906-666-666: Atrévete a llamar
por Fran Morell
Dedicado a todos mis lectores mexicanos
- ¿Habéis visto ese de la tele? - dijo Laura de pronto, girándose hacia Rafa, y luego hacia mí. Su pelo rojo brilló bajo el pálido resplandor del flexo que teníamos encima y que iluminaba el montón de papeles y diagramas.
- ¿El del teléfono?
Inevitablemente, el aburrimiento había llegado a engullirnos a todos; la conversación estaba subiendo de tono, y me di cuenta a tiempo, así que intervine para pararles los pies:
- Bueno, bueno, vamos a dejarnos de teléfonos. Ocupémonos de lo nuestro.
Sin embargo, Laura no era de esa clase de gente que sepa captar una indirecta. Y si lo era, no era de esa clase de gente que me tuviera demasiado respeto. Ni a mí ni a nadie. Bien. Tal vez en eso estuviera su encanto.
- El del 666. El teléfono del diablo, ya sabes. "906-666-666, atrévete a llamar". ¿Alguna vez habéis llamado?
- No, yo no. - No sé si Rafa estaba buscando atraer la atención de Laura, pero no pude evitar sentir que la miraba como si fuera a comérsela con los ojos. - ¿Es que tú sí?
- No, yo tampoco. Pero podríamos llamar ahora, por probar. ¿Qué os parece? - Me quedé un segundo como hipnotizado. Me encantaba ese modo de mover las manos de Laura. Y su timbre de voz.
- Venga, por favor. - Hice un último esfuerzo, pero ya sabía que sería inútil. Teníamos todavía mucho trabajo aquella tarde y la presentación del proyecto sería al día siguiente, a las nueve. Yo sabía que me iba a tocar quedarme toda la noche, como siempre, pasando todo aquello al ordenador, imprimiendo, y haciendo copias para todo el mundo. Lo hubiera hecho de buena gana por Laura, pero no por Rafa. - ¿Por qué no hacemos algo de provecho, para variar?
- ¿Quién llama? ¿Tú, Lolo? - Laura miró hacia mí, y casi sentí parárseme el corazón. Tenía una sonrisa preciosa. Falsa, pero preciosa.
- Llamo yo - se adelantó Rafa. Aunque yo no tenía ni la más mínima intención de coger el teléfono, por alguna razón me molestó esa iniciativa, y deseé haberla hecho yo. Laura parecía entusiasmada, y tendió el teléfono hacia mi compañero de trabajo.
Rafa ni tan siquiera atendió a mis últimas súplicas: "¿sabéis cuánto cuesta eso?" "alguien tiene idea del tiempo que llevamos aquí?", y continuó marcando. Al cabo de unos segundos de tener el auricular pegado a la oreja, dijo, casi cuchicheando:
- ¡Ya! Espera, dice... "Bienvenido al número del diablo, por favor, pulse el 1 si quiere conocer el horóscopo de Capricornio, pulse el 2 si quiere conocer el horóscopo de Acuario, pulse el 3 si quiere conocer el horóscopo de Aries...". ¡Jo! ¡Esto es una estafa! ¡Es un número de esos que te dan el horóscopo!
- ¿Y qué te esperabas? - comentó Laura, cogiéndole el teléfono.
- Qué decepción. Nadie se lo esperaba - dije con evidente sarcasmo. Al menos, yo esperaba que mi frase fuera así entendida. Pero no. Así que continué: - Y ahora, ¿podemos seguir con lo nuestro...?
- Déjame a mí. Ya que estamos en ello... - dijo Laura. Definitivamente, no estaba atendiéndome.
Laura se quedó unos segundos escuchando, y marcó un número rápidamente. Rafa se pegó como una lapa a la cara de Laura por el lado del teléfono para escuchar, pero ella le separó con un gesto de la mano. Un gesto que agradecí como si me hubiera tocado la lotería.
- Es mi horóscopo. Dice... "Los Capricornio podrán disfrutar hoy de los placeres de la vida. Preocúpese por su sistema digestivo... Tal vez un amigo le prepara una sorpresa...". ¡Qué emoción, una sorpresa! Fin. ¿Se acabó? ¿No dice qué sorpresa? ¡Jo! ¡Ah, no, espera! "Por favor, pulse...". Nada, es el mismo mensaje que al principio... parece que lo repiten.
- Ahora déjame oír a mí - comentó Rafa, tomando el teléfono de las manos de Laura. De nuevo sentí una punzada de algo inexplicable, al observar aquel breve contacto entre ambas manos. Rafa sólo trataba de impresionar a Laura. ¿Desde cuándo le interesaban a él los malditos horóscopos?
- Me dice que hoy le puedo dar una sorpresa a una amiga...
- ¿Qué? ¿De verdad? - dijo Laura mirando a Rafa con los ojos muy abiertos, pero él no pudo evitar esbozar una sonrisa al verse descubierto. - ¡Qué va! ¡Me tomas el pelo! ¿Qué te ha dicho, en serio?
- Nada, es un secreto. Sólo me interesa a mí.
- ¡No vale! ¡yo os lo he contado! - La mueca de mohín de Laura valió por toda la tarde. Era encantadora; pero no era para mí.
Rafa se acercó a Laura y le susurró algo en el oído. Ella se rio y yo creí que aquel gesto de complicidad entre ambos me ponía enfermo. Tenía que hacer algo para detenerles, pero de mi boca sólo salieron estas palabras:
- Bueno, pues entonces, vamos a seguir. Estábamos con los números de la sección B, ¿verdad...? - Me odié a mí mismo por haber dicho aquello, que sonaba tan asquerosamente aburrido en aquel momento, pero ya era demasiado tarde.
- Ah, no, no, de eso nada. Ahora te toca a tí. - Sugirió Laura.
- Es verdad. Te toca a tí, - sonrió Rafa.
- ¿Cómo que me toca? Si habéis llamado los dos, ya está. Vamos a dejarlo, por favor. - No estoy seguro, pero creo que mi cara enrojeció levemente. No me esperaba que me quisieran hacer partícipe de su estúpido juego.
- Venga, venga, ¿cuál es tu signo? - dijo Laura. Como siempre, parecía no captar las indirectas. Ni las directas.
En realidad, no sabía si decírselo y de este modo establecer algún tipo de complicidad con ella del mismo modo que había logrado Rafa, o si dejarlo pasar. La tentación era muy fuerte hacia esto último, así que abrí la boca sin estar muy seguro de lo que iba a decir:
- Virgo.
- Vale, pues el 9. Dale.
Pulsé el 9 en el aparato y cogí el auricular. Me lo acerqué a la oreja con hastío, pero sin apartar la vista de Laura, mientras una voz femenina muy seductora decía al otro lado:
- Espere mientras se establece la conexión, por favor...
- ¿Qué?, ¿qué? - dijo Laura.
- Nada, por ahora sólo dice que espere...
Al otro lado del teléfono, la voz dijo inverosimilmente:
- Bienvenido a su conexión con el príncipe del infierno. Por favor, exprese su deseo AHORA.
No sé cómo explicarlo, pero de algún modo, ese "ahora" fue un "ahora" en mayúsculas. Como si se pudiera hablar escribiendo las palabras en el aire. Sentí algo de asco, ese tipo de voces comerciales, tan falsas, me parecían de lo más repulsivo. Se nota tanto que hablan mientras leen un papel, que dan ganas de colgar. Son tan intimidantes. Evidentemente, no sabía qué hacer, porque mis dos compañeros me miraban con ojos muy abiertos, esperando mis palabras como si de un oráculo se tratara. Entonces, Laura me sonrió, y sólo por eso me pareció que llamar había sido una buena idea.
- ¿Qué dice? - Preguntó Rafa, rompiendo el hechizo.
Pero yo permanecí callado. Aunque casi podía presentir que había alguien escuchando al otro lado, de hecho, allí no se escuchaba nada. Silencio absoluto, ni siquiera el típico chirrido de fondo con el que nos obsequia nuestra única compañía telefónica favorita. Sólo silencio. Nada. Vacío total. El silencio absoluto del abismo y su irresistible llamada... la caída al vacío en sueños durante toda la vida... sentí un breve mareo, tal vez vértigo, pero estaba pegado al teléfono, como hipnotizado.
La situación permaneció así, como si el tiempo se hubiera detenido un par de segundos, cuando Rafa, a cámara lenta, se acercó de nuevo al oído de Laura y le cuchicheó algo que no pude entender, pero que me pareció que era asqueroso. Lo que sí entendí dolorosamente fueron las risas de Laura, y viéndola allí, al otro lado de la mesa, de nuevo me causó una punzada en el corazón. Deseé que Rafa desapareciera. Deseé que Laura se fijara en mí, que escuchara lo que yo decía, que se riera con mis bromas... ¿mis bromas...? ¿qué bromas? No me gusta bromear, y menos con los compañeros de trabajo. Reconocí que jamás había hecho ni un chiste y decidí que era hora de cambiar. Claro que no tenía ni idea de cómo.
Al otro lado del teléfono, de pronto, alguien dijo:
- Su deseo ha sido tenido en cuenta. Gracias por llamar al número del diablo. - Y se cortó la conexión.
- ¿Entonces...? - preguntó de nuevo Rafa.
- Nada, se ha cortado.
- ¿Pero qué te ha dicho?
- Nada, ya te dije que se ha cortado. No dijeron nada.
De nuevo, Rafa se acercó a Laura y le volvió a susurrar alguna gracia en el oído. Laura se rio, llevándose las puntas de los dedos al pecho de un modo tan ligero y sensual que casi creí marearme.
* * *
- Bien, ya acabamos. Ya era hora. - Dijo Rafa estirándose vulgarmente, como un animal enjaulado. El reloj de la pared cambió su último dígito, de 6 a 7. Eran las 21:07, hora de marcharse a casa.
Laura se puso en pie y miró el reloj. Me fijé en su falda corta a cuadros y en sus piernas torneadas con medias azules mientras se levantaba. Estaba encantadora. Cada uno de sus movimientos era una delicia, y me obligaba a seguirla con la vista, allí sentado... podría quedarme toda la vida mirándola... Pero no. Ya era suficiente. Ella podría darse cuenta. Por fin me decidí a abordarla y preguntarle si quería quedarse a tomar una cerveza. La sola idea de hablar con ella me hizo latir muy deprisa el corazón, como si fuera un colegial asustado en su primera cita. Tenía que alejar de mí esos pensamientos, o no sería capaz de dirigirle la palabra.
Reuní un poco de valor. Me puse en pie mientras veía a Laura salir del despacho, y la seguí a unos pasos de distancia hasta la entrada, cuando de pronto, no sé desde qué sitio, apareció Rafa y se colocó ante Laura. La agarró suavemente de un codo y la invitó a un café antes de que yo tan siquiera pudiera decir nada. Ella aceptó encantada. Demasiado deprisa, me parece a mí. Pero por si no fuera bastante, antes de cerrar la puerta de cristal, se dio la vuelta y me dijo:
- ¿Tú, Lolo, no vienes?
Yo iba a contestar. Lo juro. Iba a decir algo, incluso abrí la boca en un patético esfuerzo por hablar, pero debió pasar más tiempo del razonable, porque Rafa habló antes. Lo que dijo fue atroz:
- Es mejor que te quedes, alguien tiene que hacer esas fotocopias. - Y sin más dilación, tomó a Laura por la cintura, empujándola suavemente, y se marcharon. Pude verles bajar por la calle y perderse entre el gentío que todavía, a esas horas, pululaba alrededor de las tiendas en busca de las últimas compras de navidad.
Yo me quedé allí, simplemente destrozado. Todavía me temblaban las manos y el corazón me palpitaba más aprisa de lo normal cuando ya habían transcurrido unos minutos. ¿Qué había sucedido? ¿Qué había fallado? Rafa se había adelantado, robándome a Laura por tan sólo unos segundos. Sólo un par de segundos más y yo hubiera... yo... yo y ella... ella y yo... Pero no, eso sólo eran excusas, debía haberla abordado antes, cuando nos quedamos solos en el despacho, o durante el trayecto por el pasillo, mientras trataba febrilmente de extraer de mi mente las palabras más adecuadas para comenzar.
Y además sabía que de todas formas, tendría que quedarme. Aunque habíamos terminado el trabajo importante, la presentación aún distaba muchísimo de estar a punto. Había que hacer las copias, preparar los guiones, disponer la sala... todo para mañana temprano, ya sabía que eso sería imposible de terminar antes de que llegasen los demás, y por eso alguien debía hacerlo. Normalmente a mí no me importaba. Normalmente.
Volví al despacho y durante un par de minutos traté de olvidarlo. En serio, hice como si no hubiera pasado nada, como si nunca hubiera visto esas piernas, esa cadera, sus pechos apenas insinuados bajo el jersey, que me hacían preguntarme si llevaría sujetador. Era perfecta. Y era imposible. ¿Cómo olvidar lo que había visto? ¿Cómo podría? ¿Quién podría?
Supe que hacía tiempo que me pasaba esto. Hasta ahora había tratado de ignorarlo, y cuando por fin me di cuenta de que no podría hacerlo, me había resultado imposible hablar con ella. Simplemente no estaba preparado. Tal vez un par de días más, mientras pensaba en lo que decirle, en las palabras exactas... sí, eso hubiera sido perfecto. Habría seguido disfrutando de su maravillosa presencia, de su voz, de su mirada, sus pasos... y al final, me hubiera decidido. Y ella habría aceptado. Luego...
Luego se interpuso Rafa. El muy cabrón. ¿Qué derecho tenía a hacer eso? Bien se veía que era yo quien estaba interesado en Laura, pero él no se dio por aludido y me la robó ante mis mismísimas narices. Él no estaba realmente interesado. Para él, Laura sólo era otra de sus numerosas conquistas, después de su divorcio lo estaba pasando en grande. Cualquiera podía ver que Rafa era de esa clase de gente para los que hablar era muy fácil; tenía gran facilidad de palabra, siempre era él el encargado de hacer las presentaciones, aunque fuese yo el autor de los proyectos. Mucha gente me había dicho que yo no debía permitir que hiciera eso, que debía imponerme, que podría perjudicarme... sí, es cierto, pero de todas formas yo no estaba especialmente interesado en destacar.
Sin embargo, esto había sido demasiado. Rafa se había interpuesto claramente. Hasta un ciego lo hubiera visto. Yo iba tras de Laura, y él había aparecido en el momento más inesperado. ¿Inesperado? ¡Ja! De eso nada. Sin duda, había estado esperando tras la esquina de la entrada. Lo hizo aposta, para humillarme. Había estado al acecho, y me había quitado a Laura en el último momento, vertiendo la última gota, la que hizo derramarse el agua del vaso.
Imaginé lo que estarían haciendo Laura y Rafa en este preciso momento. En la cafetería de la esquina, bebiendo cerveza y riendo juntos. Riéndose de mí, claro. Podía casi oír su conversación, tomándome el pelo. Ellos disfrutando y yo trabajando. Haciendo SU trabajo. Claro que eso se había acabado. Ya nunca más volvería a quedarme. Al principio les parecería mal, pero luego lo tendrían que aceptar. Imaginé a Rafa rogándome que me quedara, que él tenía que ir a recoger a sus hijos a alguna parte, o Dios sabe qué excusa tonta. E imaginé mi respuesta, ácida y sarcástica, y su cara de decepción, y eso me hizo sentir mejor. Pero luego imaginé qué pasaría si Laura me lo pedía. No podría decirle que no. La misma respuesta para Laura sería una bofetada en pleno rostro, algo que yo jamás haría con ella.
Claramente había alguien que sobraba en esta relación, y ese era Rafa. Si Rafa desapareciera, si él se marchara, si algo le ocurriera... entonces todo sería perfecto.
El timbre del teléfono me distrajo de mis pensamientos. Aproveché para mirar el reloj de la pared, pero no pude fijarme en la hora. Cogí el auricular:
- Diga.
- Manuel, ¿qué daría para que se cumpliera su deseo?
Me quedé sorprendido. La voz era gruesa pero fuerte, con cierto tono rasgado. De fondo escuché voces rápidas, confusas, chillonas, infantiles, de bebé incluso, sin decir nada concreto, como en un cántico inarmónico. Como un disco girando al revés.
- ¿Quién es? - dije, asustado. Por algún motivo, aquel sonido me puso muy nervioso. Me dio miedo. Pero nadie respondió al otro lado, como si mi pregunta le hubiera ofendido. Como si fuera algo tan obvio que no necesitase respuesta.
Y no la necesitaba. No sé por qué, no sé cómo llegué a esa conclusión, pero ya sabía quién era. Era él. El diablo. Estaba al otro lado preguntándome si quería llegar a un trato. Por qué, cómo... todas esas preguntas carecían de importancia y hasta de significado ahora mismo. Simplemente lo sabía, era claramente obvio. Ahora sólo tenía que responder.
Responder... ¿qué?
- No sé...
- ¿Daría, tal vez, su alma, Manuel?
- Ehm... sí... ¡claro! - "¿Qué alma?", me pregunté. Ahí le había pillado. Nadie sino Rafa sería tan imbécil como para llamar y decir esa estupidez. Seguramente estaba en el bar, llamando desde la cabina. De ahí los ruidos de fondo. Continué: - Pues sí señor, mi alma para que ese cabrón de Rafa desaparezca. - Eso debía bastar. Rafa colgó al otro lado, al sentirse atrapado en su propio truco. Ahora no tendría un buen chiste para comentar con Laura. A no ser que mintiera, claro. Él sería muy capaz, pero ya me daba igual. Lo que contase, sería mentira.
Regresé a la mesa y me puse ante el ordenador, satisfecho conmigo mismo. Vaya imbécil. ¿Es que me tomaba por un subnormal o qué? ¿Acaso creía que no me iba a dar cuenta? Era su voz, sin lugar a dudas. Un poco forzada, para hacerla parecer algo demoníaca. A Rafa siempre le gustó lo teatral. Era un actor consumado.
Acabé con el trabajo antes de lo previsto. Las once copias estaban impresas. Siete para los clientes, una para el jefe, tres para cada uno de nosotros. Me dieron ganas de dejar la de Rafa sin imprimir, pero comprendí que sería inútil. Seguramente cogería la mía. Preparé el proyector de diapositivas, la pantalla y las sillas alrededor de la mesa. Todo olía un poco a tabaco, pero el olor se disiparía durante la noche.
Miré el reloj. 21:52. Tal vez aún tuviera tiempo de llegar al bar y encontrarlos a los dos, así que salí apresuradamente de la agencia. Cerré la puerta y giré la esquina, hasta la cafetería. Había bastante clientela, pero no vi a Rafa ni a Laura desde fuera, así que entré. No estaban. Pregunté al camarero:
- Pepo, ¿has visto a Laura?
- Sí. Rafa y ella salieron hace un rato. Qué buena pareja hacen, ¿verdad?
Otra puñalada en el corazón. No quise seguir preguntando y ni siquiera me quedé a tomar algo.
* * *
Al día siguiente tenía que llegar temprano, pero no pude. Mi obligación era estar allí a las nueve, por supuesto, pero por algún motivo tenía ganas de llegar un par de minutos tarde, sólo para ver cómo se comportaría Rafa sin mi ayuda. Quería verle la cara de desesperación, sin saber cómo empezar a hablar. Sólo un poco, claro, lo suficiente para verle en apuros pero no para perder a nuestros clientes. El jefe me hubiera matado.
Cuando entré en la agencia eran las nueve y cinco. Una hora perfecta, y supongo que mi sonrisa me delataba. Sin embargo, comprendí muy pronto que algo iba mal. Tere, la recepcionista, estaba llorando. Normalmente no suelo hablar mucho con ella, pero ante aquel panorama no pude menos que preguntar:
- Tere, ¿qué te pasa?
- ¿No te has enterado? - respondió.
- No; ¿de qué? ¿Has tenido algún problema?
- Rafa ha muerto.
- ¿Cómo? - Me quedé helado. No sabía qué decir. Y supongo que me hubiera quedado allí, petrificado, con la boca abierta, si no veo aparecer a Laura con el jefe, haciéndome señas para que entrase.
- Pasa, Lolo, pasa. La reunión se ha suspendido, lógicamente. - dijo el jefe.
- Yo acabo de llegar. Acabo de enterarme. ¿Qué ha pasado?
- Nosotros también. Acaban de llamar del hospital. - Contestó Laura, también llorando. - Ha sido esta misma mañana, a las ocho, cuando estaba dejando a los niños en el colegio. Un coche le ha atropellado y se ha dado a la fuga.
Dios mío. No sabía qué decir. Estaba muerto de miedo. De pronto sentí no sólo que el mundo se me caía bajo los pies, sino que de algún modo, yo era el culpable, y que todos me miraban como si yo lo fuera.
¿Lo era? No, por supuesto. ¿Por qué iba a serlo? Todo aquello del número del diablo me vino a la cabeza. Intenté repasar si de algún modo yo había encargado esa muerte. Qué tontería. Era un absurdo, provocado por los nervios y por la impresión de la luctuosa noticia. Yo no había hecho nada, pero cuando hay una muerte tan cercana, de pronto te vienen ideas extrañas a la cabeza. Rafa había muerto, y lo único en lo que podía pensar ahora mismo era en que tenía el camino libre para hablar con Laura. Sonaba asquerosamente egoísta, pero de todos modos, Rafa nunca me había caído lo que se dice muy bien.
- ... rojo?
- ¿Qué? - Laura estaba hablando conmigo y no me había dado cuenta. - Perdona, no te estaba escuchando.
- Te decía que si tú no tienes un Fiat rojo.
- Sí.
- No, porque a Rafa le atropelló un Fiat rojo, matrícula de Madrid.
- ¿Qué quieres decir? Hay miles de coches como ese. ¿Es que crees que yo...?
- No, por supuesto. Sólo era una observación.
- No ha tenido gracia, Laura. ¿Cómo iba yo a...? ¿Y por qué?
- Es cierto, señorita Díaz. Es mejor no entrar en cosas como esas ahora mismo. Lo que haya que decir, dígaselo a la Policía - intervino el jefe.
- ¿La Policía? - pregunté. - ¿Es que ha habido testigos?
- Sí. Estaba yo - dijo Laura.
- ¿Y qué hacías tú con Rafa a las ocho...? - Me odié a mí mismo antes de poder terminar la frase, antes de darme cuenta de que lo había dicho en voz alta.
- No te importa. - Y se echó a llorar.
"Mierda. Estupendo. Y ahora esto".
* * *
Cuando se hubo marchado la Policía, yo no era consciente de casi nada, excepto de que el único testigo del atropello afirmaba que el culpable conducía un Fiat de color rojo, matrícula de Madrid, y que llevaba un jersey amarillo. Justo lo que yo llevaba puesto ese día. La Policía simplemente me advirtió que debía permanecer localizable porque tal vez volvieran a llamarme proximamente. ¿Localizable? ¿Y a dónde iba a ir yo? ¿Cómo podían creer que yo iba a cometer ese terrible acto? Pero al salir de la agencia, no pude evitar sentir como puñales en mi espalda las miradas de todos mis compañeros.
No tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo, excepto de dos cosas: la primera era que yo no era culpable de nada; a las ocho aún estaba como todos los días aún en casa, tal vez metido todavía en la cama. No, no tenía testigos: vivo solo, todo el mundo lo sabe. Y la segunda, que de algún modo terrible estaba casi contento por lo sucedido. Rafa había desaparecido.
Sin embargo, tenía un pequeño problema: ahora yo era el principal sospechoso. Sí, nadie podía relacionarme racionalmente con ese crimen, yo no tenía ningún motivo para cometerlo, y hay miles de Fiats rojos circulando por Madrid. Pero había un testigo. Y ese testigo era Laura.
Esa noche, ya en casa, traté de hablar con ella. La llamé por teléfono tres o cuatro veces, pero sólo logré hablar con su hermana, quien profirió una terrible serie de insultos que me dejaron totalmente desarmado. No tenía derecho a dirigirme a Laura, yo era un canalla, un psicópata, un asesino... ¿de qué diablos estaba hablando?
Laura estaba allí, está claro, pero no quería ponerse. Ahora pensaba que yo había asesinado a Rafa, vaya locura. Y como es lógico, había logrado convencer de esa estupidez a todo el que quiso escucharla, que era casi todo el mundo.
¿Qué clase de idiota era esa chica? Había visto a alguien parecido a mí, y se había confundido. Esa estúpida zorra que de todas formas estaba enamorada de Rafa, había pasado la noche con él... ¿en qué estaba yo pensando cuando creí que podría llegar a tener algo que ver con ella? Había sido un imbécil, dejarme engañar por su falsa sonrisa cínica de puta barata... Dios, ojalá nunca me hubiera fijado en ella. De algún modo, no podía evitar sentirme tontamente culpable de la muerte de Rafa, por haberla deseado, aunque fuese en broma, y ahora esto otro... era como una pesadilla. Ojalá Laura desapareciese también, y todo el mundo me dejase en paz. Ya estaba harto de todo: me pasaba el día trabajando para los demás como un cabrón, y así me lo pagaban, con miradas de sospecha, o con auténticas sospechas, como Laura y la idiota de su hermana. Que se mueran todos, y que me dejen en paz. Sólo eso.
De pronto, sonó el teléfono. ¿Sería Laura? A lo mejor, se lo había repensado. Pero demasiado tarde, muñeca. Ya me he dado cuenta de tu doble juego, y esta no te la voy a dejar pasar. O tal vez llamaba sólo para insultarme más.
- ¿Quién es?
- Manuel, ¿qué daría para que se cumpliera su deseo?
Me quedé petrificado. Era la misma voz de la otra ocasión. El mismo sonido de fondo, esa peculiar cacofonía de voces infantiles que casi parecían sugerir palabras al revés. Pero ahora ya no podía ser Rafa.
- ¿Quién es?
- ¿Daría, tal vez, su alma, Manuel?
- Oiga, ¿qué clase de broma es esta? ¿quién llama? - No sabía qué decir, y notaba que algo comenzaba a aflojarse en mi vejiga.
Pero ya habían colgado.
* * *
Al día siguiente, cuando aparecí por la agencia, la cara de Tere se había transformado en una auténtica máscara de terror. Noté que hacía verdaderos esfuerzos para no echarse a gritar, así que no me atreví a dirigirle la palabra y entré apresuradamente en mi despacho. Sin embargo, no permanecí solo mucho rato, porque al poco apareció el jefe:
- Señor Varela, ¿quiere hacer el favor de acompañarme? Hay dos personas que quieren hablar con usted.
Ni siquiera rechisté. Empezaba a estar mortalmente asustado. El ambiente que se respiraba a mi alrededor era de una tensión apenas contenida. La gente me miró con caras en las que se entremezclaba el miedo y el odio más puro.
Acompañé al jefe hasta su despacho. Allí había dos personas sentadas, los policías con los que ya había hablado el día anterior. El que dijo que se llamaba Expósito se levantó, pero no para saludarme:
- Haga el favor de sentarse.
Hasta el momento yo no había dicho nada. Me esperaba lo peor.
- ¿Dónde estaba usted ayer a las once y cuarto de la noche, señor Varela?
- No sé. Bueno, en mi casa. Estaba en mi casa.
- ¿No lo sabe o estaba en su casa?
- Estaba en mi casa. Oigan, ¿qué sucede? ¿qué es todo esto?
Expósito miró a su compañero antes de contestar:
- ¿No sabe que la señorita Laura Díaz murió ayer atropellada, sobre las once y cuarto?
"Oh, Dios mío". Mi corazón dio un vuelco, aunque de alguna manera que no sabría explicar esa era la respuesta que esperaba oir. Me agarré la cara con ambas manos y balbuceé:
- Yo no tengo nada que ver. ¿Por qué me hacen esto?
- ¿Tiene usted un Fiat de color rojo?
- Sí. ¿Y qué? Miles de personas tienen un coche así. Oigan, aquí está pasando algo espantoso. Hay alguien que trata de incriminarme, que se hace pasar por mí. Es todo una terrible confusión. Yo no soy un asesino.
- Nadie lo pone en duda, - respondió Expósito.
- Por el momento. - Se apresuró a añadir su compañero.
Yo estaba muy nervioso. Sentía un terrible dolor de cabeza. Dios, ¿qué era todo aquello? ¿Qué clase de broma cruel me estaban gastando? Sabía que aquel maldito número de teléfono tenía algo que ver con todo esto, pero no podía decir nada o me tomarían por loco, y entonces sí que tendrían una buena razón para encerrarme. Tenía un dolor en el pecho que comenzaba a hacerse más y más fuerte, apenas podía respirar. Sentía ganas de echarme a llorar. Dios, ojalá estuviera muerto. Sí, ojalá estuviera muerto.
Y entonces sonó el teléfono.
El jefe contestó, y me pasó el auricular:
- Es para usted.
Cogí el teléfono. Todo lo demás sucedió muy lentamente, como en una pesadilla:
- ¿Quién es?
Al otro lado contestó una voz que ya me era familiar:
- Manuel, ¿qué daría para que se cumpliera su deseo?
FIN
Vigo, 16/2/01