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Mi Oscura Aventura

por Eduardo Araya


Era un día engañoso, el despejado cielo era sólo una apariencia, algo extraño pululaba en el aire, un ambiente saturado se había establecido en el entorno, no era algo físico, era una emoción emanada por la ciudad.

Comencé a vagabundear, como siempre lo hago en mis momentos de aislamiento, recorriendo las calles con un rostro serio y pensativo, en esos instantes lo único que quiero es caminar, transitar diferentes lugares, pensar. Últimamente he pensado bastante en mi persona, quién soy, qué estoy haciendo, me molesta que se haga tan frecuente, me hace sentir frustrado, pero supongo que es una etapa. En mis itinerarios, sin saberlo del todo, me gusta mirar a las personas, suponer sus vidas y compararlas con la mía, mi futuro será mejor, pienso fervientemente para aplacar mi subconsciente envidia, pero realmente no estoy muy seguro.

Un abundante viento recorría las calles aquella jornada, era un martes, las avenidas rebosaban de gente, todo el mundo parecía desdichado, yo ensimismado. Súbitamente distinguí a mi primo, demasiado sonriente, como una burbuja en medio de la frialdad, un tipo simpático, pero lo evito, no deseaba interrumpir mi introversión. Miré aquella vitrina interesadamente, pero no me sirvió, y surge la conversación, monótona y aburrida.

Mi Apocalipsis se produce pasados un par de minutos. Sin prestarle atención a mi primo parpadeo hastiado, y así como así, en un fatal instante comienzo a caer en un infinito abismo. Me aterré, no entendí qué pasaba, ¡¡estaba cayendo en picada!! ¡¡¿POR QUÉ?!!. Vislumbré un solitario peñasco, era mi única salvación, debía sujetarme de él. Y lo logré, fue como una escena del agente 007, pero no importaba, ¡¡mis dedos empezaban a resbalar!!. Intenté aferrarme al peñón con todas mis fuerzas, la muerte, la soledad, el terror me acometían, me deseaban, y mis dedos se soltaban. Bruscamente caigo y cierro los ojos. Al abrirlos sigo en la calle, mi corazón latía como una batería punk, un fuerte presentimiento de fatalidad me mareaba, miré el borroso gentío alrededor y sólo escuché la voz de mi primo, me hablaba de temas triviales, un sepulcral silencio me rodeaba, era como si estuviera en un sueño, pero despierto.

No supe qué pensar. Me sentí asustado, pero también estimulado.

Continué mi camino decidiendo esta vez marchar por calles menos transitadas, ya no deseaba el contacto social.

Me dirigí hacia una arteria muy sola en la que las ferreterías, servicios técnicos y viviendas antiguas eran lo que abundaba, mientras caminaba a paso moderado miraba mi alrededor, aquella zona se encontraba casi desierta, era unas de esas típicas calles a trasmano, solitarias y melancólicas. Un hogar del antisocial lugar llamó mi atención, era una añosa casa de piedra, bastante grande, poseía un estilo medieval, ostentaba arcos de piedra ojivales y altas y señoriales ventanas, en aquel instante todas cerradas, destacando sus gruesos cortinajes, era imponente, me preguntaba quien viviría allí, quizás alguien interesante dada la majestuosidad del lugar.

Sin importarme más miré al frente y seguí mi camino, volteé para contemplarla una vez más, ahora un hombre miraba por una de las ventanas de la segunda planta, al toparse con mi mirada rápidamente me evadió. Me causó gracia.

Seguí caminando, aquella lúgubre tranquilidad era lo que deseaba, ahora me rodeaba una armoniosa serenidad, iba con rumbo fijo a sacar de mi cabeza mi anterior y ya necio temor, pero mi calma nuevamente fue turbada, esta vez por un hombre. Aquel personaje era el tercer transeúnte que veía, lo había divisado desde lejos mientras caminaba en dirección opuesta hacia mí, al vislumbrarlo me llamó la atención su extraña mirada, no era regular, pero cuando pasó a mi lado simplemente evité mirarlo, sin embargo algo en él me sobresaltó, me preocupó, me excitó, y luego de unos segundos en los que calculé su alejamiento no pude impedir voltear, ansiaba que mis ojos apreciaran a ese sujeto, me consumía. Desdichadamente lo único que apreciaron fue su mirada en mis ojos como respuesta a mi atrevimiento. Giré rápidamente y aceleré el paso, la impresión había sido letal, mi corazón latía violentamente, el pánico se apoderaba de mí..., pero volvió la quietud, al reflexionar supuse que probablemente había sido una coincidencia, era loco pensar que mi excepcional augurio estuviera relacionado con ese personaje, ¿un hombre persiguiéndome?. No había razón.

Sin mirar hacia atrás y a paso rápido, sabiendo inconscientemente que el tipo seguía mirándome, alcancé una esquina y corrí hacia las avenidas principales, rodeado de gente me sentiría seguro.

Felizmente al llegar al centro arribé en un festival, en medio de la calle, lo había olvidado, en realidad yo nunca ponía atención a esa clase de "eventos", realmente no soy muy sociable, pero en ese momento me venía muy bien.

Cansado y a empujones logré avanzar hacia el meollo del tumulto, el lugar estaba repleto, había miles de personas que rodeaban un gran escenario, pero no me interesaba el maldito show, sólo quería llegar a mi casa ¿o no? ¿Es eso lo quería?. Dificultosamente comencé a dirigirme a espacios menos colmados para poder movilizarme con mayor facilidad, y llegar a mi automóvil estacionado más adelante, claro que sin apartarme de la gente, en esos instantes no quería estar en lugares aislados.

Ya libre de los empellones pude encaminarme más cómodamente hacia mi vehículo, en el escenario, en medio de una música ensordecedora, una joven bailaba como Britney Spears, al mirarla me pareció bastante patética, pese a ello, al mismo tiempo que avanzaba no despegaba mi vista de su actuación.

Por fin ya lejos del barato espectáculo me encontraba sólo a pasos de mi auto, claro que todavía circundado de personas, realmente no entendía cómo la gente disfrutaba de algo así. Repentinamente se empezaron a escuchar fuegos artificiales, que producción para una exhibición callejera ¿no creen?. Al voltear para chequearla, pese a mis expectativas negativas mi vista se sorprendió, pero no precisamente por los fuegos pirotécnicos. A siete pasos tras de mí se encontraba "ella", hermosos recuerdos llegaron a mi mente, no quiero sonar cursi pero la quise, hacía tiempo que no la veía, ni le hablaba, en realidad nunca le hablé pero siempre quise hacerlo, lo que quiero decir es que ELLA estaba allí. Tiempo atrás varias veces estuve en la misma situación, sin hacer nada al respecto, pero ahora ya había madurado ¿?. Eso creo. Por lo menos tenía que saludarla. Muy nervioso frené el paso, y en el lejano instante en que sus lisos cabellos pasaron a mi lado no fui capaz de hacer nada, volvía atrás en el tiempo, no podía entenderme, ¡¡eran sólo unas palabras!!.

Pero decidí seguirla.

El despejado tiempo de la tarde se había transformado en un día nublado y frío, con un pesado viento, a punto de anochecer. La oscuridad se acercaba.

Ya atrás mi auto, ella siguió caminando en línea recta, y ya bastante alejados, claro que siempre en la médula de la ciudad, cercados de gente, dobló en una esquina.

La noche cayó, me sentía frustrado, sabía que no iba a ser capaz de dirigirme hacia ella, pero uno siempre se liga a esa quimérica esperanza. En ese momento sonó mi celular, comprenderán que no quería hablar en ese minuto, así que lo apagué. Claudia, aquel era su nombre, en ese momento se encontraba veinte pasos adelante, el simple hecho de verla me bastaba. Me resigné a no pretender nada más. Un teléfono público comenzó a sonar a mi lado. En el cielo las nubes se veían cargadas y grises. Nos encontrábamos en una de las arterias secundarias de la ciudad, caracterizada principalmente por viviendas-negocios, los hogares se ubicaban en la segunda planta, abajo el comercio. Otro teléfono comenzó a sonar en alguna parte, vi que el tipo de un quiosco contestó. Estábamos a una cuadra y media de la iglesia de la ciudad. Fue en ese instante cuando noté algo extraño en ella, y llegó a mi mente su expresión, su actitud en la calle colindante al "show". Por mi exaltación no guardé cada detalle, pero ahora que lo pensaba, ella estaba nerviosa, o tal vez asustada, de cualquier modo algo la incomodaba. Ahora lo constataba, aquel instante se hallaba observando la vereda de enfrente, enseguida volvió su vista al camino, y luego miró hacia atrás, si me vio da lo mismo, no creo que me recuerde, tampoco que le importe. Lo que sí importaba era que algo le pasaba, algo la perturbaba, al estar tan sumido en mí mismo no me había dado cuenta de su situación. Entonces escuché un silbido, el tipo del quiosco me llamaba:

- Te llaman por teléfono - gritó mirándome. Mi reacción fue de sorpresa, embobado por la situación, sin embargo a medida que avanzaba me fui angustiando, mi día no había sido tan normal, no imaginaba quien podría llamarme, de seguro no era algo bueno, pero tal vez estaba pensando de más, lo más seguro es que fuera sólo era una equivocación, eso esperaba.

-Aló

Hubo un silencio.

-¿Aló?

- No la sigas.

Colgó.

Esas simples palabras hicieron que el terror recorriera mi cuerpo, me encontraba pasmado, inmóvil, sabía que no había hecho nada malo, sólo la seguí un poco, no la estaba acechando, no era un crimen. Pero me concentraba sólo en mí, no en ella, ella era la que tenía un grave problema, alguien la vigilaba por alguna razón, por eso estaba asustada. ¿Qué debía hacer entonces?, irme y no meterme en su situación, o quedarme y sufrir las posibles consecuencias. Mientras reflexionaba al lado del teléfono la veía alejarse, era tan dulce, sus rasgos tan refinados, la quise durante cuatro años y nunca me atreví a hablarle, no podía dejarla ir, ayudarla en esto sería saldar una deuda conmigo mismo, debía hacerlo. Lo haría, sí.

Aceleré la marcha y la alcancé, de nuevo me encontraba veinte pasos atrás, claro que en un momento dado debía acercármele.

Al llegar a la iglesia no me sorprendió que Claudia entrara, en una situación así cualquiera va a rezar, sin embargo me preguntaba cuál sería esa circunstancia.

Luego de unos minutos en los que permanecí afuera, decidí entrar. Hacía tiempo que no ingresaba a un santuario, era una catedral enorme, su interior me pareció gótico, había luces tenues y se encontraba casi vacía, sólo había cinco personas, era intimidante. Claudia se hallaba en el centro, yo me ubiqué atrás, en la última fila, sentado en uno de aquellos bancos. Fue ahí donde me puse a pensar si sería buena idea hablarle dentro del templo, tal vez la paz de la iglesia haría más fácil la charla, o quizás no. Ya habían pasado veinte minutos, fuera lo que fuera debía preocuparle bastante, en ese instante decidí dirigirme a ella. Al avanzar, mis pasos se escuchaban fuertes y claros, había un profundo silencio, dos de las personas presentes me miraron, no Claudia, ella estaba arrodillada y con los ojos cerrados, parecía muy concentrada. Mientras me dirigía a ella, bastante nervioso, pensaba en mi primera frase, cómo empezar a hablarle, estaba seguro que ella no me recordaba, y menos imaginarse que yo supiera algo acerca de su incógnito problema, así que comprendí que debía actuar como cualquier tipo normal que quiere una conversación, sólo si lograba eso me adentraría en otros temas, siempre fui muy metódico, quizás la falta de naturalidad era mi problema, de ahí mi introvertida personalidad. Al llegar al largo banco en que se ubicaba me situé a su lado, a ella no pareció importarle, ni siquiera me miró, así que permanecí en silencio hasta que se sentó, fue entonces cuando todo lo que había planeado se me borró y sólo una palabra arribó en mi mente:

- Hola

Me miró con un inexpresivo rostro, tal vez lleno de miedo, luego de examinarme bien dijo:

- ¿qué quieres?

- ... quería saludarte, yo te conozco del colegio...

Intentaba actuar relajado.

- ya..., pero no te recuerdo

- claro, es que éramos de diferentes cursos

- ya...

Noté una mirada confusa, tal vez se preguntaba cuál era mi pretensión, en su lugar me hubiera pasado lo mismo.

- Yo soy Oscar ¿y tu? - dije cínicamente

- Claudia

Hubo un incómodo silencio.

Su actitud era impaciente, esperando que la conversación terminara, ni una mísera sonrisa se había asomado, quizás no se encontraba en condiciones para entablar una conversación, lo único que iba a lograr era incomodarla, de modo que decidí ir directo al grano, supe que debía hacerlo:

- ¿sabes?... - no sabía cómo empezar, bajé mi cabeza y miré solemnemente a mí alrededor - tal vez pienses que estoy loco..., sé que quizás no te acuerdes de mí, no tendrías por qué hacerlo, pero quiero que sepas que puedes contar conmigo en cualquier cosa que te esté pasando...

Aquellas palabras retumbaron en mi cabeza como un disparo, me sentí como un verdadero idiota, ¿tenía una seguridad evidente de lo que sucedía con ella?. ¡¡NO!!. Entonces por qué había hecho esa declaración. Que ridículo había sido. Una persona razonable no dice algo así hasta por lo menos la segunda cita ¿no creen?.

Al escuchar mi información Claudia bajó su mirada, quizás reflexionaba, luego me miró a los ojos, pude verla acabadamente, para mí era perfecta, en ese minuto no cabía en mi mente otra persona, me dominaba, todos mis sentidos eran suyos. Su contemplación era inexpresiva, tal vez triste, tal vez confusa, lo único indudable era que brillaba. Quizás era una especie de afecto reprimido. Estuve hipnotizado en sus ojos por varios segundos, luego súbitamente me besó en la mejilla, me dijo gracias, y se fue. No atiné a hacer nada, simplemente la vi alejarse, caminando moderadamente a la gran puerta y huyendo de mi vida, enseguida fijé mi mirada en una representación religiosa en un extremo del templo, parecía decirme algo, no comprendí qué.

Salí del templo y me dirigí a mi arcaico auto. Me encontraba a siete cuadras del vehículo, eran las 7:30 PM, un disgustado viento me rodeaba, gruesas pero pequeñas gotas comenzaban a caer de las pesadas nubes grises, la noche había caído con fuerza; sabía que esta situación iba a permanecer en mi cabeza por largo tiempo, y empezaron las conjeturas. Empecé a analizar mi declaración, "puedes contar conmigo en cualquier cosa que te esté pasando", me sonaba cursi, era preferible "puedes contar conmigo en cualquier cosa que te pase" ¿no?. Pero en realidad no tenía importancia, no había razón para cavilar respecto a eso. Daba igual si actué correctamente o no, si quería un resultado de esta reflexión debía apuntarme en el resultado, lo que podía razonar, entonces comencé a poner en perspectiva los hechos del día, quería organizar mi mente; mi extraña visión, el enigmático hombre, el encuentro con Claudia y la llamada, aquello era mi jornada. Pensé que tal vez todo lo creé, quizás todo fue parte de mi imaginación, aquel hombre era un simple transeúnte y la aparente preocupación de Claudia era sólo una apariencia, todos los días vemos en la calle ese tipo de cosas, el factor distractor en mi situación era la llamada, pero posiblemente fue una coincidencia, una coincidencia a la que me apegué. Quizás considero a mi vida demasiado monótona, rutinaria, e inconscientemente me animé, me excité frente a estos nuevos sucesos, tal vez aquella llamada motivó mi aventura, además, ¿quien mejor que Claudia como personaje principal?. Aquella era una oscura conclusión, me sentí deprimido, tal vez no debí pensar tanto.

En medio de una creciente lluvia arribé a mi auto y seguí mi vida.

* * *

En mi casa no había nadie, la oscuridad me lo dio a entender, al entrar alcancé a encender una lámpara y paralelamente comenzó a sonar el teléfono, un sonido fuerte y agudo, potente en ese silencio, lo miré con recelo por unos segundos, parecía gritarme, un retumbante trueno me asustó, decidí contestar:

- Aló

- ¿Óscar? - dijo mamá.

- Sí, ¿qué pasa?

- Tu abuelo murió.

Me quedé en silencio, ella comenzó a narrarme los detalles. Se notaba su tristeza, pero en realidad no era tan grave, hacía bastante tiempo que mi abuelo estaba enfermo, estábamos medianamente preparados, se veía venir. Me dijo que ahora estaban velándolo, así que decidí ir.

Mientras manejaba hacia la iglesia comencé a pensar en él, antes de su enfermedad era el tipo más alegre que haya conocido, siempre preocupado por su familia, su sola presencia me tranquilizaba, era un tipo genial. En la radio comenzó a sonar una canción melancólica, me hizo recordar sus buenos momentos, también cuestionarme mi lugar en la vida ¿quién era yo?. Mi ya bajo estado anímico iba a caer al suelo.

El templo al que me dirigía estaba bastante alejado, era una iglesia mucho más sencilla que la gran catedral en la que había estado en la tarde. Como indudablemente mi familia estaría largo rato en el santuario, y el viaje a casa no era para nada corto, lo más seguro era que alojaran con unos parientes. Ellos sabían que yo estaría sólo el tiempo preciso, nunca me ha gustado albergarme en casas ajenas, no me sentía cómodo durmiendo en otros lugares, me daba lo mismo si el trayecto era extenso o no, además nunca me han molestado los viajes largos, de hecho las solitarias carreteras me inspiran de algún modo, tal vez la soledad y lugubricidad que irradian me identifica.

Al llegar al templo fui rodeado por un entorno de un intenso abatimiento, la tristeza estaba en el aire, se podía oler. En los rostros de mi familia descubría la amargura, la aflicción, sentimientos lúgubres, negros. El lugar era sombrío, rodeado de velas, la tenue luz hacía diferentes las facciones, a mi parecer más tristes, todos los presentes se encontraban ubicados alrededor del ataúd, impregnados de esa oscuridad. Decidí sentarme junto a mis padres, mi madre me dio su mano. Me perturbaba el ver a todo el mundo apenado, me hacía sentir mal, cruel, yo estaba demasiado relajado, inexpresivo frente al dolor que sentía, tal vez la naturalidad con que pasó no me hacía sufrir, o quizá no lo había asumido totalmente, o quizá el sentimiento que guardaba del día recién pasado me impedía asimilar la situación. Tenía el dolor en mi mente, no en mi cuerpo, no me salían las lágrimas. Entonces decidí ver a mi abuelo, caminé hacia el féretro moderadamente, sabía que todos me miraban, pero no me importó, seguidamente lo vi. En aquel momento sucedió, al ver su inexpresivo y pálido rostro todo comenzó a brotar, me vi contándome uno de sus chistes, jugando con él, comprándome un helado, dándome plata porque sí; todo emergió, surgió. Y las lágrimas salieron.

Volví al lado de mis padres, repentinamente no entendí por qué había sucedido algo así, mi papá me abrazó, lo alejé, todos mis sentimientos súbitamente llegaron a su paroxismo, me sentía desesperado, turbado; comencé a pensar en mi persona, era un desgraciado, ¿qué había logrado?. Nada. No podía soportarlo, la impotencia, la desesperanza, la desmoralización me embestían, me atacaban, no podía tolerarlo, y tuve que salir. Sin una razón clara me puse a correr, era una noche muerta, ni un alma se veía en las calles. A través de las vacías vías llegué a la playa, la pasada lluvia había dejado su húmedo rastro, igualmente me lancé a la arena, me tiré de espaldas y me puse a mirar las estrellas, me agradaba el cielo.

Había tenido una sola relación amorosa en mi vida, no tenía ningún camino definido, no tenía muchos amigos, y mi apoyo, mi abuelo, se murió. Me encontraba bastante desdichado, y comencé a pensar en Claudia, su beso, y la llamada, me hubiera gustado que esa historia hubiera continuado, pero no fue así.

Estuve considerable tiempo tirado en la arena, pensando, divagando. Me sentía angustiado, inútil, común. Supuse que lo más probable era que mi familia ya se hubiera ido, habían pasado varias horas, pero no quería levantarme, no quería volver a mi odiosa rutina.

Finalmente me paré.

Caminé por la arena un rato, luego fui por mi auto. Aquella era una ciudad moderna, llena de edificios y tiendas nuevas, aunque igualmente desértica a esas horas.

Un lejano murmullo me sorprendió, traté de dirigirme al lugar de su procedencia. Caminé una cuadra y lo alcancé. Era un cuantioso grupo de gente, los únicos que rondaban en la calle, no quise que me vieran, mi presencia a lo lejos se notaría, repararían en mi curiosidad. Sin embargo pensé que si me unía a ellos que no se darían cuenta, eran demasiados, unos sesenta, pasaría desapercibido entre ellos. No había motivo para hacerlo, y en otra ocasión no lo hubiera hecho, pero necesitaba estimularme, excitarme, sólo así mi angustia desaparecería. Entonces planeé cómo unirme; se encontraban en una esquina, calculé que si daba la vuelta a la manzana rápidamente todavía estarían allí, al borde de esa cuadra, su perpendicularidad impediría que me vieran avanzar, si era cauteloso no habría ningún problema. Y así lo hice.

Ya con ellos me sentí cómodo, el ambiente era ameno, lo único que hacían era conversar y reír, otros como yo estaba solos, mirando alrededor sintiendo el fresco, me alegré de llevar bufanda, con ella me cubría un poco el rostro, no pretendía que me vieran acabadamente. Uno de los presentes comenzó a repartir tarjetas, también a mí, era publicidad, el tipo era modisto, en el papel mostraba lo suyo, claro que no entendí por qué los entregaba en ese momento. Lo que era lógico era que todos estaban esperando algo, no sabía qué, tampoco podía preguntar, estábamos frente a un imponente edificio, me intrigaba la razón de la espera a tales horas. Imprevistamente un tipo salió del inmueble, nos hizo una señal y lo seguimos. Subimos la escala del edificio largo rato guiados por él, finalmente llegamos a la planta aspirada, por un instante pensé que no llegaríamos, en el lugar había una gran puerta negra, no había más departamentos, sólo aquel, pensé que tal vez había sido una mala idea incorporarme al grupo, quizás era una secta satánica, pero ya no podía retractarme.

El guía era un tipo alto y robusto, tenía un rostro imperturbable, en ese momento abrió la puerta, miró hacia dentro y nos hizo pasar. El lugar era espectacular, era un inmenso salón, de lujo, un lugar al que nunca hubiera entrado a no ser por mi atrevimiento, tenía el piso alfombrado elegantemente de gris, ventanas gigantes con vista a la oscura ciudad, largos y pomposos cortinajes, paredes de piedra con figuras medievales, estatuas de mármol, sillones de cuero, mesas de vidrio, extrañas pinturas y un majestuoso escenario, aquello era lo que podía ver, pero habían más habitaciones. La luz era tenue, vaporosa. Lo más impresionante era la cantidad de gente, difícilmente hubiera imaginado algo así, debía ser algún evento secreto de alguna elite, era de otro mundo. Todos los que venían conmigo se habían dispersado, ya sabían donde ir, yo no, lo más probable es que se fueran a cambiar ropa, la formalidad y el color negro eran la esencia del lugar, ahora comprendía la tarjeta del modisto, mi atuendo era bastante negligente, sin contar que me había tirado a la arena, pero pensé que no sería un problema, pensarían que recién había llegado, además tuve la suerte de elegir ropa negra aquel día.

En el supuesto festejo todo el mundo conversaba o disfrutaba de la comida, habían garzones vestidos de negro que la traían, decidí comer algo, era exquisito, también había un bar, pero pensé dejarlo para más tarde. Ya no tenía dudas acerca del origen de la fiesta, no podía ser otra cosa que algún festejo "sombrío", de tipos amantes de la oscuridad, de la noche, de la sangre, el entorno no dejaba lugar a vacilaciones, no eran personas malas, saltaba a la vista, simplemente tenían gustos extraños.

Mientras miraba a ciertas personas del lugar, tipos con ojos blancos o negros, o con extrañas heridas en su rostro, noté que decenas de personas se subían al escenario, una colosal banda, todos vestidos con túnicas negras, eran unos 25 violinistas, batería, bajo, guitarras eléctricas, teclados y voces. Ya ubicados el líder dijo algo en un idioma extraño, la gente puso atención, y comenzaron su actuación. La iluminación bajó y se inició un espectacular juego de luces, yo caminaba, los violines comenzaban una introducción, las luces se divertían, y bruscamente entra la batería y el bajo, fue en ese momento cuando decidí ir a sentarme en uno de los largos sillones negros, y nacen las guitarras eléctricas. El sonido era genial.

Toda esa molesta angustia que acarreaba se había esfumado, me sentía radiante, electrizado, acogido en ese agradable sillón que relajaba mi ser, incluso llegué a pensar que dos hermosas jovencitas me estaban mirando, sólo luego de unos minutos me di cuenta que sí era cierto, y extrañamente me sentí seguro para abordarlas, deleitado por su belleza. Quizás notaron que no pertenezco al lugar, pensé, pero ya era tarde, venían hacia mí. Se sentaron a mi lado, una en cada uno de mis extremos, eran hermosas, extrañas pero hermosas, era inútil hablar, la ensordecedora música lo hacía imposible, se dedicaron a mirarme, como si fuera un bicho raro, entonces una comenzó a besarme, súbitamente, sin darme la menor señal, cerró sus ojos, comenzó a acariciar mis labios con los suyos, palpar mi cara con sus suaves y frías manos, y lamer mi rostro, claro que volvió a mi boca, esta vez más atrevida, creo que su lengua llegó a mi garganta, entonces comenzó a tocarme indecorosamente, pero ahora que lo pienso no fue ella, era la otra mujer quien me tocaba el área púbica, nunca logré dilucidarla, la que me besaba se mantenía en mi boca, incólume. Intenté detenerlas, pero se me hacía imposible rechazarlas, no podía resistirlo.

Ese es el último recuerdo que tengo de aquella noche.

Al día siguiente desperté en la playa, tumbado en la arena, al recordar lo vivido durante la noche no lograba dilucidar si era un sueño o la realidad, era un sentimiento espeluznante, sólo recordaba lo que he relatado, lo demás, si es que había un demás, se me había borrado. Intenté buscar cualquier ilustración que hiciera real lo sucedido, ¡¡pero no la encontraba!!, estaba desesperado, necesitaba saber que había ocurrido, que había sido cierto, me obsesionaba, pero si había sucedido ¿por qué amanecí en la playa?. No había respuesta, sólo algunas teorías en mi cabeza, lo único que sabía era que lo sentía real, no podía haber sido un sueño, aunque todo apuntaba a aquello, incluso yo mismo en ciertos instantes lo creía así, pero luego volvía a sentir lo contrario, creyendo imposible que fuera una fantasía, era un sentimiento demasiado ambiguo, sólo sabía que necesitaba que fuese real. Entonces recordé el edificio, corrí hacia él. En efecto era el mismo de aquella noche, anteriormente había recorrido esas calles, pero antes de la "fiesta" no guardaba en mi mente ese particular edificio, hecho que me daba esperanzas acerca de la realidad del suceso. Intenté entrar, el portero me lo impidió, sólo tenían acceso personas acreditadas, pero entré a la fuerza, lamentablemente me agarraron antes de llegar al piso que buscaba, pensé que debía desechar esa posibilidad, nunca me dejarían entrar a ese departamento, si en realidad existe.

Ya en la calle me sentí desesperado, perturbado, sentía que este suceso me haría sentir más vivo, lo necesitaba, animaría mi existencia, me haría especial, no era un simple deseo, era una obsesión, era como si el objeto de mi vida dependiera de eso, estaba cegado a esa situación, no podía pensar en nada más. Entonces recordé al modisto, ¡¡me había dado una tarjeta!!. Al instante comencé a revisar mis bolsillos, no estaba ahí, revise toda mi ropa ¡¡NO ESTABA AHÍ!!. Todo indicaba que no había sucedido, me sentí destrozado, la gente comenzó a mirarme, quizá por mi aspecto, era deplorable, o tal vez por la lunática actitud que estaba tomando, no me fijaba en nadie, hablaba solo, movía mis manos tratando de darle una explicación a mi situación, mis ojos estaban demasiado abiertos, estaba excesivamente ensimismado, no veía a nadie, incluso creo que en un momento me caí, ni siquiera me importó.

Poco a poco me fui relajando, trocándome en el ser racional que solía ser, entonces fui positivo, pensé que sería cobarde echarme a morir, sólo estaba deprimido, ya pasaría, pronto le volvería a sentir el gusto a la vida, pero faltaba mucho para sacar de mi cabeza todo lo vivido, y seguía cavilando... RECORDÉ MI AMANECIDA EN LA PLAYA, existía la diminuta posibilidad que la tarjeta del modisto permaneciera allí, tal vez se había caído de mi bolsillo, me aferré a ello, comencé a correr.

Ya en la playa, sin fijarme en nada más, llegué al lugar de mi amanecida y comencé a revisar, en cada rincón, busqué como si fuera mi alma lo perdido, como si esta fuera mi última esperanza para vivir. Pero no encontré nada, absolutamente nada. Me sentí triste, pero resignado, el corazón me apretaba, mas pronto se relajaría.

En ese instante el sol pegaba fuerte, era atosigante, contrastando a la noche anterior. La playa estaba desierta, sólo la inmensidad del mar me hacía compañía, decidí sentarme en la arena, reflexionar, soñar, quizás no debí hacerlo, es lo único que hago. Pero lo hice. Comprendí que era el fin de mi aventura, mi oscura aventura, era inútil comentarla, era sólo mía, sólo existiría en mi solitaria cabeza, noté que me sirvió, que la necesitaba, por eso me costó tanto desbaratarme de ella, todavía la deseaba, era estimulante, pero sabía que era el fin, tal vez me la contaría algunas veces en el futuro, me animaría. Dejé mi estúpida desolación de lado y comencé a pensar en mi abuelo, por primera vez, cruelmente lo había dejado de lado, preocupándome en mí, pero extrañamente no me sentí culpable, por alguna razón sabía que él me entendía, incluso sentí que era un importante partícipe en mi historia, ¿por qué?. No sé. Asimilaba esta fuerte impresión cuando de la nada nace a lo lejos una mujer, estaba de espalda con su pelo al viento, comencé a observarla, me intrigó. Con el propósito de vislumbrarla me puse de pie, comencé a avecinarme poco a poco, y sin darme cuenta, cada vez más rápido. Nuevamente estaba seducido, sugestionado, ya muy cerca de ella noté que miraba el mar, su semblante me identificó, su figura era hermosa, cautivante. Decidí acercármele, era una belleza enigmática, caminé a ella y ya a su lado le toqué el brazo, insólitamente no me sentí nervioso, lentamente tornó su rostro hacia mí, era un movimiento sereno, y quedé entumecido, impactado, no lo podía creer, era Claudia... No supe qué decir, pero ella tenía todo claro, me miró a los ojos, me tocó la mano y afectuosamente me dijo:

- ¿Es esto lo que buscas?...

Me mostró la tarjeta del modisto.

FIN


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