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La Mano Muerta
(The Dead Hand-1857)

Wilkie Collins y Charles Dickens


Cuando el presente siglo diecinueve era muchos años más joven de lo que es ahora, cierto amigo mío llamado Arthur Holliday llegó a la ciudad de Doncaster justo en plena semana de las carreras, o en otras palabras, a mediados de septiembre.

Era uno de estos jóvenes caballeros atolondrados, perdonavidas, afectuosos y parlanchines que poseen el don de la familiaridad en sumo grado, trepando por la vida descuidadamente, haciendo amigos por doquiera que vayan. Su padre era un rico fabricante y había comprado una propiedad en el Condado lo suficientemente grande como para causar la envidia de todos los caballeros bien nacidos del contorno. Arthur era su único hijo, futuro propietario de la finca y la gran empresa a la muerte de su padre; en vida de éste, no le faltaba dinero ni nadie le pedía cuentas.

Será rumor o difamación, como prefiráis, pero se decía que el anciano caballero fue bastante alocado en su juventud y que, a diferencia de muchos padres, no le parecía mal que su hijo siguiese el mismo camino. Puede ser cierto o no. Personalmente sólo conocí a Mr. Holliday entrado en años y por entonces era el más tranquilo y respetable caballero que jamás conociera.

Bien, como iba diciendo, un mes de setiembre el joven Arthur llega a Doncaster, habiendo decidido de repente, dado su carácter casquivano, ir a las carreras. Solo llegó a la ciudad hasta el atardecer y enseguida fue a procurarse cena y cama en el mejor hotel. Estaban dispuestos a darle cena, pero todos rieron en cuanto mencionó la cama. En Doncaster, en la semana de las carreras, los visitantes que no han reservado alojamiento suelen pasar la noche en sus carruajes a la puerta de la posada. Yo mismo he visto forasteros poco afortunados, durmiendo bajo los portales. Incluso siendo rico, las probabilidades de Arthur de encontrar alojamiento eran también dudosas (visto que no había escrito con antelación para reservarlo). Probó el segundo hotel, y el tercero, y después dos de las posadas, obteniendo siempre la misma respuesta. No quedaba un solo alojamiento para la noche. Todo el dinero de sus bolsillos no le procuraría una cama en Doncaster durante la semana de las carreras.

Para un joven del temperamento de Arthur, la novedad de ser echado a la calle como un vulgar vagabundo de cada casa donde pidió habitación, se presentaba como una experiencia nueva y divertida. Siguió cargado con su maleta, pidiendo una cama en todos los lugares posibles que pudo encontrar en Doncaster, hasta que se halló en las afueras de la ciudad.

Para entonces, el último resplandor del crepúsculo se había desvanecido, la luna asomaba empañada en niebla, el viento era frío, las nubes se amontonaban pesadamente y, ¡la perspectiva era que pronto iba a llover!

Ante el mal cariz de la noche se derrumbaron las buenas intenciones del joven Holliday. Empezó a contemplar su situación desde un punto de vista más serio que divertido, y buscó a su alrededor alguna otra posada, ansioso por su difícil alojamiento nocturno.

Los suburbios de la ciudad hacia donde se había desviado no estaban iluminados y no podía ver gran cosa de las casas por las que pasaba, excepto que cada vez eran más pequeñas y sucias cuanto más se alejaba. Al final de la ventilada calle por la que ahora transitaba, brillaba el torpe destello de una lámpara de aceite, la débil y solitaria luz luchando inútilmente con la neblinosa oscuridad de su entorno. Decidió llegar hasta la luz y entonces, si no había allí nada parecido a una posada, volver al centro de la ciudad e intentar asegurarse al menos una silla para pasar la noche en uno de los principales hoteles.

Cuando llegó cerca de la luz, oyó voces y acercándose vio que ésta iluminaba la entrada de un patio estrecho en cuya pared estaba pintada en un desteñido color carne una larga mano señalando con un flaco dedo índice esta inscripción:

LOS DOS PETIRROJOS

Sin dudarlo, Arthur entró en el patio para ver lo que Los dos petirrojos podían hacer por él. Cuatro o cinco hombres estaban de pie al lado de la puerta, al final del patio, de cara a la entrada de la calle. Los hombres escuchaban a otro individuo, mejor vestido que los demás, contando a su audiencia algo en voz baja que parecía interesarles mucho.

Al entrar en el patio, Arthur fue adelantado por un forastero con una mochila en la mano, que evidentemente dejaba la casa:

-No -dijo el hombre de la mochila, dándose la vuelta y dirigiéndose animadamente hacia un hombre gordo, calvo, de aspecto astuto, con un sucio delantal blanco, que le había seguido por el pasillo-, no, señor posadero, no me asusto fácilmente por fruslerías; pero no me importa confesar que no puedo soportar esto. Al oír estas palabras, el joven Holliday pensó que al forastero le habían pedido un precio exorbitante por una cama en Los dos petirrojos y que no quería o podía pagarlo. En cuanto se dio la vuelta, Arthur, muy seguro de sus bolsillos llenos, se dirigió apresuradamente, por miedo de que otro viajero sorprendido por la noche se le anticipase, al astuto posadero del sucio delantal y la cabeza pelada.

-Si tiene una cama para alquilar -le dijo-, y este caballero que se ha ido no le paga su precio, yo lo haré.

-¿Lo hará, señor? -preguntó el posadero de un modo meditabundo y dudoso.

-Dígame su precio -insistió el joven Holliday, pensando que la duda del posadero provenía de algún rústico recelo hacia él-. Dígame su precio y le daré el dinero en seguida, si quiere.

-¿Está dispuesto a darme cinco chelines? -preguntó el posadero, restregándose la papada y mirando pensativamente al cielo sobre su cabeza.

Arthur casi se le rio en la cara; pero pensando que era prudente controlarse, ofreció los cinco chelines con la mayor seriedad que le fue posible. El posadero tendió la mano, pero repentinamente la retiró.

-Usted actúa justamente -dijo-, y antes de tomar su dinero, haré lo mismo con usted. Mire, las cosas están así. Por cinco chelines puede tener una cama para usted solo, pero sólo puede tener la mitad de la habitación en donde se halla. ¿Entiende lo que quiero decir, joven?

-Naturalmente -contestó Arthur algo irritado-. ¿Quiere decir que es una habitación doble y que una de las camas ya está ocupada?

El posadero asintió con la cabeza y restregó de nuevo su papada más fuerte que antes. Arthur dudó y mecánicamente descendió uno o dos escalones hacia la puerta. La idea de dormir en una misma habitación con un perfecto desconocido, no le resultaba una perspectiva muy agradable.

Estuvo tentado de guardar los cinco chelines en el bolsillo y salir a la calle otra vez.

-¿Sí o no? -inquirió el posadero-. Decídase cuanto antes, porque hay mucha gente además de usted que quiere una cama esta noche en Doncaster.

Arthur miró hacia el patio, oyendo la fuerte lluvia repiquetear en la calle. Pensó que haría una o dos preguntas antes de decidir, imprudentemente, dejar Los dos petirrojos.

-¿Qué clase de hombre ocupa la otra cama? -preguntó-. ¿Es un caballero? Quiero decir... ¿es una persona tranquila y educada?

-El hombre más tranquilo que jamás me he cruzado -dijo el posadero, frotando furtivamente sus gordezuelas manos una sobre otra-. Tan sobrio como un juez y tan regular en sus costumbres como un reloj. No hace ni diez minutos que han sonado las nueve y ya está en cama. No sé si ésta es la idea que usted tiene de un hombre tranquilo, pero puedo decirle que lo es mucho más de la que yo tengo.

-¿Usted cree que duerme? -preguntó Arthur.

-Sé que duerme -contestó el posadero-, y lo que es más, se ha ido tan deprisa que le garantizo que no le despertará. Por aquí, señor -dijo el posadero hablando por encima del joven Holliday, como si se dirigiese a un nuevo huésped que se acercase a la casa.

-Aquí tiene -dijo Arthur, decidido a adelantarse al forastero, quien quiera que fuese-. Tomo la cama.

Le dio los cinco chelines al posadero, quien asintió con la cabeza, guardó cuidadosamente el dinero en el bolsillo de su chaleco y encendió una vela.

-Suba y vea la habitación -le dijo al nuevo huésped de Los dos petirrojos, señalándole el eamino hacia la escalera, bastante ágil, considerando lo gordo que estaba.

Subieron al segundo piso de la casa. El posadero entreabrió una puerta frente al rellano, entonces se detuvo y se giró hacia Arthur.

-Tenga en cuenta que es un trato tan justo por mi parte como por la suya -dijo-. Usted me da cinco chelines y yo a cambio le doy una cama limpia y cómoda; le garantizo, de antemano, que no será interrumpido o molestado por el hombre que duerme en su misma habitación.

Habiendo dicho estas palabras, miró fijamente por un momento a la cara del joven Holliday y entonces le hizo pasar a la habitación.

Era más grande y limpia de lo que Arthur esperaba. Las dos camas estaban paralelas, con una separación de unos dos metros entre las mismas. Eran de la misma medida y ambas tenían las mismas cortinas blancas, que se podían correr, si era necesario, a su alrededor.

La cama ocupada era la que estaba más cerca de la ventana. Las cortinas estaban corridas a su alrededor, excepto una parte en un extremo, en el lado de la cama más alejado de la ventana. Arthur vio los pies del hombre que dormía, levantando un pequeño y puntiagudo montón en las escasas ropas, como si estuviera echado sobre su espalda. Tomó la vela y avanzó suavemente para correr la cortina, se detuvo a medio camino y escuchó por un momento; luego se volvió hacia el posadero.

-Es un durmiente muy silencioso -dijo Arthur.

-Sí -dijo el posadero-, muy silencioso.

El joven Holliday avanzó con la vela en la mano y miró al hombre cautamente.

-¡Qué pálido está! -comentó.

-Sí -afirmó el posadero-, bastante pálido, ¿no?

Arthur miró al hombre más de cerca. Las sábanas estaban subidas hasta su barbilla y yacían perfectamente inmóviles sobre su pecho. Sorprendido y vagamente asustado al ver aquello, Arthur se inclinó más sobre el extraño, miró sus cenicientos labios partidos, escuchó reteniendo la respiración por un instante, miró otra vez la extraña cara inanimada, los inmóviles labios y el pecho. Se volvió hacia el posadero con sus propias mejillas tan pálidas por el momento como las hundidas mejillas del hombre de la cama.

-Venga aquí -susurró, sin aliento-. ¡Venga aquí, por Dios! Este hombre no duerme, está muerto.

-Lo ha averiguado antes de lo que esperaba -dijo el posadero, sosegadamente-. Sí, está muerto, seguro. Ha muerto hoy, a las cinco en punto.

-¿Cómo ha muerto? ¿Quién es? -preguntó Arthur, titubeando ante la audaz frialdad de la respuesta.

-En cuanto a quién es -continuó el posadero-, no sé de él más que usted. Aquí están sus libros, cartas y cosas, selladas en este sobre marrón para la encuesta del juez que se celebrará mañana o pasado. La semana que ha vivido aquí ha estado casi siempre dentro como si estuviera enfermo. Mi chica le subió el té hoy a las cinco y cuando lo estaba tomando cayó en un desmayo o ataque, o una mezcla de ambas cosas, por lo que sé. No pudimos reanimarle y el doctor dijo que estaba muerto. Y aquí está. La encuesta del juez se hará lo antes posible y esto es todo lo que sé.

Arthur mantuvo la vela cerca de los labios del hombre. La inmóvil llama ardía hacia arriba regularmente. Hubo un momento de silencio; la lluvia golpeaba monótonamente contra los vidrios de las ventanas.

-Si no tiene nada más que decirme -continuó el posadero-, supongo que me puedo ir. ¿No querrá sus cinco chelines de vuelta, verdad? Aquí está la cama que le prometí, limpia y cómoda. Aquí está el hombre que le garanticé que no le molestaría, silencioso para siempre en este mundo. Si tiene miedo de quedarse solo con él no es asunto mío. He mantenido mi parte del trato y pienso guardar el dinero. Yo no soy de Yorkshire, joven caballero, pero he vivido lo bastante en estos lugares para agudizar mi ingenio y me pregunto si la próxima vez que venga aquí encontrará el modo de avivar el suyo. Con estas palabras el posadero se volvió hacia la puerta, riendo para sí suavemente, muy satisfecho de su propia malicia.

Para entonces, Arthur, asustado y sobresaltado como estaba, se iba recobrando para sentirse indignado por el engaño de que había sido objeto y también por la insolente manera con que el posadero exteriorizaba su regocijo por ello.

-No se ría -le dijo, cortante-, hasta que sepa que puede reírse de mí. No tendrá los cinco chelines por nada. Me quedo la cama.

-¿Lo hará? -dijo el posadero-. Entonces le deseo un buen descanso. Con esta breve despedida salió y cerró la puerta tras sí.

¡Un buen descanso! Apenas dichas estas palabras, en cuanto se cerró la puerta, Arthur se arrepintió de las palabras que se le acababan de escapar. Aunque no fuese muy sensible ni le faltase el coraje moral y psíquico, la presencia del muerto produjo instantáneamente un escalofriante efecto en su mente en cuanto se quedó solo en la habitación. Estaba obligado, por sus precipitadas palabras, a permanecer allí hasta la mañana siguiente.

A un hombre más viejo no le hubiesen importado nada las palabras, y hubiese actuado sin referirse a ellas, con sentido común. Pero Arthur era demasiado joven para rechazar el ridículo ante sus inferiores, demasiado joven para pasar por ver humillada su propia jactancia, así que no podía negarse a la prueba: tenía que pasar la noche en el mismo cuarto que el muerto.

«Sólo son unas pocas horas -pensó para sí-, me puedo ir en seguida por la mañana.»

Mientras este pensamiento cruzaba su mente estaba mirando la cama ocupada, y el bulto de los pies llamó su atención. Se adelantó y corrió las cortinas, absteniéndose al hacerlo de mirar la cara del muerto, intentando no grabar una impresión funesta en su mente. Corrió las cortinas con suavidad y suspiró involuntariamente al hacerlo.

«Pobre hombre -pensó, casi tan tristemente como si lo hubiese conocido-. ¡Ah! pobre hombre.»

Fue hacia la ventana. La noche era oscura y no se veía nada. La lluvia continuaba golpeteando fuertemente los cristales. Dedujo al oírlo que la ventana daba a la parte trasera de la casa ya que delante quedaba resguardada por el patio y los edificios superiores.

Siguió de pie ante la ventana, escuchando con alivio el ruido monótono de la lluvia, que era algo vivo que le acompañaba. Mientras seguía allí oyó sonar las campanas de una iglesia lejana: eran las diez.

¡Sólo las diez! ¿Cómo iba a pasar las horas hasta que la casa despertase por la mañana?

En otras circunstancias habría bajado al bar, pedido una bebida, charlando y riendo con la gente allí reunida, tan familiarmente como si se conocieran de toda la vida. Pero detestaba la sola idea de pasar el rato de este modo. La situación en que se había colocado le estaba alterando profundamente. Hasta ahora su vida había sido la de un joven frívolo y despreocupado, sin problemas ni pruebas que afrontar. No había perdido a nadie que amase o amigo que apreciase. Hasta esta noche, ni siquiera en pensamiento, se había topado con la muerte.

Dio varias vueltas por la habitación y se detuvo. En sus oídos resonó el ruido que hacían sus botas en el suelo pobremente alfombrado. Dudó un poco y acabó por quitárselas y caminar hacia un lado y otro silenciosamente.

Había abandonado ya todo deseo de dormir o descansar. La idea de echarse en la cama desocupada le hizo imaginarse una espantosa mímica de la postura del muerto. ¿Quién era? ¿Cuál era su pasado? Debía de haber sido pobre o no hubiese pasado por un lugar como Los dos petirrojos; probablemente estuviese debilitado por una larga enfermedad o no hubiese muerto como describió el posadero. Pobre, enfermo, solitario, muerto en un lugar extraño, muerto, tan sólo con un forastero para apiadarse de él. Una triste historia; verdaderamente, mirándolo bien, una historia muy triste.

Mientras estas ideas pasaban por su cabeza, se había detenido al lado de la ventana que estaba cerca de la cama con las cortinas corridas.

Primero miró como ausente; después se dio cuenta de que sus ojos estaban fijos en la cama; entonces le poseyó un perverso deseo de hacer lo que hasta ahora había evitado: mirar al muerto.

Tendió sus manos hacia las cortinas, pero dándose cuenta giró rápidamente y anduvo hacia la chimenea, para ver lo que había sobre la repisa e intentar de este modo dejar de obsesionarse por el muerto.

Encima de la chimenea había un tintero con un poco de tinta en ei recipiente, dos toscas porcelanas de lo más vulgares, una sucia tarjeta, repujada con una serie de acertijos impresos en todas direcciones y en varios colores. Tomó la tarjeta y fue a leerla en la mesa donde estaba la vela, sentándose resueltamente de espaldas a la cama tapada.

Empezó a leer el primer acertijo, el segundo, el tercero, siguiendo la primera esquina; le dio la vuelta con impaciencia para mirar la otra cara. Antes de empezar a leerla el sonido de la campana de la iglesia le interrumpió.

Las once.

Había pasado una hora en la habitación del muerto.

Miró de nuevo la tarjeta. Era difícil ver las letras a causa de la poca luz que le había dejado el posadero -una vela de sebo- con un par de anticuadas pantallas de acero. Hasta ahora su mente había estado demasiado ocupada para pensar en ello.

Había dejado la mecha de la vela hasta que había pasado la llama y ardía con una extraña forma de tejadillo, en el tope del cual iban cayendo pedacitos de algodón carbonizados en pequeños copos. Arregló la mecha, la luz brilló directamente y la habitación resultó menos oscura.

De nuevo volvió a los acertijos, leyéndolos terca y resueltamente, ahora en una esquina, ahora en otra. A pesar de todos sus esfuerzos no podía fijar su atención. Siguió mecánicamente en su ocupación sin entender lo que leía. Era como si una sombra de la cama se interpusiese entre su mente y las alegres letras, una sombra que nada podía disipar. Al fin abandonó el esfuerzo, tiró la tarjeta con impaciencia y volvió a su paseo suave por la habitación.

¡El muerto, el muerto, el muerto oculto en la cama!

De nuevo la persistente idea obsesionándole.

¡Oculto! ¿Era sólo el cuerpo que yacía allí o era que aquel cuerpo estaba oculto, lo que le preocupaba? Se detuvo ante la ventana, oyendo de nuevo el golpeteo de la lluvia, atisbando hacia la negra oscuridad.

¡Todavía el muerto!

La oscuridad le obligó a volver en sí e hizo trabajar su memoria, reviviendo con una vívida y penosa claridad la impresión que tuvo cuando vio el cuerpo por primera vez. De pronto, le pareció que aquella cara se levantaba en medio de la oscuridad, encarándosele a través de la ventana, con su pálida blancura, la terrible y sombría línea de luz entre los imperfectamente cerrados párpados, más abiertos que antes, los labios separándose más y más, las facciones creciendo y moviéndose, hasta que parecieron llenar la ventana y acallar la lluvia y apagar la noche.

El sonido de una voz gritando desde el inicio de la escalera le sustrajo repentinamente del sueño de su perturbada fantasía.

Reconoció la voz del posadero.

-Cierra a las doce, Ben -le oyó decir-; me voy a dormir.

Enjugó el sudor de su frente, razonó consigo mismo por un rato y resolvió librar su mente de la horrible fealdad que aún persistía, obligándose a afrontar, aunque sólo fuese por un momento, la solemne realidad. Sin permitirse un momento de duda, separó las cortinas a los pies de la cama y miró.

Allí estaba, apoyada en la almohada, la cara blanca, triste, tranquila, con su terrible misterio de quietud. ¡Ningún movimiento, ningún cambio! Lo miró un instante antes de correr las cortinas de nuevo, pero este momento le calmó, le devolvió en mente y cuerpo a sí mismo. Volvió a su anterior ocupación de andar arriba y abajo de la habitación, perseverando esta vez, hasta que el reloj sonó de nuevo.

Las doce.

Mientras se apagaba el eco de las campanadas, le siguió abajo el confuso ruido de los bebedores que se marchaban. El próximo ruido después de un corto silencio, fue el de los cerrojos al cerrar la puerta y el de los postigos detrás de la posada. Luego siguió el silencio y ya no fue turbado por nada.

Ahora estaba solo, absoluta, desesperadamente solo con el hombre muerto, hasta la próxima mañana.

Tenía que arreglar la mecha de nuevo. Iba a hacerlo, pero de repente miró con atención a la vela, luego detrás, sobre su hombro, a la cama tapada, y de nuevo la vela. La habían cambiado por primera vez para mostrarle el camino por la escalera y casi la tercera parte se había consumido. Pasada otra hora se quedaría a oscuras, a menos que llamase en seguida al hombre que había cerrado la posada, para pedirle una vela nueva.

Su mente se había visto muy afectada desde que entró en la habitación y su absurdo miedo de quedar en ridículo y que se pusiese en duda su coraje seguía influyéndole.

Se demoró, indeciso, alrededor de la mesa, esperando hasta convencerse para abrir la puerta y llamar desde el rellano al hombre que había cerrado la posada. En su actual estado de ánimo, tan dubitativo, era una especie de descanso ganar unos pocos instantes ocupándose en la fútil ocupación de reanimar la llama. Su mano temblaba un poco cuando aprctó la mecha, que cerró un poco demasiado abajo. En un instante la vela se apagó y la habitación quedó sumida en una total oscuridad.

La impresión que la ausencia de luz produjo instantáneamente en su mente fue de angustia por la cama tapada, angustia que no tenía una forma precisa, pero que era lo bastante fuerte, en su vaguedad, para dejarlo pegado a la silla, hacer latir más rápido su corazón y dejarlo escuchando intensamente.

Ningún sonido en la habitación, sino el ruido de la lluvia contra la ventana, más alto y violento ahora. Todavía la vaga angustia, el inexplicable miedo lo poseía y mantenía en la silla. Puso la maleta encima de la mesa, sacó la llave de un bolsillo, la abrió y buscó su caja-escritorio donde sabía que había una caja de cerillas. Cuando tuvo una cerilla entre sus dedos esperó antes de frotarla en la tosca mesa de madera, escuchando intensamente de nuevo, sin saber por qué. Seguía sin haber otro ruido en la habitación que el persistente e incesante repiqueteo de la lluvia.

Encendió la vela de nuevo sin más demora y en el instante de encenderla, el primer objeto que vio en la habitación fue la cama tapada.

Justo antes de que se acabara la luz había mirado en aquella dirección y no había observado ningún cambio, ningún desarreglo en los pliegues de las cortinas ajustadamente corridas.

Cuando ahora miró hacia la cama, vio colgando por un lado de ésta una mano larga y blanca.

Yacía perfectamente inmóvil a mitad de aquel lado de la cama, donde se unían la cortina de la cabecera y la de los pies. No se veía nada más. Las colgantes cortinas ocultaban todo menos la larga mano blanca.

Se la quedó mirando, incapaz de moverse, incapaz de llamar, no sintiendo nada, no sabiendo nada, todas sus facultades sumándose y perdiéndose, excepto la vista.

Nunca pudo explicar por cuanto tiempo mantuvo este primer pánico. Pudo haber sido un instante. Pudieron ser muchos minutos. Cómo llegó a la cama, si fue corriendo o lentamente, cómo consiguió descorrer las cortinas y mirar dentro, nunca lo ha recordado ni lo recordará mientras viva.

Bástenos saber que sí llegó hasta la cama y miró detrás de las cortinas.

El hombre se había movido.

Uno de sus brazos estaba fuera de las sábanas; su cara había girado un poco en la almohada; sus párpados estaban muy abiertos. Sin embargo, a pesar del cambio de posición y expresión, la cara seguía perfectamente inmutable. La palidez y quietud de la muerte aparecían en su inmovilidad.

Una mirada mostró esto a Arthur, una mirada antes de que volase sin resuello hacia la puerta y alarmase a toda la casa.

El hombre a quien el posadero llamara Ben fue el primero en aparecer por la escalera. En tres palabras, Arthur le contó lo que ocurría y le mandó a buscar al médico más próximo.

Yo, que os cuento esta historia, estaba por entonces en casa de un amigo médico, ejerciendo en Doncaster y cuidando de sus pacientes durante su visita a Londres; y yo, por aquel tiempo, era el médico más próximo a la posada. Me mandaron a llamar cuando el forastero se puso enfermo por la tarde, pero no estaba en casa y buscaron en otro sitio. Cuando el hombre de Los dos petirrojos llamó al timbre, de noche, estaba pensando en acostarme.

Naturalmente, no creí una palabra de la historia acerca «del hombre muerto que ha vuelto a la vida de nuevo». Sin embargo, me calé el sombrero, cogí uno o dos frascos de medicina estimulante y corrí hacia la posada, no esperando encontrar nada más extraordinario que un paciente con un ataque.

Mi sorpresa al averiguar que el hombre me había contado la verdad, fue tal, si no igual, que mi sorpresa al encontrarme cara a cara con Arthur Holliday tan pronto como entré en el dormitorio. No había tiempo entonces para dar o pedir explicaciones. Nos estrechamos la mano asombrados, y ordené que todos, menos Arthur, salieran de la habitación y me precipité hacia la cama.

El fuego de la cocina aún no se había apagado. Había mucha agua caliente y franela. Con esto, mis medicinas y toda la ayuda que Arthur pudo darme bajo mi dirección, arranqué al hombre literalmente de las puertas de la muerte. En menos de una hora desde mi llegada, estaba vivo y hablando en la cama donde había yacido esperando la encuesta del juez.

Naturalmente, me preguntaron qué le había pasado, y podría deleitarles, en respuesta, con largas teorías, llenas de lo que los niños llaman palabras difíciles. Prefiero contar, sin embargo, que en este caso causa y efecto no podían juntarse satisfactoriamente en una teoría.

Hay misterios de la vida humana y sus condiciones de los que la ciencia no ha comprendido aún nada; les confieso cándidamente que al devolver a aquel hombre a la existencia estaba, moralmente hablando, dando palos de ciego en la oscuridad. Sé (por el testimonio del médico que le atendió por la tarde) que la maquinaria vital, hasta donde pueden apreciar nuestros sentidos, se había, en este caso, parado indudablemente; también estoy seguro (ya que lo recobró) que el principio vital no se había extinguido. Cuando añado que había sufrido una larga y complicada enfermedad y que todo su sistema nervioso estaba completamente trastornado, os he contado todo lo que realmente sé de la condición física de mi paciente muerto-vivo en Los dos petirrojos.

Cuando «volvió en sí», como se dice, era algo sorprendente de mirar, con su cara descolorida, sus hundidas mejillas, sus extraviados ojos negros y su largo cabello negro. La primera pregunta que me hizo sobre su persona, cuando pudo hablar, me hizo sospechar que me hallaba ante un hombre de mi profesión. Le mencioné esta conjetura y me confirmó que estaba en lo cierto.

Dijo que venía de París, donde trabajó en un hospital; que recientemente había regresado a Inglaterra, para dirigirse a Edimburgo para continuar sus estudios; que se había puesto enfermo durante el viaje y que se había detenido en Doncaster para descansar y recuperarse. No añadió una palabra ni siquiera sobre su nombre, y naturalmente, no le pregunté nada al respecto. Sólo le pregunté, cuando dejó de hablar, qué especialidad pensaba cursar.

-Cualquiera -dijo amargamente- que dé de comer a un pobre.

Ante esto, Arthur, que hasta ahora lo observaba en silenciosa curiosidad, prorrumpió impetuosamente en su usual modo humorístico: -Mi querido muchacho (todo el mundo era «mi querido muchacho» para Arthur), ahora que ha vuelto a la vida, no empiece siendo pesimista en sus proyectos. Le diré que puedo ayudarle y si yo no puedo, sé que mi padre puede.

El estudiante de medicina lo miró fijamente.

-Gracias -dijo con frialdad-. ¿Puedo preguntarle quién es su padre? -añadió.

-Es bien conocido en esta parte del país -contestó Arthur-. Es un importante fabricante y su nombre es Holliday.

Mi mano estaba sobre la muñeca del hombre durante esta breve conversación. -En el momento en que fue pronunciado el nombre de Holliday, sentí acelerarse el pulso bajo mis dedos, detenerse, seguir de golpe y latir luego por un instante o dos, con febrilidad.

¿Cómo ha venido usted aquí? -preguntó el forastero, rápido, excitado, casi apasionadamente.

Arthur le explicó brevemente lo sucedido desde que alquilara la cama en la posada.

-Estoy en deuda entonces con el hijo de Mr. Holliday, por la ayuda que me ha salvado la vida -dijo el estudiante de medicina, hablando consigo mismo, con un raro sarcasmo en su voz-. Venga aquí.

Mientras hablaba, tendió su larga, blanca y huesuda mano derecha.

-Con todo mi corazón -dijo Arthur, estrechando la mano cordialmente-. Puedo confesarlo ahora -continuó, riendo-, sobre mi honor, casi pierdo el juicio del miedo.

El forastero no parecía escuchar. Sus fieros ojos negros miraban fijamente la cara de Arthur y sus largos dedos huesudos aferraban su mano. El joven Holliday, por su parte, devolvió la mirada, asombrado y perplejo por el raro lenguaje y modos del estudiante de medicina. Las dos caras estaban juntas; miré a ambos y para mi sorpresa quedé impresionado por el parecido entre ellos, no en las facciones o complexión, sino en la expresión. Debió de ser un fuerte parecido o yo no lo hubiese notado, ya que soy muy lento para darme cuenta de los parecidos.

-Me ha salvado la vida -dijo el forastero, sin dejar de mirar fijamente a la cara de Arthur, apretando aún su mano-. Si hubiese sido mi propio hermano, no habría hecho más.

Puso un gran énfasis en estas tres palabras: «mi propio hermano» y su cara cambió de aspecto cuando lo dijo; un cambio que no podría describir.

-Espero que aún podré ayudarle -dijo Arthur-. Hablaré con mi padre en cuanto llegue a casa.

-Parece estar orgulloso de su padre y quererlo mucho -dijo el estudiante de medicina-. ¿Supongo que él también está orgulloso de usted?

-Naturalmente que lo está -contestó Arthur riendo-. ¿Hay algo maravilloso en ello? ¿No está su padre orgulloso...?

Repentinamente, el forastero soltó la mano de Holliday y volvió la cara.

-Perdone -dijo Arthur-. Espero no haberle herido involuntariamente: ¿No habrá perdido a su padre?

-No puedo perder lo que nunca he tenido -respondió el estudiante con una risa sarcástica.

-¡Lo que nunca ha tenido!

El forastero repentinamente tomó la mano de Arthur y le miró de nuevo a la cara fijamente.

-Sí -dijo, repitiendo la risa amarga-. Ha traído de nuevo al mundo a un pobre diablo que nada tiene que hacer en él. ¿Le sorprende? Tengo el gusto de contarle lo que generalmente otros en mi situación guardan en secreto. No tengo nombre ni padre. ¡La caritativa ley de la sociedad me dice que soy el hijo de nadie! Pregúntele a su padre si también será el mío, y ayúdeme a encontrar un camino en esta vida mía sin apellido.

Arthur me miró más perplejo que nunca.

Le indiqué con una seña que no comentase nada al respecto y de nuevo puse mis dedos en su muñeca. No. A pesar de la extraordinaria confesión que acababa de hacer no estaba, como yo suponía, empeorando. Su pulso era ahora regular y su piel húmeda y fresca. No había ningún síntoma de fiebre.

En vista de que ninguno de nosotros le contestaba, se volvió hacia mí y empezó a comentar la extraña naturaleza de su caso, pidiéndome consejo sobre el tratamiento médico que debía seguir. Le dije que debía considerar cuidadosamente su enfermedad y que más tarde le mandaría una receta. Me pidió que lo hiciese en seguida, ya que seguramente dejaría Doncaster pronto por la mañana antes de que yo despertase. Era inútil explicarle lo absurdo y loco de tal modo de actuar. Me escuchó educada y pacientemente pero se mantuvo firme, sin dar ninguna razón o explicación, y me repitió que si quería darle la oportunidad de ver mi receta, debería hacerla en seguida.

Oyendo esto, Arthur ofreció prestarnos su escribanía portátil que llevaba consigo y trayéndola a la cama sacó el papel de la caja en su modo descuidado. Con el papel cayeron sobre la cama un paquete de sellos y una pequeña acuarela de un paisaje.

El estudiante de medicina tomó el dibujo y lo miró. Sus ojos se fijaron en las iniciales claramente cifradas en una esquina. Se sobresaltó y tembló; su pálida cara se puso aún más blanca; volvió sus fieros ojos hacia Arthur y lo atravesaron.

-Un bonito dibujo -dijo en un raro y tranquilo tono de voz.

-¡Ah, y hecho por una chica muy guapa! -dijo Arthur-. ¡Oh, una chica muy guapa! Me gustaría que no fuese un paisaje, sino un retrato suyo.

-¿La admira mucho?

Arthur, medio en broma, medio en serio, se besó la mano como respuesta.

-Amor a primera vista -dijo el joven Holliday, guardando el dibujo-. Pero el asunto no marcha bien. Es la historia de siempre. Está monopolizada, como de costumbre; ligada por un precipitado compromiso con un hombre pobre que nunca parece conseguir el dinero suficiente para casarse con ella. Tuve suerte de saberlo a tiempo, o seguramente hubiese arriesgado una declaración cuando me dio este dibujo. Tenga, doctor, pluma, tinta y papel, listos para usted.

-¿Cuándo le dio este dibujo? ¿Se lo dio? ¿Se lo dio?

Repitió estas palabras despacio para sí y de pronto cerró los ojos. Una súbita mueca pasó por su cara y vi una de sus manos agarrar las sábanas y estrujarlas con fuerza. Pensé que volvería a enfermar y pedí que no hubiese más charla. Abrió los ojos cuando hablé, los fijó interrogadoramente de nuevo sobre Arthur y dijo clara y distintamente:

-Usted la quiere y ella le quiere; el pobre hombre puede apartarse de su camino. ¿Puede decir que, pensándolo bien, no le dará su persona como le ha dado el dibujo?

Antes de que el joven Holliday pudiese contestar, se volvió hacia mí y dijo en un susurro:

-Respecto a la receta... A partir de entonces, aunque habló con Arthur, no volvió a mirarle.

Cuando hube escrito la receta, la miró y aprobó, sorprendiéndonos a ambos con un «Buenas noches» brusco. Me ofrecí para quedarme, pero negó con la cabeza. Arthur ofreció también quedarse y con su cara vuelta, dijo:

-No.

Comprendiendo que yo no cedería, aceptó que se quedase el camarero de la posada.

-Gracias a los dos -dijo, cuando nos pusimos de pie para irnos-. Tengo que pedirles un último favor, no a usted, doctor, porque confío en su discreción profesional, sino a Mr. Holliday.

Cuando habló, sus ojos aún estaban fijos en mí y nunca más se volvió hacia Arthur.

-Suplico a Mr. Holliday que no mencione a nadie, y menos aún a su padre, los sucesos ocurridos y las palabras dichas en esta habitación. Le ruego que me entierre en su memoria como si para él estuviese enterrado en la tumba. No puedo darle mis razones para pedirle algo tan extraño. Sólo puedo implorarle que lo cumpla.

Su voz falló por primera vez y escondió la cara en la almohada. Arthur, completamente confundido, le dio su palabra. Inmediatamente después me llevé al joven Holliday a casa de mi amigo, pensando regresar a la posada y ver de nuevo al estudiante antes de que partiese.

Volví a la posada a las ocho en punto, absteniéndome a propósito de despertar a Arthur, que descansaba de la excitación de la pasada noche en uno de los sofás del salón de la casa de mi amigo. En cuanto estuve solo en mi dormitorio, tuve una sospecha, lo que me hizo decidir a que Arthur y el joven estudiante a quien había salvado la vida no se viesen nunca más, si yo podía evitarlo.

Ya he contado ciertas habladurías escandalosas que sabía respecto a la juventud del padre de Arthur. Cuando, en mi cama, pensaba en lo ocurrido en la posada: el cambio en el pulso del estudiante cuando se mencionó el nombre de Holliday; el parecido que había notado entre la expresión de su cara y la de Arthur; el énfasis que puso en las tres palabras «mi propio hermano»; su incomprensible aceptación de su propia ilegitimidad; mientras pensaba en estas cosas, las informaciones antes mencionadas irrumpieron de pronto en mi mente y se enlazaron como una cadena en mis anteriores reflexiones. Algo me susurró: «Mejor será que estos dos jóvenes no vuelvan a verse». Lo sentía antes de dormirme; lo sentí cuando desperté; y como os he dicho, fui solo a la posada a la mañana siguiente.

Perdí mi última oportunidad de ver de nuevo a mi paciente sin nombre. Hacía una hora que se había marchado cuando pregunté por él.

Ya os he dicho todo lo que sé sobre el hombre a quien devolví la vida en la habitación doble de la posada de Doncaster. Lo que voy a añadir son meras deducciones y conjeturas; hablando claro, no son hechos concretos.

Primero os diré que el estudiante de medicina estuvo increíblemente en lo cierto adivinando que era muy probable que Arthur se casara con la joven que le diera la acuarela del paisaje. La boda tuvo lugar un año después de los acontecimientos que acabo de relatar.

La joven pareja vino a vivir en el vecindario donde yo estaba establecido. Estuve presente en la boda y quedé muy sorprendido de que Arthur, ni antes ni después de la boda, quisiera hablarme del anterior compromiso de su novia.

Sólo se refirió a ello una vez en que estábamos a solas, contándome en aquella ocasión que su esposa había hecho todo a lo que el honor y el deber la obligaba, y que el compromiso se rompió con la entera aprobación de sus padres. Nunca supe nada más sobre esto. El nuevo matrimonio Holliday vivió feliz durante tres años. Al cabo de este tiempo se declararon síntomas de una seria enfermedad en Mrs. Holliday.

Resultó ser una larga y lenta enfermedad sin esperanza. Yo la atendí siempre. Habíamos sido grandes amigos cuando no estaba enferma y lo fuimos más estrechamente en su dolencia. Mantuvimos largas e interesantes conversaciones durante los períodos en que parecía recuperarse. Puedo contaros brevemente el contenido de una de estas conversaciones, dejándoos deducir lo que os plazca.

La entrevista a que me refiero ocurrió poco antes de su muerte.

Llamé como de costumbre, la encontré sola y comprendí al ver sus ojos que había estado llorando. Al principio sólo me contó que estaba moralmente deprimida, pero poco a poco se volvió más comunicativa y me contó que había estado releyendo unas cartas antiguas, dirigidas a ella antes de que conociera a Arthur, por el hombre con quien había estado comprometida en matrimonio. Le pregunté cómo se había roto el compromiso. Me contestó que no se había roto, sino muerto de un modo misterioso. La persona con quien estaba comprometida -su primer amor-, era muy pobre y no había posibilidades inmediatas de casarse. Tenía mi misma profesión y había marchado al extranjero para ampliar sus estudios.

Habían mantenido una correspondencia regular hasta que, como creía, había regresado a Inglaterra.

Desde aquel momento no supo nada más de él. Tenía un temperamento sensible y susceptible y ella temía haber hecho o dicho algo inadvertidamente que le hubiese podido ofender.

De cualquier modo, no le escribió más y después de esperar un año, se casó con Arthur.

Le pregunté cuándo había sucedido aquello y averigüé que las cartas habían cesado exactamente por las mismas fechas en que fui llamado para atender al misterioso paciente de la posada Los dos petirrojos.

Quince días después de esta conversación, ella murió. Al correr del tiempo Arthur se casó de nuevo. En los últimos años ha residido casi siempre en Londres y le he visto raramente.

Tengo que pasar sobre algunos años antes de llegar a una conclusión acerca de esta interrumpida narración. Y aún al llegar al final, lo que tengo que deciros llamará vuestra atención unos breves minutos.

Una lluviosa tarde de otoño, cuando todavía practicaba la medicina en el medio rural, estaba sentado, solo, pensando en un caso a mi cuidado que me tenía perplejo, cuando llamaron a la puerta de mi habitación.

-Entre -grité, mirando con curiosidad para ver quién me buscaba. Después de un breve instante se movió el picaporte y apareció una mano larga, blanca y huesuda, empujando lentamente la puerta sobre una arruga de la alfombra que no permitía abrirla libremente.

Detrás de la mano apareció un hombre cuya cara me causó inmediatamente una extraña sensación. Había algo familiar en su aspecto y también algo que sugería un cambio.

Se presentó tranquilamente como Mr. Lorn; traía unas excelentes referencias profesionales y me propuso ocupar el por entonces vacante puesto de asistente mío. Mientras hablaba me di cuenta de que no lo hacíamos como desconocidos y que aunque yo parecía asombrado de verle, él no lo estaba en absoluto.

Tuve en la punta de la lengua decirle que me parecía que ya nos habíamos conocido antes. Pero algo en su cara y algo en mi propia impresión -no puedo decir qué- me impidió decírselo, y sintiéndome atraído hacia él, lo acepté sin dudarlo para el puesto.

Aceptó la propuesta y se quedó aquel mismo día. Desde el principio nos llevamos como viejos amigos, pero, durante todo el tiempo que estuvo en mi casa nunca me hizo una confidencia sobre su pasado y no me acerqué nunca al tópico prohibido más que por insinuaciones que resueltamente no quiso entender.

Creo desde hace tiempo que mi paciente de la posada pudiera ser un hijo ilegítimo del viejo Mr. Holliday y que también pudiera ser el hombre comprometido con la primera esposa de Arthur. Y ahora se me ocurre otra idea: que Mr. Lorn es la única persona en este mundo que podría aclararme ambas dudas.

Se quedó conmigo hasta que me trasladé a Londres a probar fortuna allí por segunda vez, y entonces él siguió su camino y yo el mío, y no nos hemos vuelto a ver.

Ya nada puedo añadir. Puedo estar en lo cierto en mis conjeturas o tal vez estar equivocado. Todo lo que sé es que cuando llegaba tarde por las noches, en aquellos días en el campo, y encontraba a mi ayudante dormido y lo despertaba, me solía mirar como el forastero de Doncaster lo hizo cuando se levantó de la cama aquella noche memorable.

 

 


Frases Remarcables

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Las Frases de Sherlock Holmes

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