió,
cuando se lo dijeron, que el dolor animal de un cerdo apaleado, o de un labrador
dispéptico de la vida real, es más importante que la incomparable belleza de
Narath, la ciudad de las cien puertas labradas, con sus cúpulas de calcedonia,
que él recordaba confusamente de sus sueños; y bajo la dirección de tan sabios
caballeros fomentó laboriosamente su sentido de la compasión y de la tragedia.
De cuando en cuando, no obstante, le resultaba inevitable considerar cuán
triviales, veleidosas y carentes de sentido eran todas las aspiraciones humanas,
y cuán contradictoriamente contrastaban los impulsos de nuestra vida real con
los pomposos ideales que aquellos dignos señores proclamaban defender. Otras
veces miraba con ironía los principios con los cuales le habían enseñado a combatir
la extravagancia y artificiosidad de los sueños; porque él veía que la vida
diaria de nuestro mundo es en todo igual de extravagante y artificiosa, y muchísimo
menos valiosa a este respecto, debido a su escasa belleza y a su estúpida obstinación
en no querer admitir su propia falta de razones y propósitos. De este modo,
se fue convirtiendo en una especie de amargo humorista, sin darse cuenta de
que incluso el humor carece de sentido en un universo estúpido y privado de
cualquier tipo de autenticidad. En los primeros días de esta servidumbre, se
refugió en la fe mansa y santurrona que sus padres le habían inculcado con ingenua
confianza, ya que le pareció que de ella nacían místicos senderos que le ofrecían
alguna posibilidad de evadirse de esta vida. Sólo una observación más cuidadosa
le hizo comprender la falta de fantasía y de belleza, la rancia y prosaica vulgaridad,
la gravedad de lechuza y las grotescas pretensiones de inquebrantable fe que
reinaban de manera aplastante y opresiva entre la mayor parte de quienes la
profesaban; o le hizo sentir plenamente la torpeza con que trataban de mantenerla
viva, como si aún fuera el intento de una raza primordial por combatir los terrores
de lo desconocido.
A Carter le aburría la solemnidad con que la gente trataba de interpretar
la realidad terrenal a partir de viejos mitos, que a cada paso eran refutados
por su propia ciencia jactanciosa. Y esta seriedad inoportuna y fuera de lugar
mató el interés que podía haber sentido por las antiguas creencias, de haberse
limitado a ofrecer ritos sonoros y expansiones emocionales con su auténtico
significado de pura fantasía. Pero cuando comenzó a estudiar a los filósofos
que habían derribado los viejos mitos, los encontró aún más detestables que
quienes los habían respetado. No sabían esos filósofos que la belleza estriba
en la armonía, y que el encanto de la vida no obedece a regla alguna en este
cosmos sin objeto, sino únicamente a su consonancia con los sueños y los sentimientos
que han modelado ciegamente nuestras pequeñas esferas a partir del caos. No
veían que el bien y el mal, y la felicidad y la belleza, son únicamente productos
ornamentales de nuestro punto de vista, que su único valor reside en su relación
con lo que por azar pensaron y sintieron nuestros padres; y que sus características,
aun las más sutiles, son diferentes en cada raza y en cada cultura. En cambio,
negaban todas estas cosas rotundamente, o las explicaban mediante los instintos
vagos y primitivos que todos compartimos con las bestias y los patanes; de este
modo, sus vidas se arrastraban penosamente por el dolor, la fealdad y el desequilibrio;
aunque, eso sí, henchidas del ridículo orgullo de haber escapado de un mundo
que en realidad no era menos sólido que el que ahora les sostenía. Lo único
que habían hecho era cambiar los falsos dioses del temor y de la fe ciega por
los de la licencia y de la anarquía. Carter apenas gozaba de estas modernas
libertades, porque resultaban mezquinas e inmundas a su espíritu amante de la
belleza única; por otra parte, su razón se rebelaba contra la lógica endeble
mediante la cual sus paladines pretendían adornar los brutales impulsos humanos
con la santidad arrebatada a los ídolos que acababan de deponer. Veía que la
mayor parte de la gente, como el mismo clero desacreditado, seguía sin poder
sustraerse a la ilusión de que la vida tiene un sentido distinto del que los
hombres le atribuyen, ni establecer una diferencia entre las nociones de ética
y belleza, aun cuando, según sus descubrimientos científicos, toda la naturaleza
proclama a los cuatro vientos su irracionalidad y su impersonal amoralidad.
Predispuestos y fanáticos por las ilusiones preconcebidas de justicia, libertad
y conformismo, habían arrumbado el antiguo saber, las antiguas vías y las antiguas
creencias; y jamás se habían parado a pensar que ese saber y esas vías seguían
siendo la única base de los pensamientos y de los criterios actuales, los únicos
guías y las únicas normas de un universo carente de sentido, de objetivos estables
y de hitos fijos. Una vez perdidos estos marcos artificiales de referencia,
sus vidas quedaron privadas de dirección y de interés, hasta que finalmente
tuvieron que ahogar el tedio en el bullicio y en la pretendida utilidad de las
prisas, en el aturdimiento y en la excitación, en bárbaras expansiones y en
placeres bestiales. Y cuando se hallaron hartos de todo esto, o decepcionados,
o la náusea les hizo reaccionar, entonces se entregaron a la ironía y a la mordacidad,
y echaron la culpa de todo al orden social. Jamás lograron darse cuenta de que
sus principios eran tan inestables y contradictorios como los dioses de sus
mayores, ni de que la satisfacción de un momento es la ruina del siguiente.
La belleza serena y duradera sólo se halla en los sueños; pero este consuelo
ha sido rechazado por el mundo cuando, en su adoración de lo real. arrojó de
sí los secretos de la infancia. En medio de este caos de falsedades e inquietudes,
Carter intentó vivir como correspondía a un hombre digno, de sentido común y
buena familia. Cuando sus sueños fueron palideciendo por la edad y su sentido
del ridículo, no los pudo sustituir por ninguna creencia; pero su amor por la
armonía le impidió apartarse de los senderos propios de su raza y condición.
Caminaba impasible por las ciudades de los hombres, y suspiraba porque ningún
escenario le parecía enteramente real, porque cada vez que veía los rojos destellos
del sol reflejados en los altos tejados, o las primeras luces del anochecer
en las plazoletas solitarias, recordaba los sueños que había vivido de niño,
y añoraba los países etéreos que ya no podía encontrar. Viajar era sólo una
burla; ni siquiera la Guerra Mundial le conmovió gran cosa, aunque participó
en ella desde el principio en la Legión Extranjera de Francia. Durante cierto
tiempo trató de buscar amigos, pero no tardó en darse cuenta de que todos ellos
eran groseros, banales y monótonos, y demasiado apegados a las cosas terrenales.
Se alegraba vagamente de no tener trato con sus familiares, porque ninguno le
habría sabido comprender, excepto, quizá, su abuelo y su tío abuelo Christopher;
pero hacía tiempo que ambos habían muerto. Entonces comenzó a escribir libros
de nuevo, cosa que no hacía desde que los sueños le habían abandonado. Pero
tampoco encontró en ello ninguna satisfacción ni desahogo, porque aún sus pensamientos
eran demasiado mundanos, y no podía pensar en cosas hermosas, como antes. Los
destellos de humor irónico echaban abajo los alminares fantasmales que su imaginación
erigía, y su terrenal aversión por todo lo inverosímil marchitaba las flores
más delicadas y fascinantes de sus maravillosos jardines.
La religiosidad convencional que adjudicaba a sus personajes los impregnaba
de un sentimentalismo empalagoso, en tanto que el mito del realismo y de la
necesidad de pintar acontecimientos y emociones vulgarmente humanos, degradaban
toda su elevada fantasía, convirtiéndola en un fárrago de alegorías mal disimuladas
y superficiales sátiras de la sociedad. Así, sus nuevas novelas alcanzaron un
éxito que jamás habían conocido las de antes; pero al comprender cuán insulsas
debían ser para agradar a la vana muchedumbre, las quemó todas y dejó de escribir.
Eran unas novelas triviales y elegantes, en las que se sonreía educadamente
de los propios sueños que apenas si describía por encima; pero se dio cuenta
de que eran artificiosas y falsas, y carecían de vida. Después de estos intentos
se dedicó a cultivar el ensueño deliberado, y ahondó en el terreno de lo grotesco
y de lo excéntrico, como buscando un antídoto contra los anteriores lugares
comunes. Estos campos no tardaron, sin embargo, en poner de manifiesto su pobreza
y su esterilidad; y pronto se dio cuenta de que las habituales creencias ocultistas
son tan escasas e inflexibles como las científicas, aunque desprovistas de toda
verosimilitud. La estupidez grosera, la superchería y la incoherencia de las
ideas no son sueños, ni ofrecen a un espíritu superior ninguna posibilidad de
evadirse de la vida real. Así, pues, Carter compró libros aun más extraños,
y buscó escritores más profundos y terribles, de fantástica erudición; se sumergió
en los arcanos menos estudiados de la conciencia, ahondó en los profundos secretos
de la vida, de la leyenda y de la remota antigüedad, y aprendió cosas que le
dejaron marcado para siempre. Decidió vivir a su modo y amuebló su casa de Boston
de forma que pudiera armonizar con sus cambios de humor. Consagró una habitación
a cada uno de ellos, y las pintó con los colores adecuados, disponiendo en ellas
los libros convenientes y dotándolas de objetos y aparatos que le proporcionasen
las sensaciones requeridas en cuanto a luz, calor, sonidos, sabores y aromas.
Una vez oyó hablar de un hombre al cual, allá en el Sur, le rehuían y le temían
todos por las cosas blasfemas que leía en arcaicos libros y en tabletas de arcilla
que había conseguido traer clandestinamente de la India y de Arabia. Y fue a
visitarlo, y vivió con él, y compartió sus estudios durante siete años, basta
que una noche les sorprendió el horror en un viejo cementerio desconocido, del
que, de los dos que habían entrado, sólo uno regresó. Entonces volvió a Arkham,
la ciudad terrible y embrujada de Nueva Inglaterra, donde habían vivido sus
antepasados, y allí hizo experiencias en la oscuridad, entre sauces venerables
y ruinosos tejados, que le hicieron sellar para siempre ciertas páginas del
diario de uno de sus predecesores, de una mentalidad excepcionalmente tenebrosa.
Pero estos horrores sólo le llevaron hasta los límites de la realidad; y no
pudiendo traspasarlos, no llegó a la auténtica región de los sueños por la que
él había vagado durante su juventud.
De este modo, cuando cumplió los cincuenta años, perdió toda esperanza de
paz o de felicidad, en un mundo demasiado atareado para percibir la belleza
y demasiado intelectual para tolerar los sueños. Habiendo comprendido al fin
la fatalidad de todas las cosas reales, Carter pasó sus días en soledad, recordando
con añoranza los sueños perdidos de su juventud. Consideró que era una estupidez
seguir viviendo de esa manera, y por mediación de un sudamericano, conocido
suyo, consiguió una poción muy singular, capaz de sumirle sin sufrimiento en
el olvido de la muerte. La desidia y la fuerza de la costumbre, no obstante,
le hicieron aplazar esta decisión, y siguió languideciendo sin resolverse a
poner fin a su vida, y vagando por el mundo de sus recuerdos. Quitó las extrañas
colgaduras de las paredes y volvió a arreglar la casa como en sus primeros años
de juventud: repuso las cortinas purpúreas, los muebles victorianos y todo lo
demás. Con el paso del tiempo, casi llegó a alegrarse de haber diferido su determinación,
ya que sus recuerdos de juventud y su ruptura con el mundo hicieron que la vida
y sus sofisterías le pareciesen muy distantes e irreales, tanto más cuanto que
a ello se añadió un toque de magia y esperanza que ahora empezaba a deslizarse
en sus descansos nocturnos. Durante años, en sus noches de ensueño, sólo había
visto los reflejos deformados de las cosas cotidianas, tal como las veían los
más vulgares soñadores; pero ahora comenzaba a vislumbrar de nuevo el resplandor
de un mundo extraño y fantástico, de una naturaleza confusa aunque pavorosamente
inminente, que adoptaba la forma de escenas nítidas de sus tiempos de niñez
y le hacía recordar hechos y cosas intranscendentes, largo tiempo olvidados.
A menudo se despertaba llamando a su madre y a su abuelo, cuando hacía ya un
cuarto de siglo que ambos descansaban en sus tumbas. Luego, una noche, su abuelo
le recordó la llave. Aquel sabio de cabeza encanecida, con la misma apariencia
de vida que en sus buenos tiempos, le habló larga y seriamente de su rancia
estirpe y de las extrañas visiones que habían tenido aquellos hombres refinados
y sensibles que eran sus antepasados. Le habló del cruzado de ojos llameantes,
y de los crueles secretos que éste aprendió de los sarracenos durante el tiempo
que lo tuvieron en cautiverio; del primer sir Randolph Carter, que estudió artes
mágicas en tiempos de la reina Isabel. Asimismo, le habló de Edmund Carter,
que estuvo a punto de ser ahorcado con las brujas de la ciudad de Salem, y que
había guardado en una caja una gran llave de plata que había recibido de manos
de sus mayores. Antes que Carter despertara, su etéreo visitante le dijo dónde
encontraría la caja y que se trataba de un cofrecillo de prodigiosa antigüedad,
cuya tosca tapa, tallada en madera de roble, no había abierto mano alguna desde
hacía doscientos años. Entre el polvo y las sombras del desván lo encontró,
remoto y olvidado en el último cajón de una enorme cómoda. El cofrecillo era
como de un pie cuadrado, y tenía unos bajorrelieves góticos tan tenebrosos,
que no se extrañó de que nadie se hubiera atrevido a abrirlo desde los tiempos
de Edmund Carter. No sonó nada dentro al sacudirlo, pero despidió místicos perfumes
de especias olvidadas. Lo de que contenía una llave no era, sin duda alguna,
más que una oscura leyenda. Ni siquiera el padre de Randolph Carter había sabido
nunca que existiese tal cofrecillo. Estaba reforzado con tiras de hierro herrumbroso
y no parecía haber medio alguno de abrir su imponente cerradura. Carter tenía
el vago presentimiento de que dentro encontraría la llave de la perdida puerta
de los sueños, pero su abuelo no le había dicho una sola palabra de cómo y dónde
usarla. Un viejo criado suyo forzó la tapa esculpida; y al hacerlo, las horribles
caras les miraron desde la madera ennegrecida. En el interior, un pergamino
descolorido envolvía una enorme llave de plata deslustrada, labrada con misteriosos
arabescos; pero no había allí explicación legible de ninguna clase. El pergamino
era voluminoso, y estaba cubierto de extraños jeroglíficos pertenecientes a
una lengua desconocida, trazados con un antiguo junco. Carter reconoció en ellos
los mismos caracteres que había visto en cierto rollo de papiro que perteneciera
al terrible sabio del Sur, el que desapareció una noche en determinado cementerio
de remota antigüedad. Aquel hombre se estremecía siempre que consultaba el rollo,
y Carter tembló ahora también. Pero limpió la llave y la conservo esa noche
a su lado, metida en su aromático estuche de roble viejo. Entre tanto, sus sueños
se fueron haciendo más vívidos y, aunque en ellos no aparecía ninguna de aquellas
extrañas ciudades, ni los increíbles jardines de sus viejos tiempos, fueron
adquiriendo un significado definido cuya finalidad no dejaba lugar a dudas.
Era llamado en sueños desde un pasado remoto, y se sentía arrastrado por las
voluntades unidas de todos sus antepasados hacia alguna fuente oculta y ancestral.
Entonces comprendió que debía penetrar en el pasado y confundirse con las viejas
cosas; y día tras día pensó en las colinas del norte, donde se hallan la encantada
ciudad de Arkham y el impetuoso Miskatonic, y la rústica y solitaria morada
de su familia. Bajo la lívida luz del otoño, Carter emprendió el viejo camino
a través de un mágico panorama de colinas onduladas y de prados cercados de
piedra, y atravesó el valle lejano de laderas cubiertas de bosque, recorrió
la serpeante carretera, pasó junto a las abrigadas granjas y bordeó los meandros
cristalinos del Miskatonic, cruzado aquí y allá por rústicos puentecillos de
madera o de piedra. En una de sus curvas vio el grupo de olmos gigantescos donde
había desaparecido misteriosamente uno de sus antepasados hacía ciento cincuenta
años, y se estremeció al sentir el viento que soplaba de modo significativo
entre sus troncos. Luego apareció la casa solitaria y ruinosa del viejo Goody
Fowler, el brujo, con sus ventanucos endemoniados y su gran tejado que descendía
casi hasta el suelo por la parte de atrás. Pisó el acelerador al pasar por delante,
y no moderó la marcha hasta haber coronado la colina donde había nacido su madre,
y los padres de su madre, en un blanco y viejo caserón que todavía conservaba
su imponente aspecto desde la carretera, colgado sobre un paisaje trágico y
maravilloso de rocosas pendientes y valles verdeantes, en cuyo horizonte se
divisaban los lejanos campanarios de Kingsport, y aún más allá se adivinaba
la presencia de un mar arcaico y henchido de sueños. Luego vino la ladera de
monte bajo donde se alzaba la mansión que Carter no había visitado desde hacía
cuarenta años. Caía ya la tarde cuando llegó al pie del lugar, y a mitad de
camino se detuvo a contemplar la extensa comarca dorada y celestial, inundada
por la luz sesgada del sol poniente. Toda la fantasía y el anhelo de sus sueños
recientes parecían encarnar en este paisaje apacible y extraño que le sugería
la ignorada soledad de otros planetas. Recorrió con la mirada el tapiz desierto
de los prados que se estremecía entre tapias derruidas y mágicos macizos de
bosque que destacaban por encima del ondulado perfil de las colinas, y el valle
espectral, poblado de árboles, que se precipitaba entre sombras hacia los húmedos
bordes de los riachuelos cuyas aguas sollozaban al discurrir gorgoteantes entre
hinchadas y retorcidas raíces. Algo le dijo que su automóvil no pertenecía a
este universo, así que lo dejó junto al límite del bosque y, metiéndose la enorme
llave en el bolsillo de la chaqueta, siguió subiendo a pie por la cuesta. Se
internó en lo profundo del bosque, aun a sabiendas de que el edificio estaba
en lo alto de una loma totalmente despejada de árboles, excepto por el norte.
Se preguntó qué aspecto ofrecería la casa, puesto que estaba vacía y abandonada,
en parte por culpa suya, desde la muerte de su extraño tío abuelo Christopher,
ocurrida hacía treinta años. Durante su niñez había pasado largas temporadas
allí, y había descubierto extrañas maravillas en los bosques que se extendían
al otro lado del huerto. Las sombras se hicieron más densas a su alrededor,
porque la noche estaba cerca. A su derecha, se abrió entre los árboles un calvero,
de suerte que, durante un momento, pudo distinguir leguas y leguas de praderas
bañadas de luz crepuscular. y al fondo, el campanario de la Congregación, que
se alzaba sobre la Colina Central de Kingsport. Arrebolados con el último resplandor
del día, los cristales redondos de las lejanas ventanitas parecían despedir
llamaradas del fuego. Sin embargo, al sumergirse de nuevo en las sombras, recordó
de pronto, con un sobresalto, que esta visión fugaz no podía proceder sino de
algún trasfondo de su memoria infantil, ya que hacía mucho tiempo que la iglesia
había sido derruida para construir en su lugar el Hospital de la Congregación.
Había leído la noticia con interés, ya que el periódico hablaba además de las
extrañas galerías o pasadizos que se habían encontrado en la roca, bajo sus
cimientos. A través de su confusión, le pareció oír una voz aflautada, y al
reconocer su acento familiar después de tantos años, sintió un nuevo escalofrío.
Benjiah Corey, el antiguo criado de su tío Christopher, era ya un anciano en
aquella época lejana de su niñez en que venía a pasar temporadas enteras al
viejo caserón. Ahora tendría más de ciento cincuenta años; pero aquella voz
cascada no podía ser de nadie más. Carter no pudo distinguir lo que decía, pero
el tono era inconfundible y obsesionante. ¡Quién iba a decir que el «Viejo Benjy»
aún estaba vivo! -¡Señorito Randy! ¡Señorito Randy! ¿Dónde estás? ¿Quieres matar
de un disgusto a tu tía Martha? ¿No te dijo que no te alejaras de la casa cara
a la noche, y que volvieras antes de oscurecer? ¡Randy! ¡Ran...dyyy! En mi vida
he visto un chiquillo que le guste tanto corretear por el bosque; se pasa el
día merodeando por esa maldita caverna de serpientes... ¡Eh, Ran...dyyy! Randolph
Carter se paró en la densa oscuridad y se restregó los ojos con la mano. Era
muy extraño. Algo no andaba bien. Se encontraba en un paraje donde no debía
estar; se había extraviado en unos lugares muy apartados, adonde no debía haber
ido, y ahora era imperdonablemente tarde. No había mirado la hora en el reloj
del campanario de Kingsport, aun cuando podía haberla visto fácilmente con su
catalejo de bolsillo; pero sabía que su retraso era algo muy extraño y sin precedentes.
No estaba seguro de haberse traído consigo el catalejo, y se metió la mano en
el bolsillo de la blusa para cerciorarse. No, no lo traía; pero en cambio llevaba
una llave de plata que había encontrado en alguna parte, dentro de una caja.
Tío Chris le dijo una vez algo muy raro acerca de una arqueta cerrada donde
había una llave, pero tía Martha le hizo callar bruscamente, diciendo que no
debía contar historias de ese género a un muchacho que ya tenía la cabeza demasiado
llena de quimeras. Entonces intentó recordar exactamente dónde había encontrado
la llave, pero todo era muy confuso. Se preguntó si no sería en el desván de
su casa de Boston, y se acordó vagamente de haber sobornado a Parks con el sueldo
de media semana para que le ayudara a abrir la caja, y guardara silencio después;
pero al evocar la escena, la cara de Parks le resultó muy extraña, como si las
arrugas de innumerables años hubieran hecho presa de pronto en el vivo y menudo
cockney. -¡Ran. . . dyyy ! ¡Ran... dyyy! ¡Eh! ¡Eh! ¡Randy! Una linterna oscilante
apareció por la curva oscura, y el viejo Benjiah se arrojó sobre la silueta
silenciosa y perpleja de Carter. -¡Maldito crío, ahí estabas tú! ¿No tienes
lengua en la boca, que no contestas? ¡Hace media hora que te estoy llamando,
y me has tenido que oír hace rato! ¿Es que no sabes que tu tía Martha está la
mar de preocupada por tu culpa? ¡Espera y verás, cuando se lo diga a tu tío
Chris! ¡Deberías saber que estos bosques no son lugar a propósito para andar
por ahí a estas horas! Te puedes tropezar con cosas malas, de las que nada bueno
puedes esperar, como mi abuelo sabía muy bien antes que yo. ¡Vamos, señorito
Randy, o Hanna no nos guardará la cena! De este modo, Carter se vio arrastrado
cuesta arriba, hacia donde brillaban fascinantes las estrellas a través de los
altos ramajes otoñales. Y oyeron ladrar a los perros, y vieron la luz amarillenta
de las ventanas tras la última revuelta del camino, y contemplaron el parpadeo
de las Pléyades por encima del calvero donde se erguía un gran tejado negro
contra el agonizante crepúsculo de poniente. Tía Martha estaba en el umbral,
y no regañó demasiado al pequeño tunante cuando Benjiah lo hizo entrar. Demasiado
bien sabía por tío Chris que estas cosas eran propias de los Carter. Randolph
no le enseñó la llave, sino que cenó en silencio y sólo protestó cuando llegó
la hora de acostarse. El solía soñar mejor despierto, y por otra parte, quería
utilizar la llave aquella. A la mañana siguiente, Randolph se levantó temprano,
y habría echado a correr hacia la arboleda de arriba, si su tío Chris no le
hubiera cogido, obligándole a sentarse a desayunar. Impaciente, paseó la mirada
a su alrededor, por aquella estancia de suelo inclinado, por la alfombra andrajosa,
por las descubiertas vigas del techo y por los pilares angulares, y sólo sonrió
cuando las ramas del huerto arañaron los cristales de la ventana del fondo.
Los árboles y las colinas estaban allí cerca, a su lado, y constituían las puertas
de aquel reino intemporal que era su verdadera patria. Luego, cuando le dejaron
libre, se tentó el bolsillo de la blusa para ver si tenía la llave; y al ver
que sí, cruzó el huerto y echó hacia arriba, por donde el monte se elevaba hasta
por encima del calvero. El suelo del bosque estaba tapizado de musgo y de misterio.
Los grandes peñascos cubiertos de líquenes se erguían vagamente, bajo la luz
difusa, como enormes monolitos druidas entre los troncos inmensos y retorcidos
de un bosque sagrado. A mitad de su ascenso, Randolph cruzó un torrente cuyas
cascadas, un poco más abajo, cantaban misteriosos sortilegios a los faunos escondidos,
a los egipanes y a las dríadas. Luego llegó a la extraña cueva que se abría
en la falda del monte, a la temible Caverna de las Serpientes que la gente del
campo solía rehuir, y de la que pretendía mantenerle alejado Benjiah. La cueva
era profunda, más profunda de lo que cualquiera habría sospechado, porque Randolph
había descubierta una hendidura en el rincón más profundo y oscuro, que daba
acceso a otra gruta más grande aún: a un espacio secreto y sepulcral cuyas graníticas
paredes daban la impresión de haber sido trabajadas por un ser inteligente.
Esta vez entró reptando, como en las demás ocasiones, y alumbrándose con las
cerillas que había cogido del cuarto de estar, y se deslizó por la grieta del
final con una ansiedad inexplicable para sí mismo. No sabía por qué razón se
aproximó a la pared del fondo con tanta resolución, ni por qué sacó instintivamente
la gran llave de plata.
Pero siguió adelante; y cuando, aquella noche, regresó excitado a casa, no
dio ninguna explicación por su tardanza, ni prestó la más mínima atención a
la regañina que se ganó por haber ignorado totalmente la llamada de cuerno que
anunciaba la comida de mediodía. Hoy coinciden todos los parientes lejanos de
Randolph Carter en que, cuando éste tenía diez años, ocurrió algo que despertó
su imaginación. Su primo Ernest B. Aspinwall, de Chicago, es diez años mayor
que él, y recuerda muy bien el cambio operado en el muchacho después del otoño
de 1883. Randolph había contemplado paisajes fantásticos, como nadie los ha
contemplado en la vida; pero más extraños aún eran algunos de los poderes que
mostró en relación con cosas muy reales. Parecía, en suma haber adquirido el
don singular de la profecía, y a veces reaccionaba de un modo extraño ante cosas
que, pese a carecer totalmente de importancia en aquel momento, justificaban
más tarde sus singulares actitudes. En el curso de los decenios subsiguientes,
a medida que se inscribían nuevos inventos, nuevos nombres y nuevos acontecimientos
en el libro de la historia, la gente podía recordar sorprendida cómo Carter
se había referido años antes a cosas que de algún modo, pero inequívocamente,
se relacionaban con ellos. El mismo no comprendía sus propias palabras, ni sabía
por qué ciertas cosas le producían determinada emoción, aunque suponía que ello
era debido seguramente a algún sueño que a la sazón no lograba recordar.
A principios de 1897, cuando cierto viajero mencionó el pueblo francés de Belloy-en-Santerre,
se puso pálido, y sus amigos lo recordaron después porque, en 1916, durante
la Guerra Mundial, recibió en ese pueblo una herida que estuvo a punto de costarle
la vida. Los parientes de Carter hablan a menuda de todo esto, porque él ha
desaparecido recientemente. Su viejo criado, el menudo Parks, que durante muchos
años había soportado con paciencia sus extravagancias, fue el último que le
vio aquella mañana en que cogió el coche y se fue con una llave que acababa
de encontrar. Parks le había ayudado a sacar la llave del antiguo cofrecillo
que la contenía, y se sentía singularmente impresionado por los grotescos relieves
que adornaban dicha arqueta, y por alguna otra causa que no le era posible referir.
Cuando Carter se marchó, dejó dicho que iba a los alrededores de Arkham a visitar
la comarca de sus antepasados. A mitad de la cuesta del Monte del Olmo, por
la carretera que va hacia las ruinas de la morada solariega de los Carter, encontraron
el coche cuidadosamente aparcado en la cuneta. Dentro encontraron un cofrecillo
de aromática madera, adornado con unos relieves que llenaron de pavor a los
campesinos que dieron con el vehículo.
Este cofrecillo contenía tan sólo un pergamino, cuyos caracteres no pudieron
descifrar ni lingüistas ni paleógrafos. La lluvia había borrado las huellas
de sus pasos, pero parece que la policía de Boston podría haber dicho mucho
sobre el desorden que reinaba entre las vigas derrumbadas de la mansión de los
Carter. Era, según dijeron, como si alguien hubiera andado revolviendo entre
las ruinas recientemente. Encontraron, algo más allá, un pañuelo blanco de bolsillo
entre las rocas del bosque, pero no pudieron demostrar que pertenecía al desaparecido.
Entre los herederos de Randolph Carter se habla de repartir sus bienes, pero
yo pienso oponerme firmemente a ello porque no creo que haya muerto. Existen
repliegues en el tiempo y en el espacio, en la fantasía y en la realidad, que
sólo un soñador puede adivinar; y, por lo que sé de Carter, creo que lo que
ha sucedido es que ha descubierto un medio de atravesar estos nebulosos laberintos.
Si volverá o no alguna vez, es cosa que no puedo afirmar. El buscaba las perdidas
regiones de sus sueños y sentía nostalgia por los días de su niñez. Después
encontró una llave, y me inclino a creer que logró utilizarla para sus extraños
fines. Se lo preguntaré cuando le vea, porque espero encontrarlo en cierta ciudad
soñada que ambos solíamos frecuentar. Se dice en Ulthar, comarca que se extiende
al otro lado del río Skai, que un nuevo rey ocupa el trono de ópalo de Ilek-Vad;
la ciudad fabulosa de infinitos torreones que se asienta en lo alto de los acantilados
de cristal que dominan ese mar crepuscular donde los Gnorri, seres barbudos
con aletas natatorias, construyen sus singulares laberintos; y creo que sé cómo
interpretar este rumor.
Ciertamente, espero con impaciencia el momento de contemplar esa gran llave
de plata, porque en sus misteriosos arabescos pueden estar simbolizados todos
los designios y secretos de un cosmos ciegamente impersonal.