CRISTAL SIGLO XXXVII
por Fran Morell* * *
(Dedicado a Mr. Ward Phillips) Fueron los cristales, los mismos que hace siglos alimentaron a nuestros antepasados, los que originaron la creación de las que se consideraban "leyendas absurdas" por los más ilustrados de la Comunidad. Y el modo en el que llegué a descubrir que esas llamadas "leyendas" de un modo burlesco no eran sino la cruel realidad, una realidad que se abalanzó sobre mi rostro golpeándome con tal fuerza que aún hoy sufro las consecuencias, es el motivo de que hoy, cuando ya es absolutamente inútil, inicie la descripción de lo sucedido con toda la veracidad que mi deteriorada memoria me permite.
La primera vez que oí hablar de los cristales y de su leyenda creo que tenía ocho años. Fue en casa de mis abuelos, una familia en la que algunos de sus miembros habían trabajado en las refinerías de postproducción de los últimos siglos de los cristales. Todos los relatos eran oscuros y hablaban de seres reptilescos que guardaban los cristales para adorarlos en tenebrosos rituales antes de que llegasen los hombres. Esa primera vez que lo oí lo escuché con temor, y en mis pesadillas de niño impresionable se apareció un monstruo reptil con una espantosa lengua bífida, que me devoraba vivo entre sus fauces humeantes, y que me atormentó durante años, a intervalos. Las siguientes veces que lo escuché no pude evitar sonreír. Pero la primera impresión es siempre la correcta.
Era el día decimosexto del quinto mes del año 3646. Ese mismo día en el que nuestra Gran Nación obtenía la victoria sobre las hordas del infame general Sh'Wanarr en el lejano tercer satélite de Venus IV, el día en que hubo celebraciones por toda la Galaxia en nuestras Embajadas y en todas nuestras colonias. Ese mismo día había una persona que no celebraba nada, excepto el deseo de no encontrarse con la muerte. Esa persona era yo.
En la base de las islas Capercaillie se hacían los preparativos para el despegue de una pequeña nave tipo Estrella. Se suponía que era una misión de rutina, inspección de la zona que las Naciones Unidas concedieron en jurisdicción exclusiva a nuestra Nación en Venus I. Nuestro Caudillo había proclamado en varias ocasiones que esa zona, el páramo de Eryx, debía ser respetada para que la inestable Paz mundial pudiera mantenerse. Por eso no era posible enviar naves de combate.
Pero en mi nave Estrella había armamento. Y no eran los simples cañones laser que los contrabandistas del licor del fruto del Seqnharé ocultan torpemente en sus absurdas andaduras. Eran dispositivos de control automático y disparo instantáneo, las que fueron prohibidas por la Convención de 3299.
El armamento era necesario, porque mi misión no era de simple control de nuestra zona. Nos habían informado hacía unos meses de la localización de lo increíble, de la leyenda perdida: el inefable cristal de diodorita pura, el mismo que a partir del siglo XXIII había alimentado con su increíble energía a la mitad de las ciudades de la Tierra, e incluso llegó a extenderse hacia otros sistemas, según decían eufóricos los dirigentes de las pequeñas naciones.
Ese cristal era la fuente de energía más poderosa jamás vista en el Universo, y tal vez nunca se vuelva a ver nada similar. Si de veras existe un Dios, creo que El ocultó en Venus I los cristales, y que no quiso que existieran en ningún otro lugar. El por qué lo hizo así es uno de los muchos misterios de la divinidad, pero tal vez fuese una prueba que la Humanidad no pudo pasar adecuadamente.
Filosofías aparte, los cristales alimentaron a los seres humanos de toda la galaxia durante casi diez siglos. Pero no eran eternos, y se acabaron. Los cristales eran difíciles de extraer, la Crystal Company fundada en régimen de monopolio por el egoísta gobierno de los Estados Unidos de América cerró las puertas de Venus I al resto de la Humanidad. Pero ni nosotros ni esas otras pequeñas naciones pudimos permitir semejante atropello. El modo en que logramos acabar con el monopolio, hacia el siglo XXVII, es ya la triste historia de la Guerra de Venus I.
Durante muchos siglos se dijo que las ruinas encontradas en Venus I pertenecían a las primeras bases americanas. Y durante muchos siglos se creyó. ¿Por qué no se iba a creer? ¿Es que acaso alguien había encontrado vida en Venus I, "un planeta muerto antes de nacer", como lo describieron nuestros más brillantes científicos? Aquellas extrañas ruinas, sin embargo, habían sido derruidas demasiado concienzudamente como para creer que realmente su destrucción fuera causada por la hostil naturaleza de Venus I. Fue el dato más revelador que se mencionó por entonces, hace ya muchos siglos.
La Historia tiene muchas paradojas, y si la Guerra de Venus I fue la más cruel y salvaje que la Humanidad había conocido hasta entonces, si todos los líderes mundiales, especialmente los religiosos, intervinieron activamente a favor de uno u otro bando en los combates, fueron esos mismos "luchadores por el Idealismo" los que tras siglos de infructuosas luchas permitieron que los cristales fuesen compartidos por todos.
Claro que para entonces, ya apenas si quedaba ninguno, y 300 años después, ya sólo eran una leyenda olvidada. Se firmó por entonces el Tratado de Reparto de Venus I, y a nuestra Nación le correspondieron casi 2/16 partes del planeta. Lo aceptamos a duras penas, ya que nuestro Caudillo deseaba más, pero en pro de la Paz mundial, y de la inutilidad de luchar por un páramo desértico, la Guerra terminó de modo definitivo.
Y yo, en el día de la victoria de Venus IV, iba a partir hacia Venus I. Otra paradoja más.
"Tu misión es descubrir si esos cristales están ahí, nada más. No debes traerte ninguno, si es que los encuentras, eso sería como provocar otra Guerra. Los cristales son de nuestra Gran Nación, y de ninguna otra". Eso me dijeron en la base. Era una gran suerte que los cristales pudieran estar en nuestro sector. Bueno, si se piensa bien, teníamos 1 de cada 8 posibilidades de que eso fuera así. ¿Por qué no íbamos a tener algo de suerte esta vez nosotros?
"¿Y las ruinas?", pregunté. "Sólo ruinas olvidadas". Sólo. Ruinas de antiguas bases militares americanas. No había que preocuparse por ellas. Sin embargo, las antiguas leyendas comenzaron a volver a mi mente, a medida que durante los 4 días siguientes la nave tipo Estrella (Factor Dieciséis) Alfa-Sigma- Lambda 2449178821 se aproximaba a Venus I. Las antiguas leyendas que había escuchado cuando era niño en los labios de mi abuelo. Entonces me habían parecido absurdamente reales, parte de una pesadilla que sólo con los años había comprendido que no podía ser cierta. Pero las dudas habían regresado.
El planeta Venus I era antiguamente conocido por Venus. Así, sin numeración. Se le llamaba el lucero del Alba y de otros modos más poéticos. Su belleza hizo que una Diosa adoptara su nombre. Venus, la Diosa de la Belleza, la Diosa del Amor.
(La Diosa del Horror).
A una distancia de 400.000 kilómetros tenía un aspecto realmente impresionante. Recuerdo que me llamó la atención su atmósfera verdosa, y el modo en que parecían girar las turbulencias de los remolinos en medio del magma incandescente de la zona Roja. Su belleza era embriagadora... pero engañosa.
En nuestra zona todavía era posible encontrar roca sólida sobre la que hacer aterrizar una nave tipo Estrella. Y desde allí, ya en la superficie de Venus I, el paisaje era verdaderamente demoníaco. El cielo verdoso no se debía a ningún reflejo gaseoso, sino a los venenos vertidos durante un milenio en la atmósfera y jamás disipados por ningún viento atómico. La superficie rocosa en Venus I es la excepción: la mayor parte del planeta es magma líquido, provocado por la explosión de millones de bombas termonucleares durante la Guerra. Nada ni nadie podría jamás - hasta el final de los Tiempos, dijo uno de los más pomposos líderes religiosos de antaño - vivir en aquel infierno. Pero de todos modos... ¿es que alguna vez hubo algo vivo allí?
Las grietas que se abrían perniciosamente bajo mis pies, protegidos, como el resto de mi cuerpo, por una gruesa capa de bioplasma sintetizado, expelían un fétido humo negro que tan sólo contribuía, curiosamente, a enverdecer el cielo, ya que las placas tectónicas de Venus I estaban aún más contaminadas que su atmósfera.
Recuerdo que pasé junto a ellas con un temor reverencial. Su profundidad era incalculable, ya que nada vivo podría aproximarse para medirlo a menos de 100 millas del lugar, y aunque pudiera hacerlo, no tendría ninguna utilidad. Venus I estaba muerto, y yo sólo iba a constatarlo, nada más. Los astrodispositivos captadores que rastrearon los cristales tenían cierta disposición a contar cosas increíbles, como la existencia de titanio en polvo sobre la superficie de la Luna, y que al final resultaron ser los restos de una vieja placa del siglo XX. Es curioso pensar que los primitivos de hace 2.400 años tuvieran medios para llegar a la Luna. Me pregunto cómo lo consiguieron.
Y ahora todo iba a ser igual. Sólo había que comprobarlo sobre la zona. Mirar, nada más que eso, una simple ojeadita ya sería bastante, todas esas armas pesadas que llevaba en la nave eran inútiles, las absurdas precauciones del Gobierno eran papel mojado, y yo estaba perdiendo el tiempo en un planeta muerto sólo para satisfacer el deseo libidinoso de poder de un hombre que se hacía llamar Caudillo, que llevaba 466 años gobernando nuestra Nación, y que aún no había descubierto el modo de evitar que sus propios súbditos pensasen mal de él.
Claro que eso es lo que pensaba antes de verlo.
Porque el maldito estaba allí. Justo donde lo habían encontrado nuestras sondas. Tan a la vista que parecía como puesto a propósito, como si lo hubiera dejado caer un excursionista despistado. Maldito sea, y yo lo había visto.
Mi primera impresión fue de absoluto terror. En una millonésima de segundo me di cuenta de mi situación: estaba solo. Solo. Parece un contrasentido. Nadie está solo, jamás. En la Antigedad, incluso en aquel siglo XX en el que los primeros humanos alcanzaron la Luna, aún era posible estar solo. Pero ese horror no había vuelto a ser conocido realmente por nadie nunca jamás. "La Comunidad vigila por tí", reza la propaganda. Hay visores en todas partes, suponiendo que fuese posible encontrar un lugar del mundo en el que estar lejos de todo, habrá un visor para tu seguridad.
Y ahora estaba solo. Ni un visor en billones de kilómetros. Ni una sola persona en billones. Así debieron sentirse los marineros exploradores que salieron de sus cuevas para viajar hasta América en la Tierra. Tenía la pantalla para comunicarme con la base, pero estaba en la nave, que había abandonado hacía unas horas. Y nadie podría encontrarme si me perdía, si algo me sucedía. El peor de los males, que fue desterrado de nuestras vidas hace milenios.
El cristal no podía haber causado esa sensación, pensé. Pero aunque era un razonamiento lógico, no podía creer en él. Estaba paralizado por el horror y no podía moverme para acercarme. En realidad, ni siquiera tenía que hacerlo. Mi misión ya estaba cumplida. Establecer contacto visual y notificarlo de inmediato. Esas eran las órdenes. Sólo tenía que volver, y tal vez el mismísimo Caudillo me condecoraría por mi acción.
Pero ya era tarde. Mi decisión había sido tomada. Si a pesar de las violentas tormentas magnéticas que sacuden la atmósfera venusiana, una sonda había podido captar el poder de este pequeño cristal de diodorita pura, si esa misma sonda no podía confirmar la presencia con un nivel de seguridad aceptable, y si era necesaria la presencia de un ser humano para una confirmación total, entonces ya sólo me restaba acercarme al objeto por el cual yo estaba allí perdido, en la región de Eryx, en Venus I, en la zona desmilitarizada correspondiente a nuestra Nación.
Caminé con pasos cortos, pero totalmente decididos. Sabía que en cualquier momento podía producirse una explosión en el subsuelo y abrirse una grieta por la que saldría un chorro de magma que acabaría con mi vida en pocos segundos. Sabía que mi traje de bioplasma me protegería durante unos segundos, pero el horror era precisamente ese: la muerte no sería instantánea.
Tenía la mirada fijamente puesta sobre el cristal. Sólo sabía que era uno por las holofotografías difundidas en la base antes de partir, pero ni todas las holopelículas del mundo hubieran descrito con total perfección la incomparable belleza de aquel cristal. Parecía tener un color verdoso, pero yo ya sabía que eso era debido al reflejo de la atmósfera empozoñada del planeta. A medida que avanzaba hacia él, el color parecía cambiar, y se hacía más azulado, pero en su interior parecía casi palpitar otro color, más violento, casi rojo. Era una obra de arte de la naturaleza, debía medir sobre los 15 ó 16 cms. de diámetro, con una forma ovalada. Dios, eso podría causar la destrucción de toda la Tierra si alguien llegaba a enterarse de que estaba ahí. Y si estaba ahí ése... ¿por qué no iba a haber más?
Cualquiera de esos terremotos podría hacer que Venus I escupiera los cristales que se guardaban en su interior. Hace siglos que dijeron que se habían agotado por completo, pero tal vez Venus I estaba creando otros nuevos...
Y el único lugar de Venus I donde era posible recogerlos era en Eryx, el único continente no hundido en el magma. Y Eryx era nuestro, de nuestra Nación... ¿ser recibido como un héroe? Eso era poco. Tenía que acercarme más, realizar algunas holofotografías, y regresar. Desgraciadamente, no podría llevármelo, porque hubiese sido detectado enseguida por los sensores de las otras naciones, que se hubiesen lanzado de inmediato sobre lo que era sólo nuestro.
En un primer momento ni siquiera me fijé en el muro semiderruido. Pero ahora sé que aunque lo hubiera visto, no hubiera huido, como me dicen todos que debí hacer. Se había despertado dentro de mí algo inexplicable. Comprendí de inmediato todas las Guerras desatadas en torno a estos cristales, y deseé que fuera mío. Sólo mío. Parecía estar allí, sólo diciendo: "ven y cógeme. Yo te convertiré en un hombre rico. ¿Un hombre rico? ¡Olvídalo! Serás el Caudillo. Serás DIOS".
El muro apenas si era visible, pero aún se notaba su presencia en un amplio círculo de unos 70 u 80 metros de diámetro. Era de piedra, como contaban las antiguas leyendas, y desde luego parecía haber sido construido muy aprisa, porque no había nada más que piedra, ningún otro material. Era casi absurdo: ¿Quién lo había hecho? Pero sobre todo... ¿para qué?
Sé que relatar tan fríamente que los muros de piedra existen de verdad, y que yo estaba allí delante, y que los examiné de cerca, puede sonar a fantástico y hasta espeluznante para una persona normal. Pero yo estuve allí, y traje las pruebas, las holofotografías. Las hice. No sé qué han hecho de ellas en el Departamento de Sanidad, pero existían.
Lo que me hizo permanecer allí y atravesar el círculo de piedras derruidas fue el cristal. Avancé hacia él, con una confianza casi ciega. Avancé, hasta que lo inexplicable golpeó mi rostro con la furia de mil titanes. De pronto, algo me golpeó en la cara, y me tumbó hacia atrás. Caí al suelo, y aún entonces ni siquiera pensé en lo horrible de la situación.
Me puse en pie con alguna dificultad, porque el golpe había sido fuerte. Aún me estaba preguntando qué me habría golpeado, cuando volví a recibir otro impacto, esta vez menor. Era inconcebible: un muro frío como el hielo en mitad de Venus I, en la tierra árida de Eryx. De inmediato pensé en una barrera de fuerza N, pero sabía que era imposible. Ningún Gobierno podía haber situado una barrera así en mitad de ninguna parte, y menos el nuestro. Y si lo hubieran hecho, me lo hubieran advertido. De todas formas, en mi termosensor portátil no vi que se señalase nada concreto delante de mí. No había ninguna barrera de energía. Tenía que ser algo real.
Como un ciego, extendí las manos por delante de mí para tocar aquello que me impedía acercarme al cristal. Sí, en efecto, era igual que una barrera de fuerza N, pero no sentía ninguna vibración magnética. Pensé que si fuese algún tipo de nueva barrera, debía comenzar en alguna parte, así que, siempre tocando con mi mano izquierda el frío muro, comencé a caminar para intentar descubrir el origen desde el que se generaba la energía de la barrera.
Mi sorpresa no tuvo límite cuando descubrí que la barrera se curvaba. De pronto, un escalofrío recorrió mi espalda, y tuve que desechar definitivamente que aquello pudiera ser lo que pensaba. De todas formas, no veía ningún poste desde el que se apoyaran las supuestas barreras.
Así pues, tuve que aceptar que aquello era ajeno a nosotros. Al menos, ajeno a mis propios conocimientos como agente del Departamento de Sanidad y Control Doméstico desde hacía más de 23 años, lo cual dejaba pocas cosas sin explicación, realmente. Continué mi caminata, sabiendo ahora que el muro parecía rodear de algún modo el cristal. Era una curiosa circunstancia que después de un trayecto de tantos millones de kilómetros, ahora sólo unos pocos metros me separasen de mi objetivo. Porque por entonces seguía considerando que mi objetivo era estar junto al cristal, nunca pensé en regresar a la nave.
En un instante, y ya no sabría determinar cuál fue exactamente, el muro de cristal dejó de existir bajo el tacto de mi mano izquierda. Supe entonces que había llegado al final, y me dispuse a caminar ahora sí, sin más contratiempos, hacia la fina roca cristalina de diodorita. Pero aún no había acabado. A menos de dos metros, había otra pared invisible obstruyéndome. Traté de pensar con lógica, ya que en el suelo no había la más mínima marca de ninguna pared, como la acumulación de polvo junto a las bases del muro o pequeñas piedras, pisadas, etc. El terreno era irregular, más o menos plano, pero en ningún sitio podría adivinarse la existencia de muro alguno.
Supe que mi única esperanza estaba en mis manos, y pensé que si fuera ciego las cosas serían más sencillas, porque ya empezaba a sospechar la verdad, que el muro no era regular, sino con forma de laberinto, y que el sitio en el que me encontraba no era sino una entrada al mismo. Así pues, seguí la determinación de usar el mismo sistema que hasta entonces: guiarme con mi mano izquierda siempre pegada al muro hasta recoger el cristal en donde estuviese, y salir por donde había entrado.
¿Cómo pude ser tan ciego, yo que quería serlo en aquel instante? La locura se apoderó de mí en ese momento, porque mi única obsesión era alcanzar el cristal, que se me antojaba la única cosa que en todo el Universo valía la pena alcanzar. Desde el centro del laberinto invisible, me miraba malicioso, como el pequeño consejero que junto a un rey vela sólo por sus intereses y hace creer al rey que lo hace por el país.
Durante los siguientes minutos, horas tal vez, vagué adentrándome en el laberinto, sin pensar nada más que en la recompensa del centro, hasta que me tuve que rendir a la evidencia: las paredes no formaban una sola cámara, sino varias, y el sistema de guiarse por una pared era inútil. Mis nervios comenzaron a aflorar. Sabía que quedarse perdido en mitad de un laberinto invisible es una idea absurda, pero entonces era real, yo estaba allí en medio, y sin avanzar hacia ningún lado. Perdí el contacto con toda realidad, y mis esperanzas tuvieron que dirigirse hacia la suerte.
No tenía modo de hacer un mapa. No llevaba nada para hacerlo, y además, sería casi imposible hacer un mapa sólo por el tacto. Tropezaba continuamente en las paredes, las salidas que creía iba a encontrar desaparecían y más de una vez tuve la impresión de haber pasado cientos de veces por el mismo sitio. Pero el tiempo iba transcurriendo, y mi traje de bioplasma no estaba preparado para resistir más de ocho horas sin acople de energía oxigenada. Jamás creí que fuera a necesitar estar más de 10 minutos fuera de la nave, por lo que consideré inútil el llevar recambios conmigo. Y además, a pesar del oscurecimiento total de la atmósfera, el Sol seguía calentando la superficie. Venus I siempre presenta la misma cara al Sol, y esto había provocado un extraño fenómeno de efecto invernadero paralelo que produce temperaturas de hasta 120øC, mientras que la cara opuesta sufre el efecto contrario.
No tenía más remedio que salir de allí, y poco a poco fui comprendiéndolo. Lo primero que pensé fue en saltar sobre el muro, pero pronto me di cuenta de que era imposible. A pesar de la menor gravedad de Venus I, el muro parecía sobrepasar con amplitud los 10 metros. Esto lo supe cuando probé a disparar sobre las paredes: el potente rayo laser de mi Starfex 219 personal, que en la Tierra cortaba acero como queso fundido, parecía no ser más potente que el rayo de luz de una linterna de bolsillo al chocar contra los muros. Al apuntar más alto, el rayo se perdía en el cielo del planeta muerto.
También probé con el suelo, pero comprendí que era muy peligroso: estaba sobre una inestable placa tectónica de roca solidificada sobre un mar de magma fundido. Un intento de ese tipo hubiera producido una grieta que me hubiese matado al instante. Pensé en lo sencillo que hubiera sido recuperar el cristal desde el aire, con la ayuda de la nave, o que el poderoso armamento militar que llevaba en ella habría bastado para destruir estos muros sin problema alguno. Pero ya era inútil. Estaba atrapado dentro.
Mi única salida era tener paciencia, así que intenté memorizar el recorrido que hacía. Cerré los ojos para no tener ninguna referencia visual que me confundiese y para que mi cerebro guardase tan solo la memoria de un mapa en abstracto. Pero todo fue inútil.
El calor comenzaba a sofocarme. El bioplasma del traje presentaba ya un color ennegrecido por la falta de oxígeno y yo mismo me sentía desfallecer con la temperatura. Al cabo de unas horas, el ordenador de cálculo sinergético se fundió definitivamente, aunque ahora sospecho que jamás llegó a funcionar correctamente. El sudor caía sobre mi frente y empapaba mi ropa. Comencé a tener problemas de visión, porque ya me sentía mareado desde hacía mucho tiempo.
La sangre palpitaba furiosamente en mis sienes, y sentí cómo el rugoso castigo de la sed laceraba mis sentidos y comenzaba a hinchar mi lengua. Todo se hacía poco a poco borroso, y dejé de caminar para andar sobre mis rodillas primero, y quedarme sentado después. Con la espalda sobre una de las invisibles paredes, pensé en lo frías que éstas me habían resultado, y lo sorprendente que era esto en mitad del sofoco venusiano...
Entonces comprendí todo. El muro de piedra había sido colocado para advertir a los exploradores de la presencia del peligroso muro interior, seguramente imposible de destruir en modo alguno. Y en medio de la guerra, bien podía haber sido destruido por los que controlaban esta zona para confundir al enemigo, o por la tormentas magnéticas... o por los primeros pobladores. El muro invisible era una trampa, el símbolo de la codicia que había atraído a los humanos a Venus I, para luchar hasta morir.
Todo lo que sigue a continuación no tiene una explicación lógica. Comprendo que mis palabras puedan haber sonado a mis superiores como insultos hacia su inteligencia, porque yo mismo apenas si puedo creerlo, pero si las imágenes siguen grabadas en mi memoria, es porque todo aquello realmente sucedió, y no entiendo por qué a causa de estas explicaciones que siguen, toda mi experiencia por completo es rechazada.
Porque cuando ya habían pasado más de siete horas, y cuando tras un desmayo momentáneo me esforcé por abrir los ojos, lo que vi delante de mí me dejó helado: era el cristal.
Allí estaba, no entiendo cómo; tal vez en mis esfuerzos por salir había llegado por fin a la cámara central donde esperaba el cristal en el suelo. Tal vez. O quizás alguien lo trajo. O quizás había llegado solo. Quizás.
Porque en aquel momento algo llegó a mi mente: era un simple recuerdo, algo ominoso y terrorífico. Era el recuerdo de un recuerdo, una historia de mi abuelo, que a su vez había escuchado contar a su padre entre susurros. Recordé las viejas historias de antaño y me arrastré temblando por el polvo hirviente hacia el cristal.
Ahora relucía con fuerza. Su color era cambiante, de verde purpúreo a ámbar azulado. Y en el centro parecía latir algo. No un color. Una presencia. Invitándome a mirar. Sólo mirar. Alargué la mano para tocarlo, pero la última burla del destino se alzó entre el cristal y yo. Había otro muro. El último. Y el definitivo. Ya estaba demasiado débil para rodearlo, mi traje estaba completamente negro, pronto comenzaría a respirar el aire viciado y caliente de Venus I. La belleza engañosa del planeta de la diosa del Amor me había atrapado. Recordé que el nombre original de Venus I, cuando se creía que eran dos planetas, era Lucifer, el nombre símbolo de la belleza corrupta.
Lo que vi entonces nunca sabré si fue un reflejo sobre el cristal o sobre el muro o simplemente mi alocada imaginación, pero entonces le vi a él. El Reptil de mis pesadillas. Con su lengua bífida. Estaba detrás de mí, mirándome y casi le vi sonreír. Se apoyaba sobre dos patas semejantes a las traseras de un insecto, y caminaba bamboleante entre una bruma verdosa.
Un dolor agudo subió por el lado izquierdo de mi pecho y se extendió por todo el cuerpo hasta el brazo. La negrura se apoderó de mi vista, pero sólo fue un instante.
Yo estaba tumbado boca abajo, mirando hacia el cristal, y desde allí el Reptil acercó su mano huesuda y despellejada hacia mi rostro, para arrancarlo y devorarlo vivo y palpitante, pero pasó de largo. Se acercó al muro... y lo atravesó. Cogió el cristal, y se marchó. Simplemente, desapareció entre brumas. Supongo que ni siquiera se molestó en devorarme. Para entonces mi corazón ya se había detenido.
Me dijeron después que había sido encontrado por el equipo de rescate de apoyo casi dieciocho horas después, pero yo sé que eso es imposible. Nadie puede sobrevivir tanto tiempo sobre la superficie de Venus I sin ayuda, y menos aún con un ataque cardíaco.
Pero eso no es lo que me desconcierta. Lo peor fue que me encontraron en mitad de un páramo desértico, y llegaron hasta mí sin problema alguno. Nadie vio ni sintió ningún muro de cristal, ni restos de muros de piedra, y los doctores se rieron cuando sugerí algo sobre un ser reptilesco.
Nadie quiso creer mis historias, y el hecho de que el dispositivo de holofotografía estuviese destrozado no contribuyó a que se me creyese más. Yo intenté exponer los hechos: el reloj de la nave Estrella indicaba la hora de mi salida, y no el de mi entrada, pero cualquier avería era posible cuando la temperatura sobrepasa los 120øC en medio de una tormenta magnética creada con la explosión de millones de bombas termonucleares.
Ahora Venus I sigue esperando a otro incauto, que se deje atrapar por la trampa de la codicia: los muros de Eryx. Tal vez esa fue la misión primordial de Venus I, la de atrapar a los seres humanos en su interior y destruirlos cuando luchen por lo que ni siquiera es suyo. Quizás Venus I es una prueba para la Humanidad, y la Humanidad aún esté a tiempo de superarla. Todo esto es lo que dije a lo largo de los casi dieciséis años posteriores, en los que estuve apartado del servicio por causas psiquiátricas, pasando de uno a otro despacho sin solución de continuidad. Pero estos argumentos no parecieron impresionar en modo alguno a los doctores.
Mi situación actual, de retirada permanente del servicio, no es la que me esperaba cuando vi el cristal por primera vez sobre la oscura superficie del planeta muerto. Ahora es inútil cualquier explicación, no soy más que un demente que dicen que mintió, fingiendo haber visto cosas extrañas en un sitio en el que nunca ha habido nada.
Y además, el cristal tampoco estaba.