El cazador invernal
por Iván Rosique González
Corría el mes de diciembre, un diciembre especialmente frío, cosa rara en aquella zona de la región de Murcia.
La señorita Selphie Tilmitt salió como cada día en dirección a la panadería. No hacía un día especialmente bonito, pero ella se sintió con la alegría y vitalidad de un soleado día primaveral.
La panadería no quedaba lejos, pero ese día el camino se le hizo aún más corto que otros. Tras la cola de rigor, también más corta que en otras ocasiones, compró el pan del día y se dispuso a regresar a casa.
Miró al cielo sonriente, y observó la calle de la panadería con detenimiento, sin saber qué había de extraño en ella hoy. Tras unos instantes descubrió una casa muy nueva, que resaltaba por tener una fachada de color rojo carmín. En la puerta había un chico con observando a Selphie. A pesar de su espesa barba de color negro carbón no aparentaba más de veinte años. Tenía una también espesa melena rizada de igual color. Ella observó divertida que con su corpulencia, su barba y su camisa roja de cuadros, parecía un leñador.
Cuando pasó por su lado, Selphie le saludó, y él, en vez de devolverle el buenos días, se quedó mirándola como un bobo. Ofendida, se apresuró a llegar a su casa, pues aunque era pleno día, y no corría ningún peligro en una calle tan transitada, ella no se sentía en absoluto a salvo.
Suspiró aliviada cuando se dejó caer en el sofá de su casa. Vivía sola, aunque en un piso muy pequeño, pues no podía pagarse nada mejor mientras estuviera estudiando en la universidad. Gracias a Dios éste era su último año, y se estaba tomando un año sabático para prepararse la tesis. Entonces podría conseguir un buen trabajo y empezar a vivir la vida. Hasta entonces nunca había salido con nadie, rara vez salía de casa, y dedicaba sus días completamente a estudiar, en una absurda obsesión por ser la mejor.
Al día siguiente pronto se le fue al garete su euforia mañanera, pues de camino a la panadería volvió a ver al extraño "leñador". Esta vez no le saludó, pero de igual modo él se quedó observandola de aquella manera tan extraña, como si quisiera comérsela.
"A saber lo que estará pensando el muy cerdo. Oh, Dios, seguro que quiere violarme". Pensó temerosa mientras iba aligerando el paso. "Pues por lo que a mí respecta, te vas a quedar con las ganas."
Él, en cambio se regocijaba de su miedo. Podía sentirlo.
No necesitó mirar para saber que el desconocido había comenzado a sonreír.
Ese día compró pan para una semana. Le daba igual que se pusiera duro, no quería volver a encontrarse con el "leñador".
Aquella tarde, Selphie durmió la siesta. Normalmente no lo hubiera hecho, porque pensaba que la siesta era una pérdida de tiempo, pero tenía demasiadas cosas en la cabeza.
En realidad sólo podía pensar en aquél hombre. Con cada ruido se alarmaba, y en cada sombra veía a aquél misterioso hombre, cuya existencia le parecía sobrehumana.
No tardó en despertarse, sudorosa. Abrió la ventana del salón, para que se aireara la habitación. Temblando, se dirigió a la cocina, a por un vaso de zumo de piña.
De pronto, mientras vertía el líquido en el vaso, oyó un fuerte golpe en la puerta de la casa. Sintió un miedo que nunca antes había sentido. ¿Quién sería? Otro golpe. Mientras tanto, el zumo, ajeno a la chica, llenó el vaso de cristal y comenzó a derramarse por toda la mesa. Ella ni se enteró en ese momento. Más golpes, esta vez más fuertes. "Habrá que abrir, ¿no?". Pero no, no abrió. Ella bien sabía quién era, no tenía necesidad de comprobarlo. El cartón de zumo se fue vaciando hasta que sólo continuó cayendo de él una espesa espuma. Los golpes en la puerta continuaron insistentes.
Con temblorosos pasos vacilantes se fue acercando a la puerta. Cuando ya casi podía ver a través de la mirilla de cristal se paró, temerosa de que quien estaba tras ella pudiera verla a ella también.
"¿Estoy enloqueciendo?". Vacilante, se inclinó con valentía dispuesta a averiguar la identidad del visitante. Pero ella sabía muy bien quién era; oh, sí, claro que lo sabía.
Pero allí no había nadie.
Aliviada se dejó caer en el suelo y sintió como dos lágrimas le recorrían la cara. Se limpió la cara con la camiseta y, sin poder evitarlo, siguió sollozando en silencio.
En ese instante volvieron los golpes, insistentes, más fuerte que nunca. Mientras sonaban, se incorporó, y, en cuclillas, aguardó a que cesaran de una vez por todas.
Aterrorizada, se irguió y se fue a la cama, se cubrió con la manta hasta la cabeza y cerró los ojos con fuerza, intentando en vano dormirse.
Así estuvo hasta que llegó la noche, y con ella se reanudaron los golpes.
Tras un par de golpeteos más volvió el inquietante silencio, roto por el sonido de la lluvia que había comenzado a caer sobre la calzada.
"Volverá a tocar. Lo sé."
"Pero, si no le abro no tiene forma de entrar."
"¿Verdad?"
"¿Verdad?"
Entonces se acordó del televisor. Sí, aquello la distraería. Pero no, no podía parar de pensar en qué pasaría si conseguía entrar. La violaría dos veces, después la dejaría inconsciente, la volvería a violar y después de matarla, probablemente por asfixia, la volvería a violar.
Intentó de nuevo, vanamente, conciliar el sueño.
Un soplo de aire frío, muy frío, que le erizó los pelos de la nuca, la hizo volver en sí. Horrorizada recordó cómo horas antes había abierto la ventana. Rápidamente se incorporó y la cerró.
"¿Y si está aquí? Oh, Dios mío..."
Entonces su sospecha se convirtió en la certeza de que ya estaba en su casa, escondido en las sombras.
"Es ridículo."
Y en realidad nadie entró por la ventana.
Selphie volvió a sentir el frío del exterior. Su mirada se dirigió a la puerta que, como descubrió aterrorizada, estaba abierta de par en par.
Abrió la boca para gritar, pero otra boca se posó sobre la suya, y unas manos frías como la nieve se posaron sobre las suyas. Era como besar un espejo, mientras te apoyas en el
Era él.
Entonces supo que iba a morir.
No pudo oponer resistencia, aunque hubiera tenido el valor de hacerlo, pues mientras el desconocido aspiraba a través de su boca, una fuerza misteriosa parecía congelar su cuerpo y le impedía moverse.
Sin saber cómo, su mano derecha quedó libre, y cogió el primer objeto que tuvo a su alcance. Al parecer era una cámara de fotos.
En un último esfuerzo, sudorosa como nunca, apretó el gatillo sobre su atacante.
Una luz iluminó la habitación. El flash. En ese momento pudo ver sus ojos vidriosos de color amarillo, tan vivo como el fuego, diferente a cómo los recordaba. Entonces el ser retrocedió, se dio media vuelta, en dirección a la puerta y, allí se paró. Se volvió hacia Selphie y murmuró con una voz que sólo podía pertenecer al mismísimo Satanás:
- Tarde, ya tengo lo que quería -y con estas palabras se volvió y desapareció.
Ella se desmayó.
Cuando abrió los ojos era de día. La luz entraba en gruesos e intensos rayos por las ventanas y los pájaros trinaban.
Todo había sido una pesadilla. Como cada día fue a la panadería, compró su pan del día y en el camino de vuelta se planteó la temida pregunta:
"¿En verdad había sido una pesadilla?". Entonces comenzó a dudar, se paró en seco y observó con detalle la calle. Suspiró aliviada cuando comprobó que la casa de color rojo carmín no había estado nunca en ese lugar.
Volvió a observarlo todo aún más despacio. No, no había duda, en el lugar donde debía estar solamente había una vieja casa abandonada, que en absoluto era de color rojo, sino de un amarillo más bien ocre.
Con el paso de los días prefirió apartar de sí el recuerdo de aquélla horrible pesadilla. Incluso aprovechó ese mismo fin de semana para hacer una excursión con los amigos a los Pirineos catalanes, donde gastó las quince fotos que le quedaban de carrete a su cámara fotográfica, y, impaciente lo llevó a revelar.
Dos días después, abrió el sobre con las fotografías y se quedó atónita cuando allí, la primera de todas, estaba la foto. Sí, la foto que había sacado al demonio de su "pesadilla". Sus manos comenzaron a temblar, y todas las fotos cayeron al suelo.
Se agachó a recogerlas, pero lo que se encontró la dejó atónita.
En ninguna de las fotos posteriores en la que ella debería salir aparecía. En algunas se podía observar vagamente su figura, pero en la gran mayoría aparecía sólo el paisaje pirenaico.
Aterrorizada, se dirigió hacia un coche cercano, un todoterreno.
En ese momento lo comprendió todo.
Lo que vió le hizo perder el sentido, se desplomó sobre la acera como una muñeca de trapo. Sin duda sería más acertado decir "lo que no vió".