El Cuarto en la Torre
(The Room in the Tower-1912)
E. F. Benson
Traducción de Darío Lavia
Es probable que todo aquel que fuera sobre todo un constante soñador,
haya tenido al menos una experiencia de un evento o una secuencia de circunstancias
que, luego de haber sido visionada en el sueño, se convirtiera en realidad
en el mundo material. Pero, en mi opinión, no sería esto tan raro;
más extraño sería si el cumplimiento no ocurriera inmediatamente,
ya que nuestros sueños son, como regla, concernientes con gente que conocemos
y lugares que nos son familiares, tales como los que estamos durante la vigilia.
En verdad, estos sueños son casi siempre interrumpidos por algún
incidente absurdo y fantástico, que los pone en una tapete de espera
para su subsiguiente cumplimiento, pero en el mero cálculo de chances,
parecería improbable que al menos un sueño imaginado por alguien
que constantemente sueña, de manera ocasional se hiciese realidad.
No hace mucho, sin embargo, experimenté el cumplimiento de un sueño
que me pareció nada remarcable y no tener significancia psíquica
alguna. Esta es la historia.
Un cierto amigo mío, que vive en el extranjero, es tan afecto que me
escribe casi cada quincena. Así, que cuando han pasado catorce o quince
días desde la última vez que tuve noticias de él, mi mente,
probablemente, tanto conciente como inconcientemente, está expectante
de una carta de él. Una noche, durante la semana pasada, soñé
que subía para vestirme para la cena y escuchaba, o creí escuchar,
el golpe del cartero en la puerta de calle. Así que en vez de subir,
bajé y me encontré con, entre la correspondencia, una de sus cartas.
Aquí es donde lo fantástico entra a jugar, ya que al abrir su
carta, encontré dentro el as de diamantes, y escrito con su letra característica:
"Te lo envío para que lo custodies, ya que como tu sabes, corro un gran
riesgo si guardo ases en Italia." A la noche siguiente, me estaba preparando
para ir arriba y cambiarme, cuando escuché el típico golpe del
cartero, e hice precisamente lo que en mi sueño. Por supuesto, entre
otras cartas, estaba la de mi amigo. Solamente que la suya no contenía
el as de diamantes. No tengo duda alguna sobre que yo esperaba, conciente o
inconcientemente una carta de él, y esto me fue sugerido a través
del sueño. Lo mismo que el hecho que mi amigo no hubiera escrito por
espacio de dos semanas, me sugestionó a esperar su misiva. Pero no siempre
es tan sencillo encontrar una explicación, y la siguiente historia no
parece tener explicación posible. Me vino desde la oscuridad, y hacia
la oscuridad se ha ido de vuelta.
Toda mi vida he sido habitualmente un soñador: pocas fueron las noches,
debo decir, que no propiciaron a la mañana siguiente haberme despertado
con el recuerdo de alguna experiencia mental. Algunas veces, durante toda la
noche, en apariencia, vivía una serie de apasionantes aventuras. Casi
sin excepción, estas aventuras fueron placenteras, y a menudo meras trivialidades.
La única excepción es el hecho que voy a narrar.
Fue cuando tenía unos dieciseis años que comencé a tener
cierto sueño. Comenzaba conmigo sentado a la puerta de una gran casa
de ladrillos rojos, donde sabía que tenía que estar. El sirviente
que me abrió la puerta, me dijo que el té sería servido
en el jardín y me llevó a través de un vestíbulo
de paneles oscuros, con una gran chimenea sobre un alegre césped en todo
el alrededor. Había un pequeño grupo de personas en torno a la
mesa del té; pero todos me eran por completo extraños, a excepción
de uno, que era un ex compañero del colegio, llamado Jack Stone, que
me pareció era el chico de la casa, y él me presentaba a sus madre
y padre y a un par de hermanas. Recuerdo que yo estaba algo así como
sorprendido por encontrarme en ese lugar, ya que al muchacho en cuestión
apenas lo conocía, y me era desagradable; era más, él había
abandonado la escuela hacia cosa de un año. Hacía bastante calor,
y reinaba una intolerable opresión en el lugar. A un lateral del jardín
había una pared de ladrillos rojos, con una puerta de hierro en su centro,
fuera se veía un nogal. Nos sentamos a la sombra de la casa, frente a
una hilera de largas ventanas, dentro de las que pude ver una mesa con un mantel,
llena de objetos de plata y de cristal. Este jardín frente a la casa
era muy largo, y al final del mismo se erguía una torre que tenía
tres pisos, que me pareció mucho más antigua que la casa.
Mrs. Stone, que, como el resto de los concurrentes, estaba sentada en absoluto
silencio, me dijo: "Jack te mostrará tu cuarto: yo te di el cuarto en
la torre."
Inexplicablemente, con sus palabras, el alma se me fue al piso. Me sentí
si ya hubiera conocido el cuarto en la torre, y como que allí había
algo espantoso. Jack se paró instantáneamente, y yo comprendí
que tenía que seguirlo. En silencio pasamos a través del vestíbulo,
y subimos una gran escalera de roble, con muchas esquinas, llegando por fin
a un pequeño pasillo con dos puertas. Él abrió una de las
puertas para mí, y yo entré, luego de lo cuál, él
la cerró. Fue entonces que me di cuenta que la anterior conjetura estaba
correcta: había algo desagradable en la estancia, y con el terror de
la pesadilla que me envolvía, desperté en espasmos de pánico.
Este mismo sueño, o variaciones del mismo, fue el que experimenté
con intermitencias, durante quince años. Muy a menudo sucedía
exactamente de esta manera: el arribo, el té en el jardín, el
silencio mortal quebrado por una sentencia mortal, la subida con Jack Stone
hacia el cuarto en la torre, donde estaba el horror, y, al final, siempre llegaba
a acercarme al terror, aunque nunca pude ver que era con exactitud. Otras veces
experimentaba variaciones sobre el mismo tema. Ocasionalmente era que estábamos
sentados a una mesa, la misma que se veía a través de la ventana
por el jardín. Sin embargo el silencio sepulcral era siempre el mismo,
la misma sensación de opresión y aburrimiento. Y el silencio siempre
era roto por Mrs. Stone que me decía: "Jack te mostrará tu cuarto:
te di el cuarto de la torre." Luego de esto (esto era invariable), tenía
que seguir a Jack a través de la escalera de roble, con muchas esquinas
y entrar en ese mismo lugar, que cada vez odiaba más y más. O,
de nuevo, podía ser que estaba jugando a las cartas en un cuarto con
inmensos candelabros, los que daban una iluminación lúgubre. Qué
juego era, no tenía idea; lo que si recuerdo, con una sensación
de miserable anticipación, que es que pronto Mrs. Stone se pararía
y me diría su "Jack te mostrará tu cuarto: te di el cuarto en
la torre". Esta estancia donde jugábamos a las cartas era la habitación
siguiente del comedor, y siempre estaba iluminado, aunque el resto de la casa
permanecía siempre en penumbras. Y aún, a pesar de estos bouquets
de luces, no podía darme cuenta de las cartas que me habían tocado,
ya que por alguna razón no podía distinguirlas. Sus diseños,
también, me eran extraños: no había colores rojos, sino
que todas eran negras, y entre ellas había ciertas cartas que eran todas
negras. Odiaba y temía aquello.
A medida que el sueño se hacía recurrente, iba conociendo la
mayor parte de la casa. Más allá del cuarto de juegos, al final
de un pasillo tras una puerta revestida de paño verde, había un
salón de fumar. A los personajes que poblaban este sueño también
le pasaban curiosos acontecimientos, como si fueran gente viva. Mrs. Stone,
por ejemplo, que, cuando la vi por primera vez, tenía cabello oscuro,
se había encanecido, y su voz, al principio enérgica, se había
debilitado, como si la fuerza abandora sus labios. Jack también creció,
y se convirtió en un tipo enfermizo, con un bigote marrón, mientras
una de sus hermanas dejó de aparecer, y comprendí al tiempo que
se había casado.
En un momento pasó que no tuve este sueño por un lapso de unos
seis meses o un poco más, y comencé a esperar, inexplicablemente,
que lo había superado, y que se había ido para siempre. Pero una
noche, luego de este intervalo, nuevamente regresé al jardín del
té, y Mrs. Stone ya no estaba allí, mientras todos los demás
estaban vestidos de negro. Al momento adiviné la razón, y mi corazón
dio un brinco, ya que tal vez en esta ocasión, no tendría que
ir a dormir al cuarto de la torre. Como era usual, todos estaban sentados en
silencio, pero en esta ocasión, el sentimiento de alivio me hizo hablar
y reír como nunca antes lo había hecho. Pero los demás
no se sentían igual, ya que nadie habló, limitándose a
mirarse entre ellos en forma furtiva. Y cuando el raudal de mi conversación
enmudeció, paulatinamente me fue asaltando una aprehensión peor
que cualquier otra que previamente hubiera experimentado en aquella casa, hasta
que la luz se extinguió.
Súbitamente una voz rompió la quietud, era la voz de Mrs. Stone,
diciendo: "Jack te mostrará tu habitación: te di el cuarto en
la torre." Pareció como si surgiera desde algún lugar cercano
a la puerta de hierro en la pared de ladrillos rojizos, y mirando hacia allí,
vi entre la hierba la presencia de unas tumbas. Una curiosa luz gris emanaba
de cada sepulcro, y pude leer el epitafio de la lápida más cercana,
que decía: "En maldita memoria de Julia Stone." Y como era usual, Jack
se levantó, y nuevamente lo seguí a través del vestíbulo
y por la escalera con muchas esquinas. En esta ocasión todo estaba mucho
más oscuro que lo habitual, y al entrar en el cuarto, solo pude ver los
muebles, la posición de aquellos que me eran familiares. También
había un aroma a descomposición en la estancia, y esa noche me
desperté gritando.
El sueño, con algunas variaciones y circunstancias, como las que he
mencionado, siguió, con intervalos, por quince años. Algunas veces
lo soñaba durante tres noches seguidas; otras veces, como narré,
había recesos de seis meses, sin embargo, para tomar un promedio, podría
decir que lo soñé tan periódicamente como una vez al mes.
El sueño siempre terminaba en pesadilla, ya que la entrada en el ominoso
cuarto me provocaba cada vez más temor. Había algo, también,
una extraña y pavorosa coherencia sobre ello. Los personajes, como he
mencionado, iban envejeciendo, y la muerte y el matrimonio visitaban a esta
silenciosa familia. Jamás volví a ver en el sueño a Mrs.
Stone. Pero siempre era su voz la que me informaba que el cuarto en la torre
estaba preparado para mí, y tanto la escena estuviera en un té
en el jardín, o en cualquiera de las otras habitaciones de la casa, siempre
veía su tumba junto a la puerta de hierro. Pasaba lo mismo con la hija
que se casó; usualmente ella no estaba presente, pero cada tanto, regresaba
acompañada por un hombre, que supuse sería su marido. Él,
al igual que los demás, permanecía siempre en silencio. Debido
a la constante repetición del sueño, le comencé a restar
importancia. Nunca volví a ver a Jack Stone durante todos aquellos años,
y jamás vi ninguna casa que me diera la impresión de parecerse
a la temible casa del sueño. Hasta que algo pasó.
Este año estuve en Londres hasta fines de julio, y durante la primer
semana de agosto me instalé con un amigo en una casa que había
rentado por el verano, en el bosque de Ashdown, en el distrito de Sussex. Partí
de Londres temprano, ya que John Clinton me esperaba en la estación Forest
Row, para ir a jugar al golf, y marchar a su casa por la noche. Él estaba
con su automóvil, y alrededor de las cinco de la tarde, luego de un día
esplendoroso, partimos ya que teníamos que recorrer unas diez millas.
Como llegamos tan temprano, no tuvimos el té en el club, así que
esperamos a llegar a casa. A medida que ibamos por la carretera, el clima, que
hasta el momento estaba si bien cálido, con brisas frescas, comenzó
a estancarse y a darme una sensación de opresión, tal y como la
ominosidad que siento antes de un trueno. John, sin embargo, no compartía
mi sensación, atribuyendo mi pérdida de claridad a que había
caído derrotado en el juego. Los siguientes eventos probaron que yo tenía
razón, aunque no creía que los nubarrones que hubo esa noche fueran
la única causa de mi depresión.
Nuestro camino a través de poco transitadas sendas, me indujo a una
somñolencia y posterior sueño, del que solo desperté cuando
John detuvo el motor del automóvil. Y con súbita emoción,
mayormente de temor, pero también de curiosidad, me encontré parado
frente a la puerta de la casa de mi sueño. Entramos y yo me preguntaba
si esto no sería también un sueño, mientras caminaba a
través del vestíbulo con grandes paneles de roble, y al llegar
al jardín, donde el té había sido servido a la sombra de
la casa. Al fondo estaba la pared de ladrillos rojos, con una puerta en ella,
y también estaba el nogal erguido en una parte del césped. La
fachada de la casa era muy larga, y al final de la misma se veía la torre
con los tres pisos, que parecían ser más antigua que el resto
de la construcción.
Aquí cesaban todas los parecidos con el sueño tantas veces repetido
en mi mente. No había ninguna silenciosa familia, sino en cambio una
gran asamblea de excitadas y alegres personas, todas las cuales me eran conocidas.
Además no sentía ninguna opresión ni temor, como la que
en el continuo sueño me asaltaba. Sin embargo estaba con mucha curiosidad
acerca de lo que iba a pasar.
El té prosiguió su alegre curso, y en determinado momento Mrs.
Clinton se paró. Y en ese momento yo supe que era lo que me iba a decir.
Ella me habló y me dijo:
"Jack te mostrará tu cuarto: te di el cuarto en la torre."
Y por medio segundo, el horror del sueño me atacó de nuevo. Pero
esta aprehensión pasó rápidamente, y de nuevo no sentí
más que una intensa curiosidad. Y no pasó mucho hasta que esta
fue totalmente satisfecha.
John se volvió a mí.
"Justo en el techo de la casa," me dijo, "pero creo que estarás cómodo.
Estamos con todas las habitaciones ocupadas. ¿Te gustaría ir a verla
ahora? Por Dios, creo que tenías razón, vamos a tener tormenta
eléctrica. Qué oscuro se está poniendo."
Me levanté y lo seguí. Pasamos a través del vestíbulo,
y por la ya perfectamente familiar escalera. Entonces él abrió
la puerta, y entré. Y en ese momento un terror puramente irracional se
apoderó de mí. Y no sabía a que le temía: simplemente
temía. Fue como un recuerdo súbito, cuando uno recuerda un nombre
que hacía tiempo se le había escapado de la memoria, y supe a
que le temía. Le temía a Mrs. Stone, cuya tumba tenía la
siniestra inscripción "En maldita memoria", tantas veces había
visto en sueños, casi sobre el césped que yacía justo bajo
mi ventana. Y entonces, una vez más, el temor se esfumó por completo,
a tal punto que me estaba preguntando que era a lo que temía, y me sentía
tranquilo y calmado, en el cuarto de la torre, el nombre que tantas veces había
escuchado en mi sueño, y la escena que ya me era familiar.
Miré alrededor con cierto derecho de propiedad, y me di cuenta que nada
había sido cambiado del sueño nocturno que conocía tan
bien. A la izquierda de la puerta estaba la cama, longitudinalmente con la pared,
con la cabeza apuntando al ángulo. Alineada a la misma estaba la chimenea
y un pequeño armario de libros; opuesta a la puerta, la otra pared estaba
atravesada por dos ventanas enrejadas. Entre las mismas había una mesa
de tocador, en tanto que alineada con la cuarta pared había una cubeta
para lavarse. Mi equipaje ya había sido desempacado, ya que mis prendas
estaban ordenadas sobre el cobertor de la cama. Y entonces, con un súbito
e inexplicado desfallecimiento, vi que había dos objetos conspicuos que
no había visto antes en mi sueño: uno era una gran pintura al
óleo de Mrs. Stone, y el otro era un dibujo en blanco y negro de Jack
Stone, representándole tal y como se me apareció en la última
serie de estos sueños recurrentes que había tenido la pasada semana,
un hombre de unos treinta años con apariencia maligna. Su retrato colgaba
entre las ventanas, mirando derecho a través de la habitación
hacia el otro cuadro, que colgaba a un costado de la cama. Y nuevamente volví
a experimentar el horror de la pesadilla que me atenazaba.
Representaba a Mrs. Stone como la había visto por última vez
en mi sueño: vieja con el cabello encanecido. Pero en vez de la evidente
debilidad del cuerpo, la pintura mostraba una espeluznante exuberancia y la
vitalidad brillaba a través de la cobertura de la carne, una exuberancia
por completo maligna, una vitalidad que burbujeaba con inimaginable maldad.
El mal resplandecía desde esos angostos ojos; y en su boca tenía
una sonrisa demoníaca. El rostro entero estaba llevado por una horrorosa
y sobrecogedora hilaridad; las manos, una encima de la otra sobre la rodilla,
parecían conmocionadas con una inenarrable jovialidad. Entonces vi la
firma del cuadro, en la esquina inferior izquierda, y, preguntándome
quien habría sido el artista, me acerqué más para poder
echar un vistazo, y leí la inscripción: "Julia Stone por Julia
Stone."
Hubo un golpe en la puerta, y John Clinton entró.
"¿Necesitas algo más?" me preguntó.
"Mucho menos que lo que tengo," dije, apuntando al retrato.
Se rió.
"Una vieja y severa señora," dijo, "de cualquier manera, ella no puede
estar muy halagada."
"¿Pero, no lo vés?" cuestioné. "Apenas es un rostro humano. Es
la cara de alguna bruja o algún demonio."
Él miró el cuadro de más de cerca.
"Si, no es muy agradable," dijo. "Al lado de la cama, ¿eh? Si; me imagino la
pesadilla que voy a tener si llego a dormir con esto tan cerca de mi cama. Lo
bajaré si quieres."
"Realmente deseo que lo hagas," dije. Él tocó la campana, y con
la ayuda de un sirviente, removimos el retrato y este fue llevado fuera, al
pasillo, y puesto el rostro contra la pared.
"Por Dios, la vieja señora es bastante pesada," dijo John, secándose
la frente. "Me pregunto si ella tendría algo en mente."
El extraordinario peso del cuadro también me había molido. Estaba
a punto de replicar, cuando me miré la mano. Había una considerable
cantidad de sangre, que me cubría toda la mano.
"Me corté con algo," dije.
John pegó una pequeña exclamación.
"¿Cómo puede ser? Yo también," dijo.
Simultáneamente el sirviente sacó su pañuelo y le vendó
la mano. Vi que también la mano del lacayo estaba sangrando.
John y yo salimos del cuarto y fuimos a enjuagarnos la sangre; pero ni en su
mano ni en la mía había rastros del menor raspón. Me pareció
que, habiéndonos cerciorado de ello, ambos, por una especie de tácito
consentimiento, no nos referimos al hecho de nuevo. En mi caso, algo se me había
ocurrido y no deseaba pensar sobre ello. Era solo una conjetura, pero supuse
que la misma cosa le había ocurrido a él.
El calor y la opresión del aire, por la tormenta que esperábamos
y que aún no se había desencadenado, se incrementó mucho
luego de la cena, y luego la concurrencia, entre los que nos contábamos
John Clinton y yo, nos sentamos fuera, en el jardín, donde habíamos
tomado el té. La noche estaba absolutamente oscura, y no había
estrellas o luna que pudiera penetrar el paño mortuorio que opacaba el
cielo. Paulatinamente, nuestra reunión se fue despejando, las mujeres
se fueron retirando a dormir, los hombres se dispersaron hacia el salón
de fumar o al cuarto del billar, y a eso de las once de la noche mi anfitrión
y yo quedamos solos. Toda la noche estuve cavilando que él tendría
algo en mente, y en cuanto estuvimos solos, habló.
"El hombre que nos ayudó a cargar el cuadro, tenía sangre en
su mano, ¿lo notaste?" dijo.
"Le pregunté había sido él quien se había cortado,
y me dijo que supuso que sí, pero al final no pudo encontrarse ninguna
herida. Ahora bien, ¿de dónde provino la sangre?"
De golpe al decirme esto, echaba por tierra todos mis propósitos de
no acordarme del tema, especialmente justo antes de ir a dormir.
"No lo se," dije, "y realmente no quiero averiguarlo en tanto que el cuadro
de Mrs. Stone no esté cerca de mi cama."
Él se paró.
"Pero es raro," dijo. "¡Ha! Ahora verás otra cosa extraña."
Su perro, un terrier irlandés de raza, había salido de la casa
cuando estábamos hablando. La puerta detrás nuestra, hacia el
vestíbulo, estaba abierta, y una luz iluminaba el jardín hasta
la puerta de hierro que daba afuera, donde el nogal estaba plantado. Vi que
el perro estaba encrispado y con todos sus pelos erizados, sus labios doblados
hacia afuera de su dentadura, como si estuviera listo para brincar sobre algo,
gruñiendo solo. Fue como no se diera cuenta de la presencia de su amo
o la mía, y se quedó tensamente dando vueltas en torno al césped
frente a la puerta. Luego se detuvo por un momento, mirando a través
de los barrotes, aunque continuó gruñendo. Después pareció
como si su coraje lo abandonara: pegó un largo aullido, y corrió
de nuevo a la casa con un curioso paso.
"Lo hace una media docena de veces por día." dijo John. "Parece que
ve algo que odia y teme."
Caminé hacia la puerta y miré a través de ella. Algo se
movía fuera, entre las matas de pasto, y pronto llegó a mis oídos
un sonido que no pude identificar inmediatamente. Luego recordé que era:
el ronroneo de un gato. Prendí una linterna y vi que era lo que ronroneaba:
un gran gato persa que daba vueltas alrededor de un pequeño círculo
frente a la puerta, con la cola flameando como una bandera. Sus ojos estaban
brillantes, y a cada rato bajaba su cabeza y olisqueaba el césped.
Me reí.
"El fin del misterio, me temo." Dije. "Aquí está este gato enorme,
el origen de todas las noches de Walpurgis."
"Si, este es Darius," dijo John. "Se pasa medio día y el resto de la
noche ahí. Pero este no es el fin del misterio del perro, ya que Toby
y él son los mejores amigos. Aquí comienza el misterio del gato.
¿Qué es lo que hace ahí? ¿Y porqué Darius está complacido
y Toby aterrorizado?"
En ese momento recordé aquel horrible detalle en mi sueño, cuando
veía la puerta, justo donde el gato estaba ahora, la blanca lápida
con la siniestra inscripción. Pero antes que pudiera responder a mi pregunta,
comenzó el aguacero, súbita e intempestivamente, como si se hubiera
destapado el cielo, y simultáneamente el gran gato saltó a través
de las rejas de la puerta de hierro, y corrió por el jardín hasta
la casa en busca de refugio. Luego se sentó en el portal y se quedó
mirando ansiosamente a la oscuridad.
De alguna manera, con el retrato de Julia Stone fuera, en el pasillo, el cuarto
en la torre no me alarmaba en absoluto, y cuando fui a la cama, me sentía
con mucho sueño y cansancio. No sentía más que curiosidad
por el incidente de las manos manchadas de sangre, y por la conducta del gato
y del perro. La última cosa que vi antes de apagar la luz fue el rectángulo
de espacio vacío, a un lado de mi cama, donde había estado el
retrato. En esa porción el empapelado poseía su tinte original,
que era rojo: sobre el resto de las paredes este color se había desgastado.
Luego apagué mi vela y quede dormido casi instantáneamente.
Mi despertar fue igual de instantáneo, y me senté recto sobre
la cama bajo la impresión fuerte que una luz brillante me había
alumbrado la cara, a pesar que estaba todo muy oscuro. Sabía perfectamente
en donde estaba, en el cuarto que tantas veces había temido en sueños,
pero ningún horror que hubiera sentido en sueños se comparaba
al que ahora me atenazaba y congelaba mi mente. Inmediatamente después
el bramido de un trueno sacudió toda la casa, pero la probabilidad que
esto hubiera sido el origen de la luz que me despertó no fue consuelo
para mi agitado corazón. Sabía que había algo más,
conmigo, en la habitación, e instintivamente saqué mi mano derecha,
que era la que estaba más cercana a la pared, y palpé el borde
de un marco, como de un cuadro, colgando cerca mío.
Salté de la cama, volcando la mesita de luz, y escuché mi reloj,
vela y fósforos cayendo contra el piso. Pero por el momento, no había
necesidad de luces, ya que otro enceguecedor relámpago iluminó
la estancia y me mostró que sobre mi cama colgaba de nuevo el cuadro
de Mrs. Stone. Otra vez el cuarto quedó sumido en la penumbra. Pero en
este relámpago pude ver otra cosa, particularmente una figura que estaba
apoyada a los pies de la cama, que me miraba. Estaba vestida con una suerte
de vestimenta blanquecina, manchada con musgo, y su rostro era el del retrato.
Más arriba, bramió el trueno y cuando cesó y regresó
la mortal quietud, escuché un susurro como de movimiento, que se me acercaba,
más y más, horriblemente, percibiendo al mismo tiempo un olor
a corrupción y putrefacción. Entonces una mano se colocó
a un lado de mi cuello, y muy cerca de mi oído pude escuchar una ansiosa
y acelerada respiración. Y supe que esa cosa, a pesar que podía
ser percibida por el tacto, el olfato, la vista y el oído, no era de
este mundo, sino que era algo había podido transponer al cuerpo y que
tenía el poder de manifestarse a sí misma. Entonces una voz, que
ya me era familiar, se dejó oir:
"Supe que vendrías al cuarto en la torre," dijo. "Te he estado esperando
por mucho tiempo. Al final has venido. Esta noche cenaré; en breve cenaremos
juntos."
Y la respiración entrecortada se acercó un poco más; la
podía sentir sobre mi cuello.
Y este terror, que yo creía me había paralizado por el momento,
derivó en un salvaje instinto de auto preservación. Manoteé
el aire salvajemente con ambos brazos, pateé al mismo momento, y escuché
un chirrido bestial, y algo blando cayó frente mío con un ruido
sordo. Di unos pasos hacia adelante, esquivando lo que fuera que yacía
ahí, y por casualidad encontré el picaporte de la puerta. Al siguiente
instante salté al pasillo, y azoté estrepitósamente la
puerta tras mío. Casi al mismo momento escuché una puerta que
se abría en algún sitio, abajo, y John Clinton, candelabro en
mano, acudió corriendo escaleras arriba.
"¿Qué pasa?" preguntó. "Dormía justo aquí abajo,
y escuché ruidos como sí... Dios santo, hay sangre en tu hombro."
Me quedé parado ahí, según me contó después,
moviéndome de un lado a otro, pálido como una hoja de papel, con
la marca sobre mi hombro como si una mano cubierta de sangre se hubiera apoyado
ahí mismo.
"Está ahí dentro," dije, apuntando. "Ella, tu sabes. El retrato
está dentro, también, colgando del mismo lugar de donde lo sacamos."
A esto contestó con una sonrisa.
"Mi querido amigo, esta ha sido meramente una pesadilla," me contestó.
Abrió la puerta, y yo quedé parado inerte, presa del terror,
incapaz de detenerlo, incapaz de moverme.
"¡Phew! Huele horrible," dijo.
Luego hubo un silencio; desapareció de mi vista. Al siguiente momento
salió tan pálido como estaba yo mismo, y cerró rápidamente.
"Sí, el cuadro está ahí," dijo, "y sobre el piso hay una
cosa, una cosa manchada de barro, como las que hay en los sepulcros. Vamos,
rápido, vámonos de aquí."
Como bajamos las escaleras difícilmente lo supe. Un estremecimiento
y unas náuseas más espirituales que carnales me apresaron, y más
de una vez él me tuvo que ayudar a poner el pie en el escalón,
mientras a cada momento echaba miradas de terror y aprehensión hacia
atrás. Pero al final, cuando llegamos a su habitación, en el piso
de abajo, le conté todo lo que aquí he descripto.
La segunda puede ser corta, ciertamente como muchos de mis lectores quizás
ya lo hayan adivinado, si recuerdan el inexplicable asunto de la iglesia en
West Fawley, hace unos ocho años atrás, donde se en tres oportunidades
se trató de enterrar el cuerpo de cierta mujer que se había suicidado.
En cada ocasión el ataúd fue encontrado salido de su sitio, como
emergiendo del suelo. Luego del tercer intento, con el objetivo de que la cosa
no trascendiera, el cuerpo fue incinerado en algún lugar sobre tierra
no consagrada. ¿Y dónde había sido enterrado? Justamente frente
a la puerta de hierras del jardín de la misma casa en que la mujer había
vivido. Ella se había suicidado en el cuarto superior de la torre, su
nombre era Julia Stone.
Subsecuentemente el cuerpo fue desenterrado en secreto, y el ataúd fue
hallado repleto de sangre.