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El arpa


por Pedro Reyes

Las calamidades son varias.
La miseria en la tierra es
de diversas formas. Se
extiende por todo el horizonte,
como el arco iris...

-- Edgar Allan Poe, Berenice

Seguramente el lector aficionado a los buenos cuentos fantásticos, de ficción u horror le sea mas fácil reconocer mi nombre, puesto que he logrado publicar algunos trabajos de mi autoría en revistas especializadas del género como Weird Tales o Fan Fiction; desde luego que con esto no digo que el nombre de Jonathan Turner goce de fama y reconocimiento de críticos y público, pero estoy seguro que alguno de los fervientes fanáticos a estas publicaciones logrará ubicarme claramente si recuerda alguno de mis buenos relatos, como lo pueden ser Aqualung, El hombre del pozo o mi relato más celebre, publicado por Weird Tales en marzo de 1928: El arpa.

Nací en la católica y trabajadora tierra de Kansas City, en el año de 1903, mi padre fue comerciante de telas y mi madre dedicó su vida al cuidado del hogar. No tuve hermanos ni muchos amigos. Al momento de redactar este pequeño comentario biográfico me es difícil saber qué escribir, puesto que no hay gran cosa que contar de mi niñez, ya que pasé un buen rato de ésta en cama, cuidado por mi madre o alguna sirvienta, mis buenos amigos se podían contar con los dedos de una mano y me sobraban dedos; así que mientras los otros chicos jugueteaban y corrían alegremente por las calles del vecindario yo reposaba en cama, presa de algún mal respiratorio - los mas comunes en mi persona, por encima de los estomacales o los arteriales, que vendrían después -; afortunadamente encontré refugio para mi soledad en la lectura, mi madre me acercó unos buenos libros de cuentos para pasar el tiempo, después mi padre, al ver el interés que ponía y mis emocionados comentarios al respecto de aquellos textos maravillosos, siempre que regresaba de un viaje de negocios llegaba con un ejemplar del que nunca había escuchado hablar. Fue así como conocí a Verne, Wells, Poe, y aprendí un poco del mas elemental francés para disfrutar de Voltaire - de quien mi padre dudó autorizarme a leer puesto que lo consideraba una lectura demasiado radical -; leí algunos clásicos y descubrí la poesía como un manjar exquisito del que muy pocos verdaderamente saben gozar.

Poco a poco este pasatiempo llenó todo el vacío existencial de mi vida. De pronto sólo me ponía de pie por las mañanas para leer o para escribir, cuando descubrí que también podía hacerlo, con resultados no tan mediocres. Admito que deseché gran parte de este material primitivo porque no me satisfacía en absoluto, pero lo poco rescatable de la primera etapa de mi vida como escritor dejó algunos trabajos que me animaron a seguir adelante. Mi obra no era ninguna maravilla en aquel entonces, si bien mis relatos denotaban una gran imaginación, a la hora de mover la pluma sobre el papel, mi estilo literario fallaba. Por ello mis relatos eran rechazados por las grandes editoriales, o por lo menos eso es lo que pienso al respecto. Siempre recibí esas cartas diciéndome que mi manuscrito no era aceptado, y siempre se adjuntaba una corta critica anónima que se encargaba de destrozar por completo ese esfuerzo de tantas largas noches. A mis padres no les agradaba que mostrara tanto interés ni que dedicara tanto tiempo a estos quehaceres. Pensando como buenos padres, en mi futuro; no me veían como un joven escritor de vulgares cuentos fantásticos, sino que me imaginaban sentado en el escritorio de mi padre, atendiendo los negocios de la familia, como hijo único que soy mi destino no debía de ser otro más que este. Si quería demostrarles que mi futuro estaba en la literatura, tenía que hacerlo pronto, tenía que mostrar que tenía talento, que no todo mi trabajo era digno de alimentar el fuego de la chimenea que calentaba nuestro hogar. Yo mismo aceptaría tomar el puesto de mi padre y aceptaría mi destino y mi herencia en caso de que mis pretensiones literarias se fuesen por la borda definitivamente.

Ese día no tardó, a los veinte años logré publicar por fin un cuento, fue para Weird Tales, en 1923. El relato se llamo Ann, trataba sobre una mujer de sociedad y su relación poco ortodoxa con otra mujer, de quien a la postre descubre, es un vampiro. Debo admitir que este relato no fue sino sólo una mala copia de Carmilla, novela vampírica que seguramente el aficionado al género recordará. El resultado que logré fue poco más que mediocre, pero ya había dado el primer paso, por fin algún editor no me enviaba una carta en la que dudaba de mi capacidad ni mi futuro como escritor. En vez de ello recibí una fría carta de aceptación y posteriormente la paga por publicar mi relato en la popular Weird Tales.

Apenas salió el número a la venta lo adquirí y lo mostré a mis padres lleno de orgullo. Al principio la alegría era desbordante; después de que leyeron el relato en la misma publicación aprecie un ligero cambio, tal vez desconcierto, pero no es para menos; un par de padres que leen un relato de su hijo que trata sobre una relación lésbica, el típico asesinato que nunca puede faltar en el cuento corto de horror y los mitos del vampirismo no puede ser menos que desconcertante; sobre todo teniendo en cuenta que fue tu hijo quien lo escribió, de quien nunca piensas que tales cosas pasan por su cabeza. Tal vez si lo hubiese escrito un extraño hubieran pensado que se trataba de un autor demente, perturbado, pero no era así. Ellos sabían que yo gozaba de buena salud, al menos mental, porque ya describí los problemas físicos que adolecí por tanto tiempo. Y que de cierta forma agradezco, ya que si no se hubiesen presentado no hubiese vivido ninguno de estos felices momentos de alimento y realización espiritual.

Los malos momentos vendrían tiempo después, cuando me arrepentí de haber tomado la pluma y lanzarme a la caza de mi sueño. Cuando hubiese dado todo por estar en el aburrido trabajo de mi padre, haciendo lo mismo una y otra vez por todos los días de mi vida. En esta primera feliz etapa de escritor, llegué a publicar una docena de cuentos, con lo que pude atraer algunas monedas a casa y aumentar mi ego como escritor. Aqualung fue el mejor de este tiempo, lo que me hacía pensar que cosas grandes estaban por venir. Pensaba que podría dejar de vender vulgares relatos cortos y podría darme a la tarea de escribir una novela, una vez que hube conocido el mundo editorial y adquirido algo más de experiencia me sentía listo para presentar ante el editor algún trabajo largo, serio y literalmente bien trabajado. Adiós vampiros y fantasmas, los amigos que por un par de años me dieron tantas satisfacciones y me dieron a conocer en el ambiente, ya que recuerden y tengan bien presente que les estoy hablando de la época dorada de la Weird Tales. Era hora de hablar de cosas más serias, algo que hiciera voltear las miradas de la critica hacia el todavía joven Jonathan Turner. Hora de asomar la cabeza entre la multitud de escritorcitos de cuentos de espanto y ser respetado y tomado en cuenta.

Pero lamento decir que todavía no estaba listo.

Me había hecho de muchas ilusiones, mis sueños estaban por cumplirse, pero la realidad fue otra muy distinta.

La bendita inspiración fue un placer del que muy poco tiempo pude gozar. después de Aqualung no volví a escribir nada igualmente reconfortante. Formaba una idea en la cabeza, le daba la forma suficiente para empezar a trabajarla en el papel y después no pasaba absolutamente nada; las ideas se mezclaban, se perdían dentro de una oscuridad de la que no podían ser ya rescatadas. Este sentimiento de frustración se fue alimentando poco a poco por mis fracasos, hasta que quedé invalido para escribir, literalmente hablando, claro está; el músculo literario que había tardado tanto tiempo en ejercitar no estaba trabajando bien, y aparentemente sin una razón inteligible. Sencillamente llegó el momento en que me resultaba imposible el enfrentar una pagina en blanco. Sentía pánico de tener que sentarme y escribir.

Había hablado de que las enfermedades que me aquejaron hace años afectaron permanentemente mi cuerpo, de hecho hasta el día de hoy me tienen reducido a una complexión no muy distinta a la de un larguirucho costal de huesos, mas no así mi salud mental, que hasta ese momento no había sufrido del más mínimo trastorno o desequilibrio.

El ya no poder escribir me deprimió hasta extremos patéticos.

Mi madre fue la primera en advertir que algo estaba mal. Yo no quise que se preocupara, pero era demasiado obvio, no comía tan bien como antes, y por las noches era poco el tiempo que lograba conciliar el sueño, lo que era más que evidente por las mañanas, debido la somnolencia que mostraba a la hora del desayuno. También mi padre advirtió que algo no estaba bien, primero me reprendió duramente al ver que me había quedado dormido en el despacho en horas de trabajo, pero después se mostró comprensivo cuando mi madre le puso al tanto de los acontecimientos. Ahora tenía a mi padres preocupados por mis tonterías. Lo que me hacía sentir todavía peor. Traté de calmarlos, ya que les hice saber que verles en ese estado me ponía peor; y ellos a su vez trataron de darme ánimos para volver a tomar la pluma y escribir un nuevo relato, sabiendo que una publicación de material nuevo sería la medicina ideal para mi mal. Lo intenté, pero nuevamente fracasé. Comenzaba a escribir como en los buenos tiempos, pero a los pocos párrafos simplemente la mente se me venía en blanco, ya no podía imaginar ninguno de los movimientos o diálogos de mis personajes, simplemente tenía una enredadera mental, de la que no lograba distinguir el hilo correcto para seguir con el relato. Fueron varias las noches que lo intenté, pero todo lo que escribía era basura, así que ya de madrugada, iba a donde la chimenea y ponía a arder ese obsceno amontonamiento de hojas manuscritas; para después intentar conciliar el sueño, y pensar que al otro día las cosas podían ir mejor, o que por lo menos lo intentaría, volvía a reunir el valor de enfrentar una hoja en blanco.

Me di por vencido exactamente el último día del año de 1927, a mis veinticuatro años de edad, ya que a la hora de la cena de año nuevo anuncié formalmente ante mis padres que dejaría el puesto de ayudante para aceptar el trabajo con mi padre. El destino había decidido por mí, no había otra cosa que hacer, el sueño de poder escribir fue bueno mientras duró, era hora de poner los pies sobre la tierra y pensar en el futuro, en el negocio, en mis amados padres, en la pareja con que ya debía de haber formado un hogar; en fin, todas las cosas que había descuidado por culpa del papel y la pluma.

Así pues, comencé 1928 ya trabajando en el comercio textil, alejado de la escritura, mas no así de la lectura, ya que seguí consumiendo cuanto libro caía en mis manos. Afortunadamente seguía disfrutando de esto como lo había hecho siempre. Sencillamente el día que no pudiese seguir leyendo, mi triste vida se acabaría.

Dentro de mí seguía la inquietud por tomar una pluma e intentarlo de nuevo, solo intentar escribir un poco, ahora que no tenia la presión - que yo mismo generaba - sobre mi de tener que ser un inmortal de las letras, así tal vez las ideas pudiesen fluir mas libremente, pero no tuve el valor. sentía que era como exhumar un cadáver putrefacto de su tumba. El escritor dentro de mi ya estaba muerto; J. Turner el colaborador de la Weird Tales descansaba en algún tranquilo y oscuro lugar de la nada, lo mejor era dejar las cosas así y dejar abrirse al mundo al novel comerciante de telas Turner, quien vale decirlo, no estaba haciendo nada mal su trabajo.

Había encontrado otros hábitos poco saludables. Había conocido y explorado las cualidades del opio - me lo había ofrecido un comerciante sureño, cliente del negocio, - y los estragos del alcohol en el cuerpo de un hombre que no había bebido gota de éste en años. Mi vida pasó a ser sólo lectura, trabajo, opio y alcohol. No había nada más, no tenía amigos, y ni hablar de una pareja estable. Todo lo que tenía en este mundo eran mis padres, y no parecía necesitar nada más.

No hubo ninguna novedad en mi vida hasta aquella noche de febrero de 1928.

Había terminado mi turno en el despacho, así que emprendí el camino a casa, como de costumbre, caminando. Pasé por la catedral, por las oficinas del diario local, por la oficina de correos - a donde tantas veces había ido con la intención y la esperanza de que el relato que enviaba fuese publicado - y el parque principal, donde tomé un breve descanso. Casi nunca me detengo en el camino a casa cuando salgo del trabajo, mucho menos a esa hora de la noche. Pero sentí la necesidad de parar, fumarme un cigarrillo - de tabaco obviamente, nunca fumaría opio en un lugar publico - y después seguir con mi camino, donde me esperaba una cena caliente y una confortable cama.

Tomé asiento en una de las bancas del parque. Miré a mi alrededor, las lámparas eléctricas - recientemente instaladas - daban un poco de iluminación al lugar, que a esa hora estaba totalmente desierto. No era mi intención parar un buen rato en el lugar, no me agradaba la idea de que pasara algún oficial de policía y me hiciera preguntas incómodas, confundiéndome con algún pordiosero - entre estas sombras y la media luz no se podía estar seguro de lo que se veía - o me convirtiera en victima de algún ladronzuelo que se aprovechara de la situación.

Estaba tan inmerso en mis pensamientos que no advertí la hora en que aquel tipo se sentó a mi lado, en la banca del parque.

Al principio me sobresalté, pero después reí en silencio de mí mismo y de mi total distracción. Él se dio cuenta de que su presencia me inquietó, su rostro emergiendo de las penumbras y esos ojos que reflejaban las luces del alumbrado eléctrico así me lo dieron a entender.

- ¿Tiene un cigarrillo, amigo? - Me preguntó, no pude distinguir el movimiento de sus labios, repito que la iluminación no ayudaba en nada.

- Claro - le dije; yo nunca niego un cigarrillo a nadie. así que le extendí mi cigarrera y mi caja de fósforos. Él tomo su cigarro y lo encendió, dando un suspiro con la primera aspirada.

- Gracias, lo necesitaba - Me dijo, devolviéndome la caja de fósforos.

En ese momento quise ponerme de pie y marcharme a casa. O tal vez el recién llegado se marchara ya que sólo se hubiese detenido allí con afán de pedirme el tabaco. Pero antes de que tomara cualquier decisión, el hombre siguió hablando:

- ¿Es usted de por aquí? - Preguntó.

- Sí, del norte de la ciudad - le dije, sin dar mayor detalle. No me gusta mucho tener que hablar con desconocidos, apenas estaba acostumbrándome a ello en el trabajo.

- Es una noche muy tranquila - Dijo esto y levantó la vista al firmamento, donde, efectivamente, una hermosa luna llena y algunas estrellas nos hacían compañía.

- Es una noche hermosa, creo que por eso me detuve aquí un rato a respirar un poco de aire, ya que casi todo el día la paso encerrado en una oficina, si hubiese un poco mas de luz aquí apreciaría lo pálido que soy.

- Tiene todo el aspecto de oficinista.

No supe si recibir este comentario como un halago o una critica. Me desconcertaba que ese tipo estuviese ahí conmigo con la única intención de conversar, ¿que acaso no trabajaría al otro día?

- ¿Y usted a qué se dedica? - pregunté intentando cambiar el rumbo de la plática, no me agradaba hablar de mí a un extraño, me incomoda demasiado, a pesar de que éste no tenía una apariencia verdaderamente digna de sentir desconfianza. No era un pordiosero ni un vago, tal vez sólo se trataba de un turista excéntrico que paseaba por el parque y vio la oportunidad de charlar un rato.

- No soy de por aquí - Se limitó a responder.

- ¿De dónde viene?

- Eso no importa ahora, Jonathan.

El cigarro tembló entre mis labios, al igual que un escalofrío recorrió mi cuerpo. Miré directamente hacia esos ojos brillantes, ¿era algún conocido a quien no lograba recordar? ¿Y si era un desconocido cómo es que sabía mi nombre?

- ¿Cómo es que sabe mi nombre?

Terminó de consumir su cigarrillo, y lo apagó en el suelo, mediante un pisotón de esas botas oscuras. Me miró y sonrió maliciosamente. Parecía como si mi reacción le divirtiera. Si quería asustarme lo había logrado. Si ese era su único objetivo de estar conmigo era hora de que cada quien siguiera con su camino.

Me puse de pie y quise marcharme sin decir una palabra más.

- No te vayas Jonathan, quiero ayudarte.

- ¿Le conozco a usted?

- No. Tú nunca me has visto, pero yo a ti sí te conozco.

No supe qué decir. así que solo me daría media vuelta y me iría a casa, donde mi cena y mi café estaban enfriándose sobre la mesa del comedor. Pero algo en mí no hizo que atravesara el parque corriendo, algo en mi me hizo quedarme y escuchar a ese extraño, tal vez curiosidad, o ese espíritu de escritor de lo desconocido, ese escritor que como ya dije, llevaba muerto y enterrado en mi subconsciente ya un muy buen tiempo. Además, había dicho que quería ayudarme, ¿ayudarme en qué y por qué? Si algo me ha enseñado mi oficio de vendedor es que nadie da nada por nada a alguien. ¿Qué se traía entre manos este hombre de aspecto tan inquietante?

El tipo me invitó a que me sentara nuevamente en la banca. No sabría explicar por qué, pero así lo hice, acepté la invitación.

- ¿Quién eres?

- Nadie.

- ¿Tienes nombre?

- Llámame Cassius.

- ¿Eso es un nombre?

- Sólo llámame así.

- ¿Qué mas sabes de mí?

- Mucho. Te sorprendería... te horrorizaría saber cuánto.

- Quiero saber cuánto...

- ¿Seguro?

- Sí.

- ¿Recuerdas la vez que casi lloraste, cuando recibiste aquella última carta de rechazo que acabó con tu moral de escritor, o cuando eras niño y manoseaste a una de las enfermeras que fueron a atenderte a casa mientras supuestamente estabas muy enfermo de fiebre, o recuerdas cuando mataste de una pedrada en la cabeza al gato de los vecinos y lo enterraste en tu propio traspatio, pensando que nadie te descubriría jamás?

Tenia razón, escuchar todo aquello me horrorizó. Tenía miedo, ese comentario francamente me hizo sentirme desnudo. Yo mismo casi había olvidado esos acontecimientos de mi infancia.

- ¿Quién diablos eres tú?

- Ya te lo dije.

- ¿Qué quieres de mi, es acaso que planeas chantajearme de alguna manera con lo que sabes?

- No, lo que quiero de ti lo hablaremos después, lo primero que quiero es ayudarte.

- ¿A qué?

- Tú lo sabes mejor que nadie, tal vez hasta mejor que yo mismo.

- ¿Cómo es que sabes tanto de mí?

- Eso no importa Jonathan, lo importante es que lo sé y lo importante es que estoy aquí, ofreciéndote mi ayuda.

- ¿Por qué me ofreces tu ayuda?

- Porque la necesitas.

- Yo estoy bien amigo, trabajo y ayudo a mis padres; no necesito nada más.

- No estás siendo sincero ni conmigo ni contigo mismo Jonathan. Los dos sabemos qué es lo que verdaderamente quieres de esta vida, de tu vida. Esta es tu oportunidad, no la desaproveches porque yo sólo volteo, miro y ofrezco una sola vez.

- ¿Sabes lo que deseo?

- Lo sé.

- ¿Sabes hacia dónde quiero que vaya mi vida?

- Lo sé. Y créeme que cualquier que sea el costo de este buen favor será una nimiedad en comparación con todo lo que ganarás tú.

- ¿Cuál será el costo?

- No te preocupes, no tan caro como imaginas. El valor es relativo para nosotros, algo valioso para mí puede ser algo intrascendente y de poco valor para ti. Tenemos diferentes puntos de vista.

- Lo quiero, quiero que me ayudes.

- ¿Tenemos un trato entonces?

- Lo tenemos.

Él me ofreció su mano y yo la estreché, firmando con ello el pacto. Nuevamente apareció en su rostro esa sonrisa. Fue en ese momento más que nunca que sentí que la luz de sus ojos no era el reflejo de las lámparas eléctricas, sino que esa luz emergía de sus propias pupilas.

- Ve a casa - me dijo -, cena bien y busca una pluma y una buena cantidad de papel. Esta noche será larga. Y deja abierta la puerta, un amigo te visitará.

- ¿Quién?

- ¿Por qué tantas preguntas? Es un amigo, tú sólo haz caso de lo que te dice y las cosas saldrán bien. Ve a casa.

Me puse de pie sin decir nada más. Caminé unos pasos hacia la calle, pero antes tenía una última pregunta para Cassius. Quería preguntarle cuándo tendría que pagarle mi parte del trato. Pero ya no había nadie en la banca. Lancé un suspiro de decepción, sorprendiéndome la cantidad de vaho que salió de mi boca; cerré mi abrigo para protegerme del frío que comenzaba a dejarse sentir y me fui a casa, esperando encontrar todavía el café caliente.


Faltaba un cuarto para las dos de la mañana cuando se presentó el amigo de Cassius en mi habitación. Por extraño que parezca, esa presencia bajo el umbral no me inquietó en lo mas mínimo. Debo decir que lo esperé con impaciencia. Cuando regresé a casa di unos sorbos a mi café y de inmediato me refugié en mi habitación, donde fumé un poco y repasé lo ocurrido esa noche muchísimas veces. Ni siquiera vi a mis padres, quienes seguramente se habrían cansado de esperarme despiertos.

Busqué mi pluma, mi frasco de tinta y un fajo considerable de hojas, tal y como me lo recomendó el hombre del parque.

- Pasa - Le dije.

- Gracias, Turner.

El desconocido también conocía mi nombre, esto poco me sorprendió. Del lugar de donde vienen estos hombres se deben saber muchas cosas.

- ¿Comenzamos? - Me preguntó, el tipo estaba mas inquieto que yo mismo.

- Me parece bien, toma asiento.

- Comencemos entonces.

- ¿Qué haremos primero?

No lo pensó dos veces y contestó:

- Tengo una historia que contarte.

Él comenzó a hablar y yo a escribir sobre el papel. Moví primero la pluma con timidez, no sabiendo qué palabras brotarían de esos labios; pero una vez que me di cuenta de hacia donde íbamos, el baile de la pluma fue fluido, y el resultado obtenido - terminamos casi hasta el amanecer - francamente fue estupendo.


Envié El hombre del pozo a Weird Tales dos días después, todavía dudando de la calidad de lo que había escrito esa noche. Mi estima como escritor está por los suelos, a pesar de la ayuda de aquel hombre; todavía, ya estando en la oficina de correos, me invadió el deseo de regresar a casa y quemar el manuscrito de una docena de hojas en el fuego de la chimenea. Pero no me hice caso. Envié mi relato y me fui a casa, a esperar la carta de rechazo del editor de la revista.

No supe de Cassius ni de su amigo en un buen tiempo.

Mis labores en el despacho continuaron sin novedad, y cuando pasaba por el parque, la idea de detenerme a fumar en una de las bancas era desechada tan rápido como acudía a mi cabeza. Es verdad que tenía una deuda con Cassius, pero no estaba en posición de pedirme la paga si todavía no recibía el fruto del trabajo de esa noche. Supe que pronto sería hora de pagar cuando me llegó la carta de la editorial de Weird Tales aceptando el manuscrito de El hombre del pozo. A mis padres les sorprendió la noticia, puesto que hasta donde ellos sabían ya había abandonado mi pluma como escritor de relatos fantásticos. No les había avisado que tuve un lapso de extrema sensibilidad creadora la noche que regresé tarde del trabajo, ni que envié el fruto de este esfuerzo a la editorial.

No quería que me sintieran decepcionados de nuevo si fracasaba en este intento. No me gustaba que se preocuparan tanto, porque verdaderamente sentía su pesar cuando las cosas me salían mal. Pero el resultado llegó, mi trabajo sería publicado, lo que me instaba a intentarlo de nuevo. Ese mismo mes de febrero de 1928 fue publicado y recibido de muy buena manera por los lectores constantes de la publicación. La editorial me hizo llegar algunas cartas de lectores que me felicitaban por mi inspiración y me animaban a seguir con mi trabajo como escritor. Si sólo esos hombres que se tomaron la molestia de escribir supieran de lo que fui capaz de hacer por conseguir mi sueño. Tomando nota de las fluidas palabras que brotaban de los labios de un hombre que - como advertí inmediatamente, cuando le vi en el umbral de mi habitación - ya estaba muerto.

Unas pocas noches después volví a detenerme a descansar en el parque. Repetí el accionar de aquel primer encuentro con Cassius, casi a la misma hora, encendí mi cigarro y me senté exactamente en la misma banca de aquella ocasión. Quería hablar con él. Decidí que yo lo buscaría antes de que el o alguno de sus amigos fuese a buscarme a casa.

No me di cuenta de cómo lo hizo, pero ahí estaba nuevamente aquel hombre, sentado a mi lado, mirándome y sonriendo de esa manera nada agradable.

- ¿Cómo estás, Jonathan?

- Bien, muy bien.

- Me alegra escuchar eso. De verdad me alegra que mi ayuda te haya servido.

- Quería hablar contigo, por eso me detuve aquí.

- Lo sé.

- Quiero saber cuándo te pagaré.

- ¿Pero por qué tanta ansiedad mi amigo? ¡Vaya, disfruta tu momento Jonathan, disfrútalo, porque no sabes cuánto durarás así!

- Precisamente eso quiero saber, quiero saber hasta cuántas veces estarás dispuesto a ayudarme.

- Haré que tú mismo te respondas; desde que mi amigo fue a verte, ¿has intentado escribir algo por ti mismo? recuerda que yo ya sé la respuesta.

- No, no he intentado escribir nada.

- ¿Por qué?

- Porque sé que no podría hacerlo. No fui yo quien ideó ese relato.

- ¿Crees que te dejaré solo ahora que más me necesitas, ahora que la gente espera algo de ti como escritor? Regresa a casa Jonathan, hoy volverán a visitarte.

Y así lo hice.

El arpa fue el relato que se gestó aquella noche. Nuevamente aquel hombre apareció en mi habitación y me dio la historia. Era lo mejor que había leído en toda mi vida, era el relato que me consagraría como escritor, estaba seguro de ello. Estoy seguro que recordarán el relato, trata de un hombre que mantiene contacto con su amada desde el más allá; el instrumento musical que da nombre al relato no tiene mayor trascendencia que ser el instrumento favorito de la mujer protagonista. Yo insistí en cambiar el nombre, pero el extraño se negó a hacerlo, es más, me prohibió el volver a hacerle sugerencias estúpidas como esa. Envié el relato y fue publicado en el número de la segunda quincena de marzo. Esta vez sí llovieron cartas en mi domicilio, lectores de la revista, escritores noveles pidiéndome algún consejo y haciéndome preguntas, y una propuesta de una casa editorial para que ampliara el relato y publicarlo como una novela.

Nunca respondí ninguna de ellas.

Era un impostor, un mentiroso. Recibía el crédito sin tener mérito alguno, más si acaso, mi pobre mérito era el de tomar el dictado correspondiente al visitante amigo de Cassius. Pero ahí estaba mi nombre, el reconocimiento a una obra acreditada a mi nombre. Finalmente lo había conseguido, a los veinticinco años logré salir de esta sombra del anonimato que me había cubierto durante toda la vida. La misma gente que antes me había rechazado ahora me pedía consejo u opinión, así mismo, al ver el éxito en ventas de su revista gracias a mí, me incitaban a seguir adelante en mi ejercicio de creación y mandarles más material.

Era hora de pagar el favor.

Acudí de nuevo a la banca del parque, único lugar - aparte de mis continuas pesadillas - donde podía ver a Cassius. Éste apareció inmediatamente, por primera vez sentí que se sentía apurado por cobrarme su invaluable ayuda.

- ¿Cómo estás Jonathan?

- Bien.

- Te gustó el ultimo relato, ¿verdad?

- Mucho, es una obra de arte.

- Lo sé.

- ¿Qué más sabes?

- Que la hora de pagar ha llegado.

- ¿Ahora?

- Sí, en este instante.

- Tengo una duda, ¿qué ganarás tú llevándote lo que ahora ya te pertenece?

- Un emisario más.

- ¿Dónde?

- Aquí, junto a todos ustedes.

- ¿Por qué me ayudaste, Cassius?

- Porque lo necesitabas.

- ¡No me vengas con eso!

- ¡Tú bien sabes que no eres nadie Jonathan, no eres más que otro cerdo revolcado en la mierda que va todos los días a trabajar a un empleo para cerdos! Da gracias de que te libré de la rutina de la que nunca habrías escapado por tu cuenta. Tú bien sabes que de no haber tenido el éxito que tuviste con esos relatos tu vida no valdría nada para nadie. No eras nada antes de haberme encontrado aquí y no serás nada después de esta noche, porque tu tiempo fue efímero, de un muy fuerte resplandor pero pasajero, efímero; como un parpadeo. Dame las gracias por hacer que seas recordado, dame las gracias por hacerte sobrevivir al olvido.

- ¿Qué sigue ahora que parece según tus palabras, mi vida ya no tiene ningún sentido?

- Que eres afortunado, y tu vida seguirá teniendo sentido, porque ahora caminarás a mi lado.

- Toma lo que acordamos y terminemos esto.

- Vete a casa, ya está hecho.

- ¿Es todo?

- Sí. Vete, pero sabes que ya nunca volverás a ser libre.

- Nos veremos.

- Puedes estar seguro de ello.

Esa fue la última vez que vi a Cassius. Ya han pasado varios años desde entonces.


Claro que al regresar a casa me sentía mucho mas ligero, sabia lo que faltaba en mi interior pero me negaba a aceptarlo como una perdida irreparable. Nunca pensé que realmente me fuera a pasar esto, deduje inmediatamente las condiciones del trato pero francamente nunca creí posible que Cassius fuese capaz de hacerlo. Desde aquella noche mi cuerpo camina sin alma por el mundo, yo estoy aquí físicamente, pero mi alma se encuentra encadenada en ese lugar donde sólo reina la oscuridad, donde la pestilencia es insoportable y donde cada paso significa un hundimiento cada vez mas profundo hacia los abismos de indescriptibles horrores y blasfemias. Lo sé porque las he visto y escuchado desde aquí en la tierra; algunas veces estoy allá, transportado como espíritu errante, es como una pesadilla, de la que parezco nunca despertar del todo. Y de lograr hacerlo despierto sudando y jadeando, gritando el nombre maldito que me hizo perder la fe y la esperanza. ¡Cassius! El hombre con ojos de eléctrico resplandor y sonrisa demoníaca, hombre al que para volver a ver tendré que esperar la visita de la santa muerte; y así poder enfrentarlo cara a cara en mi habitación reservada en el infierno.


Junio 2001


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