La Reticencia de Lady Anne
(The Reticence of Lady Anne - 1910)
Saki
Egbert entró en la amplia sala oscura con el aire de quien no sabe si entra
a un palomar o a un polvorín y viene preparado para ambas contingencias. No
habían rematado la pequeña disputa doméstica sostenida durante el almuerzo,
y ahora la cuestión era tantear hasta qué punto lady Anne estaba de humor para
renovar o abandonar las hostilidades. Su postura en el sillón junto a la mesa
de té era más bien elaborada y tiesa; y en la penumbra de la tarde decembrina
los anteojos de Egbert no ayudaban gran cosa a discernir la expresión de su
cara.
Para romper el hielo superficial que pudiera existir, Egbert dijo algo sobre
lo tenue y místico de la poca luz. Alguno de los dos solía hacer esta observación
entre las 4:30 y las 6 en las tardes de invierno y finales de otoño; hacía parte
de su vida conyugal. Carecía de respuesta fija, y lady Anne no adelantó ninguna.
Don Tarquinio se encontraba tendido sobre la alfombra persa, calentándose a
la lumbre del hogar con majestuosa indiferencia por el posible mal humor de
lady Anne. Su pedigrí era tan intachablemente persa como la alfombra, y su pelaje
entraba ya en el esplendor de un segundo invierno. El criado, que tenía inclinaciones
renacentistas, lo había bautizado don Tarquinio. De ser por ellos, Egbert y
lady Anne de seguro le habrían puesto Pelusa; pero no eran personas obstinadas.
Egbert se sirvió el té. Como nada indicaba que el silencio fuera a ser roto
por iniciativa de lady Anne, se dispuso a realizar otro esfuerzo heroico.
-Lo que dije al almuerzo tenía intenciones puramente académicas -anunció- ;
pero parece que le das un sentido innecesariamente personal.
Lady Anne continuó atrincherada en el silencio. El pinzón real llenó aquel
vacío con una perezosa melodía de Iphigénie en Tauride. Egbert la reconoció
al punto, puesto que era la única tonada que el pinzón sabía silbar, y les había
llegado con fama de silbarla. Tanto Egbert como lady Anne habrían preferido
algo salido de Terrateniente de la Guardia, la ópera favorita de ambos. En cuestiones
artísticas tenían gustos similares. Se inclinaban por lo honesto y explícito
en el arte: una lámina, por ejemplo, que pusiera una historia delante de los
ojos, con la ayuda generosa del título. Un corcel de guerra sin jinete y con
los arreos en patente desorden, que entra trastabillando a un patio lleno de
pálidas mujeres al borde del desmayo, y con la anotación marginal de "Malas
Nuevas", les sugería la clara lectura de algún desastre militar. No les
costaba ver lo que quería comunicar y podían explicarlo a otros amigos de inteligencias
más obtusas.
Persistía el silencio. Por regla general, los disgustos de lady Anne se volvían
verbales y pronunciadamente desbocados tras cinco minutos de mutismo introductorio.
Egbert tomó la jarra de leche y vertió parte de su contenido en el platillo
de don Tarquinio. Como el platillo estaba lleno hasta el borde, el resultado
fue un feo derrame. Don Tarquinio lo miró con sorprendido interés, que se desvaneció
en una esmerada indiferencia cuando Egbert lo llamó a que lamiera algo del líquido
rebosado. Don Tarquinio estaba dispuesto a desempeñar muchos papeles en la vida,
pero el de aspiradora de alfombras no era uno de ellos.
-¿No crees que nos estamos comportando como un par de tontos? -dijo él de buen
humor.
Si lady Anne pensaba igual, no lo expresó.
-Supongo que yo en parte he tenido la culpa -prosiguió Egbert, mientras se
le iba evaporando el buen humor -. Mira, después de todo soy humano. Pareces
olvidar que soy un ser humano.
Insistía en ello como si corrieran rumores infundados de que tuviese contextura
de sátiro, con prolongaciones cabrunas donde la parte humana terminaba.
El pinzón volvió a entonar la melodía de Iphigénie en Tauride. Egbert se iba
sintiendo deprimido. Lady Anne no bebía su té. Tal vez se sentía indispuesta.
Pero cuando lady Anne se sentía indispuesta no solía ser reservada al respecto.
"Nadie sabe lo que me hace sufrir la mala digestión" era una de sus
afirmaciones favoritas. Ahora bien, esta ignorancia sólo podía deberse a oídos
defectuosos: la información disponible sobre el tema habría suministrado material
suficiente para una monografía.
Era evidente que lady Anne no se sentía indispuesta.
Egbert empezaba a creer que recibía un trato irracional; y, naturalmente, comenzó
a hacer concesiones.
-Tal vez -observó, centrándose en la alfombra hasta donde se dignó permitirle
don Tarquinio- toda la culpa ha sido mía. Estoy dispuesto a emprender una vida
mejor, si con eso las cosas recuperan las buenas perspectivas.
Se preguntó vagamente cómo podría lograrlo. Ya entrado en años, las tentaciones
le llegaban de modo vacilante y sin mucha insistencia, como un recadero de la
carnicería que pide un aguinaldo en febrero con la débil excusa de que olvidaron
dárselo en diciembre. No tenía más planes de sucumbir a ellas que de comprar
las boas de piel y los cubiertos de pescado que algunas damas se ven forzadas
a ofrecer con pérdida, mediante el expediente de las columnas de avisos, durante
el año entero. Con todo, había algo impresionante en aquella espontánea renuncia
a posibles monstruosidades soterradas.
Lady Anne no dio señas de estar impresionada.
Egbert la miró con inquietud a través de los espejuelos. Llevar la peor parte
en una discusión con ella no era nada nuevo. Llevar la peor parte en un monólogo
era una humillante novedad.
-Voy a cambiarme para la cena -anunció, con voz a la que pretendió dar una
sombra de dureza.
En la puerta, un ataque postrero de debilidad lo impulsó a hacer un nuevo intento.
-¿No estamos siendo muy absurdos?
"¡Qué idiota!" fue el comentario mental de don Tarquinio cuando la
puerta se cerró tras la retirada de Egbert; y luego alzó en el aire las aterciopeladas
zarpas delanteras y saltó ágilmente a una estantería que estaba justo bajo la
jaula del pinzón. Por vez primera parecía notar la existencia del pájaro, pero
en realidad llevaba a efecto un viejo plan de ataque, madurado hasta la precisión.
El ave, que se había creído una especie de déspota, se comprimió de súbito a
un tercio de su porte normal, y echó a batir las alas desesperadamente y a emitir
chirridos estridentes. Aunque había costado veintisiete chelines sin la jaula,
lady Anne no dio señal de intervenir.
Hacía dos horas que estaba muerta.