 (Enero 2002)

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Magnífica la iniciativa, ¿podéis imaginarlo?, toda una noche viendo cine de terror moderno y en pantalla grande, por sólo 300 pesetas y pudiendo entrar y salir cuando te apetezca.
Pues eso, parecía que en un pueblo habían decidido traerse un trocito del Festival de cine fantástico y de terror de San Sebastián (comentado en este mismo número del zine). Y aunque no había nada a concurso, sí se vio algún friki disfrazado de Ghostface, Jason, Michael Myers, y alguna brujita apetitosa, por lo que el centro cívico de Mairena, aderezado por lápidas de cartón piedra, sangre de pega en los baños, y telarañas de algodón, resultaban emocionante para un cinéfago como el que escribe.
Cinco películas del género, todos clásicos ya y distintas entre sí. La primera, naturalmente, Scream, vigila quien llama (Wes Craven, 1996), quizá la película que ha resucitado la escena y haya empujado lo suficiente a los locos amigos del concejal de la juventud del ayuntamiento. Puro terror teen, homenaje y parodia a la vez, de la mano del gran monstruo que es Craven, demostrando que Pesadilla en Elm street (1984) no fue casualidad.
De segundo, El espinazo del diablo (Guillermo del Toro, 2000), producida parcialmente por El Deseo, sí el trasgresor Pedro Almodóvar apoyando al solicitado mexicano, nuevo valor del género tras Cronos (1992) y Mimic (1997). En esta cinta, situada en plena guerra civil española, nos introduce en el terror fantasmagórico, aunque no deja de ser un drama descarnado y cruel de nuestra olvidada guerra. Excelentes los actores, Noriega consigue ser muy cruel, y Federico Luppi se sale, “un fantasma, eso soy yo”.
Con un descanso de 15 minutos, aparecen los créditos de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), para muchos la película más terrorífica del cine, obra del excéntrico genio, que adapta el bestseller de Stephen King, aunque difieren bastante entre sí. Pues mientras King en su novela nos ofrece un terror más cotidiano y de andar por casa, Kubrick crea personajes más psicológicos, recuerda más a Lovecraft que al fabrica bestsellers de Maine. Además, oportunidad única de verla en pantalla grande, donde Jack Nicholson acojona de verdad.
Una cuarta entrega nos coge ya un poco cansados, eran las cuatro de la madrugada cuando comenzaba Al final de la escalera (Peter Medak, 1980), magnífica historia de casa encantada y espíritu que no puede descansar en paz, que llegó en su momento en el vagón de cola que conducían El exorcista (William Friedkin, 1973) y La profecía (Richar Donner, 1976). Su trama sería vampirizada dos décadas después en El último escalón (David Koepp, 1999).
La última por salir, Un hombre lobo americano en Londres (John Landis, 1981), me cogió sobando en mi casa, y de las doscientas personas que empezaron, apenas quedaban treinta en el frío centro cívico.
Una iniciativa muy estimable que todos los años nos hará gozar con el mejor terror. Desde estas páginas ayudaremos a su difusión, ya que para eso disfrutamos como frikis y luego lo publicamos.
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