Necrofilia
por Jesús DLeón-Zerrath
La llave para abrir los enigmas de su mundo interior dormía bajo el arrullo ancestral de cientos de guerreros armados con fiereza envidiable. D'arcy creyó ver la silueta de algún enamorado posarse junto a la tenue luz de las velas, que con su delicada sensualidad, marcaban el ritmo que esa noche debía seguir. La electricidad parecía no tener deseos de volver más, al menos por esa noche. Imágenes sexuales arañaban su pudor, anhelando abrir una herida lo suficientemente grande para liberar su libido arcano. No era él. Un hálito nocturno se encargó de sacrificar el sutil albor, desatando una negrura abrumadora que rauda abrazó los aposentos de la adolescente.
-¿Quién eres? -preguntó con acento inseguro.
No obtuvo respuesta.
El extraño la sujetó por los brazos, aferrándola contra su pecho. D'arcy sintió como una perfecta amalgama de sensual miedo comenzaba a desencadenarse en su cuerpo. Sensaciones que jamás imaginó enjugaron su inexperiencia. En ese momento quiso, deseó, entregar esa parte que comenzaba a lubricar bajo su ropa interior.
Postergó las amenazas de los cientos de familiares que constantemente la condenaban a conservar su privilegiada doncellez. En el rincón más apartado de su alcoba, abandonó su cordura y se decidió por la oportunidad que ese extraño le ofrecía y que prometía redimir esos secretos tan ansiados como al igual negados.
Poco o nada importó evocar a sus parientes. Hombres con temple de acero y arraigados todos dentro de una corporación secreta que auspiciada por el gobierno federal, se encargaba de proveer mayor seguridad a su nación. D'arcy comprendió y asimiló el peligro al cual se exponía al concretar esa relación dentro de los límites de su familia, no obstante, su determinación era irrevocable.
-No eres Blasko. ¿Quién eres?
Las frases salían a consecuencia de su complejo de culpabilidad, en extremo creía estar cayendo en pecado. Sin embargo, su voz, movimientos y sumisión descartaban todo vestigio de repulsa.
D'arcy se acercó lamer la mejilla derecha del extraño, sintiendo ahogarse en un mar de excitación provocado por la fuerza con que la sujetaba por los hombros. Un hedor a carne putrefacta se clavó como mil agujas diminutas en su fino olfato, al tiempo que experimentó un anormal cosquilleo en su lengua y abrió la boca para permitir que su mano retirara aquello que ocasionaba el hormigueo. Retiró lo que parecía ser arroz cocido y en ese instante la electricidad regresó como arrepentida por dejar a la bella Dïarcy. Asqueada descubrió como un grupo de gusanos oscilaba ajenos a su ubicación. No tardó en avizorar el pútrido estado del extraño, de cuyos músculos gangrenados pendían decenas de larvas. Quiso gritar pero el pánico se lo impidió.
El extraño se aproximó a ella buscando alimento en su carne trémula, logrando arrancarle primero una porción de su cuello; segundo, un manantial carmesí; y tercero, un alarido que en breve concluyó mientras su corazón detenía su pulso y el alma huía a un lugar seguro.
Cuando los guerreros lograron derrumbar la puerta de la habitación que D'arcy acababa de abandonar, encontraron a un muerto viviente de aspecto corrompido, devorando con insaciable glotonería el cuerpo que durante años procuraron cuidar.
El padre de D'arcy cayó de rodillas al descubrir el horrendo espectáculo necrófago. Ahí, sin perder de vista los despojos de su hija, dejó brotar un par de lágrimas, mientras elevaba su revólver buscando la frente del extraño.
-Años protegiendo a mi única pequeña -sollozo afirmando su puntería-. Velando por su futuro y trayéndola conmigo para proveerle de una vida que su madre jamás soñó.
Bajó el arma.
El resto de los parientes contemplaban al patriarca, esperando órdenes.
-Me aseguré de espantarle posibles violadores, cabrones que buscaban su dinero -volvió a encañonar al muerto viviente-. Hemos vencido vampiros, hombres lobo. Todo me esperé. Menos verla muerta a manos de un pinche zombie ojete.
Desvió su mirada mientras la bala hacía su trabajo. Esperó un breve intervalo para entonces tomar la resolución de anticipar el ataque a la necrópolis esa misma noche.