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La Venganza de la Bruja
(The Witch’s Vengeance-1930)

W.B. Seabrook


Las disensiones entre Mère Tirelou y mi joven amgio Philippe Ardet surgieron del hecho de que èste se habìa enamorado de Maguelonne, la nieta de la anciana. Aunque Maguelonne habìa cumplido ya los diecinueve años y era sin duda la muchacha màs bella de la aldea, no tenìa pretendientes entre los jòvenes de la localidad, pues los aldeanos de Les Paux, aquella aldea situada entre las àsperas montañas del sur de Francia, que yo venìa visitando a intervalos desde hacìa años, eran gentes inclinadas a la supersticiòn y creìan que la vieja Mère Tirelou era una sorcière, una especie de bruja.

Maguelonne, que habìa quedado huèrfana a consecuencia de la guerra, vivìa sola con la anciana en una antigua màs destartalada, en un lugar señorial, que se alzaba por encima de la casa, y las gentes decìan que Mère Tirelou habìa complicado a la muchacha, de buena o de mala gana, en sus negras actividades. No eran perseguidas ni odiadas –en realidad los campesinos y pastores de Les Braux y de los alrededores algunas veces consultaban a Mère Tireloux en ciertos casos- pero salvo esas consultas especiales, pagadas normalmente con un conejo, una jarra de vino o de aceite, la vieja bruja y su nieta "aprendiz", si es que en realidad lo era, generalmente eran evitadas, aunque no despreciadas ni temidas.

Philippe, sin embargo, que se creìa a sì mismo un hombre del gran mundo –habìa asistido a la Escuela Tècnica de Marsella y trabajaba en una fàbrica de aviones de Toulon- consideraba toda esta supersticiòn local como tonterìas, sin fundamento. Habìa venido a pasar sus vacaciones desde Toulon en motocicleta. Nos habìamos conocido en Lex Baux el verano anterior y nos alojabamos en el pequeño hotel. El Hotel Renè, asomado al brode de las rocas, que dirigìan la tìa de Philippe, madame Plomb y su marido Martìn. Y Philippe, como he dicho, se habìa enamorado de Maguelonne.

Esta era, en resumen, la situaciòn cuando comenzaron los extraños acontecimientos, de los que en un principio no fui màs que un observador casual para convertirme finalmente en protagonista activo.

Comenzaron una tarde càlida, en que estaba yo leyendo en mi habitaciòn, que ocupaba un àngulo de la casa, con ventanas que se asomaban al baño y una ventana lateral situada inmediatamente encima de la puerta de las murallas medievales, desde la cual partìa el camino que se dirigìa serpenteando montaña abajo.

De pronto, exactamente debajo de mi ventana, oì y reconocì la voz ronca y quejumbrosa de Mère Tirelou, que gritaba enojada, y la respuesa de Philippe, mitad amable, mitad burlona.

Era màs bien un azar que la curiosidad, pues resultaba imposible no oìrles, y luego, despuès de un breve murmullo, la anciana elevò de nuevo la voz, pero esta vez en un tono curioso, nada natural, por lo que me levantè a ver lo que ocurrìa.

Estaban en pie, al sol, precisamente debajo de la ventana: èl rubio, de rostro encarnado, con el pelo rebelde, la cabeza descubierta, vestido con briches y camisa deportiva; ella de cabello gris, encorvada, con aspecto de halcòn –o màs bien de murcièlago- con su coiffe arlesiana y su toquilla, con los brazos extendidos cerrando el paso al joven. Entonaba una extraña copla de ciego, de un modo monòtono, agitando a un mismo tiempo en el aire sus manos semejantes a garras:

Baja, baja, apuesto joven,
Pero no subiràs de nuevo.
Los pies enredados se retorceràn y volveràn,
Y el cerebro ofuscado les seguirà.

Descenderàs, apuesto joven
pero no subiràs de nuevo.
Enrèdate, enrèdate, retuèrcete y vuèlvete.
Van tejièndose las telas de araña.

No cerraba ya el paso a Philippe. Se habìa hecho a un lado, invitàndole a pasar, de modo que me volvìa a mì la espalda en tanto que Philippe estaba en donde yo podìa verle la cara y las expresiones que por ella pasaban, primero de una atenciòn interesada, incrèdula y sorprendida, como si no pudiera creer lo que oìa, luego una mueca de buen humor, pero burlona y desafiante, en tanto que la anciana repetìa su cantinela.

-No, no, Mère Tirelou –dijo riendo-. No puedes asustarme con estas tonterìas. Serà mejor que cojas una escoba si quieres echarme. Ahòrrate tus telas de arañan y tus encantamientos para Blèo y los pastores.

Y asì, como un saludo alegre y desafiante y un au revoir marchò por la senda abajo silbando, en tanto que la vieja seguìa gritàndole:

-¡Baja, baja! ¡Bajaràs pero no subiràs, apuesto joven! ¡No subiràs!¡No subiràs!

Seguìa con la vista a Philippe, mientras descendìa por el sendero hacia el valle, en tanto que Mere Tirelou, apoyada en el parapeto, le observaba tambièn hasta que se convirtiò apenas en un punto, abajo y desapareciò detràs de la pared del huerto que bordea la carretera junto al pabellòn de la Reina Juana. Luego cogiò su bastòn, llamò a su perro Blèo, y renqueando cruzò la puerta.

"Asì, pues –pensè- la vieja se cree una bruja y, sin duda ¡cree que ha lanzado una maldiciòn eficaz a Philippe!"

Pero no me inquietè lo màs mìnimo. Sabìa, o creìa que sabìa, mucho de brujerìa, al menos tècnicamente. Creìa que todo se reducìa, en el ùltimo tèrmino a la sugestiòn y la autosugestiòn. Habìa visto que producìa efectos tangibles, pero sòlo aquellos casos en que la propia vìctima (generalmente entre gentes primitivas y salvajes) era profundamente supersticiosa y, por tanto, fàcil de asustar.

Estaba plenamente convencido de que la incredulidad completa, firme, escèptica , la burla y la risa constituìan un fuerte antìdoto contra los hechizo, y por eso no pensè ni por un momento que Philippe corriera el menor peligro.

Con esta convicciòn y, por lo tanto, considerando una conclusiòn natural que Philippe regresarìa sano y salvo, no volvì a acordarme del asunto en toda la tarde; terminada la lectura, cenè temprano, di un paseo hasta lo alto de las rocas para ver la puesta del sol y me retirè pronto a descansar.

Generalmente, hacia las diez de la noche toda la aldea de Lex Baux, incluido el interior del Hotel Rnè, està prfundamente dormida y silenciosa como una tumba. Pero aquella noche, ya muy tarde, me despertò el ruido de pasos apresurados por el suelo de piedra, de los pasillos del hotel, y oì voces apagadas en la calle, debajo de mi ventana, vi luz de linternas y oì cascos de cabalgaduras que resonaban contra los adoquines.

Encendì una luz, viendo que apenas se habìa pasado la medianoche, y vistièndome bajè. Martìn Plomb hablaba con un grupo de vecinos. Su esposa estaba en pie junto a la puerta, envuelta en una bata acolchada.

-¿Què ha sucedido? –le preguntè.

-Estamos preocupados por Philippe –respondiò-. Saliò a dar un paseo por el valle estar tarde y aùn no ha regrasado. Van a salir a buscarle. No nos inquietamos cuando no vino a cenar, pero ha pasado ya la medianoche y tememos que le haya ocurrido algùn accidente.

Ya los hombres, en grupos de dos o tres, algunos con anticuadas linternas de granjero, unos pocos con linternas elèctricas, descendìan por la montaña. Me unì a Martìn Plomb, que estaba en la puerta dàndoles instrucciones para que siguieran èste o el otro camino a fin de que se mantuvieran en contacto unos con otros con determinados gritos. El personalmente iba a bucar por la otra ladera, en direcciòn a la Grotte des Fèes, a la que Philippe solìa trepar de vez en cuando, temiendo que pudiera haberse caìdo a algùn precipicio. Yo marchè con èl…

Poco antes de amanecer, despuès de cuatro horas de bùsqueda infructuosa, oìmos unos sonidos distintos al comienzo del valle. No podìa yo distinguir las palabras, pero Martìn me dijo inmediatamente:

-¡Lo han encontrado!

Cruzamos por el monte y descendimoshacia la carretera a lo largo de la cual podìamos ver las luces que regresaban ahora hacie Les Baux.

Llevaban a Philippe en una camilla improvisada con ramas de pino y abeto entretejidas. Estaba consciente y tenìa los ojos abiertos; pero parecìa estar sumido en un extraño sopor y no habìa sido capaz, me dijeron, de explicar què le habìa ocurrido. No tenìa ningùn hueso roto ni habìa sufrido ninguna lesiòn fìsica seria, pero sus ropas estaban destrozadas, especialmente las rodilleras de sus briches, que estaban rozadas y rasgadas, como si se hubiera arrastrado por las peñas.

Todos estaban de acuerdo en lo que debìa haber sucedido; habìa subido por la montaña, entre las rocas, con la cabeza descubierta, en medio del calor de la tarde, y habìa sufrido una insolaciòn fuerte, aunque no grave. Se habìa recuperado parcialmente, y buscando ayuda, todavìa delirante, se habìa perdido. Estarìa bien de nuevo en un par de dìas, dijo Martìn. A la mañana siguiente llamarìan al mèdico de Arles.

Por supuesto, aquella noche, pensè màs de una vez en Mere Tirelou e incluso estuve a punto de contar el incidente de aquella tarde a Martìn Plomb, pero esa explicaciòn era tan razonable, natural y apropiada, que me parecìa absurdo pensar en otra cosa que una simple coincidencia, por lo que no dije nada.

Habìa ya amanecido cuando llegamos a Les Baux y metimos a Philippe en la cama, y cuando me despertè, a mediodìa el mèdico ya le habìa visitado.

-Ha sufrido una fuerte insolaciòn –me dijo Martìn-. Tiene la cabeza despejada, pero hay algo que el mèdico no logra entender. Cuando Philippe intentò levantarse de la cama, no podìa andar. Y sin embargo, no tiene ninguna lesiòn en las piernas. Es algo extraño. Tememos que se trate de una paràlisis. Parece que las piernas se le tuercen, como si tropezara con sus propios pies.

Mientras hablaba, comprendì que todo aquello no podìa achacarse a simple coincidencia; que me habìa equivocado; que algo tan siniestro y tan maligno como lo que observè en la selva, habìa ocurrido aquì, en Les Baux, ante mis ojos.

-Martìn –le dije-, ayer por la tarde ocurriò algo que usted no sabe. No puedo, sin embargo, decirle todavìa lo que fue. Pero debo ver a Philippe en seguida y hablarle. ¿Dice usted que su mente està completamente despejada?

-Sin duda –respondiòme Martìn, sorprendido-. Aunque no comprendo a donde quiere usted ir a parar. Èl tambièn quiere verle.

Philippe estaba en la cama. Parecìa màs deprimido que enfermo y, ciertamente, estaba en plena posesiòn de sus sentidos.

Le dije:

-Philippe, Martìn me ha contado que algo le pasa a tus piernas. Creo que yo mismo puedo decirte de què se trata…

-¿Es que eres mèdico? –me interrumpiò ansioso-. ¡Si lo hubiera sabido! El individuo que vino de Arles no parecìa saber gran cosa.

-No, no soy mèdico. Pero no creo que èste sea trabajo para un mèdico. Quiero decirte algo. Sabes donde està mi habitaciòn. Estaba yo ayer en la ventana y pude enterarme de lo que sucediò entre tù y Mère Tirelou. ¿No has pensado que puede existir alguna relaciòn?

Me mirò sorprendido y tambièn con algo de desencanto y enojo.

-Tiens! –exclamò-. ¡Tù, un norteamericano moderno y culto, crees en estas locas fantasìas! Yo procedo de estas montañas, he nacido aquì…y, sin embargo, sè que no son màs que tonterìas. He pensado en ello, por supuesto, pero no tiene sentido. ¿Còmo podrìa…?

-Tal vez no lo tenga –le respondì-, pero de todos modos, ¿podrìas decirme lo que recuerdas de lo que sucediò en la tarde y en la noche de ayer?

-¡Diablos! Ya sabes tù lo que ocurriò. Sufrì una insolaciòn. Y me ha dejado asì. Preferirìa morirme antes que estar toda la vida paralìtico.

Y quedò sumido en un silencio sombrìo. Pero yo habìa oìdo bastante. Hay personas que han estado tendidas en la cama paralìticas toda su vida, sin ninguna lesiòn orgànica, tan sòlo porque creìan que no podìan levantarse y andar. Si yo habìa de ayudarle no podìa hacerlo màs que con pruebas abrumadoras. Tenìa que visitar a Mère Tirelou…

Ni la nieta ni la vieja se habìan acercado al hotel aquella mañana. Subì por la calle adoquinada y serpenteante y llamè a la puerta. A los pocos momentos Maguelonne abriò la puerta de mala gana.

-Vengo a ver a Mère Tirelou…se trata de un asunto grave.

Me mirò con ojos inquietas y cautelosos, como si no supiera que responder, y por ùltimo dijo:

-No està aquì. Se marchò anoche por el monte, màs allà de Saint-Remy. Tardarà varios dìas en volver.

Y advirtiendo mis dudas, con tono ofensivo, casi suplicante, añadiò:

-Puede usted entrar y comprobarlo, si lo desea. No està en casa.

Era indudable que la muchacha estaba preocupada y comprendìa que sabìa o sospechaba la razòn de mi visita.

-En ese caso –le dije- debemos hablar. ¿Lo hacemos aquì o prefiere que entremos?

Me hizo un gesto para que entrara.

-Señorita Maguelonne –le roguè-, le pido que sea sincera conmigo. Usted sabe lo que las gentes dicen de su abuela…y hay algunos que lo dicen tambièn de usted. Espero que esto ùltimo no sea cierto. Pero su abuela ha hecho algo que estoy decidido a deshacer. Estoy tan seguro de lo que se que si es necesario se lo contarè a Martìn Plomb y marcharè con èl a la policìa de Arles. Señorita, me parece que sabe usted perfectamente de què hablo. Se trata de Philippe…y quiero preguntarle si usted…

-¡No, no, no! –exclamò la muchacha, interrumpièndome desconsolada-. ¡Yo no tengo nada que ver con eso! ¡Intentè impedirlo! ¡Le avisè a èl! ¡Le supliquè que no volviera a verme! Le dije que ocurrirìa algo horrible, pero se riò de mi. No cree en esas cosas. Yo he ayudado a mi abuela otras veces, pues ella me obligaba a hacerlo, pero nunca en algo tan perverso… ¡y contra Philippe! No, no, señor, nunca le hubiera ayudado en semejante cosa. Ni siquiera si… -De pronto la muchacha comenzò a sollozar-. ¿Qué puedo hacer?

-¿Quiere decir que hay algo que usted puede hacer?

-Tengo miedo –respondiò-. Miedo a mi abuela. ¡Oh, si usted supiera!... no me atrevo a entrar allì. Y ademàs la puerta està cerrada… Y tal vez eso no estè allì.

-Maguelonne –le dije con voz suave-, me parece que se interesa usted por Philippe y creo que usted le interesa a èl. ¿Sàbe que ha perdido el uso de sus piernas?

-¡Oh, oh, oh! –sollozò; luego, armàndose de valor, dijo-: Sì, lo harè, aunque mi abuela me mate. Pero tiene usted que encontrar algo para forzar el candado, pues ella se lleva siempre la llave.

Me condujo a la cocina, que estaba en la parte trasera de la casa, construida junto a las rocas, casi debajo de las viejas ruinas del castillo. Mientras encendìa una làmpara, encontrè una hacha pequeña.

-Es por ahì –me advirtiò señalando un armario cuya puerta estaba cubierta por una pesada cortina.

En el fondo del armario, oculta por ropas viejas colgadas de clavos, habìa una pequeña puerta cerrada. Estaba construida de madera dura, pero no tuve dificultades para forzar la cerradura y abrila, quedando al descubierto un tramo de escalera que, en caracol, se perdìa en la oscuridad.

(No habìa nada misterioso en el hecho de que existiera semejante escalera. Toda la pared lateral del acantilado, debajo del castillo, estaba surcada por pasadizos semejantes.)

La muchacha marchaba delante y yo le seguìa de cerca, iluminando el camino con la làmpara que sostenìa por encima de su hombro. La pequeña escalera torciò bruscamente hacia abajo para abrirse directamente en una càmara vieja y rectangular, olvidada, que antaño debiò ser bodega o almacèn del castillo. Pero ahora habìa allì varios objetos extraños y repugnantes, cuyas sombras se movìan por las paredes mientras yo colocaba la làmpara en un nicho y observaba en mi derredor. Sabìa que en ciertos lugares de Europa todavìa existìan autènticas brujas que practicaban sus negras artes, de acuerdo con la tradiciòn medieval. Y sin embargo, quedè sorprendido al ver aquellos objetos extraños de un arte diabòlico que todavìa sobrevivìa.

No hace falta que lo describa minuciosamente; era un lugar perverso y muchos de los objetos que allì se guardaban eran grotescamente diabòlicos; ante la pared opuesta habìa un altar, coronado por un par de cuernos, debajo de los cuales se leìa la inscripciòn "Inri", boja abajo y con letras distorsionadas en forma de sìmbolos sacrìlegos; balanceàndose cerca de aquèl habìa una Mano de Gloria negra y marchita…y en el suelo, preparado minuciosamente, maliciosamente y con infinito trabajo, cubriendo un espacio considerable, estaba lo que habìamos venido a buscar y que, pese a todos mis esfuerzos para ser razonable, me hizo estremecer al examinarlo.

Cuatro tacos de madera verticales habìa sido sujetos al suelo como postes en miniatura, formando un campo cuadrado de algo menos de dos metros de diagonal, rodeado por cuerdas que iban de un taco a otro. Dentro de esta zona, sujeto a las cuerdas circundantes, habìa una maraña laberìntica, a la manera de una tela de araña hecha de hilos de algodòn. En el centro, enredado como un insecto cogido en la tela de araña, se veìa una figura de unos veinte centìmetros de altura. Habìa sido una muñeca corriente, con la cabeza de porcelana sujeta a su cuerpo relleno de serrìn; una muñeca de las que podìan comprarse por tres francos en cualquier baratillo. Pero a aquella muñeca le habìa sido arrancado el vestido que llevaba cuando la compraron y le habìan puesto un vestido que se asemejaba burdamente al atuendo deportivo –briches y camisa- de un hombre. Los ojos del maniquì estaban vendados con una estrecha tira de paño negro, sus pies y sus piernas amarrados, sujetos, estaban enredados en aquella malla de hilo.

Estaba apelotonado, hundido, torcido en un àngulo vicioso, ni erguido ni caìdo, grotescamente siniestro, cmo el cuerpo de un hombre herido prendido en una alabrada. Todo esto puede parece infantil y ridìculo. Pero no lo era, sino que, por el contrario, era perverso y maligno.

Desatè con cuidado el pequeño muñeco y lo observè detenidamente para ver si su cuerpo habìa sido atravesado por alfileres o agujas. Pero no habìa ninguno. La vieja, cuando menos, se habìa detenido sin llegar al intento de asesinato.

Entonces Maguelonne se llevò el muñeco a su regazo, sollozando:

-¡Oh, Philippe! ¡Philippe!

Cogì la làmpara y nos dispusimos a alejarnos. En aquel lugar, sin embargo, habìa otro objeto que no he mencionado todavìa y que examinè màs detenidamente. Suspendido por una pesada cadena del techo se encontraba un aparato de madera semejante a una jaula de gran tamaño, con correas de cuero ennegrecidas y cadenas de hierro, tan perversamente diabòlico como el ingenio humano màs depravado podìa inventar. Inmediatamente adivinè su nombre y su uso por los viejos grabados que habìa visto en los libros que trataban de los sentimientos sàdicos y oscuros de la brujerìa medieval. Era una Cuna de Bruja y habìa algo en torno a las correas que me hizo preguntarme…

Maguelonne, al verme exminar aquel objeto, se estremeciò.

-Ma`m`selle –le dije-. ¿Es posible…?

-Sì –respondiò, dejando caer la cabeza-; ahora que ha estado aquì, no vale la pena ocultar nada. Pero, por mi parte, siempre lo he hecho obligada y contra mi voluntad.

-Pero, ¿Por qué no la denunciado? ¿Por què no la abandonò?

-Señor –respondiò-, tenìa miedo de lo que sabìa. Y, ¿a dònde ir? Ademàs, es mi abuela.

-Pero debìa hacerlo…

Estuve a solas con Philippe en su dormitorio. Habìa traìdo conmigo al muñeco, envuelto en un trozo de periòdico. Se se tratara de una simple ficciòn, lo habrìa encontrado màgicamente curado desde el momento en que los hilos habìan sido soltados. Pero la magia, en realidad, opera siguiendo un proceso màs oscuro. Estaba tal como le habìa dejado, incluso màs deprimido. Le dije lo que habìa descubierto.

Se mostrò a un mimo tiempo escèptico, incrèdulo e interesado, y cuando le mostrè el muñeco vestido de aquel modo para simbolizarle, y comprendiò claramente que Mère Tirelou habìa tratado deliberadamente de hacerle un grave daño, se enojò e incorporàndose en la almohada, exclamò:

-¡Ah, la vieja bruja! ¡Verdaderamente querìa hacerme daño!

Juzguè que habìa llegado el momento. Me puse en pie y le dije:

-Philippe, olvìdate de todo esto ahora, ¡olvìdate de todo y levàntate! No necesitas sino una cosa, tienes que creer que puedes andar y andaràs.

Me mirò impotente, se dejò caer de nuevo sobre la almohada y exclamò:

-¡No lo creo!

Habìa sido un fracaso. Su mente carecìa, a mi juicio, de la necesaria imaginaciòn consciente. Pero me quedaba todavìa otro recurso.

Le dije suavemente:

-Philippe, te interesa la señorita Maguelonne, ¿no es verdad?

-Amo a Maguelonne- respondiòme.

Y entonces le dije brutalmente, de un modo conciso, casi perverso, lo que habìa visto colgado allì, en la bodega, y el uso a que estaba destinado.

El efecto fue violento, tan fìsico como si de pronto le hubieran golpeado el rostro.

-¡Ah! ¡Ah! Tonnerre de Dieu! La coquine. La vilaine coquine –gritò saltando de la cama como un hombre enloquecido.

El resto fue sencillo. Philippe estaba enojado, demasiado enojado y preocupado por lo sucedido a Maguelonne para sorprenderse o incluso agradecer esa repentina curaciòn. Pero era lo bastante sensato para comprender que por bien de la muchacha no debìa armar un escàndalo pùblico. Asì, pues cuando nos marchamos a buscar a Maguelonne para sacarla de aquella casa llevò consigo a su tìa y una hora màs tarde todas las cosas de la joven estaban en la habitaciòn de madame Plomb.

Martìn Plomb se ocuparìa eficazmente de la vieja Mère Tirelou. No iba a presentar ninguna acusaciòn referente al papel que habìa desepeñado en lo sucedido a Philippe. Era difìcil probar legalmente aquello, pero le advertirìa que si intentaba molestar nuevamente a Maguelonne o impedir el matrimonio con su sobrino, presentarìa una demanda criminal contra ella, por malos tratos a una menor confiada a su tutela.

Quedan tan sòlo dos elementos sin resolver en este caso, que debemos intentar explicar al menos. La creencia que siempre he sostenido respecto a la magia negra es que opera por medio de la autosugestiòn y que, por lo tanto, ningùn hechizo puede causar el menor daño, a menos que la supuestoa vìctima crea en èl. En este caso, que parecìa contradecir aquella tesis, cabe ùnicamente suponer que, aunque la mente consciente de Philippe reaccionaba con un escepticimismo total, su mente inconsciente (su familia procedìa de estas mismas montañas) conservaba ciertos temores atàvicos, supersticiosos, que le hacìan vulnerable.

El segundo elemento es, por supuesto, la complicada mojiganga del maniquì cogido entre las redes, de aquella muñeca, pariente sin duda de las imàgenes de cera que en la Edad Media eran atravesadas con agujas o fundidas lentamente en fuego. La propia bruja, si no se trata de puera charlatanerìa, cree implìcitamente en que hay transmisiòn literal y sobrenatural de identidades.

Mi propia creencia es que la imagen sirve, sencillamente, como foco para concentrar la fuerza malèvola de la voluntad de la bruja. Sostengo, en resumen, que la brujerìa es una fuerza real peligrosa, pero que su explicaciòn ùltima no hay que buscarla casi nunca en el mundo sobrenatural, sino màs bien el campo de la psicologìa patològica.

 

 


Frases Remarcables

« Puede ser que nuestro rol en este planeta no sea adorar a Dios, sino fabricarlo. »

Arthur C. Clarke

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